El ángel de la muerte pequeña

El ángel de la muerte pequeña

Hay algunos momentos en los que me pregunto ¿Qué es el hogar?

Para algunos, “hogar” es calidez, cariño, amor. Es levantarse en la mañana escuchando el ir y venir en la habitación de al lado, es el olor a café recién hecho o los restos de un desayuno temprano antes de salir al mundo.

Para otros, puede tratarse de la simpleza de un techo sobre sus cabezas que prohíba que a uno se le mojen los pensamientos. No importa si es un techo grande que cubra muchas habitaciones o si es más bien uno pequeñito, de dos metros o poco más, pero suficiente como para sentirse seguro, para sentirse parte de algo.

Y ese algo es un hogar.

Para mí, por muchos años, “hogar” fue todo eso y mucho más. A veces, en las noches más negras, recuerdo levantarme temprano y caminar descalza por las baldosas heladas del pasillo y tener que abrazarme a mí misma al sentir el frío de los espacios cerrados, un frío distinto al que sentí después, porque era un frío bueno.

También me acuerdo de que mi mamá solía guardar los cereales en la alacena más alta, obligándome a subirme a una silla y de la silla a la mesada tan solo para alcanzarlos, procurando dejar todo en el mismo lugar antes de irme.

Hogar es una palabra en la que estuve pensando bastante seguido últimamente. Porque hogar no es una casa, no. Uno puede vivir en muchos lugares, como lo hizo una amiga mía, Laurita, por casi siete años, alquilando casa tras casa, evitando los impuestos y la suba de los alquileres. Ella me dijo que todas esas eran casas, eran huecos en edificios y paredes de ladrillo o de yeso y que su hogar estaba en el abrazo de su mamá, que tanto había hecho para que el pequeño mundo que habían construido entre ellas no se venga abajo.

Laurita nunca había conocido a su papá, se fue antes de que ella abriese los ojitos, así que se podría haber ido como se podría haber muerto, era indiferente, porque nunca apreció la figura paterna en la familia. Su mamá lo fue todo para ella, como un sostén cuando todo parecía temblar y, cuando falleció, yo pensé que ella se me moría atrás. Pero no, Laura heredó los mejores genes; la fortaleza, el cuidado y la predisposición.

A veces no sé si es mejor no conocer nunca a tu papá, como Laurita, o conocerlo para terminar odiándolo, como yo. Papá era raro. Nunca supe si alguna vez fue feliz, porque siempre estaba serio, como ofuscado, y era imposible verle sonreír. No sé si la vida lo apretó demasiado o si él no se dejó apretar lo suficiente, pero siempre estaba así, como esas horas muertas del domingo, cuando el cielo se nubla y uno espera pacientemente la llegada de la lluvia.

Si alguna vez me quiso, nunca lo supe. Quizás lo hizo en la inocencia de mis primeros años, en la ingenuidad de no entender el mundo. Porque después parecía molestarse por todo lo que pudiese venir de mí, la más simple de las palabras, el más obtuso de los sonidos. «Maricón» me decía a veces, de eso me acuerdo. Después dejó de hablarme y en su lugar me empujaba a un costado. Yo miraba a mi mamá buscando alguna respuesta, pero ella parecía no enterarse de nada, evitando cualquier tipo de justificación o conversación incómoda. Y cuando los empujones se transformaron en cachetadas, empezó a decirme que era porque papá me quería y le dolía verme “así”. Cuando las cachetadas se cerraron en un puño, directamente comenzó a abandonar la habitación. Ahí se me empezaron a apagar las luces, tiñendo todo de un extraño color grisáceo, haciendo de noche cada vez más temprano.

Ese fue mi hogar por catorce años, hasta que mi mamá me puso una mochila en las manos y llorando me pidió que me fuera. Y yo me rompí un poquito por dentro. Nunca la culpé de nada, a veces la vergüenza pesa más que el orgullo. ¡Qué terrible fue para mí saber que yo era la fuente de todo mal!

Esa tarde, hace quince años, fue la primera vez que vi al ángel de la muerte pequeña. Cuando me puse la mochila en el hombro y salí caminando por la vereda de la calle San Juan, éste me llamó la atención al sacudir sus alitas de plumas negras. El ángel me vio desfilar calle abajo y doblar en una callecita de tierra. Me vió sumergirme en lo terrible de las calles desnudas y las noches sin techo.

A Laurita la conocí después, cuando a mi ya me ardían los hombros de tanto cargar la vida. Laurita era como yo, entonces me entendió enseguida. Me acuerdo que me la crucé en la calle Triunvirato, ella iba caminando calle abajo y en la esquina, mientras esperaba que cambie el semáforo, se detuvo a mirarme. Sus ojos negros me recorrieron de arriba abajo, como un escáner. Yo le escupí el piso, porque la calle me había enseñado a sobrevivir y para sobrevivir es necesario no dejarse pisar por nadie. «Qué me mirás, pelotuda» le dije. Ahora siento vergüenza de haber sido tan violenta, porque Laurita llegó para darme el cariño que me faltaba, aunque en aquel momento haya bajado la mirada y cruzado la calle, espantada.

