Cuando el amor no alcanza

Cuando el amor no alcanza

Se acercó a la bacha y abrió la canilla. Después desató la bolsita de plástico donde había metido el mate sucio la última vez que lo había usado y lo enjuagó. David se había sentado detrás de ella, dándole la espalda, inclinado un poco sobre la mesa para ver mejor el noticiero que sonaba en el televisor de la sala de estar.

  • ¡Qué terrible todo eso! −exclamó de repente, pero Agustina no lo escuchaba.

Raspó un poco con la uña la yerba que se había pegado en las paredes de cerámica del mate, mientras intentaba recordar hace cuánto estaba el mate guardado sin lavar. Tenía que haber sido desde la vez que fue al parque con las chicas ¿O no? La vez que se enojaron con ella por algo que no había hecho, que a Guada se le volcó encima por mirar un chico y… No. No podía ser. Porque se acordó del jean de su amiga todo manchado por el agua con yerba y el mate turquesa metido de cabeza entre las piernas. Y ese mate no era el de ella. El suyo tiene esa frase media hippie que hace juego con el set, “siempre vale la pena si te hace sonreír” dice. Se lo habían regalado hace dos años, cuando se mudó al departamento y esas mismas amigas descubrieron que tomaba mate en una taza y hervía el agua en una olla.

Agarró con el arco del brazo los dos tarritos que esperaban pacientemente ser recogidos y se fue para la mesa. Después se puso a prepararlo. David había comprado facturas en la panadería de abajo, que a veces tenía buenas ofertas y ahora el paquete reposaba en medio de la mesita redonda, con uno de los costados rajado.

El chico chequeó el celular un momento y después lo dejó a un lado. Se le quedó mirando. Pensó que el silencio en ese edificio era terrible y que estaría bueno poner algo de música de fondo. Entonces el periodista volvió, anunciando una nueva ola de disturbios en Santiago. David volvió a desconectarse.

  • ¿Qué dice? Poné más fuerte.
  • No sé dónde está el control. Se me debe haber quedado allá en la sala, andá a buscarlo si querés.
  • No, está bien− contestó el otro, con los ojos clavados en la pequeña pantalla a casi cuarenta metros− ¿Viste que bárbaro? Están saqueando todos los supermercados, después se quejan de que los caguen a palos.
  • ¿Con todo el quilombo que hay en Chile a vos te llama la atención que se roben una tele? − le contestó la otra, indiferente.
  • No, digo nomás. Que después no se quejen. Porque son los primeros en decir que los milicos esto, los milicos lo otro.
  • Y… siempre hay gente que se aprovecha de la situación, David. Eso pasa en todos lados. Pero no vas a ningunear la causa por eso.
  • Sí, obvio− dijo sin más. Agustina le pasó un mate y este lo dejó reposar un ratito− pero son re quilomberos igual. No me podés decir que no. El otro día saqué la cuenta, treinta pesos les aumentaron nada más. Treinta pesos ¿Vos sabés lo que es eso? Nada. Un vuelto. Encima en peso chileno, que todo vale quince mil pesos, sesenta mil pesos y así.
  • Ay, David− Se rió− va más allá de eso− Se cebó un mate y lo tomó antes de continuar− ¿Vos sabés por qué pasó la revolución francesa? Porque les subieron el precio del pan. Lo mismo, “unos pesos” como decís vos.
  • Qué tendrá que ver.
  • Mucho.

David fue a hablar, pero se tragó las palabras. Se levantó de la silla, fue hasta la sala y le bajó el volumen a la tele de manera manual. Después se volvió a sentar con una sonrisa.

  • Bueno, basta de Chile− Sentenció− ¿Cómo estás vos?

«¿Cómo estás vos?» ¿Y cómo voy a estar? – pensó− mi vida es una mierda y tengo ganas de llorar y gritar por cualquier cosa. ¿Cómo voy a estar? Desde que se fue el pelotudo, me siento como vacía. Debería estar contenta, festejando, cagándome de risa, pero no: me pasa todo lo contrario. Cada cosa, por más boluda que sea, me recuerda a él. 

  • Bien, que se yo.
  • Dale, Agus. Sabés de qué hablo− le incitó el otro− igual ojo eh, si no querés hablar no hay drama, solo que como es tan reciente, viste… no sé…
  • No, no. Está bien. No pasa nada.
  • ¿Y…?

