Santiago

I.

A veces, cuando tengo que pasar por la plaza Independencia, me cruzo de vereda. Es que no te das una idea, pero cada vez que me encuentro ahí, me acuerdo de cuando eras chiquito, casi un bebé, y te llevaba a jugar. Te encantaba esa plaza sobre todas las otras, nunca supe porqué, si era una de las más descuidadas. Después, cuando creciste, te encerraste en tu mundo y ya no compartimos tanto, siempre estabas metido en tus libros de zurditos y esos documentales medio raros. Qué extraño era todo, Santi. Pero al menos estaba completo y no lo sabía. Ahora todo me duele un poquito. 

Criar un hijo no es fácil y cuándo tu mamá me dijo que estaba embarazada, tuve miedo por nueve meses. Me acuerdo que en el quirófano casi me desmayo, pero fue tan solo con ver tus ojitos negros, que me invadió una extraña sensación de orgullo. Y cerraste tus deditos pequeños en mi mano, como reconociéndome, y me tuve que ir para no llorar en frente de todos. Ahora, te digo, hubiese llorado igual, porque llorar nos libera, pero eso no lo sabía entonces. Quería hacer todo bien, quería que me quisieras como yo te quería a vos. Sé que hubo un tiempo que me odiaste. No me lo dijiste nunca, pero yo lo sabía, porque cuando me confesaste aquello, no te entendí y eso te lastimó un montón.

Me derrumbaste los paradigmas y nos desconcertó a los dos. 

II. 

Desde que te fuiste, tu mamá está como ausente. No habla casi nada y perdió todas las energías. Es como si estuviese todo el día agotada. A veces la miro de reojo mientras veo la tele y distingo una sola lágrima pesada, cargada de angustia, brillando sobre su mejilla. Y sé que está pensando en vos. 

Cada ser humano es un mundo y el error está en querer que el otro responda a mis estándares. Eso me pasó a mí, y a mamá seguro que también. Porque no sabés lo que nos falta en esta casa tu risa sincera, tus murmullos en la noche o esas mini clases que nos dabas los domingos sobre la guerra fría, los conflictos en Corea y el asesinato de no sé qué presidente.

No sabes lo que nos faltas vos, todo completo. 

Es tan difícil, Santi, ¡La puta madre!

III. 

Ayer leí en el diario ese que regalan enfrente de la casa, que desde que se sancionó la ley en el 2010, más de trescientas parejas se casaron solo en Mendoza. Y eso me puso contento ¡No sabés! Porque la gente así se la ve feliz. Es feliz. 

Me hubiese gustado que alguna vez hayas traído a alguien. Sé que a mí al principio no me gustaba, pero lo tendrías que haber traído igual, de caradura nomás. Y cerrarme la boca de una buena vez. Como un baldazo de agua fría.

Porque fui un pelotudo. No sé si hay palabra un poco más acertada, pero al menos así me siento ahora. 

Te amé tanto que me destruyó saber que no te iba a volver a ver. Como si me hubiesen abierto el pecho, sin anestesia, y me hubiesen arrancado el corazón. 

Pero lo que más duele es el desconcierto; el hecho de que, de un día para otro, mi vida cambiase para siempre. Porque ya no te tendría sentado a mí derecha en el almuerzo ni te tendría que gritar desde abajo que bajés un poco la música. Ni nada de esos episodios naturalizados.

¿Te acordás de la vez que ganaste ese premio en la escuela, por el proyecto de investigación? Que lloraste y me abrazaste. Y yo te apreté fuerte, como con miedo de que te me escapes entre los espacios abiertos. Ni siquiera sabía de qué era el proyecto que hiciste, ¿Podés creer? Hablabas tanto que a veces no te escuchaba. Hablabas tanto de tantas cosas todo el tiempo, eras como una maquinita de información cultural. 

Sabías un montón, y eras una de las personitas más puras que tuve en mi vida. Y si me quedé con un solo aspecto de vos, es porque no supe ver con claridad el resto.

