Jugo de naranja

Jugo de naranja

Se habían sentado en una mesita en el patio interno de un café. El sol septiembre calentaba las sombrillas y hacía brillar los plásticos semitransparentes que pendían de unos hilos sobre sus cabezas, a modo de decoración. Ella, siempre puntual, tuvo que esperarlo casi quince minutos a que llegara y, mientras tanto, había jugueteado con una servilleta que ahora descansaba bajo su celular, doblada en forma de corazón.

Cuando notó que el mozo se acercaba, bajó la voz. Estaban discutiendo, eso era obvio. Podía notarse en las bocas tensas y las palabras cortantes que se escabullían entre los labios. Se le había subido el calor a la cabeza y de pronto miró para arriba, enojándose con esa sombrilla que no parecía querer cubrirle todo el cuerpo con su sombra. Agarró la silla donde estaba sentada de los costados y dio un par de saltitos hacia la derecha, sin levantarse.

  • ¿Ya se decidieron? −Dijo el mozo con una sonrisa, intentando hacer de cuenta que no había escuchado nada.
  • Sí −contestó ella− un licuado de frutilla, con leche− el mozo asintió y miró al chico, que recorría velozmente la carta con la mirada.
  • A mi tráeme un jugo de naranja.

Algo en la parte más profunda de sus pensamientos se despertó, desperezándose como quien despierta de una larga siesta. No se dio cuenta cuando el mozo los abandonó ni cuando Federico, del otro lado de mesita de vidrio, intentaba explicarle como habían sido las cosas en realidad.

Se recordó niña jugando en el patio delantero de la casa con una muñeca sin pelo. En aquellos tiempos el barrio no se había puesto peligroso. Todavía las calles doradas de la tarde se llenaban de gritos infantiles y de las marcas de las bicicletas al frenar de golpe. Entonces el Fiat blanco de su papá se subió al puente y estacionó. Ella se levantó, dejando la muñeca tirada, y esperó a que él se acercase, con una mochila llena de herramientas al hombro.

Hola mi tesoro, le había dicho, mientras ella se le colgaba del cuello. ¿Qué estabas haciendo?, preguntó después y ella señaló la muñeca. ¿Querés un jugo de naranja? ¿Sí? Bueno, esperame acá.

Y entró.

  • Flor, ¿estás bien? −preguntó el otro, que la miraba ensombrecerse.
  • Sí, perdón. ¿Qué dijiste?

Él se quedó un momento mirándola, como intentando descifrar esa mirada codificada y esa cabecita que cada tanto se volaba a tiempos archivados.

  • Te decía que no me gusta estar así… como estamos. Si querés preguntarme algo, preguntame, que yo te voy a responder. Pero no da que estemos así a las indirectas y eso.
  • ¿Y qué te tendría que preguntar?
  • Lo que quieras.

Ella esperó un momento y el silencio se extendió por todo el patio externo. Lejos, el tintineo de las tazas de adentro y los murmullos de otras conversaciones se levantaban por sobre el resto.

  • Mariana me dijo que saliste anoche. Te vio en Neptuno. Hasta me mandó una foto, mirá −agarró el celular y puso el patrón de desbloqueo.
  • Ya sé, no hace falta que me mostrés nada, dejá.
  • Me dijiste que te ibas a quedar en tu casa, Federico.
  • Ya sé, amor. Sé que…
  • Me dijiste que te ibas a quedar en tu casa porque mañana tenías que entrenar.
  • Y eso es verdad, no mentí, fui…
  • Sí mentiste.
  • No sobre el entrenamiento, es que…
  • ¿Por qué me mentiste entonces?
  • ¡Ay, Florencia! ¿Me vas a dejar hablar o no? −exclamó, levantando un poco la voz. Una señora miró hacia donde estaban y él se puso colorado− ¿Me dejas que te explique, por favor? ¿O a vos te gusta que nos pongamos a gritar?

¿Te gusta? Le había preguntado el padre. Ella agarraba el enorme vaso de jugo con las dos manos. Lo inclinaba un poco sobre la mesa antes de apoyárselo en los labios, dejándose un gracioso bigote anaranjado bajo la nariz. La niña rió de manera juguetona y dijo que sí, eclipsada por los dibujitos que salían de la pequeña pantalla de la tele de la sala de estar. Si querés más jugo pedime. Papá te va a hacer más. Después, con discreción, le puso la mano sobre el muslito desnudo de la pierna y la sintió tibia por haber estado al sol toda la siesta.