Agustina se estiró para agarrar una factura, pero una vez se la trajo, la dejó apoyada entre el termo y su brazo. Sintió que se le cerraba el estómago de repente, pero no quería demostrarle nada a su amigo, quería que piense que estaba todo bien, que estaba manejando toda esa situación de la mejor manera posible.

  • Y, viste como es− empezó− pero estoy bien. Estoy contenta de que todo pasó.
  • Y eso es lo importante, corazón− después de una pausa agregó− de hecho, me sorprende lo bien que sobrellevas las cosas, si fuese yo, no sé− rió− me hubiese matado, seguro.

La chica se obligó a sonreír, después clavó la mirada en la mesa. Juntó con el borde de la palma un poco de yerba que se le había volcado y empezó a hacer formas con el dedo. Primero una línea, después un corazón.

Siete años de su vida. Siete. Para terminar encajonándolo todo en algún lugar de la memoria, con esperanzas de olvidarse cuanto antes de sus ojos marrones y su barbita desprolija. Que injusto le resultaba todo. ¿Por qué los que más aman siempre salen heridos? ¿Por qué debemos sufrir por amor?

  • Me alegro que estés bien, toda separación es difícil, siempre. Y más una como la tuya.

Claro, una como la mía− pensó mientras tomaba un mate− una con un divorcio de por medio, y abogados y psicólogos y todo el circo. Aunque, de alguna manera, lo agradecía. Quién sabe qué sería de ella si se hubiese seguido tragando toda esa mierda y resistiendo en pos a una relación en bancarrota.

  • Y, no es fácil. Pero bueno, lo hecho, hecho está. Estoy feliz, eh. Me cuesta adaptarme nomás. Y todo el temita de estar acostumbrada a vivir con alguien, viste, a levantarme y renegar porque me dejó la manteca afuera de la heladera, o mojó la alfombrita del baño por dejarla muy cerca de la ducha y esas cosas− se rió y su amigo la acompañó.
  • Por supuesto. Lo importante es que ya no está− agarró otra factura y le sacó la cereza glaseada− Aunque, te digo, me cuesta imaginarme al Edu siendo malo. No me malinterpretes, estoy de tu lado, pero siempre fue tan bueno conmigo…
  • Vos porque no vivías con él.
  • Obvio, y menos mal. Los más callados son los más terribles, dicen.

Es difícil que te crean cuando nunca lo han visto. Así fue todo el año pasado, que le contaba a las amigas sobre los comportamientos de su ex y las otras le decían que no exagere las cosas, que era porque estaba pasando un mal momento y todo le resultaba espantoso. Incluso llegaron a decirle una vez que le faltaba coger. «Estás muy malhumorada, no me sorprende». Y eso la hizo enojar más aún. No sabían nada y opinaban porque era gratis, como decía su abuela antes de morirse, y cuando les pase a ellas ya van a ver.

Una noche habían peleado porque ella había querido salir a bailar y la discusión terminó con el puño de Eduardo incrustado en la pared de la habitación. Esa reacción la asustó, porque había leído en internet que así empiezan los violentos. Porque no se pueden controlar. Porque tienen que demostrar lo macho que son ante todo el auditorio, como esa pintura renacentista de David, con la espada en alto, pisando el cuerpo de Goliath. Al otro día se había levantado temprano y había salido en el auto. Ella pensó que se había ido para siempre y pudo por fin respirar, pero al volver del laburo se encontró con la pared reparada con masilla y un trozo de Durlock. Eduardo roncaba de espaldas sobre la cama. Y decidió perdonarlo por enésima vez, como todas aquellas veces en que se le había saltado la correa, pero que con el tiempo había vuelto en sí. Había vuelto al mismo Eduardo de siempre, al Eduardo con quien había compartido ya muchos años de su vida, años que no valían la pena sacrificar por una peleíta sinsentido.     

Casi como si le hubiese leído la mente, su amigó preguntó.

  • ¿Alguna vez te pegó? −lo dijo como tímido, sabiendo que se metía en terreno pantanoso. Pero Agustina no pudo si no sonreír y resoplar, aliviada.
  • No, nunca. Gracias a dios. Pero poco le faltó.
  • Ay, no digás eso. Menos mal que te alejaste entonces. Tóxico de mierda que resultó ser −negó con la cabeza, sin mirarla, como acordándose de algo.

Entonces el celular de ella vibró en la mesada, donde lo había dejado cargando, y ella se levantó a ver quién era. Un nuevo mensaje de un contacto agendado como “Satanás”. «hablando de Roma» dijo ella mientras ponía el patrón de desbloqueo.

  • ¿Es él? ¿Qué quiere? −preguntó su amigo.