Un par de días después volvió, yo estaba de espaldas en el pórtico cubierto de una casa de préstamos que ahora está cerrada. La sentí acercarse despacio y yo, nerviosa, apreté fuerte el pedazo de hierro con el que cortaba la realidad para abrirme paso.

Entonces me preguntó si tenía hambre. Yo no le respondí, porque estaba confundida. Me giré y la vi a contra luz. El dorado de las luces de la mañana se filtraba entre la fineza de su cabello negro. «¿Tenés hambre?» volvió a preguntar y yo asentí.

Me llevó hasta el kiosquito que está en la esquina de Barcala y San Martín. Me compró un sanguche y una gaseosa y se sentó al lado mío. Me preguntó cómo me llamaba y le dije que Luz, me preguntó dónde vivía y le dije que en ninguna parte. Entonces dejó de preguntar.

A Laurita la quiero como nunca quise a nadie, porque me dio esperanzas. Me dejó vivir con ella y con su madre y me demostró que la tristeza duele menos cuando se está acompañado.

Y Laurita espantó al ángel de la muerte pequeña por casi cinco años.

Después, cuando a su madre la diagnosticaron con la enfermedad de las mujeres, yo lloré por ella, porque no se permitió llorar. «Tengo que ser fuerte en los momentos más delicados» me dijo una noche, entre tazas de café. Solo cuando su madre falleció fue que verdaderamente la vi quebrarse. Entonces pude notar que ella estaba tan rota como yo y, al verla de frente como un espejo, reflejando sus grietas más profundas en mí, entendí que la vida ajusta a todos por igual, como a Laura, como a mí, como a mi papá.

Entonces me fui de la casa, porque se estaba poniendo demasiado grande para las dos y porque ella tenía muchas cosas de qué encargarse, cosas en las que yo solo sería un estorbo.

Y, de vuelta en las callecitas, volví a sentir al ángel de la muerte pequeña batir sus alas negras en todas las esquinas y callejones, como anunciándome su regreso.

Empecé a buscar trabajo, pero no es tan fácil cuando a una la juzgan constantemente por elegir vivir de manera plena. Tuve que lidiar con las sonrisas cínicas de los empleadores y con sus frases hirientes disfrazadas de cordialidad en cada uno de los locales donde entraba. Tuve que tragarme las burlas de quienes no tienen pelos en la lengua, y el miedo generado por aquellos que, en silencio, estiraban sus manos lascivas, cerrándolas en torno a mi cuerpo.

Y el ángel de la muerte pequeña me esperaba siempre afuera, a veces abriendo su boca bien grande, a veces tiritando de frío, y cuando perfilaba en alguna dirección, lo sentía girarse y seguirme de cerca.

Terminé trabajando las calles y ahí aprendí que una se puede sentir muy sola entre medio de tanta gente. La desolación que a una termina por envolverle mientras transita las veredas de cemento golpea con fuerza.

Entonces, entre autos sin patente y colillas de cigarro fue que conocí a Ricky. Él trabajaba como empaquetador en una fábrica de conservas y tenía un departamento cerca de la calle que yo solía frecuentar. Nada extraordinario, pero sumamente digno. Me dijo que quería llevarme a su casa y, una vez ahí, en las sábanas floreadas de la cama y el zumbar de aquel ventilador de pie, me pidió que no me vaya nunca. Es difícil de explicar, pero cuando a una le falta tanto el amor, cualquier muestra de cariño es un baldazo de agua fría. Le dije que sí y, aunque él prefería mantener nuestra relación en secreto, nunca faltó a una de nuestras citas. Incluso me dejaba quedarme en el departamento los fines de semana y los feriados. Lo que me llamó la atención en un principio fue que el ángel de la muerte pequeña seguía ahí, golpeando las ventanas con sus alas de plumas negras o revoloteando sobre el techo del lugar.

Y mi vida vagabunda mejoró notablemente por un par de meses. Ricardo seguía viniendo a verme y yo seguía esperándolo con la paciencia y la tranquilidad de quien entiende lo que hace.

Ricardo me amó, pude verlo en sus ojos. Yo sé que lo hizo. Estoy convencida de ello. Amó cada centímetro de mi piel y cada una de mis imperfecciones. Me amó incluso cuando ni siquiera yo era capaz de amarme y eso era más fuerte que nada.

Es por eso que cuando las noches comenzaron a oscurecer con más frecuencia, yo tardé tanto en darme cuenta. Lo que en un principio pareció un descuido, se transformó en rutina. Ya no me decía cosas lindas cuando entraba al departamento, ni enrollaba mis cabellos en su índice cuando yacíamos exhaustos en la cama. Algo en él había cambiado y yo no quería darme cuenta. Todo ese amor por mí parecía haberse agotado, todo ese afecto no había sido más que una parte de su oscura obsesión por los prohibido.

Poco a poco la llama entre nosotros se fue consumiendo y las ganas de estar para él me costaban horrores. Después vino la tormenta de silencio que desató sobre mí. No me dirigía la palabra y casi parecía estar molesto con mi presencia en la habitación. Nunca me dijo absolutamente nada y en su lugar, comenzó a levantarme la mano.

