Este infierno

Martes

A punto de perder los estribos, regresó a la casa como una estampida, llevándose por delante la rejita de la entrada y el rosal. Su papá seguía en el mismo lugar, golpeando los muebles con la punta de goma del bastón y diciendo cosas en voz baja. Martín lo agarró del brazo y tironeó de él en dirección al umbral.

  • Esperá, Martín. ¿Y tu madre?
  • Dale, pa. Vamos.
  • ¿Y mamá?

Mamá había muerto hace ya dos años, había muerto de la angustia de haber perdido el juicio contra la manzanera. Su papá, desde entonces, la había llorado todos los días tres veces, sin excepción. Estén donde estén, el señor Amparo se hacía un momento para apartarse y llorar sobre la fotografía arrugada que guardaba en la billetera. Los médicos pensaron que era depresión, pero entonces quedó ciego. Los médicos pensaron que fue de tanto llorar a su mujer. Entonces perdió la memoria. Los médicos no dijeron nada, temiendo que el próximo diagnóstico agrave la situación.

  • Después podemos ir por un helado, siempre te gustaron los helados− dijo el viejo subiéndose al auto y su hijo asintió.

Desde que mamá se había ido, él se había hecho cargo de todo. Pocos fueron los días en que su papá estaba completamente lúcido. Cada hora que pasaba los hijos sentían a su padre más distante, como algo o alguien que se va sin despedirse.

Entonces su hermana Rosario se fue de la casa. Dijo que no podía tolerar ni una partida más, que sentía un agujero en medio del pecho que la oprimía y que ese agujero había nacido después de la desaparición de Benito. Martín intentó convencerla de que se quede, que papá no estaba muerto, solo tenía alzhéimer. Ella contestó que era más o menos lo mismo, solo que a este no lo podían enterrar.

  • Vamos hasta el cementerio, hay que ponerle flores nuevas a mamá.

El padre asintió sin entender. Mantuvo las palabras en su mente todo el tiempo que pudo, intentando entender qué había querido decir su hijo con “cementerio” y “mamá” en la misma oración. Después se olvidó. Miró hacia la ventanilla, atraído por los ruidos de los automóviles y la bajó un poco, dejando entrar el calor abrasante del verano. Su hijo, sin mirar, presionó el botón del levanta cristales mientras decía «tengo prendido el aire acondicionado». El viejo volvió a asentir en silencio. Después, pensando que quizás afuera corriese una linda brisa, decidió bajar la ventanilla.

Jueves

 Llevaba ya dos años sin sexo. Veintiséis meses para ser exactos, pero no llevaba la cuenta por eso, sino por los días que habían pasado desde la última vez que había visto a Benito.

El pibe trabajaba de repositor en un supermercado de barrio. Rosario iba a veces para allá, pero no le gustaba mucho porque sentía que los chinos le miraban el culo y hablaban de ella en su lengua. Su hermano decía que era paranoica, pero de eso nada, porque los había visto en repetidas oportunidades sacándole fotos. Chinos mugrientos, no sé por qué no se vuelven a su país, pensaba. Entonces aparecía Benito. El pibe siempre encontraba algo que arreglar en la góndola que ella estaba. Cruzaban miradas y se acercaban inconscientemente, como los tontos enamorados, a mirar los productos de la misma estantería.

Entonces Benito había dado un paso más y le había pedido el número de teléfono de Rosario a Martín y el otro, movido por una pasión perversa, se lo dio.

Al principio se veían casi todos los días, pero al cabo de un año, las visitas de Benito a la casa ya eran esporádicas. Ya no se quedaba a comer y las pocas veces que iba, era por momentos, como si Rosario lo llevase a rastras para adentro.

Hasta que, oportunamente, desapareció.

Martín había visto cómo su hermana lentamente iba perdiendo la cabeza. Como loca enamorada, no salía de su cuarto. Iba llorando del baño a la habitación y le ponía pasador a la puerta para que nadie la molestase. Pero el sollozo, como un gemido pesado, se filtraba por debajo de la puerta y doblaba en el rescoldo del pasillo. Desde la cocina todos en la familia podían escucharla pronunciar el nombre de Benito y preguntar a quién sabe qué dónde estaba.