«Así que estás con el david. Espero que te coja bien.. ah no, cierto que es puto ese»

Ella se quedó en silencio con el estómago anudado. Comenzó a sentir como el corazón se le disparaba. ¿Qué significaba ese mensaje? ¿Que la estaba vigilando? A su prima una vez le había pasado algo similar con un noviecito de la secundaria que se había puesto como loco cuando terminaron y llegó a romperle los vidrios del departamento y robarle la bicicleta con la que iba a la facultad. También la había amenazado por WhatsApp con seguirla cuando salga de cursar y “re cagarla a trompadas”, pero hizo la denuncia en la policía y le metieron una orden de restricción. ¿Debería hacer eso ella también?

  • Boluda, ¿Qué te dijo? Te quedaste muda.

Eduardo nunca la había amenazado con pegarle o, por lo menos, no recordaba que así sea. Pero esto de saber que estaba con David le daba escalofríos porque, de alguna manera u otra, se sentía controlada, vigilada. Nunca había sido violento con ella, pero sí se enojaba fácil ¿y si la agarraba afuera del departamento de noche? ¿Y si la seguía hasta alguna callecita oscura para hacerle vaya uno a saber qué, como pasa en las noticias del diario?

  • Nada, me dice que va a pasar a buscar unas llaves que se dejó.

«Eduardo, ¿Me estás controlando?» le mandó ella y el mensaje se puso en azul al instante. El maniático estaba leyendo el chat. «Escribiendo…». Agustina experimento el miedo del que le habló su prima aquella vez, hace ya como cinco años, pero que ella no había podido interpretar correctamente. Sintió impotencia, como ganas de llorar y se fue para el baño. David la vió atravesar el umbral de la cocina, pero no dijo nada.

Entró, trabó la puerta y se sentó en el inodoro.

«jajaj me contó damian que pasó por tu depto justo cuando el entraba, tranquila que no soy uno de esos»

¿Uno de esos? Hace como tres años, cuando todavía eran novios, él le pidió las contraseñas de las redes sociales. «Es confianza» le dijo él y ella aceptó, solo porque él también le dio las suyas. No tenía nada que ocultarle, su vida se basaba mayoritariamente en tomarse el 52, a la mañana para ir al laburo y en la tarde para ir a cursar. Le quedaban unas pocas materias, pero medio las había abandonado porque el año pasado su papá se había infartado por tercera vez. Pero entonces, una noche que él se estaba bañando y dejó el celular en la cama, ella se acostó en el momento justo en que se abría una burbuja de diálogo. Una tal Florencia que le decía que se apure porque estaba cansada de esperar.

«¿A dónde ibas?» le preguntó cuando salió de la ducha, con una toalla envuelta en la cintura y el pelo húmedo. «A comer algo con los chicos» «ajá» − respondió ella− «¿Y quién es Florencia?». El rostro del otro se ensombreció. Estaba buscando una remera en el chifonier, pero en cuanto pronunció el nombre, dejó de hacerlo y comenzó a mirarla por encima del hombro.

  • ¿Dónde leíste eso?
  • En Facebook. Te acaba de mandar un mensaje.
  • No me revisés el celular. No me gusta. Dameló.
  • Ah, pero vos…− El chico se le abalanzó y le sacó de un tirón el teléfono de la mano. Ella se quedó como aturdida.
  • Mirá, no me hagás calentar al pedo. No me revisés más el celular.

Ella lo observó vestirse en silencio. No se cruzaron ni una palabra más por un largo rato, pero la tensión en la habitación era casi palpable. Se sentía como desorientada. Nunca le había respondido de esa manera y la violencia con la que prácticamente le arrancó el celular de la mano la descolocó completamente. ¿Debía decirle algo? No, lo único que lograría es hacerlo enojar más. Lo mejor sería fundirse con el espacio y hacer de cuenta de que ni siquiera estaban respirando el aire de la misma habitación. Después, mientras intentaba pasar el talón por la zapatilla, ayudándose con los dedos, dijo; «Florencia no es nadie, no sé por qué me habla. No la conozco» y eso fue todo. No volvieron a hablar del tema.

«No me vas a contestar nada?» le dijo en otro mensaje. Llevaba cinco minutos encerrada en el cuarto de baño, sumida en sus recuerdos más oscuros. Nunca lo había visto de esa manera, pero ahora que unía los cabos, tenía un panorama completo de los últimos siete años con Eduardo. Otra burbuja de diálogo apareció debajo de las anteriores «Buee clavame el visto entonces, loca de mierda»

«Me das miedo, Eduardo, esto que estás haciendo no está bien»

«Pero si no estoy haciendo nada»

«Por las dudas te digo.»

