Las angustias

“Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe el cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.”

Julio Cortázar en “Casa Tomada


Mi turno empezaba a las once la noche, pero el señor Gerbaudo, empleado de bienes raíces, me pidió que pase antes para mostrarme las instalaciones. Era una casona vieja, de esas que llevan erigidas por varias generaciones y que, por razones que nunca terminé de entender, se venía salvando por muy poco de la demolición o la restauración completa. Me contó que a unos quinientos metros pasaba la avenida Cabildo y que los ingenieros habían tenido que idear un desvío porque el entonces dueño de la casona se había negado siquiera a charlar la posible venta. Después ese viejo se murió y la propiedad pasó a manos de su hijo, un hombre que en ese entonces se había ido a vivir a Buenos Aires y a quién la propiedad no le interesaba en lo más mínimo.

La finca era grande, muy grande, y era imposible que tuviera un solo cuidador. Cuando se lo dije, él me contestó que no hacía falta, que mi trabajo se reducía simplemente a los interiores de esa anticuada mansión, cuyo patrimonio era altísimo (aunque a simple vista no lo demostrase). Contaba con dos alas: la principal y más vieja, levantada cuando todavía éramos una colonia francesa, por un tal Pierre Flament, donde se encontraban siete amplias habitaciones, una antesala y un salón donde se celebraban reuniones aristocráticas y por otra parte, el ala nueva (así me la presentó el señor Gerbaudo) construida al final del pasillo, cruzando una puerta de roble oscuro que conducía a una biblioteca, los jardines interiores, la oficina principal y otro tanto de habitaciones clausuradas por un mal trabajo de tratamientos antihumedad.

Al fondo de la finca había una de esas antiguas caballerizas en desuso donde ahora guardaban un tractor destruido, un invernadero construido hace unos quince años por una esposa entusiasta y un marido placentero y la pequeña cabañita donde vivía la familia Chávez, encargada del cuidado de la finca, el riego y el mantenimiento básico. Antes, el señor Chávez era quien cuidaba la casona por la noche, pero había pedido que por favor consiguiesen a alguien para sustituirlo, porque el embarazo no deseado de su hija la más chica sumado a las noches de insomnio, le dificultaban el trabajo. 

El señor Chávez; Herminio como se me presentó, apareció rengueando por el pasillo cuando yo terminaba de explorar el ala vieja. Era un hombrecito de poca estatura, rechoncho y casi calvo. Me extendió la mano apenas llegó y se presentó, haciendo yo lo mismo, para luego explicarme algunas salvedades a tener en cuenta durante la noche, como por ejemplo no dejar las ventanas del fondo de la casona abiertas porque se metían los murciégalos, ni apagar las luces de la antesala, porque en varias oportunidades había tenido que sacar medio a golpes a algunos vagabundos que se metían pensando que estaba desocupada. «Son terribles» me dijo. «Por eso, si escucha ruidos afuera, no le dé importancia, que puede ser alguno de esos malvivientes pispeando a ver por dónde se pueden meter, usté aseguresé de hacer un poco de ruido, golpee una mesa y tire algo al piso, para darles a entender que hay alguien dentro y seguro que se van» después agregó «si escucha ruidos dentro, tampoco se haga problema, esto es una casa vieja y las maderas crujen todo el tiempo. También arriba, en el altillo, se rompió una ventana y el viento entra silbando finito, así que téngalo en cuenta». Yo asentía con cada comentario para darle a entender que lo estaba siguiendo.

− Si necesita algo, me llama, ¿okey? −me pasó un papelito arrancado con unos garabatos en lapicera −Vengo sufriendo un insomnio horrible así que seguro estoy despierto. Usté no se preocupe; me marca y yo vengo enseguida. Pero no va a tener mayores complicaciones, no… No hay nada acá que no se haya visto antes.

