Los podridos

Los podridos

Ya habían pasado tres años desde la fisura en el dique y ahora gran parte de la ciudad estaba cubierta con una densa capa de agua estancada. Felipe observaba desde donde empezaba la tierra a empinarse, cómo algunos tejados sobresalían desde la superficie. Al chico le gustaba imaginarse a las chimeneas amarronada como pequeños e imperturbables centinelas nocturnos. Todo era tan silencioso en esa parte.

Su hermanita, Tiziana, lanzaba piedras al lago artificial y veía como las ondas producidas se expandían hasta perderse entre los matorrales. Pensaba que si tiraba varias piedras seguidas podía cambiar la dirección de las ondas, pero por más que lo intentase, lo único que lograba era suplantar la anterior por una nueva. Ella no quería una nueva, quería conservar la vieja, quería a las dos.

 Alguna vez Felipe había recorrido esas calles, ahora completamente sepultadas, e intentaba imaginarse dónde estaba cada una de las casas y los comercios y las plazas y aquél tan alto edificio que el gobierno había levantado en cuatro años y que el agua había volteado en minutos. Después sus recuerdos oscurecían e intentaba imaginarse a la gente que había vivido ahí, que caminaban por esas mismas veredas y que, para su desgracia, no habían tenido siquiera posibilidades de salvación.

La explosión del dique había sido tan rápida.

  • ¿Qué ves? − Preguntó la niña, eclipsada por el rostro soñador de su hermano. Se acercó ayudándose con las manos y se las descubrió embarradas. Luego se limpió un poco en el pantalón.
  • ¿Ves ese tubo oxidado ahí? ¿El que sale cerca de ese edificio verdoso? − La niña asintió, sentándose− Bueno, ahí antes había una tienda de juegos. El abuelo me llevaba a ese lugar cuando era más chico. No podés verla porque está completamente tapada por el agua, pero tenía unos enormes y coloridos dibujos en las paredes. Me preguntaba si todavía estarían ahí o si la humedad habría levantado la pintura.

Cuando sucedió, su papá salió a la calle, llevándose todo por delante, y no pudo escuchar el anuncio por la radio. Aparentemente, las excavaciones que estaban haciendo en la Loma Vieja afectaron la infraestructura del dique y a principio de aquel año, una fisura de unos tres metros había crecido en el paredón, de abajo hacia arriba, como los rayos. Pero lo ocultaron como se ocultan las peores cosas y se les fue de las manos. Meses después, la membrana no aguantó más el peso y se venció. Desde donde estaban, primero se escuchó explosión, luego las sirenas de bomberos y finalmente el agua que, mientras arrasaba con todo el bajo, sonaba como un torrente de gritos. La mamá había sacado a Tiziana de la cuna y, casi arrastrando a Felipe, corrió calle arriba, en dirección contraria. Felipe todavía recordaba a su mamá llorando, producto de la ansiedad, y gritando que no miren para atrás, que, por favor, no miren para atrás.

Pero Felipe había mirado.

Una sombra negra se alzaba al final de la calle, cerca de la esquina, e iba arrancando los árboles de cuajo y levantando y tragando los automóviles con violencia. Entonces reconoció a su papá, que luchaba desesperadamente con un cinturón de seguridad que aprisionaba a un niño en el asiento trasero de un Volkswagen. «¡Papá!» Gritó él, pero su voz era demasiado débil y sus piernas demasiado cortas.

Y el agua los engulló.

  • Nosotros vivíamos por allá− Felipe le señaló un punto a la izquierda y esperó a que su hermana reconozca el lugar− ¿No te acordás? − Ella negó con la cabeza. Era muy chica− Mejor entonces. No son lindos recuerdos.

Cerca de nueve mil perdieron la vida en el accidente. Sin contar a todos aquellos cuyos cuerpos nunca lograron encontrar y enterrar. Ahí la cifra ascendía a doce. Una doctora del hospital había dicho que si esto se hubiese anunciado como correspondía, las salas de asistencia no estarían tan llenas.  Su tía, en cambio, pensaba que, incluso si todo eso se hubiese sabido de antemano, la mayoría de la gente hubiese muerto de todas formas, porque las familias del bajo son muy pobres y les era muy difícil desarraigarse de lo poco que tenían.