«Que te pasa? Te pegó mal la soltería? Jaja. Vos pensás que me voy a tomar todas esas molestias por vos? Gorda si quiero te tiro la puerta debajo de una patada, pero no lo hago porque no soy así. Cualquiera la que estas clavando»

Dejó el celular en el borde del lavamanos y éste se deslizó dentro, quedando sobre el resumidero. Angustiada, rompió a llorar. Hundió la cara en un toallón para que no se escuchasen los sollozos. Sintió como los ojos se le calentaban y el cuerpo le daba espasmos, porque el llanto se transformó en sollozo. Un sollozo contenido por tanto tiempo, resguardado a viento y marea por miedo a quedar como una débil. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Qué era lo correcto? ¿Por qué le pasaba a ella? No entendía. Eduardo siempre había sido muy bueno, cinco años de novios, después el casamiento y… Sí, el casamiento. Desde ese momento todo había comenzado a derrumbarse y, mientras más pensaba, las luces de aquel salón se iban apagando. Se acordó de aquella vez que él se había negado a ir a visitar a los padres de ella en Rosario, pero el mismo año había tenido que comerse un viaje en auto de diez horas hasta Buenos Aires cuando los padres de Eduardo llegaron a Ezeiza. Se acordó de que, cuando le contó todo el drama de su prima, él le había contestado «y… bastante putita es igual». Y también estaba aquella noche donde había descubierto que tenía un montón de usuarios bloqueados en Instagram y había perdido varios amigos en Facebook, incluido todos los hombres de la facultad que cursan con ella abogacía.

A veces se encontraba rumiando sus recuerdos más rosados. Aquellos donde el amor lo era todo y donde no necesitaban nada más si se tenían el uno y el otro. Como aquellos quince días en una de las playas doradas de Brasil donde fueron a pasar su luna de miel y donde el sol goteaba azúcar en sus cuerpos blancos y tomaban caipiriña desde una piña cortada al medio. ¿Por qué no podían volver al amor de antes? Ahora le quedaba este amor gastado, como la suela de un zapato que se caminó la vida buscando el rumbo correcto. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se había sentido satisfecha y genuinamente feliz al lado de un hombre que antes lograba verla como algo más que un complemento. Y lo lamentaba porque lo amaba, pero a veces el amor no alcanza cuando falta cariño, confianza y complicidad.

De qué le servía querer cuando el otro ni siquiera lo intentaba.

Pensar que ahora lo único que le quedaba era ese miedo latente que le nacía en la punta de los pies, erizándole la piel, contracturándole los músculos de la espalda. Este Eduardo no era el mismo de quién se había enamorado años atrás, ahora estaba completamente irreconocible. ¿Y si verdaderamente estaba abajo del departamento? ¿Y si estaba mirando todo desde una esquina, o quizás desde la vereda de enfrente desde donde se puede ver el ventanal del departamento? A veces lo dejaba abierto para que el sol bañe los muebles con ese resplandor dorado. ¿Y si había estado vigilando todos sus movimientos desde el día en que se separaron? Era posible, por que no todo había salido de la manera que hubiese deseado. Cuando terminaron él no reaccionó de manera inmediata, simplemente agarró las llaves y se fue. Pero ahí radicaba el problema; todavía conservaba su juego de llaves y tardó casi un mes en devolvérselas, después de amenazarlo con denunciarlo en la policía.

Todo después de aquella tarde en que, al llegar de la facultad, notó una taza sucia en la mesa y algunas cartas abiertas con un cuchillo de cocina. El hijo de puta había venido al departamento mientras no estaba, había caminado ese mismo suelo y quizás usado el mismo baño. Incluso había llegado a hacerse un café, dejando las pruebas del crimen sobre la mesa, a la vista de todos, para demostrarle que ella era parte de ese juego sádico y desequilibrado del que nunca hubiese querido ser parte.

Muchas fueron las noches en que se despertaba exaltada pensando que había escuchado algo en la cocina o en la sala de estar. Las sombras de los muebles jugaban con la forma del espanto y el inocente silencio le traicionaba el subconsciente. Ese episodio le generó tal crisis nerviosa que terminó cambiando todas las cerraduras, incluida la de la puerta ventana del balcón, por miedo a que una noche le aparezca entre las sombras del cuarto, agarrándola sola y desprevenida.