Entonces su mamá entró por la puerta del patio, secándose las manos con un repasador flaco y despeluzado. Se les quedó mirando y él, percatado de la situación, se levantó de la silla y se fue para la habitación.

  • Me fui para lo de Martín a tomar algo y nada, él quería salir para festejar que había rendido bien no sé que materia y bueno, las cosas se fueron dando.
  • ¿No podías decirle que no?
  • Ay, Florencia. No, no podía. Martín es mi amigo. Estaba contento y quería festejar. ¿Tan malo es eso? −Ella se le quedó mirando− le dije que no. Le dije que no, pero los chicos se pusieron re densos con que salgamos y me decían que no sea forro, que Martín quería ir a bailar con nosotros. Entonces le dije que no tenía nada de plata y me dijeron que no había drama, que se dividían la plata de la entrada, pero que salga con ellos −hizo una pausa momentánea− Pero no hice nada en Neptuno, Flor, posta te digo. Podés preguntarle a la Mari, ella te va a decir. Me tomé la consumición y bailamos un poco y como a las tres me volví al depto porque hoy tenía que ir a entrenar. Eso pasó.
  • ¿Y no podías siquiera mandarme un mensajito?
  • No te quería joder, ya ibas a estar durmiendo a esa hora.
  • Bueno, no estuve durmiendo, me quedé toda la noche despierta.

Le costaba mucho dormirse. La habitación estaba toda oscura y un vientito fresco se filtraba entre la cortina cerrada de la ventana. Le daba miedo dormir sola y más todavía desde que su mamá le había dicho de que ya era grande y que ya tenía que dormir con las luces apagadas.

Entonces apareció el monstruo en el umbral de la puerta, largo y aberrante, como todas las otras noches en que también había venido. Ella, asustada, juntó las piernas y se pasó la sábana por arriba de la cabeza. Pero sabía que seguía ahí. Nunca se iba. Pudo sentir los pasos casi mudos al deslizarse descalzo por el piso de la habitación y lo escuchó dar la vuelta a la cama. Después se sentó a los pies, hundiendo el colchón. Ella empezó a llorar, suprimiendo todos los sollozos por miedo a que sus padres se despierten, porque ella ya era grande y no tenía que tenerle miedo a la oscuridad.

Sintió como la sábana se le escapaba de las manos y se deslizaba suavemente por encima del pijama. Entonces sitió la brisa nocturna en el rostro y al abrir los ojos, distinguió a esa sombra horrible entre la negrura, mirándola.

No pasa nada, tesoro, le dijo el monstruo, no te voy a hacer nada. No tengás miedo. Pero ella no contestó, porque una compañerita del jardín le había contado la historia de una sirena a la que una bruja le robó la voz y ella no quería que le roben la voz. Porque todos los monstruos son iguales. Todos son silenciosos, vienen de noche y te roban la voz.

Pero fue entonces que sintió esa mano helada sobre su piecito y lo sacó rápido. Empezó a sentir algo caliente entre las piernas y, avergonzada, quiso taparse, humedeciendo el pantaloncito de Micky Mouse que usaba como pijama cuando hacía calor.

  • Flor, ¿Estás bien? Esta rara.
  • Sí, perdón. Me estaba acordando de una cosa.
  • ¿Pero estás bien?
  • Sí, no era nada, olvidate.
  • ¿Querés que nos vayamos? −Propuso entonces, con el rostro compungido.
  • No, Fede, ya fue. Es… una boludez. Me desconecté un momento nada más.

Notó entonces que el mozo ya había traído el pedido y que Federico ya se había tomado casi la mitad del jugo. Su licuado permanecía intacto, todavía incluso con el firulete del papel de la bombilla que uno de los mozos armaba a modo de decoración. Ella agarró dos sobrecitos de azúcar y los abrió juntos, después los echó en el licuado.