  • Necesito que vayas hasta la farmacia a buscar las pastillas de la presión de la má− le había dicho su hermano un día.
  • Hoy no pude, tuve una cita con el médico a las cinco, después tuve que hacer unos trabajos en la compu.

Pobre, desde el momento en que Benito se había ido que Rosario hablaba en pasado. Siempre. Como una extraña promesa de amor, desde entonces solo vivía en aquél último día que lo había visto. Su papá pensó en mandarla al psicólogo, pero nunca se atrevió a decir palabra. Ya está grande, pensaba. Pero eso más que anormal, era un dolor de cabeza.

  • Hoy fui a hacer la denuncia de desaparición de Benito− Dijo a la semana− Ya tuvo que haber vuelto y nada. Para mí que le pasó algo.
  • Vos no vas a hacer nada, Rosario− Le contestó su hermano− El pibe te ghosteó. Se hizo el otro, chau. Se fue, entendelo.

Su hermana, amargada, tragaba la comida y se iba para la habitación. Martín no encontraba mejor manera de hacerle entender a su hermana que ya era hora de seguir adelante, de olvidarse del otro pelotudo de una vez por todas.

Por que lo había visto.

Lo había visto hace como un año en un boliche gay en Mendoza. Lo había visto de lejos, pero la barbita y los lentes con montura azul eran inconfundibles. Además, podía escuchar esa horrible voz nasal desde cualquier punta del antro. Decidió entonces no decirle nada a su hermana, al final, era mejor desaparecido que puto.

Sábado

  • ¿Te acordás que vos me pasaste la computadora esa que estaba en el depósito para que la limpiara así la vendías? ¿La blanca? −Empezó Gregorio medio murmurando mientras chupaba el mate. Martín le miraba los labios intentando entender mejor las palabras− ¿Te acordás, boludo?
  • Sí, sí… La compu vieja esa, la que era de mi viejo, ¿Qué pasa? ¿No prende?
  • Man…

En eso entró Rosario a la casa. Si bien se había ido, todavía conservaba un juego de llaves. «Por las dudas» decía. Entró a la sala de estar y dejó la mochila en la mesa, corriendo un plato de comida del día anterior. Su papá siempre cenaba escuchando la misma canción de Brian Adams y había días en que se olvidaba de levantar el plato, como también se olvidaba los cumpleaños o de tomar la pastilla de la presión.

  • ¿De qué hablaron? −Dijo ella.
  • De nada… De minas.
  • Uff −bufó y se perdió en el pasillo.

Lunes

Martín cortaba cebolla sobre una tablita de madera. Intentaba, de la mejor forma, ignorar a su madre, que ahora se había puesto a la izquierda y le regañaba sobre algo que había pasado hace años.

  • Mamá, estás flotando otra vez.

Ella, mirando hacia abajo, notó que sus pies no tocaban el piso. Se obligó a bajar, hasta que la distancia entre la suela de sus zapatillas y los baldosas fuese casi imperceptible. Desde que había muerto, ya no tenía que preocuparse por esas cosas, pero pensaba que podía resultar traumático para aquellos que todavía pertenecían al otro plano y que, desgraciadamente, estaban aferrados a las leyes de la gravedad.

  • Otra cosa, Martín. ¿Qué son esas flores que me dejaron el otro día? ¿Vos las viste? Estaban todas machucadas. Decí que vino la viuda de don Idilio y se las robó, porque eran horribles.
  • Así que esa vieja es la que se roba las flores que te dejo.
  • Ese no es el punto, Martín, ¿No me estas escuchando?
  • Ni muerta me dejás de romper las pelotas, ¿Cómo no te voy a escuchar?

La señora Amparo, enfurecida, hizo volar los platos que su hijo había lavado y los estrelló contra una pared. Después cerró todas las puertas de la casa de golpe, despertando a su marido, que dormitaba en la habitación contigua.