 Para eso de las diez de la noche, ya estaba completamente solo. Había aparcado el auto cerca de la entrada, bajo la luz de uno de las farolas, así que podía verlo con facilidad desde los ventanales de la antesala. Lo cierto es que lo que me había dicho el señor Chávez sobre los usurpadores, me había helado la piel, porque, si bien había tenido que cuidar casas antes, nunca había lidiado con una situación similar. Me acordé al instante del encargo que tuve una vez en las oficinas en construcción de la Balloffet, donde un grupito de pibitos se metió saltando la medianera. Era verano y el calor era inaguantable, así que yo me había llevado una reposera hasta el piso más alto y me había sentado ahí a hacer guardia. Entonces los vi. Llamé a la policía al instante, pero la verdad es que no hizo falta, porque ni bien les pegué un grito y los alumbré con la linterna, salieron cagando del lugar. Espero que ahora, si pasa algo, me alcance con lo mismo.

Recorrí cada una de las habitaciones, poniéndole la traba a las ventanas y asegurando las puertas, cosa de que todo quedé bien cerrado. No quería que nada se me pase por alto, así que fui revisando todo. Ahogué todas las salamandras, cerré cortinas y apagué todas las luces. La propiedad era muy grande, por lo que lo mejor sería quedarme en una de las alas toda la noche y establecer recorridos programados cada cierta hora, para asegurarme que todo vaya bien.

Las doce de la noche llegaron acompañadas por unas graves y pesadas campanadas de un viejo reloj en la biblioteca. El primer golpe me tomó por sorpresa y me reincorporé al instante. Después, avergonzado, volví a la libretita donde había trazado una especie de plano lo más fiel posible a uno original, marcando la ubicación de las cosas más importantes.

Entonces una sombra pequeña cruzó de lado a lado el umbral de la puerta. No sé si la vi con el rabillo del ojo o más bien sentí los pasos cortos, como el rozar de una tela. Alumbré al instante con la linterna, a pesar de que las luces del pasillo principal todavía estaban encendidas, y esperé un momento. Pero nada. La casona permanecía en completo silencio.

Me levanté del asiento y me dirigí hasta la puerta. Miré a ambos lados para corroborar de que efectivamente no había nadie más que yo, para luego girarme y apagar las luces de la biblioteca. En la oscuridad, las sombras de los árboles que contrastaban con la luz de la luna y se filtraban por los largos ventanales, podían jugarle a uno una mala pasada.

Junté la puerta y la cerré despacio, luego giré el pestillo que la traba por fuera y me quedé como absorto. Ahí, todavía con las manos en el pomo frío de la puerta, comencé a sentir el leve murmullo de una melodía ahogada por las paredes. En algún lugar de la casa estaba sonando un tocadiscos.

Sin hacer demasiado ruido y casi en puntas de pie, me fui para la puerta de roble que separa las alas y, después de guardarme la libreta y el lápiz en el bolsillo trasero, agarré la linterna con fuerza. La música iba aclarando con cada paso, por lo que intuí que venía del salón de ceremonias. Di un último vistazo por encima del hombro antes de apagar las luces del pasillo y crucé al otro lado, sumiendo en una densa oscuridad los rincones de la casa donde la luz de la luna no alcanzaba a llegar.

Era una música rítmica y clara, como la de las películas ambientadas en otra época. Al acercarme al pórtico por donde se abría el salón, comencé a sentir olor a humo de cigarro. Después se fueron agregando el tintineo de copas, pasos suaves sobre la alfombra y charlas de cotillón.

− Señor Ortiz, llega tarde− Prorrumpió una voz detrás de mí, exaltándome.

Una chica de no más de dieciséis años me miraba extrañada, con grandes ojos marrones y un uniforme rojo de camarera. El rostro juvenil y delicado parecía perder su dulzura ante el ataque excesivo de polvos para la cara y sombras de ojos. Noté que me extendía una bolsita de cartón por donde se entreveía una tela del mismo color que el uniforme de ella, por lo que supuse que era otro conjunto.

−Yo… No…

−No hay tiempo. Los invitados llegaron hace ya una hora y el señor Boilleau está por iniciar su discurso. Póngase el traje y vaya para la cocina. Allí le explicarán el resto.

−Señorita, yo…

−No hay tiempo, Señor, no hay tiempo.