En un afán de salvar aquello que se había roto, decidí continuar con aquel tormento. Porque no había razones, porque no entendía y porque tenía miedo de verme otra vez entre rostros desconocidos y las luces artificiales del alumbrado público.

El ángel de la muerte pequeña fue quién me hizo entrar en razón. Una tarde que yo esperaba en el departamento su llegada, el ángel comenzó a golpear la ventana del baño. Los golpes sordos y acelerados me levantaron de la cama y me hicieron correr hasta el pequeño receptáculo al final del pasillo. Entonces, mientras intentaba espantarlo, escuché a Ricardo querer abrir la puerta de entrada. «¡Nadie te va a querer así como sos!» gritaba, así, sin más, en medio del pasillo del edificio. «¡Fuera de mi casa, monstruo!»

«Fuera»

Llegué a trabar la puerta del baño en el momento que se abría la del departamento. Ricky había estado tomando y las palabras punzantes se le salían de la boca como un torbellino. En el caos de encontrarme sola y desprotegida, me senté en el inodoro y, abrazando mis piernas y llorando unas gruesas lágrimas de dolor, esperé a que todo volviese a la calma.

Nunca sentí tanto miedo por mí misma, lo escuchaba insultarme desde el pasillo y a veces venía a golpear la puerta del baño, pero no parecía saber que yo estaba allí. Apaleaba todo y rompía cualquier cosa que tuviese a su alcance, había alcanzado un estado de violencia que yo no había experimentado en la vida y el temor terminó por consumirme.

Entonces, después de un lapso de tiempo que podría haber sido minutos, horas o toda una vida, afuera pareció haberse aplacado. El ángel de la muerte pequeña volvió a golpearme la ventana y, cuando me giré a verlo, emprendió vuelo. Apretando fuerte una tijera para el pelo, giré lentamente le pestillo y, una vez lo escuché destrabar el cerrojo, esperé un poco más antes de abrir la puerta. Ricky estaba dormido en el sillón y el departamento era un desastre. Todos los muebles estaban corridos o tirados y había fragmentos de vidrio en el suelo, probablemente de las copas que solía dejar secando al lado de la bacha.

Tomé la mochila y salí sin decir ni una palabra. Y Ricardo pasó a formar parte de mi compilado de historias quebradas, convirtiéndose en nada más cierto que un nombre en mi historia personal.

Y el ángel de la muerte pequeña comenzó a caminar casi a la par mía, como una especie de viejo amigo, conocidos en un retorcido episodio de amor, odio y libertad. Estuvimos así por poco más de un mes, recorriendo esas mismas calles que me habían visto crecer, viendo cómo las hojas caídas del otoño morían aprisionadas contra el cordón de la calle, dando paso a las filosas ráfagas del invierno más crudo que había experimentado hasta entonces.

Una tarde noté cómo las nubes comenzaron a arremolinarse entorno a mí, pero no eran nubes cualesquiera; eran negras y sólidas, como el humo de un incendio que no se agota hasta que todo es consumido por completo. Impaciente, comencé a caminar calle arriba, buscando con la mirada algún lugar donde resguardarme de la tormenta inminente, algún lugar donde el diluvio no entre.

La lluvia fue más rápida y lo que en un principio fueron unas gotas gigantes, poco después se transformaron en una funesta tormenta sin final. Desesperada comencé a golpear algunas puertas, pero nadie parecía estar dispuesto a abrirme. Así como estaba, con el pelo pegado al rostro y la ropa sucia y descocida, corrí algunas cuadras más.

Pero ya era demasiado tarde. El agua ya había comenzado a meterse dentro de mí, mojándome toda, humedeciendo las largas horas que había vivido y arrugando mi futuro como un papel. Terminé en uno de las callecitas de tierra de la periferia del barrio, acurrucada entre bolsas de basura, tiritando de pies a cabeza y sacudiéndome el frío de adentro. 

Entonces el ángel de la muerte pequeña apareció en el principio de la calle, sacudiendo el agua de sus plumas y acercándose, siempre acercándose.

Se paró sobre mi pecho y me miró con aquellos profundos ojos del tiempo, revelándome hasta dónde había llegado y cómo había terminado allí. Recordé a papá, a mamá, a Laurita y a su madre, a Ricardo y a todos los demás. Sentí entonces la vergüenza de estar donde estaba, culpándome de todo. Seguido, casi como una consecuencia directa, me mostró los colores de mi vida en constante construcción, las horas de completa libertad donde el aire se respiraba más puro y la aceptación de quererme como nunca nadie podría llegar a hacerlo.

Cuando dejé de sentir el frío, entendí al ángel de la muerte pequeña.

Porque nunca quiso hacerme daño, solo quería mostrarme el camino.

Porque todo ese tiempo yo había sido Luz, y el camino correcto siempre había sido el mismo.

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Ruy Hanmse

“El ángel de la muerte pequeña” por Ruy Hanmse. Para leer más del autor, visita: http://www.soyruy.com o, en Facebook.com/ruyhanmse

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