  • ¿Y ahora en qué pensás? −preguntó la niña, mientras jugueteaba con unas flores amarillas.
  • En que está oscureciendo y tenemos que volver. Dame la mano− Felipe se levantó y ayudó a su hermana a reincorporarse.

Con cuidado y agarrándose de los peñascos que cada tanto se desprendían y caían, comenzó a subir. Casi llegando a la cima, notó que su hermana no se había movido. La llamó por el nombre, pero la chica parecía sumida en un trance. Luego extendió el brazo y señaló un punto que su hermano no podía ver, cerca de donde comenzaba el lago.

  • Tizi, dale− reiteró− ¿Qué ves?

La chica se agachó y recogió una piedra, luego la aventó. Felipe no escuchó que la piedra haya caído al agua. Entonces comenzó a bajar y, mientras lo hacía, regañaba a su hermana en voz alta. Pero ella, sin escucharlo, comenzó a bajar también, hasta cerca del espejo de agua.

  • ¿Qué haces, Tiziana? ¡Vení para acá, no bajés! ¡Le voy a contar a mamá!

Cuando llegó a la base y reconoció a su hermana agazapada entre las sombras de los árboles y las piedras, se acercó hecho una furia. Quiso empezar a hablar, pero ella lo cayó con un sonoro “shhh” y el otro, perplejo, no supo qué contestar.

Al llegar, se encontró con una escena de lo más perturbadora: una mujer, hinchada y deformada por el agua, yacía en el suelo e intentaba arrastrarse clavando los dedos huesudos en la tierra. Su hermana, separada apenas por unos centímetros, la picaba con la punta de una rama.

  • ¿Qué hacés? ¡No! ¡Dejá! − Exclamó mientras se abalanzaba sobre ella y le quitaba la rama de las manos− ¡Es una señora! ¿No ves?
  • No, Feli, está muerta.

Felipe se giró y la observó con detenimiento. Se hizo un poco hacia atrás y arrastró a su hermana con él. A la mujer le faltaban ambas piernas y parte del rostro que, por razones inexplicables, se había pelado y abierto como una naranja. El globo ocular colgaba por un lado y se balanceaba de atrás hacia adelante con cada intento de ella por arrastrarse. Todavía consternado, intentó hablarle, pero la mujer parecía no escucharlo. Sin embargo, unos ronquidos guturales nacían desde la garganta y se hacían oír, quebrando con la pasividad de la tarde.

  • Debe ser otra de las que arrastró el agua− opinó su hermana, pero el otro, todavía asqueado, no contestó. Se limitó a observar al monstruo− Pero esta es distinta. ¿Por qué se mueve así?

Felipe se acercó un poco y se agachó a su lado, siempre precavido de dejar una distancia generosa entre la mujer y él. Entonces el tufo a humedad y carne corroída se le metió por las fosas nasales hasta producirle arcadas.

  • ¡Qué asco! − exclamó− ¡Está podrida!

Su hermana empezó a reírse de él, ahogando las carcajadas en el pliegue del pullover. Luego se reincorporó y tiró de la campera de su hermano.

  • ¡Claro que huele mal! ¿Qué esperabas? −Dijo mientras se alejaba− dale vamos, Feli. Hay que volver.

Desperdicio

En una de las precarias casitas de la nueva villa, una madre lloraba. Tenía hambre, pero no lloraba por eso. Lloraba por los hijos. Las lágrimas alcanzaban el pómulo y ella las ahogaba en la manga del buzo, con temor de que alguno de los niños la viera. Tenía cinco, dos nenas y tres nenes de edades similares. Los tres primeros eran de un padre, que los había abandonado cuando el más grande cumplió cinco, los últimos dos eran de otro, que los había abandonado cuando la última tenía cuatro meses en la panza. Una historia de misfortunios y penares.

La nueva villa fue creciendo y creciendo con el pasar de los años. Las primeras casas se levantaron cerca de la fábrica de algodón, porque la tierra ahí estaba partida y quemada y nadie la quería. Las familias carenciadas, cuyas casas fueron destruidas en el accidente del bajo, se fueron estableciendo allí, cansadas de esperar la ayuda que el gobierno prometió por radio, pero que nunca llegó. Ahora la villa abarcaba casi dos kilómetros de largo y en la parte en que la villa era visible desde la ruta, el gobierno levantó unos paredones de ladrillo y cemento que cortaban la visión. Eso hicieron: los escondieron, como se esconden las vergüenzas y los arrepentimientos.