Y se alejó con una caminata rápida, desapareciendo al doblar en una esquina del pasillo.

Entendí que en el salón de ceremonias se estaba realizando algún tipo de reunión aristocrática y por la cantidad de voces que podía escuchar desde donde estaba, se trataba de un grupo amplio de participantes. Pero, ¿Cómo habían llegado hasta allí? ¿Se habían metido mientras yo estaba en la biblioteca del ala nueva? No podía ser eso posible, el silencio mortuorio de la noche agudiza mi oído y, al menos, debería de haber escuchado el portón de entrada.

Intrigado y aún sin entender, asomé un poco la cabeza por el umbral del pórtico, y entreviendo a través de una cortina semitransparente distinguí unas sombras abultadas. Reían y brindaban. La música; ahora un jazz viejo pero cadencioso, ponía a bailar a algunos y las señoras, con altos peinados y vestidos brillantes, conversaban acerca de no sé qué familia de poder. Casi en el centro de la sala, sentado en uno de los sillones, un hombre muy gordo y bigotudo, cuyo cuello de la camisa parecía querer asfixiarlo y los botones amenazaban con lastimar algún ojo desprevenido, fumaba un habano corto y grueso, mientras escuchaba a sus acompañantes. Sus pequeños y ávidos ojos iban de un lado a otro, como intentando controlar cada uno de los aspectos de la fiesta. Entonces reparó en mí y, antes de que pudiese decir o hacer algo, me corrí y desfile pasillo abajo, por donde había desaparecido la chica. 

En la cocina había una sirvienta de brazos escuálidos como un pollo revolviendo una olla al tiempo que controlaba con la mirada algo que se asaba en el horno. Al verme, se me vino encima como el toro de Creta. Balbuceaba cosas como «tarde, siempre tarde, agarrá esa bandeja, se lo voy a comunicar al señor Boilleau, llevá esas copas, tuve que mandar a la chica, ahora no sé donde está». Al quejarse, movía la cabeza frenéticamente y la frente se le arrugaba como un papel mojado. La mujer me llevo casi a empujones hasta la mesada y comenzó a golpear las copas vacías sobre una bandeja de madera.

−Señora, ¿Quién es usted?

Ella se paró en seco. Me examinó el rostro como si de un espécimen desconocido se tratase y estiró esos largos brazos hasta tocarme el rostro con los dedos huesudos. Me abrió los párpados y observó detenidamente.

−¿Estuvo consumiendo algo allá afuera?

−¿Qué?

−¿Alguna hierba? ¿Es eso? Te la dio Simón, ¿verdad?

−No… No sé de quién me habla.

Mientras tanto, una columna de humo comenzó a elevarse hasta el techo, densa y opaca, desde el horno. La señora, sin percatarse, me apretaba los dedos contra la cara, lastimándome. Entonces sintió el olor y, soltando un grito de alarma, corrió a apagar el aparato. Abriéndose paso a través del frondoso humo con un trapo húmedo, tiró con fuerza de la portilla y extrajo una bandeja oscura, con algo quemado encima. Maldiciendo, la dejó sobre la mesada.

Aprovechando la distracción, me escabullí y salí al pasillo. Entonces me encontré de cara con un negro.

−Rubén, necesito que me ayudés con algo− Me dijo casi en un murmullo. Parecía nervioso.

El hombre me sacaba al menos dos cabezas y vestía una ropa elegante y ajustada de los mismos colores del uniforme de aquella chica, por lo que parecía pertenecer al equipo de servicio de ese evento.

−Disculpe, pero no sé quién es usted −alcancé a decir, aún sin perder la decencia.

−No vengás con tus bromas, Rubén, soy Simón. Esto es grave. Se están queriendo meter de vuelta a la casa. Necesito que me ayudés en la parte de atrás.

−¿Quién se quiere meter? − Alcancé a formular, pensando inmediatamente en los usurpadores de los que me había hablado el señor Chávez. El hombre empezó a correr y yo lo seguí, alterado, en dirección a la habitación de servicio y la entrada lateral.

