Un caso irrisorio

Un caso irrisorio

Movida por la curiosidad (y tal vez un poco de sadismo) la señora Donaires corrió la cortina y se quedó mirando cómo el vecino de enfrente bajaba del auto para abrir el portón de rejas de su casa. Se le quedó mirando porque sabía, muy dentro suyo que, así como se lo veía, despreocupado y tal vez un poco condescendiente, estaba involucrado en la desaparición de Mateo.

Había pasado ya quince días desde la ausencia del niño, catorce desde que la denuncia en la comisaría se oficializó. “Tiene que pasar como mínimo cuarenta y ocho horas para establecer a una persona como desaparecida, señora” le dijeron a la madre. Al final resultaron ser veinticuatro por su condición de menor de edad y porque un año atrás había desaparecido una niña hija del dentista del barrio. La madre, movida por ese instinto maternal capaz de arrancar las rejas de las ventanas de un tirón, no abandonó la institución desde el momento en que entró y los policías no tuvieron otra posibilidad más que tomarle la denuncia.  

Pero Donaires sabía que ese hombre estaba involucrado, lo sabía porque lo había visto hablar con el pequeño Mateo algunas veces, cuando volvía del almacén o cuando salía a andar en bicicleta (A la siesta, las calles barriales de San Fernando son muy tranquilas). También, y esto era a lo que más temía, lo había visto una mañana, metiendo un poco la cabeza entre las rejas del portón de aquella casa, enterrar algo envuelto en el patio, atrás de un aloe vera enorme que existía desde que ella se vino a alquilar, hace ya treinta años.

Por eso conocía a la familia de Mateo, si es que se le puede llamar familia, puesto que el padre del niño nunca apareció; la conocía porque Belén (la madre) consiguió un trabajo estable en el centro para el municipio, obligándola a dejar a Mateo a cuidado de Donaires las tardes en que su mamá no podía hacerlo.

Pobre niño, era tan inocente. La última vez que había venido, hace ya tantos días, habían armado un rompecabezas de un astronauta en la luna que tenía desde que sus hijos todavía vivían con ella, después la había ayudado a acomodar la caja en el hueco debajo de la escalera, compartimiento donde guardaba los trastos viejos, con cuidado de mantener la puerta abierta porque el pestillo se trababa y encender solo uno de los focos, porque la otra ficha hace saltar la térmica con facilidad. Después merendó y, como su mamá todavía no había vuelto del trabajo, se quedó dormido en el sillón de la sala, viendo los dibujitos que pasaban por tv pública. 

«Pobre Mateo, mi Mateo» decía la ancianita, disgustada.

Dos o tres veces, no lo recordaba bien, había venido Belén a tocar la puerta de su casa, con el pretexto de preguntar por alguna novedad acerca de su hijo, pero Donaires nunca tuvo el coraje para hacer públicas sus sospechas con respecto al señor de enfrente ¿Y si no era? ¿Y si en realidad era ella que estaba un poco paranoica? Quizás el niño se había ido de la casa por sus propias cuentas (No, eso es absurdo, tenía apenas diez años) quizás…

Una tarde, la anciana había caminado hasta el supermercado chino que está a siete cuadras de su casa, cosa que el doctor no le recomendaba, puesto que su demencia se agravaba con el pasar del tiempo y, uno de esos días, iba a olvidarse cómo volver a su casa. Había ido porque ese supermercado era el único que vendía las cremas de leche más baratas, pero no las había comprado, no, porque distinguió la silueta del vecino de enfrente, quien tan pacientemente hacía cola para pagar. La anciana, sagaz como ella sola, pegó media vuelta y agarró el primer producto que tuvo al alcance. Un paquete de caramelos Butter toffees, los favoritos de Mateo. ¡Qué punzada al corazón le sobrevino a notar ese tonto detalle!

El vecino llevaba un pedazo de carne, lo cual ya era bastante sospechoso porque nadie les compra carne a los chinos, un paquete de fideos y una pala de jardín. ¡Eco! ¡Una pala de jardín! La situación ya casi parecía una de esas películas hollywoodenses donde el vecino en realidad era el causante de todo mal en el barrio. «Viejo sinvergüenza» pensó entonces y abandonó la cola, dejando los caramelos frente al chino enojado que le llamó la atención cuando sonó la alarma de la entrada.  

