Diamantes en la noche

Diamantes en la noche

Al apretar la llave escondido entre las camperas, las luces del tocador se encendieron y dejaron en evidencia los lugares donde había aplicado mal el maquillaje. Tomé una de las esponjas y seguí aplicando capa sobre capa, cubriendo el pésimo trabajo que realicé bajo la lamparita del baño del camarín, mientras esperaba que uno de los tocadores se desocupe. Crown tenía solamente tres, amontonados en ese sótano mugriento del edificio, siempre ocupados por otras reinas, sobre todo los fines de semana donde los shows se multiplicaban. Me examiné detenidamente en el espejo antes de continuar y por un momento me sentí una monstruosidad, con todos esos rasgos exagerados y mi pelo de hombre, si bien cubierto por un cancán, revelando mi verdadero yo, el que se esconde detrás de vestidos gigantes y lentejuelas. Inmediatamente después llegó la fantasía y me sentí hermosa, como todas aquellas otras noches de brillos, daiquiris y luces resplandecientes.

  • Perlita todavía no llega− comentó Merlot mientras intentaba bajarse el cierre del traje de licra que había elegido− y sigue después de vos Eva.
  • Seguro está con algún tipo− le respondió sin mirarla, concentrada en no perder el pulso al repasarse el delineado.
  • ¿Sabés que me hizo acordar eso? −la interrumpió su compañera− el otro día, después del show en Virus, me fui con un tipo del bar. No tuve tiempo de sacarme todo esto− se señaló la cara− entonces pensé en hacerlo en el baño de su departamento ¿pero sabés que pasó? El chabón se me quedó mirando un rato, sin decir ni una palabra y yo tipo “¿qué pasa?” claro, parecía un payaso y me había olvidado, viste que uno termina por acostumbrarse al revoque, entonces le dije algo como “dame diez minutos en el baño”, pero me frenó y me dijo “no, quédate así, que me gusta” − Merlot simuló una cara de estupefacción y Eva comenzó a reírse.
  • Nena, hay cada loco dando vueltas…
  • Lo único que sé es que a vos eso no te hubiese pasado, con esa cara que tenés.

Eva se inclinó en la silla para mirarla. Bajo el foco de luz cálida que colgaba sobre su cabeza, se veía muy graciosa. Claro, Eva, sin maquillaje, es un pelado de cuarenta años y ahora, con esos ojos gigantes y esos labios cereza, era un auténtico cuadro grotesco. Cuando iba a contestar, se abrió una de las dos hojas de la puerta que da al escenario.

Escalera arriba y a través del pasillo se filtraba el griterío que sucedía a los pies del escenario de Crown. Reina Morena estaba hablando por el micrófono y cada tanto el público explotaba en vítores. Ahora venía una performance más y después tocaba un intermedio de unos quince minutos. Tenía tiempo de sobra para terminar de vestirme. Me giré en la silla y vi que Merlot todavía batallaba con aquel traje entallado. Me levanté y la ayudé a desprendérselo. Si bien era extremadamente delgada, le encantaba usar esos trajes que acentuaban su figura. Si de algo se trataba el drag era justamente de eso, de acentuar y simular. Acentuar y simular. Y posar, y actuar, y simular otra vez. Por una parte, me alegraba estar en un momento de mi vida donde el drag se lo entendía como arte y expresión, pero no siempre fue así para mí. Ni para mí ni para muchas de las otras reinas. Eva contó una vez que cuando era chico le gustaba vestirse con la ropa de su mamá, ponerse los tacos y los collares y caminar por la habitación como una señora adinerada, siempre sumido en su mundo de irrealidad. Pero una tarde, en uno de esos momentos de mayor encanto, el novio de su mamá entró en la habitación y lo encontró así, completamente vulnerable. ¿y saben que hizo? Lo más terrible que podría haber hecho un ser humano jamás, porque a muchos nos han encontrado de chicos así y nos han pegado o insultado al punto de amenazarnos con la muerte, como a Merlot, que los amigos de su hermano le amenazaron con matarlo a patadas y terminó con un traslado de escuela, pero no a Eva, no. Su padrastro entró y, con una sonrisa maliciosa, se le acercó despacito y, después de decirle que ahora que conocía su secreto él iba a tener que guardar uno suyo, lo levantó por los hombros y acostó en la cama, antes de subírsele arriba.

  • Che, ¿le podés mandar un mensaje a Perlita? Le toca después que a vos y todavía no viene. No va a llegar a prepararse para su turno− Dijo Merlot.
  • Capaz se está maquillando en la casa de su nuevo novio− comentó Eva atrás mío.
  • O en el baño de una estación de servicio− agregué y Eva se rió. Pero no Merlot, ella estaba genuinamente preocupada− no te hagás la cabeza, ya le mando un mensaje. Vos andá a tomarte un vodka o algo, que sos propensa a autosabotearte. 