Ahora estoy viejo, Santi, y muy cansado. Pero mirame, veinte años después, y todavía vengo hasta acá a hablarte, porque eso también me ayuda a mí. Ya casi no me puedo los huesos, pero vengo igual y cuando ya no pueda manejar, voy a pedir que me traigan. 

Porque acá es el único lugar que me siento seguro. 

¿Vos te sentiste así alguna vez? ¿Te sentiste seguro en alguna parte? Yo me quiero imaginar que sí, pero la verdad es que no estoy muy convencido. Detrás de esa sonrisa amable estabas vos, el verdadero, doblado a la mitad, sosteniendo el peso del cielo que se te caía encima. ¿Cómo ibas a estar? ¿Por qué no lo detecté a tiempo? 

Perdón, Santi, sé que te lo dije un millón de veces pero lo voy a seguir haciendo. Perdón, perdón y perdón por un millón ochocientos mil. 

Porque si hubiese actuado a tiempo, quizás hoy te tendría acá. 

IV. 

¡Con un cinturón, hijo! ¡Por Dios! ¡¿Cuánto te pesaba la vida?!

V. 

El dolor se me extendió por todo el cuerpo, cada centímetro de piel y cada músculo. Pero más me duele el pecho que es como si tuviese un agujero por donde se me mete la tristeza y no la puedo sacar. 

Tu mamá estaba muy cansada, Santi. Cuando la velamos, casi que me sentí contento de saber que ahora está con vos; porque acá, entre los que quedamos, ella estaba sufriendo. 

No me quiero imaginar solo, ¿Sabes? A pesar de que lo estoy. El tío viene cada tanto para la casa y siempre me insiste en que me mude con él, que lo único que hago es sufrir. Pero yo le digo que no. 

¿Cómo desprenderme de lo único que amo? ¿Cómo olvidar tu habitación? Siempre tan llena de papeles y libros, de ropa en el piso, de olor a nada. Tu mamá nunca la limpió, ni sacó ni movió objeto alguno. En parte me alegro de que así haya sido, porque siento que todavía conservo un pedacito de vos. 

¿Cuánto más, hijo? 

VI. 

Me da bronca pensarlo, pero creo que la gente ya se olvidó de vos. Han pasado sus años, ya lo sé, pero igual. Tengo una fotito tuya en la billetera, esa foto carnet que me diste porque te sobraba y que no te gustaba porque salías despeinado, esa. A veces la gente me pregunta quién es y a mi se me desnuda el alma. ¿Cómo que quién es? ¿Quién va a ser? 

La única persona verdadera de toda mi existencia, que se zafaba de las cadenas cuando la vida tiraba para abajo. Pero hay veces en que la vida tira mucho, demasiado…

Unos muchachos de un grupo activista de acá, de la ciudad, me vino a preguntar por vos. Querían alguna foto tuya, para ponerte en pancartas y remeras, para gritar tu nombre y luchar. Ahí me di cuenta de las pocas fotos que tengo tuyas, yo no sé si tu mamá las fue sacando a medida que pasaba el tiempo, o si vos las ibas arrancando de las paredes conforme te ibas haciendo grande, pero no hay muchas.

Tengo miedo de olvidarme cómo eras ese último tiempo, hijo. Te recuerdo de niño, con las manos embarradas y los ojitos brillosos y también de adolescente, cuando me viniste a decir que en el colegio te decían cosas que no entendías. Pero no del último año, Santi, no de ese tiempo oscuro. 

Tengo miedo de perderte dos veces. 

VII.

Santi, hijo mío. Ya estoy muy viejo, casi ni me puedo mover. Cuándo vaya para allá, ¿Me vas a recibir? 

Sé que me porté mal con vos hace años, pero ya aprendí. Te lo prometo. 

¿Harías eso por tu padre?

Porque no quiero ni ángeles ni santos ni demonios, solo te quiero volver a ver a vos, que te me fuiste tan temprano.

Tan temprano, hijo… tan temprano. 


Santiago” por Ruy Hanmse: para leer más del autor entrá a: http://www.soyruy.com

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