  • Quiero confiar en vos, de verdad. Pero no me dejás. Y no sé, me disculpo por ser tan rompe pelotas, pero estoy cansada de que se caguen en mí.
  • Yo no soy así, quiero que estemos bien. Perdón. Te tendría que haber mandado un mensajito, mala mía. Ya lo sé para la próxima.
  • No sé…
  • Flor, sé que estás enojada y te lo entiendo. Pero pensalo bien. ¿Dale? Me disculpo de todo corazón. Te quiero con toda el alma, che. No da que estemos mal.

Ella tomó un sorbo del licuado y después lo batió un poco con la cucharita alargada que permanecía sumergida en la copa. Pensó en los mensajes que Mariana le había mandado a la madrugada, pero que ella había visto recién a las ocho, cuando se levantaba a estudiar. Se acordó de que Fede también le había mandado unos mensajes, diciéndole buen día y mostrándole una foto que él mismo se había sacado contra el espejo de la habitación, vestido con el equipo de fútbol, acompañado por un “a entrenar se ha dicho” y unos emojis mareados.

  • ¿Te costó mucho levantarte hoy? −Le preguntó ella y él la miró un poco confundido −Digo, después de que te tomaste todo anoche y te levantaste tan temprano.

Federico sonrió, revelando esa hermosa y sincera sonrisa de la que ella se había enamorado hace casi un año. Ella bajó la cabeza al descubrir que también se le dibujaba una mueca divertida en el rostro.

  • Sí. Una cagada. Estuve a punto de mandar un mensaje al grupo diciendo que no iba a ir, pero seguro me mataban porque mañana jugamos contra un equipo de La Colonia.

Al mirar hacia la puerta corrediza del patio, descubrió la silueta del mozo que sonreía, mirándolos. Después se acercó y preguntó si necesitaban algo más y ella dijo que no con la cabeza.

Pero esa silueta le recordó a su madre, que apareció por el pasillo y se quedó en el umbral de la puerta. Después prendió la luz de la habitación, inundando todo con ese resplandor eléctrico del foco sobre su cabeza. Se vino para la cama y agarró a la niña de la mano, obligándola a levantarse.

  • Se hizo pis, Claudia− Dijo el monstruo. Ahora podía verlo con claridad y lo reconoció al instante. Siempre lo hacía, pero su madre le había dicho que no era papá, que ese era un monstruo que se disfrazaba de papá para confundirla y que tenía que tener cuidado.

La niña, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, vio como la sombra se venía detrás de ellas cuando perfilaron para la otra habitación. Quedate acá, le dijo su madre y cerró la puerta de un golpe.

A través de la puerta, escuchó como los pasos sordos se detenían y los murmullos casi inaudibles comenzaron a filtrarse por abajo.

  • Se hizo pis encima.
  • Con la nena no.
  • Se meo, Claudia. La iba a cambiar− silencio− Dejame pasar.
  • No.

Entonces sintió un golpe seco y el cuerpo de la madre chocó contra la puerta. La niña comenzó a llorar y, temblando, se fue para la puerta y la trabó, como su mamá le había enseñado una vez, pasando el pestillo.

Le siguieron unos golpes más. Puta de mierda, le dijo después. La niña se sentó en un rincón y se tapó los oídos con las manos. Cada vez que hacía eso, todo terminaba más rápido. Siempre había sido así, porque a papá lo hacían rabiar mucho en el trabajo y cuando venía a la casa le gustaba estar tranquilo. Y a veces se enojaba con mamá, pero era normal, porque ya venía medio enojado.

Entonces reconoció cómo los pasos se alejaban de la puerta y pensó que ya todo se había terminado. Pero no, nunca terminaba tan rápido.

EL monstruo volvió tiempo después, no sabía exactamente cuánto. La niña escuchó como algo salpicaba afuera, como aquella vez que dejó el tapón del lavamanos del baño puesto y la canilla abierta y el agua comenzó a caer al piso, repiqueteando. Su mamá se había enojado un montón y la había hecho traer el balde y el trapo que guardaban en la lavandería.

  • ¿Mamá? −Dijo, con la voz temblorosa. Entonces, sin previo aviso, se empezó a marear. Sin entender, se fue para la cama y se acurrucó entre las sábanas.

Después se durmió.

  • Flor, ¿qué pasa? ¿Me querés contar?
  • Perdón Fede – pronunció. Se había puesto pálida− es que me hiciste acordar a algo de hace mucho. No son lindos recuerdos. No quiero pensar en eso.