  • ¡Pará! ¡Loca de mierda! −Gritó su hijo− Uno de estos días te traigo al curita de la parroquia ya vas a ver, que me prenda unos inciensos o no sé, pero no te aguanto más.

Miércoles

El mayor miedo de Rosario era no volver a amar. Mientras más pensaba en eso, más se le cerraba el estómago, porque podrían pasarle un millón de cosas, pero morirse sola era, sin dudas, la peor. Benito había sido por momentos más que su pareja, había sido lo único que la motivaba a seguir, a moverse, a dejarse llevar. De repente y sin avisar, todo empezó a cambiar. Ya no la miraba como antes que sus miradas se buscaban en los reflejos de las ventanas y a través de los espejos, después dejó de besarla en público, después dejó de besarla en la intimidad. Hasta que decidió irse, dejándole el gustito amargo a todo lo que podría haber sido y no fue.

A veces le mentía a la familia y les decía que tenía cosas que hacer, como una cita con un médico inexistente o retirar algo que nunca compró en el centro, tan solo para ir hasta el supermercado donde lo conoció para verlo una última vez. Solo quería eso, verlo, saber que estaba bien, darle un cierre a toda esa historia inconexa. Poder respirar con normalidad otra vez y guardarse las lágrimas para otro.

Odiaba el departamento que había alquilado. Estaba sobre una avenida y tenía que convivir con el ruido de ciudad que no duerme. Además, tampoco tenía horno y la ducha caliente andaba cuando se le daba la gana. Después estaba ella, casi tan inestable como las pocas cosas que venían con el alquiler amoblado, acurrucada en un rincón de la habitación, envuelta en una colcha de algodón, pensando en el momento en que tenga el coraje suficiente para matarse de una vez por todas.

Su teléfono comenzó a vibrar en el desayunador, donde lo dejaba siempre cargando. Pensó dejarlo sonar, pero quien quiera que sea que la estaba llamando, parecía no querer desistir.

  • ¿Hola?
  • ¡Rosa! Soy Grego, el amigo de tu hermano -empezó – Mirá, vos sabes que estoy intentando comunicarme con Martín, pero no me contesta el teléfono.  
  • Ah, ni idea. Yo ya no viví con él, pero esta noche fui a cenar allá, si querías, viniste hasta mi depto y fuimos juntos.
  • No… No sé, no quiero molestar− Sonaba incómodo y eso a Rosario le causó ternura.
  • No eras pavo, Grego, eras casi parte de la familia. Te pasé la dirección por whatsapp, fui tipo nueve y media. ¡Nos vimos!

Viernes  

Aquella noche al final no habían ido a cenar con Martín. Él nunca supo por qué, pero sí había discutido con su hermana por teléfono. Le había recriminado que para qué lo había hecho cocinar si no iba a venir, que no le costaba nada mandarle un mensajito cancelando todo. Lo cierto es que Rosario no se había dado cuenta de la hora porque Gregorio había llegado antes a la casa y, para matar el tiempo que faltaba, decidieron tomar una cerveza que llevaba ya dos semanas sin destapar en la heladera. Y las palabras empezaron a salir con mayor naturalidad endulzadas en alcohol y como movidas por un ritmo antiguo, como el bombear de la sangre o el latir de los corazones, las palabras se trasladaron de la cocina a la habitación. Y ya no había vuelta atrás, porque, con la naturaleza pura de los humanos desamparados, el acto había sido consumado casi sin ser pensado demasiado. Después Rosario se metió en la ducha y cuando salió, Gregorio ya no estaba.

Esa tarde estaba con Martín en el pequeño depósito en el fondo de la casa. A pesar de estar tan lejos de todos, hablaban bajito, como temiendo que algún curioso decidiese escuchar lo que no le correspondía.

  • Por esto quería hablar con vos el otro día, Martín. No te lo puedo explicar… Prefiero que lo veas por vos mismo.