Al llegar, me encontré con otro de los empleados haciendo fuerza contra una de las puertas que comunicaban con patio trasero. Gordas gotas de sudor perfilaban por su rostro hasta perderse en el cuello de la camisa.

−Hay que trabarla, movamos ese armario− Me dijo el negro del pasillo, señalando un pesado armario de utilería. 

−¿Qué está sucediendo? − Grité, tirando todo el peso de mi cuerpo sobre el mueble.

Algo golpeó la ventana del costado. No alcancé a ver bien, pero parecía un largo brazo o una rama. Gracias a la poca iluminaria de ese espacio y la oscuridad de la noche, era casi imposible distinguir algo unos metros más allá de la puerta. Entonces fue que, mientras movíamos a duras penas el mueble, esa cosa de afuera, sea lo que sea, golpeó con violencia la puerta que el empleado sostenía, abriéndola por una milésima de segundo.

−¡Rápido! −Gritó.

El hombre se corrió y empujamos el armario hasta que topó con la puerta, bloqueándola. Entonces se recuperó doblando el cuerpo y apoyando las manos en las rodillas. Todavía respirando de manera agitada.

−Creí verlas más temprano mientras estacionaba uno de los automóviles, pero no avisé porque no estaba seguro− Comenzó −Gracias, Ortiz. Si no hubiese usted llegado a tiempo, posiblemente estarían dentro.

−No ha terminado, Flores− Lo interrumpió el negro− Tenemos que bloquear todas las puertas.

A juzgar por la violencia con la que se comportaba lo que sea que estaba allá afuera, seguramente no se rendiría. Maldije el no haber traído la reglamentaria, que tan útil me hubiese venido en ese momento. Los primeros años después de jubilarme siempre la llevé conmigo, aún cuando no me lo recomendaban. Andar armado en la ciudad siendo un policía retirado podría traerte problemas, sobre todo legales. Fue entonces que mi esposa me pidió, antes de morir, que por favor ya deje de andar con eso por todas partes, como desconfiando de todo y de todos. Y yo la escuché. Después de treinta años en pareja, se me hizo muy difícil volver a dormir solo en aquella cama donde tantas veces la había visto descansar. Entonces, como haciendo honor a su último pedido, guardé el arma en una caja de zapatos y la abandoné en lo más alto del armario de mi departamento en el centro.

No me había percatado, pero una figura oscura y redonda bloqueaba la puerta que da al pasillo. Los dos empleados que me acompañaban habían clavado la mirada al piso, o más bien a sus zapatos meticulosamente encerados. El corpulento sujeto me miró instintivamente, clavándome esa mirada de fuego y moviendo el grasoso bigote de un lado a otro.

−¿Se puede saber que son todos esos golpes? − Exclamó con un acento un tanto extraño.

El silencio reinó un momento. El señor Boilleau me miraba directamente, como esperando algo de mi parte. El problema era que yo no me creía capaz de formular alguna respuesta consistente. Entonces Simón se me adelantó, dando un paso.

−Son las angustias, señor. Están de vuelta.

El gordo abrió grande los ojos como dos bollos de pan. Después miró hacia atrás, hacia el pasillo, como corroborando que nadie nos esté escuchando.

−¿De vuelta? ¿Quién las vio?

−Yo −respondió el otro empleado− pero no avisé porque pensé que la mente me había jugado una mala pasada. Desde la última vez, no fui capaz de recuperarme del todo, usted verá…

−No me interesa, cállese −Se giró− Simón, no quiero que nadie se entere de lo que está pasando. ¿Me oye? Absolutamente nadie. Manténgalos a todos en el salón a toda costa. Invente alguna historia, no sé, ya se le ocurrirá algo, los negros son muy mentirosos. Usted− Siguió, señalando al otro empleado− Acompañe a Simón, después avise a todo el personal. Los quiero a todos bloqueando entradas.

Los hombres salieron de la habitación inmediatamente, dejándome solo.

−¿Por qué no lleva puesto el uniforme? − me increpó.

