El equilibrio

El equilibrio

Desde su celda en la cárcel del Sagrado Corazón, Juan escribía aquellos versos que hacía ya varios meses le rondaban en la cabeza. Extraño, puesto que no era ningún letrado, mucho menos un poeta. Había dejado la escuela secundaria en primer año para trabajar en la finca de un amigo de su padre, allá por el ochenta. Un poco para sacarse el peso de aquellos versos y otro poco para matar el tiempo, casi como un mismo golpe de inspiración, escribió la primera tirada, que decía algo así;

Tú creaste mis entrañas;

me formaste en el vientre de mi madre.

¡Te alabo porque soy una creación admirable!

Después se sentó en la única silla destartalada de la celda a darle forma a los versos siguientes. Había soñado con un hombre y ese hombre desparecía, dejando detrás esa voz, como un murmullo, que repetía, una y otra vez, aquello ahora plasmado en un cuadernito escolar.

Juan había matado a su mujer, por eso estaba allí. La había matado y la había cortado en siete pedazos y aunque solo le dieron quince años (porque en el momento se encontraba sumamente alcoholizado), fue suficiente para que meditase su vida entera. ¿Qué hubiese sido de él al no arrastrarse, tan espantosamente, detrás de aquel impulso animal? ¿Qué queda para un hombre sin estudios, sin formación profesional, sin conocimientos sobre absolutamente nada?

No fue sino cuatro días después que el padre Ochoa, en una de sus tan frecuentes visitas a los presidarios, se encontró con el cuadernito. Juan yacía recostado de espaldas al hombre de pelo prolijo y sotana, cuando éste se apoyó en la mesita y, casi como revelación divina, su mano terminó sobre el libro de los versos. Sin preguntar y un poco movido por el desinterés del otro, lo abrió y leyó las primeras líneas. Después miró a Juan, que parecía recio a ignorarle.

  • ¿Usted escribió estos versos, Juan?

El preso se giró en el camastro y le clavó una mirada negra y pesada. Murmuró algo como «No debería hurgar en cosas ajenas» pero el sacerdote no le dio importancia y siguió leyendo. Juan se incorporó y recién ahí Ochoa levantó la mirada.

  • No parecen suyos− después agregó− los versos, digo.
  • Nada es mío en esta celda. Ni siquiera ese cuadernito− Dijo mientras se levantaba y se sentaba en la sillita, un poco rendido.

El cura leyó uno de los últimos versos en voz alta. “padres comieron el manantial en el desierto, y murieron.” Después cerró el cuaderno y lo dejó reposar entre el resto de las pertenencias del presidario.

  • El “Maná”, no el “manantial” −dijo finalmente el cura y el otro, sin comprender, se le quedó mirando. Entonces siguió− ¿Dónde leyó estos versos?
  • En mi cabeza. Los soñé.
  • ¿Seguro no los leyó en ninguna parte?
  • No, señor. Esos versos venían en a mí repetidamente, como un canto, como una voz vieja.
  • ¿Estudió?
  • Poco y nada. Tuve que trabajar para comer.  
  • ¿Leyó?
  • Aprendí acá en la cárcel− Señaló unos libros en el dintel. El cura se giró a examinar ese cementerio de hojas. Había varias revistas, un libro de cuentos policiales editado por el Ministerio de Educación y una versión barata del Martín Fierro.
  • ¿Esto es todo lo que leyó? −preguntó después y Juan asintió.
  • Algunos más que otros. Las revistas ya están viejas.

Ochoa meditó y, después de dejar los libros en su lugar original, se fue para la puerta.

  • Siga escribiendo entonces, que escribe muy bonito− después de que el policía de guardia cerrase con llave, el padre volvió a interpelarlo− si escribe algo nuevo, ¿promete mostrármelo? Estoy interesado.
  • Por supuesto, padre.
  • “Para Dios no hay nada imposible” −recitó y sonrió, pero nada produjo en Juan, que lo miró como quien mira un programa de cocina en otro idioma.

Las luces se encendieron de golpe y Magdalena se encandiló un momento. Se tapó un poco los ojos con la mano y sonrió instintivamente. El entrevistador, perdido en sus apuntes, parecía no prestarle atención. Un público dormido dominaba el auditorio; eran quizás treinta, tal vez más, imposible discriminar entre las sombras.