Martín se inclinó sobre el viejo trasto amarillento que antaño había sido una computadora y Gregorio la encendió. Después, presionando algunas teclas y digitando comandos desconocidos para su amigo, accedió al disco duro.

  • Al principio pensé que no iba a servir nada de equipo, como te había dicho. El desuso y la cantidad de tierra, inhabilitó la mayoría de los componentes. Entonces decidí revisar la memoria, a ver si había algo salvable y… Martín, por Dios… Mirá esto.

Gregorio conectó un pequeño cablecito usb a su notebook y abrió una carpeta que se llamaba “Pc Martín”. Como un chorro de agua helada, un millar de fotografías empezaron a aparecer, una al lado de otra. «¿Qué son?» preguntó el otro. Gregorio abrió una de las imágenes y en el centro de la pantalla apareció un niño semidesnudo.

Martín se hizo para atrás y se tapó la boca. Gregorio siguió pasando, foto por foto, revelando niños y niñas entre siete y doce años, todos enseñando porciones de piel blanca e impoluta, como jugando con la perversidad de fotógrafo. En algunas fotos, los niños se tapaban la cara, como con vergüenza, en otras, los ojos inmortalizados en la perpetuidad de la fotografía, mostraban un miedo intrínseco, puro, agobiador.

  • Martín, alguien puede ir preso por esto.
  • Ya sé, boludo… No… No sé, no puede ser… Es tremendo, es…

Temeroso, su amigo formuló aquella frase que llevaba una semana acarreando en su mente.

  • ¿La compu es tuya?
  • No.
  • ¿De quién es entonces?
  • Bueno, es… Es de mi viejo, Gregorio. Mi viejo la usaba antes.

Domingo

Rosario había llamado a Gregorio varias veces en esos últimos días, el otro nunca había contestado. Agotada, ella se había dejado caer entre las sábanas limpias de la cama, hundiendo su cara en la almohada. Pensó que quizás el problema era ella, que nadie la iba a querer por ser inestable e incapaz de amar a nadie más que a Benito. Pensó entonces en Gregorio: El pibe le gustaba, sí. Sentía por él una especie de atracción natural, esa que va más allá de los pensamientos; esa que no tiene explicación.

Aunque, tal vez, se tratase de una proyección de su propia soledad y, lo que había pasado aquel miércoles, era independiente a Gregorio, y como fue él, podría haber sido cualquier otro hombre lo suficientemente valiente como para dar un paso en esa dirección.

«Que vida de mierda» pensó. Entonces, como un fantasma incansable, los recuerdos de la última vez que había visto a Benito le volvieron a la mente y rompió a llorar. Poco a poco notó cómo esos recuerdos perpetuos se estaban alterando, porque cuando besaba a Benito en ese ensueño dulzón, se pinchaba con la barba. Y Benito nunca tuvo barba. Gregorio sí.

Martín llevaba horas delante de la pantalla de aquella computadora. Desde el viernes que no había podido salir de allí. Con los ojos enrojecidos y la sombra de una barba temprana y descuidada, recorría esos penosos archivos. Pensó en llevar el disco duro a la policía y que ellos hiciesen lo que tuviesen que hacer, sin importar la consecuencia. El rechazo que le producía cada una de esas fotografías se transportaba directamente a su padre, quien, presuntamente, era el autor de aquel crimen. Pero no podía ser, o al menos no lo quería creer así, porque allí debía de haber al menos diez mil fotografías y algunas, a juzgar por el estilo de la ropa y la calidad de la cámara, debían de haber sido tomadas hace ya tantos años que aquellos niños ahora eran adultos.

  • Tuve que cargar con esta culpa toda mi vida −Dijo una voz conocida detrás suyo.

Sorprendido, Martín saltó del asiento. Después se giró con brusquedad, lastimándose el cuello. Allí, entre las sombras alargadas producto de una única luz que se filtraba por la ventana, su madre, etérea y constante, miraba a Martín.