−Porque no sé que está pasando aquí. A mi me encargaron el cuidado de esta casona y…

−Sí, ya sé. Bla, bla. No fue lo que le pregunté.

−¿Quién es usted? − Le interrogué.

−¿Cómo que quién soy? − Respondió, incrédulo.

−¿Cómo entraron a la casa?

El gordo me miró de arriba abajo, repasándome. Después exclamó algo, disgustado. El cuello se le había enrojecido por la fricción de la camisa y algunos pelos rubios se filtraban por los espacios abiertos entre los botones. Me causaba una auténtica repulsión si quiera mirarlo.

Algo volvió a golpear la ventana, trisándola.

−No tengo tiempo para esto. Después tendremos una charla usted y yo. Ahora vaya para las habitaciones y trabe las ventanas. En la principal, debajo de la alfombra, hay unas maderas flojas. Debajo tengo un rifle. Tráigamelo. 

Un rifle. Eso sí que nos vendría bien en una situación como esta. Me fui para la puerta, pero antes de cruzar, el hombre me apoyó esos gruesos dedos repletos de anillos engarzados en el pecho.

−Tenemos mucho más en común usted y yo de lo que piensa. Me agrada− Pronunció− Pero que sea la última vez que lo encuentro saltándose las reglas.

Después me dejó salir y se fue en la dirección contraria, moviendo las cortas piernas de un lado a otro, como rebotando.

De camino a las habitaciones, pensé en lo inexplicable que me resultaba todo. Toda esa gente que ahora brindaba, incrédulos, en el salón de ceremonias, de alguna manera se habían abierto paso hasta la casona. Si no fuese por aquello que acechaba en la oscuridad de la noche, ya los hubiese puesto a todos patitas en la calle. Me ocuparía de ellos después. Además, el nervio de policía se me escapaba siempre en los momentos de mayor dificultad.

Mientras más me alejaba del salón, más se iba perdiendo el sonido de la fiesta y el cuchicheo de los huéspedes. Ahora, tan solo se percibía el murmullo de la música, como viniendo desde dentro de una botella. Ya no eran pasos, ni tintineos, ni conversaciones, nada; tan solo la tranquilidad de la noche y el ruido ocasional de los matorrales de afuera que se sacudían. Encontré el rifle en el lugar exacto que Boilleau le había descripto y un recuerdo archivado en lo más profundo de mi subconsciente se fue abriendo paso. El rifle era igual a uno que yo utilicé en aquellos años negros. Así los llamaba yo: años negros, porque formaban parte de un período que no solo yo, sino que todos queremos dejar atrás.

Verán, yo no me jubilé, si no que me jubilaron. Fue una medida de defensa, me dijeron. «Si no se te puede armar un quilombo bárbaro». Yo no terminaba de entender la magnitud de lo que me decían, pero acaté las órdenes sin chitar, como un buen empleado de la fuerza. Algunas noches me levantaba exaltado, recordando los disparos del rifle contra el paredón, amplificados por la ausencia de edificios y la inmensidad del campo.

−Los oye, ¿no? − Dijo alguien a mis espaldas, arrancándome del transe en el que estaba.   

Al girarme, me encontré con un hombrecito pequeño, de no más de un metro sesenta. Tenía ojos claros y unas grandes bolsas debajo, denotando la falta de sueño. Arrugado como una pasa y llevando los brazos hacia adelante, como con miedo, me observaba desde la puerta.

−¿Disculpe?

−La fiesta. ¿Puede escucharla? −Preguntó− Puede escucharla, ¿Verdad?

−¿La del salón?

−¡Sí! ¡Esa! −Exclamó, dibujando una sonrisa torcida− Vaya y dígales que no estoy loco.

−No entiendo.

−Por eso mandé a construir el ala nueva en la casona, señor. Por esas voces y los ruidos y los pasos y… y esa tonta fiesta.

−Pero si el ala nueva se construyó hace más de sesenta años.

−Sí, en 1946, el año de Perón. Vaya, vaya y pruebe el ala nueva y verá. Allí no hay nada, como acá, como este lado. Vaya, hágame caso.