Una lucecita roja se encendió, la muchedumbre comenzó a aplaudir y el presentador sonrió como un monigote mecánico. Dijo algunas palabras de cartulina que Magdalena no escuchó porque se encontraba en un estado como de éxtasis o de reconocimiento. Después miró al hombre sentado frente a ella, que le clavaba unos ojos vidriosos y se sintió en la urgencia de decir algo.

  • Disculpe, ¿puede repetir eso?

El hombre rió y algunos en el público le siguieron la corriente.

  • Parece que Miranda estaba presenciando un “hecho extraordinario” −una cortina aplausos y risas surgió en el fondo− le preguntaba, ¿qué le inspiró a escribir la novela?

Delante del entrevistador y sobre el escritorio, un pie plástico sostenía una primera edición de su último libro; “un hecho extraordinario”, como un trofeo. Magdalena miró ese libro, que ahora le resultaba tan lejano, y después contestó.

  • Bueno, es una historia bastante extraña, a decir verdad. Pero la versión resumida sería esta: como le sucede a la mayoría de las personas que nos dedicamos a escribir como profesión, llegó a mí en forma de un sueño.
  • ¿Lo soñó?
  • Lo soñé.
  • ¿Toda la novela?
  • Bueno, no entera, pero si gran parte. Después vino un trabajo de producción y redacción, ya sabe, unir un cabo con el otro, hilar la narrativa, etcétera.
  • Increíble.
  • Extraordinario− dijo ella y sonrió, pero el presentador no pareció entender el juego de palabras.

El hombre revisó unas notas en una hoja escondida detrás de un cartelito metálico donde se leía “llame para ser atendido”, al lado de una pequeña campanita. Todo el estudio simulaba ser la recepción de un hotel y Miranda casi se sintió un huésped más, si no fuese por todas aquellas personas amontonadas en lo oscuro y las pesadas luces sobre su cabeza.

  • Cuéntenos. Magdalena… puedo tutearla. ¿verdad?
  • Me haría un favor −dijo la escritora con una sonrisa complaciente− no soy fan de las formalidades.
  • Bueno, contanos; ¿de qué trata la novela?

La mujer miró al público que parecía como suspendido en la expectación. Un denso silencio ahogó al estudio completo, que se cortaba de tanto en tanto por un eventual roce de ropa o un bostezo no planificado.

  • No quiero caer en los famosos “spoilers”, así que intentaré ser lo más abstracta posible: El libro trata sobre un hombre que realiza, justamente, un “hecho extraordinario” pero el hombre, por ser hombre, siempre volverá a su naturaleza y se comportará como tal. No importa el hecho magnifico o el obrar maravilloso, siempre se vuelve a las raíces.

El público aplaudió y ella sonrió complacida. Segundos más tarde, un hombre de lentes hizo una seña con la mano al presentador como anunciando que era momento de terminar. Entonces el otro sacó el libro del pie plástico y lo levantó. El camarógrafo hizo un plano detalle del ejemplar y después enfocó los rostros de los presentes.

  • Ella es Magdalena Miranda, señoras y señores y esta su última novela. No pueden no leerla. “Un hecho extraordinario” disponible en todas las librerías. ¡Fuerte el aplauso!

Juan leía la entrevista transcripta en la revista Trazos. Leyó una y otra vez algunas palabras y las practicó en voz alta (porque eso era lo que más le costaba). Ochoa llegó una de las tantas tardes enmudecidas y se sentó en la sillita; venía con ganas de escuchar algunos versos, pero Juan solo quería hablar de los acontecimientos del exterior. Ahora que podía tener algún tipo de contacto con aquella vida que había dejado en el portón de entrada del Sagrado Corazón, aunque sea a través de la lectura, no le iba a desperdiciar.

  • ¿Qué sabe de Chile, padre? Acá dice que están guerra− golpeteó la revista que descansaba en su regazo.
  • ¿Guerra? ¿Guerra con quién? -respondió el otro.
  • Con el estado.
  • No, Juan. Esas ya son cosas pasadas. Es vieja la revista, seguro. No le de importancia.

Juan ojeó un poco las páginas antes de volverla a cerrar. Intentaba recordar un dato como una reminiscencia, que yacía en el fondo de su memoria. Entonces recordó la fotografía de Miranda que miraba de perfil, en blanco y negro.