  • ¿Lo sabías?
  • Por supuesto que lo sabía. Empero, nunca tuve el coraje suficiente como para enfrentar a tu padre. Quizás esto es el porqué de que yo siga acá, en este mundo y no donde debería estar, descansando.
  • Mamá… No… ¿Por qué?… ¿Por qué hizo esto? No entiendo.
  • Es difícil para vos todo esto porque la imagen que tenías de él se está cayendo a pedazos. No siempre fue quien dijo ser, lo estás descubriendo ahora, pero esto lleva años gestándose en esa habitación arruinada.
  • ¿Cómo? ¿Sacaba las fotos acá?
  • No, no acá. En otra casa. Hay más, pero, amor, ahora tu papá está viejo y con la pérdida de memoria no debe de acordarse de nada… Y si lo hace, lo va a negar.
  • ¿Por qué no hiciste nada?
  • Porque tenía miedo de que me lastimara, le tenía miedo, Martín. Sobre todo, porque nunca tuve el valor suficiente. Porque tendría que haber agarrado un bolso y haberme ido cuando tuve la oportunidad.
  • ¿Alguna vez te hizo algo?
  • A mí no… Pero…

La señora Amparo flotó entre los muebles y se posicionó al lado de su hijo, mirando la pantalla iluminada de la computadora portátil.

  • Abrí esa carpeta, la que dice 1998. Sí, ahora esta fotografía− dijo señalando una.

Si bien la resolución era terrible, en medio de la pantalla se abrió una de las fotografías donde una niña de no más de diez años, posaba semidesnuda sobre un diván oscuro. A martín casi se le sale el corazón del pecho y comenzó a marearse. Reconoció las cejas y el pelo negro hasta la cintura, cada una de las pecas marrones y aquel característico lunar sobre el pómulo del que tanto él se había burlado cuando era chico.

  • ¡Es un hijo de puta! ¡Lo voy a matar!

Martín arrancó la memoria y encaró hacia la casa.

Rosario, todavía afligida, ahora se miraba en el espejo del baño. Sobre el lavamanos había dejado un cúter rojo, el mismo que siempre usaba para cortar las resmas de papel del laburo. Se enjuagó un poco la cara para quitarse las lágrimas calientes del rostro. Atravesándose con la mirada a través del espejo, pensó que el dolor ardiente que la hostigaba podría terminar, si tan solo tuviese el coraje suficiente.

Se tomó el pelo con ambas manos y se lo recogió en una cola bien tirante. Después, temblando, tomó el cúter.  La razón por la que las personas se afligen, es intrínsicamente humana. Ningún otro ser vivo puede angustiarse por situaciones que crean ellos mismos en sus cabezas, por tangentes y probabilidades, por hechos sin fundamento. No hay peor enemigo que la noche y la soledad combinadas, porque uno se pone a pensar y, cuando piensa, se auto sabotea. La penumbra más terrible es cuando se nubla la mente y se oscurece el juicio, convirtiendo a todos en seres hostiles, siendo uno mismo el mayor de los antagonistas.

            Lloraba, no se había dado cuenta, pero lloraba otra vez.

            Entonces su teléfono comenzó a vibrar sobre la mesada, pero estaba vez esperaba el llamado. Casi como movida por ese único hilo de esperanza, se dejó llevar hasta la cocina y arrancó el cable que mantenía a su celular cargando.

  • Hola, ¿Quién habló?
  • Rosario, soy yo, Grego, perdón que no me comuniqué antes.
  • Ah, sí. ¿Cómo estuviste?
  • Bien… Quería hablar con vos, de verdad. Pero no encontraba las palabras adecuadas, viste. No quería… No sé…
  • ¿Qué no querías?
  • Arruinar nada.
  • ¿Qué quisiste decir? No entendí. 
  • Rosario, te quiero volver a ver.

A la chica se le paralizó el alma y el corazón un momento.

  • Pero te estuve llamando y no me contestaste− respondió ella.  
  • Es que estuve ocupado con otras cosas que, creeme, te vas a enterar. Y tuve miedo por vos.
  • ¿Por qué?
  • Es mejor que vayas para la casa de tu papá, Rosario. Es grave. Te veo allá.