Y ahora lo miraba allí, tan tranquilo, guardar el auto en el garaje de su casa ¿Lo había mandado a lavar? No podía recordarlo, siempre lo traía reluciente de limpio, como si nunca hubiese visto una calle de tierra o las gotas de una lluvia temprana. Hombre astuto que no deja escapar ni un detalle.

Se despistó un momento por el olor a podrido que venía de la cocina. Donaires, tan metida en el asunto de Mateo, se había olvidado de sacar la basura y ahora toda la casa apestaba. Tendría que juntar argumentos suficientes para presentar a la policía si quería hacer justicia por el niño. Quince días era mucho tiempo y la madre, destrozada, seguramente esperaba lo peor. ¡Pobre Mateo, mi Mateo! pensó mientras hacia un nudito en la bolsa casi vacía y salía para la calle. Ahí estaba de nuevo. El hombre también había salido a sacar la basura. La vieja esperó un momento en que sonase la puerta de calle de su vecino y cruzó rápidamente la acera. Agarró la bolsa negra de basura del otro, clavando los dedos nudosos en el plástico y se metió a su casa lo más rápido que pudo.

Abrió la bolsa ahí mismo, detrás de la puerta de entrada, y todo el pasillo se inundó de un olor pestilente, como a carne podrida. Dentro de la bolsa había plásticos envoltorios, un sachet de leche, tierra, yerba, servilletas usadas y el rollito vacío de cinta de embalar. Lo sacó con cuidado y lo examinó un momento. ¿Para qué utilizaría tanta cinta? Ese debía de ser un rollo como de cincuenta metros. Eso es mucha cinta. Los pensamientos de la anciana se oscurecían cada vez más al pensar en el niño. La historia se iba enlazando con una facilidad increíble, era él ¡Tenía que ser él! ¡El pobre Mateo estaba enterrado en el patio de la casa de aquel hombre perverso!

Mateo, su precioso Mateo, muerto por aquel hombre sin piedad, sin remordimiento. Mateo, el niño que tantas veces corrió por el pasillo de su casa y que tantas otras jugó a la pelota en el patio de atrás. Pensar que hace algunas tardes lo había visto por última vez andar en bicicleta por la vereda de su casa y lo había invitado a merendar y el niño, después de un vaso gigantesco de chocolatada, había decidido que quería volver a armar aquel rompecabezas del astronauta en la luna que tanto le gustaba, porque tenía un poster similar pegado en la pared de su cuarto, y había ido a buscarlo.

Algunos días más tarde creyó había visto, con su gorrita negra y su buzo de los power rangers, hablando con el vecino de enfrente y eso le había llamado la atención, porque Mateo no hablaba con cualquiera.

Donaires cayó rendida en el sillón de la sala y se puso a recapitular todo lo que sabía. Era importante serenarse y ordenar la información si quería arrojar un rayo de luz sobre el caso del niño. ¿Cuándo había comprado la pala de jardín? ¿Eso había sido antes o después de verlo enterrar esa oscura bolsa en el patio? No podía recordarlo con claridad, pero tiene que haber sido antes, eso es seguro ¡Qué terribles cosas le habría hecho a esa pobre criatura de Dios! No quería ni imaginarlo.

Telefoneó a Belén y, convenciéndola de que tenía datos importantes sobre su hijo, la invitó a venir y la mujer apareció quince minutos más tarde, vistiendo un pullover gris demasiado estirado y una cara larga, larga, como si hubiese vivido miles de años.

Belén se sentó en la sala y escuchó atentamente las palabras de la señora Donaire, que relataba con la mejor claridad posible aquel relato fantástico donde su vecino era el antagonista y aquella madre, propensa a creerse cualquier cuento con tal de ver a su hijo otra vez, había llamado a la policía.

Llegaron a eso de las ocho con la orden de allanamiento, cuando ya el cielo comenzaba a azularse y la luminaria de la calle se encendía como por arte de magia. El vecino, nervioso, los dejó entrar. Llevaban un perro enorme que iba husmeando todo y que ladraba en dirección al patio. «Ahora vas a ver, hijo de puta» pensó la señora Donaires y después se persignó por haber considerado una mala palabra. Se iba a hacer justicia.

La calle se inundó con las luces azules de las sirenas de la policía. Llegaron más móviles policiales y un furgón especial del cual bajaron unos hombres entrajeados que comenzaron con el peritaje. La señora Donaires explicó todo otra vez, desde el comienzo, ignorando algunos detalles temporales que tanto le costaba recordar.