  • ¿Ha leído algo de Miranda? Magdalena Miranda.
  • No, ¿quién es esa?
  • Publicó un libro hace poco, es escritora, me parece que uruguaya. En la entrevista no lo dice− el padre rio un poco, con ternura.
  • Se ha estado informando bien, ¿no es cierto? −dijo a modo de pregunta retórica− no, no conozco a la autora. De hecho, poco leo escritores contemporáneos. Solo me interesa uno…

El padre lo miró como haciéndose entender, pero Juan siguió concentrado en la tapa de la revista. Superpuesto al título Trazos, la figura de un hombre de espaldas que se desvanecía y al costado, el título “un hecho extraordinario: ¿Nuevo bestseller?”. Despertó en el presidiario algún recuerdo agudo que no supo materializar, en tanto el cura se levantó y caminó hasta el escritorio. Después quiso agarrar el cuadernito escolar de Juan, pero este, al notarlo, lo tomó de la muñeca. Advertida la cara de alarma del otro, lo soltó. «disculpe» musitó, todavía sin dejarlo tomar el cuadernito.

  • Es que no me siento cómodo compartiendo mis escritos.
  • ¿y eso? La última vez me los leyó sin problemas.
  • Es que cada vez son más recurrentes, ¿sabe? No puedo explicarlo. Hay palabras que me vienen que ni siquiera sé que significan. Simplemente aparecen frente a mis ojos como fantasmas.

El cura se sentó y le habló con voz queda. Lo convenció de que era normal y de que no había nada de extraño en eso. La inspiración, dijo, a veces nos viene de maneras de lo más impensadas. Le pidió que le lea algunos versos (no todos) para ir rompiendo aquella barrera que en lo últimos días el preso había estado levantando entre ellos. Y el otro, como quien se deja arrastrar por la marea, cedió.

Os lo he dicho, y no creéis;

las obras que yo hago,

dan testimonio de mí.

Ochoa abrió los ojos como platos. Parecía incluso temblar un poco, aunque lo disimulaba bien bajo la pesada sotana. Le pidió si podía leer él mismo algunos de los versos y el otro, primero negado, accedió con la condición de no decirle ni una palabra a nadie. El cura asintió y, una vez con el cuaderno en su poder, se puso a leer. Sus ojos iban y venían con una voracidad insaciable. Los versos estaban armoniosamente escritos a pesar de las variaciones. Una auténtica obra.

  • Juan, le haré una pregunta más, y quiero que me sea completamente sincero, por Dios se lo pido− el otro asintió, como pesaroso− ¿Usted nunca- en su vida- leyó estos versos que ha escrito? ¿No los copió de ninguna parte?
  • No, señor.
  • Quizás cuando era niño, piense. Quizás cuando era jovencito. Su padre lo llevaba a la iglesia.
  • No provengo de una familia católica, señor. No entiendo a qué quiere llegar…
  • ¿A qué quiero llegar? −el hombre se levantó de un salto con el cuadernito en alto− “Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago (en el nombre de mi Padre) estas dan testimonios de mí” Juan 10:25-26− recorrió algunas páginas hacia atrás− “Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre de mi madre.” Salmos 139:13-14. ¡Son versículos de la biblia, Juan! ¡Usted está escribiendo− o transcribiendo− versículos completos de la biblia!
  • Es imposible, señor, nunca leí esa biblia que usted dice…
  • ¡Exactamente! ¡Es imposible! ¿pero cómo lo hace entonces? ¿Le vienen en sueños dice? ¿le llegan así sin más? −Juan asintió decididamente− ¡Es un milagro!

En su habitación de hotel del centro, Miranda oía las últimas noticias en el noticiero mientras preparaba su desayuno. Mateo, su bulldog francés, dormitaba pegado su pierna. La mujer se estiró un poco para alcanzar un cuchillo limpio y, acto seguido, se fue para la otra habitación. Le gustaba escuchar las noticias de otros países y ponerse al tanto. Había venido a Argentina por la gira del libro; su agente le había dicho que para que una obra uruguaya tenga éxito, debía empezar por Argentina, sus principales compradores. En grandes letras blancas, el titular anunciaba “el milagro moderno” y, en pantallas divididas, podía verse de un lado el mismo entrevistador que días atrás a ella la había asistido y del otro, un agente de campo que, a pesar del frío, parecía no inmutarse por la espera.