Martín entró a la casa por la puerta de atrás, después dobló en el umbral del pasillo y, con el paso decidido, se dirigió hasta la habitación del fondo. Su madre se materializó frente a la puerta, cortándole el paso.

  • Martín, sé que estás enojado. Pero pensá lo que vas a hacer, por favor te lo pido.
  • Correte.
  • Martín, por favor. Tu papá es un anciano ya, no es el mismo de antes. Escuchame, por favor. Martín, ¡Martín!

Pero su hijo parecía no querer escucharla.

  • No me morí de angustia por el juicio con la manzanera, eso es lo que dice tu padre, pero los terrenos esos nunca fueron míos. ¿Querés saber que me pasó? -La madre se le había puesto en medio otra vez, pero ahora su hijo la miraba con extrañeza -Me asfixió la vida, Martín, eso me pasó. No pude más con el dolor y no pude… No pude seguir. Tu padre me encontró en la cama, inconsciente, porque me había tragado el tarro entero de pastillas para dormir. Y dormí, hijo, dormí, pero no volví a despertar.
  • Entonces tu muerte también recae en él, mamá.
  • No, ¡no es su culpa! ¡Fui yo, hijo!

Su hijo la atravesó como si de una bruma se tratase y abrió la puerta de un tirón. Sentado sobre una mesa de madera y con la mirada fija en la puerta, su padre reposaba. Tenía los ojos blancuzcos bien abiertos, como intentando ver a pesar de la ceguera.

  • Supongo que te enteraste de todo− Pronunció él. El bastón con la punta de goma que usaba para moverse por la casa reposaba sobre la cama.
  • Hijo de puta. Sos un monstruo− empezó, mientras se acercaba, con el puño cerrado− Lo que hiciste es… es…
  • Un crimen, y una abominación −Completó el otro− Creeme, lo sé yo más que nadie. Y ya estoy pagando, mirame lo que soy, Martín ¡Mirame! ¡Ya ni siquiera recuerdo el rostro de tu mamá o el tuyo! Cada día que pasa tengo miedo de olvidarme por completo de sus caras, o de las fechas importantes o de los recuerdos de sus infancias. Pero, ¿Sabés que no logro olvidar? Las estúpidas fotos: las tengo grabadas en la mente, como una culpa sin purgar, como atravesándome. ¡Me quedé ciego por mirar esas fotos, Martín!
  • ¡Sos un hijo de puta!

Martín le saltó encima, apretando los puños y descargándolos sobre su padre. Con cada golpe seco, los nudillos comenzaron a enrojecer, después la piel se rasgó y las sangres se mezclaron. «¡Te voy a matar!» Gritaba «¡Hijo de puta!». Desde afuera, los gritos apenas eran audibles.

Gregorio, en cuanto percibió la voz quebrada de Martín, miró a Rosario que todavía se estaba bajando del auto. Ella, sin enterarse de nada, peleaba con el cinturón de seguridad que se rehusaba a retraerse. Entonces el chico quiso entrar a la casa y como la puerta estaba cerrada con llave, comenzó a patearla.

  • ¡Martín! ¡Abrime, Martín! − Gritaba mientras estrellaba el peso de su cuerpo contra la puerta − ¡La puta madre, Martín! ¡Abrime la puerta! ¡No te mandés ninguna cagada!

Rosario, espantada y todavía sin entender, corrió a su encuentro mientras buscaba el manojo de llaves dentro de la cartera. «¿Qué pasó?» preguntaba, temblando. «¡¿Qué pasó?!». Dio vuelta la cartera sobre el tapiz de la entrada, revelando maquillaje, papeles, chicles, pero ninguna llave.

  • Rosario, llamá a la policía. Ahora. ¿Hay otra puerta para entrar?
  • Sí, por atrás, por la cocina… Yo…
  • Okey, esperá acá. No entrés. Llama a la policía ¿Me escuchaste? ¡Llamá a la policía!

Acto seguido, Gregorio se trepó por el costado y se subió al techo, después desapareció.