Que pavor le generaba pensar en la idea de que esa misma persona que una vez amó podía acabar con ella con la facilidad de un chasquido. Podía corroerla hasta los huesos y reventarle los nervios con un golpe.

Podía hacerle daño. 

Alguien golpeó la puerta y ella se levantó de un salto. Unas lagrimas negras y profundas le recorrían los pómulos, alrededor de la boca, hasta perderse en la barbilla. Eran golpes suaves, pero no era la puerta de entrada, era la del baño.

  • Agus, ¿Pasó algo? ¿Estás bien? −Preguntó David desde el otro lado.
  • No, no, está todo bien. Ya salgo.

Prendió la luz del baño. Recién entonces había caído en la cuenta de que había estado a oscuras todo ese tiempo. Se miró al espejo y se descubrió los ojos hinchados. Abrió la canilla para enjuagarse la cara y el chorro de agua cayó sobre el teléfono móvil que reposaba en el fondo del lavamanos. Desesperada, lo sacó de un tirón y lo encerró en la toalla que había estado usando. «no…no…no…» repetía.

  • Abrime, Agus. No te creo que estés bien− Le dijo el otro desde la puerta− Abrime, dale. ¿Agus? Me estás asustando.

Cuando lo desenvolvió, después de secarlo, se sintió aliviada. La pantalla de bloqueo había prendido a la perfección. Entonces notó que en el resumen decía: “Satanás: tres mensajes nuevos.” Abrió el chat.

«Porque no contestas?»

 «Puta de mierda.»

«Querés que haga alguna locura? Porque lo hago, te juro que lo hago, hija de puta»

Inmediatamente sintió las piernas débiles. Comenzó a ver borroso el espejo, el lavamanos, el inodoro, la revistera, el toallón, todo. Entonces el peso del cuerpo venció a las rodillas y cayó, dando un golpe sordo contra el piso.

David gritó algo. Después la voz comenzó a escucharse más débil, así que debía de haberse ido para la cocina. Algunos gritos más y después golpes pesados. El chico estaba intentando entrar, llevando todo el peso del cuerpo contra la cerradura.

Cuando recuperó el conocimiento se encontró recostada boca arriba con la cabeza apoyada en las piernas del chico. Este le hacía cariños en el pelo y lloraba. «Ya viene la ambulancia, Agus, ya vienen» decía y las palabras casi salían murmuradas. Notó los ojos abiertos de ella y sonrió.

  • Perdón, Agus.
  • ¿Por qué?
  • Por que te leí los mensajes− contestó− sé que es horrible que te agarren el celu y eso, pero cuando entré y te vi tirada me asusté, pensé que habías hecho algo… feo. Entonces vi que tu celu estaba todavía desbloqueado sobre el inodoro, con ese chat abierto… y bueno…
  • No pasa nada− murmuró mirándose la punta de los pies.
  • Y también perdón por no haberme dado cuenta antes de todo, soy un boludo− después agregó− ya llamé una ambulancia. Estaban en camino… hace quince minutos.
  • ¿Cómo van a subir?
  • Dejé la puerta del departamento abierta.

La chica intentó levantarse de golpe y sintió como se mareaba otra vez. Su amigo le dijo que no haga eso, que se quede donde estaba hasta que lleguen los enfermeros.

  • No va a entrar nadie, corazón. No te preocupes −le contestó− está la vecina del C en la cocina, le pedí que se quede por las dudas. Simpática la chica− comentó, recordando la secuencia ocurrida hace unos minutos− Se ve que grité mucho cuando te caíste, porque se vino para la puerta y empezó a gritar que si te ponía una mano encima iba a llamar a la policía.

Agustina sonrió. Trató de imaginarse todo eso, pero la cabeza le latía con violencia. Pensó en los mensajes, en David, en la chica del C, en todos. Pensó que quizás no era todo tan malo como se lo imaginaba. Sin dudas que podía ser peor.

  • No te vas a quedar acá, ¿Sabés? Te venís conmigo a mi casa. Mi mamá va a hacer ñoquis.
  • No sé…
  • Bueno, le digo que haga otra cosa. Lo que pasa es que había descongelado la salsa esta mañana y quería usarla− La chica rió.
  • No es por los ñoquis, David.
  • Sí es por los ñoquis. Siempre hay algún ñoqui por ahí. Mejor comerlos antes de que ellos nos coman a nosotros.

Ella se quedó pensando un momento.

  • Tengo miedo.
  • Yo también, che. Pero todo va a estar bien, ya vas a ver.
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