El hombre salió de la habitación y empezó a caminar en dirección a la puerta de roble, dejándome solo. Entonces, con el rifle bien apretado entre las manos, salí detrás suyo, pero el hombrecito ya no estaba. Quizás se había metido a otra de las habitaciones o había vuelto a la fiesta. No sé. Sin duda estaba loco, porque era imposible que sea el dueño de la casona que había construido aquella parte. Ese viejo había muerto hace ya unos diez años.

Desconcertado, miré a ambos lados del pasillo, ahora sumido en una extraña y fría oscuridad. La música ya no estaba, seguramente y por la hora, ya le hubiesen puesto fin a la fiesta. Pero ¿Dónde estaban todos? ¿Habían salido? Esas cosas allá afuera… No, no era seguro.

De pronto, la explosión de un vidrio en el ala nueva me estremeció. Estiré el rifle y, apoyándomelo en el hombro, saqué el seguro. Después escuché como una bala se metía en la recamara. Estaba todo listo. Nada se metería en la casona esa noche.

Crucé la puerta de roble y me encontré en el ala nueva. Las paredes eran de un material distinto y cubiertas hasta la mitad con maderas barnizadas. Estaban en mejor estado que las del ala vieja. Quise encender las luces del pasillo, pero la electricidad se había perdido. Quizás haya sido eso, quizás esas cosas allá afuera hayan roto el transformador eléctrico y no una ventana. Podría ser, sí.

Comencé a escuchar una nana infantil, de esas que se le canta a un bebé para hacerlo dormir. Era suave y tranquila, denotando un puro amor de madre. Entonces, con el rifle preparado y la linterna apoyada en el cañón, emprendí el desfile pasillo abajo.

Una anciana, o eso me pareció a mí, cruzó el pasillo, saliendo de una habitación y metiéndose a otra.

−Señora− Pronuncié y mi voz rebotó en las paredes. Nadie contestó.

Mientras me movía me di cuenta que tenía ambos brazos tensados. Quizás por la adrenalina o quizás por el miedo de no saber que podría encontrarme, lo cierto es que estaba preparado para disparar a cualquier cosa que se moviera en la oscuridad.

Llegando a las puertas que conducen a los jardines interiores, sentí como algo arañaba los ventanales, dejando largas marcas blancas en el vidrio.

−Mamá, son las angustias, están intentando entrar otra vez− Escuché que una voz masculina dijo en una de las habitaciones.

−No, hijo, no… No quiero− La mujer lloraba.

−Dame a la niña.

Pateé la puerta de la habitación y esta golpeó contra un armario. Pero allí no había nadie. Estaba todo negro y lleno de polvo, denotando la ausencia de personas por muchos años. ¿Qué estaba pasando? ¿Me estaba volviendo loco? ¿Quiénes eran todas esas personas?

            Me pasé el puño de la camisa por la frente al notar que sudaba. Mis manos, sucias, temblaban levemente. Por dios, ¿Qué me estaba pasando? Sentí como se abrían algunas puertas de golpe y se rompían ventanas. Eran las angustias, estaban entrando. Se estaban metiendo en la casa y yo estaba allí, como un estúpido, cagado de miedo.

            Por los ruidos, deduje que ya habían tomado toda el ala nueva. Mientras corría hacia la puerta de roble, percibí por el rabillo de ojo como largas figuras negras, como sombras, desfilaban en el exterior, por la parte externa de las ventanas, como siguiéndome de cerca. Llegué y la cerré con llave. Después moví un pesado aparador hasta la puerta, bloqueándola. Había fallado en cuidar toda la casona, pero al menos esta parte de la casa estaría a salvo. Podía escucharlas rebatirse del otro lado; se movían y se chocaban con las cosas. Emitían un silbido suave pero muy característico al respirar.

−Dale otra descarga, Miguel. Este hijo de puta va a hablar.

La voz venía desde atrás. Al girarme, seguí la voz con detenimiento. ¿Cuántas personas había en la casa? Llegué hasta la puerta de una de las habitaciones que el señor Chávez me había dicho que estaban bloqueadas por un ataque de humedad. Con sumo cuidado, intenté girar el pomo, pero no había caso, estaba bloqueada por dentro.