Martes

Una luz roja se encendió sobre la puerta y después comenzó a sonar el mecanismo que destrababa la cerradura eléctrica. Un policía tiró de ella y se abrió. «Cuando termines, golpéame la puerta así te abro» Rosario asintió y entró en la pequeña habitación. La iluminación fosforescente de los focos le bañaba el rostro alargado y cansado a Martín, que ahora inclinaba su cuerpo hacia adelante, dejando caer el peso sobre los brazos.

  • ¿Cómo estás, Martín?

Él, sorprendido, miró a su hermana.

  • ¿Por qué no hablás más en pasado?

Ella se ruborizó.

  • No me digas que te enamoraste, boluda. ¿De Grego?

Ella, como esquivando el tema, se acomodó el pelo negro detrás de la oreja y después agarró a su hermano de las manos y lo acarició, perdida en sus pensamientos. Le pasó la yema de los dedos sobre las frías esposas que le encerraban las muñecas y mantenía ambos brazos juntos.

  • ¿Te duelen?
  • Nah, no es nada. No te hagas problema por esto. ¿Cómo estás vos?
  • Y, resistiendo, Martín. Hago lo mejor que puedo.
  • ¿Papá?
  • Esta estable, dicen que va a vivir, pero se está recuperando.
  • Es un hombre horrible, Rosario, por favor, no volvás a la casa.
  • Martín, es papá.
  • Ya sé que es papá, Rosario, pero vos no sabés las cosas que hizo, que…
  • Sí, se todo, Martín.

El chico se quedó en silencio, intentando descifrar aquello que le decía con la mirada. Entonces, los ojos de ella se humedecieron y él intentó tocarla, pero la cadena lo frenó a medio camino.

  • No llorés, Rosario. Vos sos más fuerte que yo, más fuerte que mamá, más fuerte que todo esto.
  • Sí…− Sacó un pañuelito de la cartera y se secó los ojos, después respiró hondo, como tratando de recuperar la compostura− Yo sabía lo que había pasado, Martín. Lo sabía, pero me había obligado a olvidarme de todo, es como… que lo borré. Borré esos horribles recuerdos, ese año de mi vida, lo anulé para siempre. Hasta el domingo, no había vuelto a vivir todo aquello.
  • Tarde o temprano iba a pasar, Rosa. Era cuestión de tiempo.
  • Sí, ya sé. Pero igual.
  • Sufriste mucho…− Balbuceó su hermano, antes de ahogarse en sus propias lágrimas. Pero eran lágrimas de bronca y rabia por haberse enterado de todo tan tarde.
  • Hay más, Martín. Más allá de todo esto, más allá de nosotros y de papá y mamá, las cosas se están aclarando. La policía estuvo decodificando el disco duro y encontraron datos y esos datos los condujeron a cinco domicilios. Agarraron a tres hombres más, todos tan viejos como papá. Era una red grande, Martín.
  • Qué asco me da.
  • Sí, pero no pienses en ellos, pensá en todos los niños que estamos ayudando. Pensá que hay gente como nosotros, como yo, que todavía están viviendo con ese esqueleto en el armario.
  • Rosario, solo quiero que todo esto termine. Y que papá pase sus últimos días en cana.
  • Bueno… No va a pasar. Es muy viejo, está ciego y con Alzheimer. Tiene todas las de conseguir un pase libre de la cárcel.

Martín, golpeó la mesa con rabia y apretó los labios, como tragándose lo que iba a decir. Después miró hacia el cristal oscurecido que le devolvía su reflejo y el de su hermana.

  • Tantos años y yo sin saber nada de esto.
  • ¿No crees entonces que es momento de que por fin comencemos a vivir?
  • Rosario, yo no sé si salgo de acá. Pero vos sí; vendé la casa, el auto, todo y andate.
  • No…
  • Andate, Rosario. Andate lo más lejos posible de este infierno.

“Este infierno” Ruy Hanmse, leé más del autor en: http://www.soyruy.com

Anuncios

1 comentario »

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s