En la sala del vecino encontraron un sillón ahuecado con algunas prendas de niño usadas. También detectaron cabello humano. Belén, desesperada, comenzó a gritar e intentó pegarle a aquel tan sombrío hombre, pero el otro se echó para atrás y la policía se interpuso.

La gente del barrio comenzó a arrinconarse en torno a la cerca policial. Algunos, más atrevidos, se animaban a preguntarle a Donaires qué estaba pasando y ella, movida por aquel instinto maternal que desde un comienzo la había llevado a sospechar de aquel hombre, comenzó a explicar todo otra vez. Las veces que lo vió dialogando con los niños del barrio, la vez que compró una pala de jardín en el almacén, el olor a carne podrida que emanó la bolsa de basura y aquella noche que lo vio enterrando algo en el jardín.

Uno de los uniformados clavó la pala en la zona indicada por la señora, detrás del aloe vera, y minutos más tarde dio con algo. Con mayor cuidado y asistido por un grupo de empleados de la oficina forense, comenzaron a sacar la tierra con las manos y unos pinceles gordos.

Efectivamente, allí había un niño.

La policía actuó inmediatamente. Esposaron al vecino y lo metieron a uno de los móviles policiales mientras el resto del equipo continuaba con la investigación. La madre gritó con tanta violencia que los perros del barrio comenzaron a ladrar. Llorando cayó rendida, pero una de las oficiales se acercó y la ayudó a levantarse. Después le dijo algo de que sabía que era una situación angustiante, pero que tenía que ser fuerte, por Mateo. Habían desenterrado la bolsa negra y la habían abierto ahí mismo, mientras uno de los enfermeros preparaba la bolsa mortuoria. Si bien el cabello largo (gracias a Dios) le tapaba la carita, atacada por las lombrices y los pesados golpes del tiempo, el vestido la había delatado; era la hija del dentista que vivía a unas cuadras de allí, desaparecida hace ya un año.

Entonces la mujer policía le dijo algo más, pero la madre no podía escucharla, estaba sufriendo una crisis nerviosa allí mismo. Un médico apareció para asistirla y se la llevaron en una ambulancia. Entonces la anciana Donaires, todavía predispuesta a hondear en el asunto y esclarecer de una vez por todas ese ambiente brumoso en que el barrio se había sumido esas últimas horas, se ofreció a ayudar a la mujer.

El vecino era un pedófilo. Habían encontrado prendas de niños en varios escondites de la casa, e incluso había una pequeña bicicleta desmantelada en el garaje. Si bien todavía no habían encontrado nada de Mateo, tenían motivos para sospechar de este individuo, por lo que necesitaban alguna prenda de ropa para que el perro pudiese seguir el rastro. La anciana le pidió que la acompañase, que tenía la solución. Minutos más tarde los fisgones del barrio habían cruzado la acera para ver que ocurría ahora en la casa de la señora Donaires. Un grupo de policías se había venido con ella, detrás del perro rastreador. La anciana salió después de unos minutos con el almohadón de sillón donde solía dormirse Mateo. La mujer policía le preguntó entonces si lo conocía y ella respondió que sí, que venía de vez en cuando a su casa a merendar o a pasar la tarde cuando Belén trabajaba.

Uno de los oficiales acercó el almohadón al perro y después soltó el lazo, permitiéndole perseguir el rastro con libertad. Pero no cruzó la calle, ni entró a la casa del vecino, ni abandonó ese preciso pasillo donde estaban, no. El perro se quedó ladrando una puerta bajo la escalera.

La mujer policía al entrar se tapó la nariz por el olor a podrido, después vio la basura desparramada en el hall de entrada. Le preguntó si tenía la llave de esa habitación y la anciana, extrañada, le respondió que no, que estaba abierto, pero que tenga cuidado que a veces se trababa y no se podía abrir desde adentro.

Le bastó con abrir un poco la puerta para entender todo. Tras una seña de la mujer policía, otro de los oficiales le pidió que la acompañe afuera y, después de un breve diálogo, la esposaron.

Efectivamente, allí había un niño.

Mateo, más precisamente, aferrado a ese tonto rompecabezas de un astronauta en la luna.

___________________________________________________________

“Un caso irrisorio” de Ruy Hanmse: Para leer más del autor: http://www.soyruy.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s