«volvemos con vos, Pedro, gracias por esperar» el otro tardó un poco en responder, todavía con esa sonrisa de muñequito de torta. «Muchas gracias. Acá estamos, frente a la cárcel del Sagrado Corazón, donde uno de los presidarios, quizás por arte de magia o por influencia divina (todavía no estamos completamente seguros), parece− y aquí lo misterioso− escribir versículos completos de la biblia, libro sagrado indiscutiblemente desconocido para él.»

«¿versículos de la biblia, dice?»

«Sí, ¿no le parece increíble?»

«¡Sin duda! Y dígame, está con alguien ahí…» recién entonces Miranda notó la presencia del otro sujeto que se perfilaba al costado, cortado por la pantalla dividida.

«Él es el padre Ochoa, cura de la parroquia San Agustín, encargado también de la labor cristiana de la cárcel nombrada. Buen día, padre, y muchas gracias.»

La cámara se movió sutilmente hacia la derecha y la figura de aquel hombre enorme pero prolijamente peinado ocupó la pantalla. Parecía entusiasmado; es más, llevaba aquella extraña sonrisa que pocas veces había decorado su rostro. Pedro, el entrevistador, le sostuvo el micrófono demasiado bajo y el cura tuvo que levantarle el brazo un poco para que le llegase a la boca. Después de un resumen (demasiado acotado) de lo ocurrido con el recluso, el entrevistador del estudio le preguntó dónde estaba aquel escritor-presidario tan aclamado últimamente.

  • Bueno, verá, es un tema un tanto delicado. Juan estaba cumpliendo una condena de quince años.
  • ¿Quince años? ¿Qué hizo?
  • No estoy seguro de estar en posición de revelar esa información, señor. Aparte, en todo caso, no viene al tema. Es… chisme barato− el entrevistador del estudio se ruborizó un poco e hizo un chiste para tajar la metida de pata− lo que si puedo decir es que ya había cumplido casi toda la condena; le quedaban siete meses para ser liberado- si es que así la justicia lo determinase- pero todo este asunto de los versículos y el comportamiento indudablemente impecable dentro de las instalaciones, le facilitaron la libertad condicional. Ahora está trabajando en una de las capillas del centro.
  • ¿Se convirtió al cristianismo?
  • Estamos trabajando en ello −respondió sin más el sacerdote y, después de algunas preguntas irrelevantes, se despidió con un austero saludo.

Miranda, con las piernas encogidas sobre el sillón, dejó la taza de café sobre la mesita y luego increpó a su compañero animal. «¿No te parece extraordinario?» le preguntó, pero el otro pareció no oírla. Después tomó el celular y revisó los últimos mensajes; entre otras cosas, su editor quería reunirse con ella de inmediato por una propuesta laboral. La sucesión de mensajes indicaba que estaba en camino a su departamento.

Se levantó de un salto al tiempo en que sonaba el timbre. Mientras se tapaba el camisón con una campera, levantó el teléfono y la voz metálica del portero se hizo audible. «Señora, la busca un hombre…» «sí, dígale que pase. Está abierto»

Minutos más tarde la puerta del departamento se abría y el umbral era ocupado por una figura enorme y desconocida. Miranda se quedó como helada, mirando en la dirección de Juan, que ya no vestía el estúpido traje caqui de la cárcel de la provincia. Después comenzó a temblar.

  • ¿Quién sos? −le interrogó, temerosa.
  • Un hecho extraordinario, diría usted, Miranda. ¿Soñó conmigo?

Ella no respondió.

  • Que suerte tiene, porque en mis sueños no aparecía usted. Si no un hombre… una figura enorme y desconocida que se desvanecía sin dejar rastro… ¿Sabe? Quince años más tarde pensé que el mundo debía de haber cambiado, aunque sea un poco, pero no, todo sigue igual. Parece que el mundo es una jaula enorme y todos nosotros presos de algo mayor.

Se acercó despacio, algo brillaba apretado en el puño del expresidiario. Ella ni siquiera intentó resistirse.

  • Ahora debo completar el sueño, Miranda. Lo siento, de verdad. Pero esto somos; hombres por naturaleza y convicción.

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“Equilibrio” por Ruy Hanmse: para leer más del autor, http://www.soyruy.com

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