Merlot asintió y después de empujar un poco su bolso para que cerrase, lo metió abajo del tocador y salió para la escalera. Eva siguió retocándose en silencio, tarareando una canción inentendible. Yo saqué mi celular y probé llamar a Perlita varias veces, sin éxito. Después de dejarle unos cuantos mensajes, me quedé esperando con su chat abierto para ver su última conexión. No se conectaba desde las seis de la tarde.

  • Gorda, ¿vos conocés a ese novio nuevo que tiene Perlita?

Eva me miró un rato, como debatiéndose si contarme algo o no. Después se levantó y vino a mi encuentro.

  • ¿No te enteraste? No tiene un novio nuevo, nena.
  • Pero si vos dijiste eso recién.
  • Sí, porque eso es lo que ella quiere que digamos, pero anda corta de guita, viste que estos shows no nos dejan una mierda. Esto que te voy a decir no me lo dijo ella directamente, así que está pendiente de confirmación, aunque no lo descarto, pero Celine… vos conocés a Celine, ¿no? − asentí− bueno, ella. Me contó que vió a Perlita por la vieja bodega, donde se juntan las putas.
  • ¿Seguro que era ella? Tiene laburo acá, no entiendo por qué…
  • Creer o reventar, querida, creer o reventar.

En eso vuelve a abrirse la puerta del escenario y segundos más tarde aparece Reina Morena en el umbral. Morena no solo era la anfitriona de los shows de los sábados en Crown y la que se encargaba de las reservas; también era una de las reinas más grandes, alcanzando casi los dos metros cuando se ponía tacos y, verla ahora en el llano de la escalera, semejaba una auténtica estatua, atacada por brillos y pliegues de tela, pero una estatua al fin. Estaba intentando leer un mensaje en su celular, el cual alejaba de su rostro para mejorar la visibilidad. Normalmente usaba unos lentes cuadrados horrendos que le equilibraban la visión, pero cuando se drageaba tenía que sacárselos, dejando a esa reina titánica media miope en su lugar.

Entonces me llamó. Me acerqué y tuve que mirar hacia arriba. Morena rió y me cambió de lugar, ella bajó al rellano y yo subí algunos escalones hasta quedar a la par.

  • ¿Qué dice acá? no alcanzo a leer.
  • No alcanzás a leer porque no hay nada, Morena, estás en el almanaque.
  • ¡Ah, está porquería! − exclamó y sacudió el aparato− ¡Qué boluda! Es que sentí que me vibró en el corsé y pensé que me había llegado un mensaje.
  • Dejame ver− le dije y me pasó el teléfono− sí, tenés tres llamadas perdidas, gorda. Pero no tenés agendado el número.
  • A ver, marcámelo así le hablo,
  • Debe ser uno de tus sugar daddies− bromeó Merlot, que apareció por atrás de nosotras y fue a sentarse en su tocador. Cuando dio tono, Morena se fue para la puerta de atrás de los camerinos que da al callejón, pero no salió­− está re lleno allá. Un quilombo bárbaro.
  • Mejor, más propinas− le respondí.
  • No, cariño, para que te dejen propinas tenés que tener talento y vos… − soltó Eva. Yo me reí y le grité venenosa. Merlot acotó algo más que se perdió entre el ruido de la música de allá arriba.

Morena entonces se acercó a nosotras. Había estado hablando un rato con alguien por teléfono. A pesar de todo ese maquillaje, podía notarse que estaba angustiada.

  • ¿Qué pasó, Morena? − le increpó una.
  • Perlita. No va a venir.
  • ¿Cómo que no va a venir? ¡Qué zorra! ahora no la podemos reemplazar.
  • No, Eva. No va a venir nunca más. La mataron, hoy a la tarde.

Un silencio asfixiante sumió los camerinos en un sepulcro. La música del bar ahora sonaba tan lejana, como retumbos distantes y huecos. Entonces me di cuenta que estaba como aturdida. A medida que volvía a la realidad, noté que Merlot gritaba cosas y Morena intentaba contestarle a la par. Eva estaba igual que yo, como perdida, como apartada.

  • Me llamó el dueño del motel de la Mitre, Perlita dejó mi número de teléfono en el casillero de contacto. Por eso me llaman a mí, la encontraron recién.
  • ¡Hijos de re mil putas! ¡Cómo puede ser! ¡Perlita!
  • Merlot, mi amor, tranquila− intentó calmarla Morena y la abrazó. La otra intentó resistirse, pero el tamaño de Morena terminó por aprisionarla. Entonces empezó a llorar. «Perlita» decía «¿qué te hicieron?» «Perlita.»

Entonces Eva, si bien con los ojos como cristales rotos, preguntó con seriedad; ¿Qué le hicieron? ¿te dijeron?

  • No, no me dieron detalles. Solo que pasó hace unas cinco horas. Sospechan del hombre con el que fue. Aparentemente frecuentaba ese motel con ese tipo, lo conocía. Debe haber sido el novio.
  • ¿Entonces el novio era real? −pregunté, pero Morena no me entendió. Eva miró hacia el piso− pobre Perlita. ¿Cuántos años tenía?
  • Veinticinco. Me contó el otro día que se gastó la plata del show en una torta helada y un champagne.