Entonces él estiro un brazo por encima de la mesa y comenzó a acariciarle suavemente la mano, pasándole los dedos por encima de los anillos y por la curva de la muñeca. Ella la retiró, dubitativa.

  • ¿Es sobre tu papá?
  • Sí.
  • Bueno −murmuró, sin saber como seguir− Si te sirve, me podés contar. Y si no, podemos pensar en otra cosa, como la vez en que te caíste de la bicicleta cuando íbamos para el centro y te hiciste mierda en medio de la calle.

Flor rió, acordándose aquella vergonzosa secuencia. Él se dio cuenta y también sonrió.

  • No me podía parar de reír, habías quedado tirada como un muñeco de plastilina. Así, toda doblada −se pasó un brazo por atrás de la cabeza y con el otro describió un arco −Y encima la vieja boluda del auto ese que te empezó a tocar bocina…
  • No seas malo −Dijo la otra, con una tímida sonrisa.
  • Y vos me gritabas ¡Dale pelotudo, ayudame a levantarme! Pero yo no podía, porque cada vez que te miraba me volvía a reír.
  • Yo no sé porqué sigo con vos.

El se siguió riendo. Cuando pudo calmarse, se le quedó mirando con los ojos brillosos.

  • Porque te quiero. Y porque soy un pelotudo− respondió− sobre todo por lo último.

Ella, con el corazón inundado de amor y con unas ganas tremendas de saltarle encima, extendió ambas manos intentando tocarlo y él la agarró, como sosteniéndola para que no vuelva a caer.

  • Y porque siempre voy a estar para vos. Y cuando sientas que querés hablar de aquello, te voy a escuchar. Pero todo a su tiempo.
  • Gracias, gordo. Te quiero.
  • Mmm, yo no sé, te quiero como un cincuenta y tres por ciento −contestó Federico− ya vas a ver que todo va a estar mejor.

Todo va a estar mejor. Eso también le había dicho la tía Pachi mientras la cargaba y la mecía, intentando que se calme. La niña había despertado cuando la puerta se abrió de un golpe, rompiendo la cerradura, como arrancándola de cuajo. Ella, paralizada, observó como una figura gigantesca se le venía encima. Otro de los monstruos, pensó, mientras se hacía para atrás en la cama, intentando irse más atrás del cabezal, de la pared, de la casa, de todo.

Tranquila, le dijo la bestia negra. Tenía la cara tapada. Solamente los chorros se tapan la cara, le había dicho su madre, porque tienen miedo de que los reconozcan choreando. La chica se agitó como pudo cuando sintió esas zarpas gigantes cerrase en torno a su brazo. El monstruo se detuvo de inmediato y levantó las manos. Tranquila, repitió, te vengo a ayudar. Y la chica lo miró desconfiando. Acto seguido, el monstruo se desenmascara y un rostro morocho y desconocido quedó al descubierto. Soy bombero, tenemos que salir de la casa, le dijo y ella, uniendo cabos, preguntó si era un matador de llamas. El hombre rió fuertemente, cautivado por la inocencia de aquella pequeña criatura. Sí, un matador de llamas, contestó y ella estiró los brazos.

Afuera estaba la tía Pachi con su esposo, a quién solamente llamaba Emilio porque lo había visto pocas veces en su vida. Esa mujer, brillante por el sudor, se le vino encima cuando la vio en brazos del bombero y, llorando, la empezó a llenar de besos.

¿Mi mamá? Preguntó ella. Está bien, pero está en el hospital, respondió la otra. Hubo un accidente, un incendio. ¿Sabés qué es un incendio, Flor? Bueno, eso. Los hombres de uniforme de ahí todavía están intentando saber como ocurrió.

Entonces reconoció a su papá entre la multitud que se había juntado en la calle. Estaba en pijamas, siendo atendido por uno de los enfermeros. Un policía a su lado parecía estar preguntándole cosas.

Entonces él también la vio y le sonrió de lejos. Sonrió como todas aquellas veces en que mamá no se había levantado con los ruidos. Sonrió como todas aquellas veces en que, al llegar de trabajar, le preguntaba si quería un jugo de naranja.  


“Jugo de naranja” por Ruy Hanmse – para leer más del autor, entrá a http://www.soyruy.com

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