Lo terrible de estar solo

−¿Qué pasa? −preguntó el chico que se le había parado al lado− Le veo muy concentrado.

− No es eso, es que llevo mirando el cuadro por horas y no logro entender nada.

El chico rió. Después volvió a estar en silencio un rato más.

El cuadro, como tal, no era más que un lienzo pintado de negro con una línea roja cruzando de lado a lado, como si al pintor se le hubiese caído brocha sin querer y hubiese optado por dejarlo así.

−¿De verdad no ve nada? – interrumpió el otro.

−¿Eh?

−Que si de verdad no ve nada. A veces hay que ver más que la pintura per sé. Por ejemplo, el tamaño. Está obra es inmensa −eso era cierto, el cuadro debía de medir unos dos metros de altura y casi lo mismo de largo− O el fondo. O el contraste. O las sombras.

−Este cuadro no tiene sombras.

El chico lo miró un momento y reprimió una risita divertida. Después volvió a enmudecer, como quien entra en trance con algo. Él, frustrado por esa estúpida obra, le dirigió una mirada media de reojo a su acompañante; se balanceaba un poco, como movido por una melodía inexistente, llevando el peso del cuerpo de la punta de los pies a los talones y de vuelta. También vió sus ojos que, expectantes, recorrían de un lado a otro el inmenso cuadro frente a ellos. Tenía una manera rara de mirar, pensó. Sus ojos eran como caóticos, erráticos y describían formas inconcebidas, en ángulos perpendiculares y líneas obtusas.

− Deje de mirarme.

− ¿Perdón?

− Que deje de mirarme, le digo −una sonrisa inoportuna se formó en su rostro− puedo sentir su mirada atravesándome, como si me insultara.

− No, no, para nada. Disculpe.

− Está bien −respondió el otro, todavía sin siquiera dignarse a mirarlo.  

Se sintió incómodo casi de inmediato. Quiso articular una disculpa sincera, pensando que la primera había sonado artificial, pero lo pensó tanto que el tiempo lavó un poco la culpa y se hizo tarde para justificarse. Era mejor dejarlo pasar, después de todo, ni lo conocía. No había por qué disculparse, de hecho. Tan solo lo había mirado, tampoco es que lo haya tocado o insinuado de alguna manera.

Estúpido −pensó entonces­− quién se cree que es. Ahí tan… tan misterioso. ¿Por qué se había detenido a mirar ese mismo cuadro? Sí no había nada. Ese tonto cuadro que parecía pintado sin ganas, esas pinceladas incomprensibles e inconclusas, esos colores tan poco pensados. Negro. Negro todo. Negro el fondo. Negro.

−Sabe, cuando me mira, puedo sentir que me habla.

−Ahora mismo no lo estoy mirando.

−No usted, señor. El cuadro. ¿Nunca pensó que cuando uno mira un cuadro, el cuadro lo mira a uno? Es como recíproco.

−Creo que no le estoy siguiendo.

−Que para mirar no se necesitan ojos ni para hablar se necesita boca.

−Ah…

Genial, está loco. Debe de ser uno de esos estudiantes de artes plásticas o alguna cosa similar, esos que buscan mensajes codificados y explicaciones a las cosas.

−Debe pensar que estoy loco- río.

−No, no, para nada.

−Lo estaba pensando ahora mismo, lo sé. Me lo dijo con la mirada −movió el rostro a un costado− cuando no asienta la vista en un punto o cuando no me mira directamente a los ojos, es cuando me dice que está incómodo. Y está incómodo porque no sabe qué contestar. Y no sabe qué contestar porque no me entiende. Y no me entiende porque piensa que estoy loco.

Lo miró. Pero esta vez, con un repentino interés. Le miró los labios levemente entintados, las mejillas coloradas por el frío y los ojos, esos ojos inmensurables, pero sinceros.

−Y dígame, ¿Qué le dice el cuadro?

El chico volvió a adoptar la posición inicial y el hombre lo imitó, pero este como observador parcial. De frente, el rojo sobre el negro.

−No sé, me dice cosas. Es difícil de explicar, porque cuando dice, no usa palabras.

−¿Puede intentarlo?

El otro hizo una mueca, como incómodo. Balbuceó algo y después se aclaró la garganta.

−Me cuenta sobre lo terrible de estar solo. ¿Usted puede verlo?

−No estoy completamente seguro, pero siga… Quizás si me explica, pueda entenderle.

Suspiró, hundiéndose en sí, como desinflándose entre tanta ropa de invierno.

−¿Usted nunca se sintió solo?

−Todo el tiempo.

−Entonces debería ser capaz de ver lo mismo que yo.

El hombre cambió el peso de pie y se quedó escudriñando cada centímetro del cuadro. Al hacer el esfuerzo uno podía ver, casi como una huella borrada por la lluvia, la dirección de las pinceladas negras. Unas iban hacia arriba y otras hacia abajo y en todas las direcciones, con brusquedad y torpeza, como buscando algo que parecía no poder encontrar. Como si cada pincelada viniese cargada de sentimiento y como si el sentimiento se hubiese escurrido entre las cerdas del pincel y no hubiese logrado adherirse completamente al lienzo.

−Sabe, la soledad es la más dura de las emociones −formuló el acompañante− porque la soledad multiplica las penas y todo nos duele un poquito más.

El hombre asintió, sorprendido de comprenderlo. Volvió a mirarlo, pero esta vez intentando ver más allá de la piel y los huesos. Quería ver en qué estaba pensando, qué se le cruzaba por la cabeza al ver la pintura, qué palabras esperaba escuchar, cómo se le aglomeraban los pensamientos, como una torre de naipes a punto de derribarse por otra idea líquida.

Sus ojos, tan llenos de versos, le contaban de la última vez que había salido a tomar una copa con amigos o un café con un desconocido. Le contaban de la última vez que había dormido acompañado y de cuánto tiempo había pasado desde la última vez que le preparó el desayuno a alguien antes de irse a trabajar.

−No entiendo, ¿Por qué está solo entonces?

El chico se movió un poco, ajustándose la solapa del saco por encima de toda la ropa. Después buscó las palabras adecuadas y las ordenó en su cabeza, como piezas de un mismo universo.

−Supongo que uno está solo para evitar dañarse −Contestó al fin− pero uno se daña estando solo. ¡Qué irónica y absurda es la vida! ¿No le dan ganas de reventar este lienzo a patadas? ¿De clavarle las uñas y arrancarle cada parte, cada pincelada, como las fauces de una bestia destrozan la piel de su presa?

−No estoy seguro. Creo que es porque el cuadro está diciendo eso que no queremos escuchar, como desnudándonos, como un espejo.

Se quedó en silencio, meditando. Supuso que al final, el cuadro también le estaba hablando a él. Lo había estado haciendo todo ese último tiempo, pero no había querido escuchar.

−¿Usted me quiere? −preguntó el otro de repente.

−No lo sé, ¿Usted me quiere a mí?

−Más que a nada en el mundo.

−¿Entonces por qué no empezamos por un café?


Ruy Hanmse

“Lo terrible de estar solo” por Ruy Hanmse, del taller Letras Tomadas, San Rafael, Mendoza. Para leer más del autor: http://www.soyruy.com

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