Entonces Merlot, ya calmada, se desprendió de Morena y se lavó la cara. Después se fue para el pasillo y antes de desaparecer, todavía con los ojos enrojecidos, dijo:

  • Necesito un trago. ¿alguna quiere algo del bar?

Y sin esperar respuesta, se fue.

Morena tardó un momento en hablar, todavía visiblemente angustiada.

  • Bueno, basta de caras largas. Nosotras conocemos como es este negocio. Hay que seguir adelante, tenemos un show que dar y no podemos andar llorando. ¡Arriba ese ánimo! ¿okey?

Asentimos, sin mirarla.

  • Che, a mí también me duele, quizás incluso más que a ustedes. En tres meses cumplo cuarenta y siete años. ¿Saben qué significa? Que llevo ya casi treinta años vistiéndome así y saliendo a bailar y cantar sobre un escenario, como si nada me pesara en la vida. Y no es así. Perlita me consideraba una madre, me lo dijo un par de veces.
  • Es terrible− comenté.
  • Por supuesto que lo es, pero, ¿qué podemos hacer nosotras? −esperó un rato a que contestásemos algo− Nada. No podemos hacer nada sin meter más la pata. Ninguna de ustedes es abogada o jueza o policía o algo por el estilo. Por eso les digo, terminemos este show como corresponde. Después vemos. Pero ahora…
  • Ahora tengo un grupo de trolos gritando mi nombre− Contestó Eva mientras se levantaba y, después de ajustarse la peluca, desfiló para el escenario.
  •  ¡Eso! − gritó Morena y aplaudió, pero una vez desapareció en el recodo del pasillo, cayó rendida en el silloncito destartalado donde yo había tirado mi ropa.
  • No vayas a llorar, eh, que ese maquillaje que usas es carísimo− le dije y la otra sonrió melancólicamente.
  • No te preocupés, corazón. No es la primera vez que me pasa.

Me quedé en silencio. Un escalofrío me subió por la espalda, pero esperé a que ella se decidiera por contarme. Si hay algo que no debía hacer en un momento así, era presionarla. Saqué mi peluca violeta de una caja y me la encajé, después comencé a ajustarla con milimétrico cuidado.

  • Cuando empecé a trabajar, allá por el noventa, conseguí mis primeros shows en un bar del sur. Allá mataron a una de mis compañeras, Cristal se llamaba. Un grupo de borrachos la agarraron travestida a la salida de uno de los shows cuando esperaba que pase un taxi; la arrastraron y la mataron a golpes en un callejón. Cristal tenía veintidós años. Después, unos quince años atrás, se llevaron a Dalia de una manera similar. No lo queremos admitir, pero es plato de todos los días esto. Los golpes, los abusos… ¡dios mío!
  • Mierda, Morena. No sé qué decir.
  • No te preocupés.
  • A Perlita no la conocía mucho… la vi un par de veces en Virus, pero nunca nos paramos a hablar, ¿sabés?
  • Perlita era una de las personas más buenas que conocí. Eso es lo que más me jode, que las peores cosas les pase a las mejores personas. ¡Qué mundo perverso! −hizo silencio un rato, arriba sonaba una canción al ritmo del traqueteo de los zuecos de Eva contra el escenario− ¿Sabés con qué soñaba Perlita? Me lo dijo una vez, ¡qué inocente! −sonrió, recordando− Me contó que no soñaba con casas gigantes ni montones de guita, que eso nos lo dejaba a nosotras. Me dijo que soñaba con un hombre que le ame toda la vida. Que estaba cansada del amor a cuentagotas y los noviecitos desechables. Que le preocupaba no ser amada cuando sea vieja «como vos» me dijo la hija de puta −reímos− ¿podés creer? Eso quería; que la amen. Nada más.

En eso bajó Merlot, acompañado de un chico con campera de cuero. Le hizo sostener su vasito de plástico con un trago rosado y después se agachó a buscar su bolso. A través del espejo, la vi meter algo, pero no pude discriminar qué. Al levantarse se fue para la puerta y el otro la siguió de cerca.

  • Me voy, que hoy me toca− soltó y señaló al pibe, que se rió, tímido− ustedes sigan laburando, pobres. Después me cuentan.
  • Chao, chao− respondió Morena agitando una mano en el aire, después volvió a la ardua labor de acomodarse la peluca en su lugar.

Yo la saludé también de lejos, pero Merlot se me acercó. Pensé que iba a darme un beso, entonces extendí la cara, poniendo la mejilla. Entonces me agarró suavemente de la barbilla y me susurró “este es el noviecito de Perlita, lo conozco hace años. No te preocupés que yo me encargo de este hijo de puta. Te llamo en una hora” después metió la mano al bolso y, sin sacarlo, me mostró un picahielos que se había robado del bar.

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“Diamantes en la noche” por Ruy Hanmse, si querés leer más del autor entrá a: http://www.soyruy.com

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