Escuché una descarga eléctrica y después un grito desgarrado que se filtró por debajo de la puerta y se propagó por todos los orificios abiertos.

−Dale, gordito, dame un nombre nada más. Uno solo.

−Señor, la próxima descar… descar… descarga lo va a ma… lo va a matar.

−Vos callate y haceme caso a mí, Traviata. Yo sé lo que hago.

¿Traviata? A ese lo conocía. Era uno de los cabos que estuvo conmigo en la fuerza en los años negros.

−¡Traviata! −Grité, tirando todo el peso de mi cuerpo sobre la puerta− Traviata, Abrime, soy Rubén, Traviata, ¿Qué están haciendo ahí? Abrime, dale.

Pero adentro de la habitación los dos hombres se quedaron en silencio, aunque un lamento débil y exhausto todavía era audible, implorando que por favor lo dejen en paz, que él no sabía nada.

−¿Quién está afuera, cabo? ¿Quién es ese? −Dijo el otro casi susurrando.

−No… no sé. Me dije… me dije… me dijeron que a esta casa no vení… no venía a nadie.

−¡Entonces quién mierda está allá afuera, Traviata! ¡Te conoce el nombre, la re concha de tu madre, pelotudo! ¡Dale, salí, salí y encárgate de él!

−Sí… Sí señor.

Entonces el pomo comenzó a girar desde el otro lado. Yo, espantado por las palabras del otro soldado, me hice un poco para atrás y fui retrocediendo de espaldas. El pomo giraba y la puerta se sacudía de forma brusca. La estaban abriendo desde dentro.

Sentí que chocaba contra una de las paredes. Entonces, todavía con el rifle en las manos, pero con miedo, me moví rápidamente hasta dentro de una de las habitaciones. Después, asomé un poco el rostro por el perfil para ver el pasillo. La puerta estaba abierta de par en par, como la boca de un lobo, pero nadie salía de allí.

Me quedé esperando, diez, veinte minutos en la misma posición. Las voces ya no estaban y el lamento del desahuciado se había perdido en el tiempo. ¿Habían salido mientras yo me escondía? Tenían que estar en alguna parte del ala nueva, no podrían haber escapado, porque las puertas del jardín interior estaban cerradas. Además, las angustias de afuera…

Entonces algo se movió en aquella habitación. Acobardado, me tapé la boca, para que no se escuche mi respirar. Pero no salió ningún soldado, no, sino algo alargado y oscuro… No, no era el Traviata, era una de las angustias.

¡Qué estúpido había sido! Me había dejado entretener por las voces de aquellos soldados y les había dado tiempo a aquellas cosas de afuera para abrirse paso por alguna de las ventanas. ¡Ahora también estaban dentro! ¡Se habían metido en el ala nueva!

Cerré la puerta de la habitación de un golpe y me encerré dentro. Completamente aterrado, caí vencido entre una de las camas y la mesa de luz. Abracé el arma que llevaba en las manos y el cañón helado me enfrió el rostro. Cerré los ojos.

Podía sentir los pasos del otro lado. Hijas de puta, sabían que yo estaba allí metido. Lo sabían, pero ni siquiera intentaban entrar. El haz de la linterna quedó apuntando al espacio abierto por debajo de la puerta, revelando los pasos de las angustias que se movían erráticas del otro lado.

Estaban esperando algo, pero no, no me atraparían con vida.

5:47 a.m.

El señor Chávez se despertó exaltado por el disparo de un arma dentro de la casona. Miró la hora en el celular y notó que por fin había podido dormir más de tres horas seguidas.

  • ¿Eso fue un disparo? −Dijo su mujer a su lado, reincorporándose también.  
  • Parece. Se tiene que haber metido alguien. Llamá a la policía que yo me voy a fijar.

Ruy Hanmse


“Las angustias” por Ruy Hanmse. Para leer más del autor: http://www.soyruy.com

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