Y en el borde más lejano de la villa vivía esa madre con esos niños. Si se desviaba un poco hacia el sur y se cruzaba el Zanjón del Indio, se llegaba al dique. Casi todos los días los tres niños más grandes iban para allá a ver si encontraban algo que comer, a pedido de la madre, pero pocas veces tenían éxito. Entonces la madre lloraba, porque no podía alimentarlos. Y se le partía el corazón cada vez que veía a uno de sus niños doblarse al medio por los retorcijones en el estómago, como una botella de plástico puesta al calor. Esa mañana misma había hervido pasto en una vieja cacerola y la había servido como almuerzo. Los niños la masticaban con asco y la tragaban, porque sabían que era eso o nada en absoluto. Y ella, con las manos negras y ásperas, limpiaba la cacerola con un trapo y se iba para el corazón de la villa a buscar más agua.

Esa noche, sin embargo, alguien golpeaba la puerta. La madre, desacostumbrada a las visitas nocturnas, pensó que era la policía. Uno de esos temores palpitantes que últimamente estaba experimentando le nació de adentro: el temor de que alguno de sus hijos se haya mandado una cagada. Se levantó de un salto y mandó a todos los niños a la habitación. Los golpes seguían, sordos y descontinuados, pero decididos. La mujer corrió la cortinita de la ventana y se asomo a ver.

  • ¿Quién es? −preguntó, pero el visitante no respondió.

La oscuridad de la noche cubría todo y ella solo era capaz de distinguir una silueta escuálida y borrosa. La mujer volvió a insistir con la pregunta, pero al ver que el otro no contestaba, se quedó mirando sin abrir. Pensó que era algún borracho. Últimamente había muchos de esos dando vueltas por la villa buscando la muerte.

Pero la puerta estaba atacada por la humedad y bastante destartalada y con cada golpe, las bisagras se quejaban y se separaban un poco. Entonces cedió y cayó en redondo, golpeando contra el suelo de tierra. El visitante cayó encima, como una bolsa de papas. La mujer ahogó un grito con la palma de la mano. No quería que ninguno de los niños saliese a ver y se encontrase con eso que ahora se arrastraba por el piso de la cocina. El hombre vestía una campera roja de hilo que se había descocido en varios puntos, revelando un cuerpo consumido y deteriorado.

La madre, espantada, se movió de costado y agarró el palo de escoba. Luego, con la punta, empezó a picar al visitante. «¿Señor?» preguntó, pero el otro parecía no entender. Entonces pasó algo horrible; el palo se le hundió en el costado, abriéndose paso entre los pedazos de tela y la carne blanda.

Y el hedor se filtró y se extendió en toda la habitación. A la mujer le vinieron arcadas y se tapó la nariz instintivamente con el delantal. «Que asco, está podrido» pensó. Después le miró el rostro hinchado y deformado por el agua. Un poco asqueada, entendió que se trataba de uno de los hombres del lago. Hacía un mes, una de las vecinas de la villa había contado que había visto a uno dando vueltas por el Zanjón del Indio, pero decidió no creerle. Pero este… esto ahora confirmaba todos sus miedos.

Después le miró las carnes abiertas, pero tiernas y un pensamiento oscuro y aborrecible le nació de improviso. Se ató dos bolsas plásticas en las manos y arrastró el cuerpo hasta la lavandería, luego le hundió el palo de escoba por la cien, destruyéndole el resto de masa encefálica. Un líquido amarillento se filtró por el orificio y por la base del cráneo, como jugo de muerto.

Después se fue para la cocina a buscar la olla con agua que había dejado apoyada en el quemador.

¿Qué sería? ¿Canibalismo? ¿Antropofagia?

Descomposición

Felipe pedaleaba con ganas. Su hermana estaba sentada atrás, en la parrilla. Le había dicho que se agarre bien, porque iban a ir rápido. El incidente del lago los había entretenido más de la cuenta y ya la noche se había cerrado sobre sus cabezas. Pensó en su mamá y cómo antes los había castigado por la desobediencia. Empero, después del accidente del bajo, no había vuelto a ser la misma.

Recordar la escena del accidente era muy doloroso para Felipe, pero, al mismo tiempo, era lo único que lo mantenía centrado. Cuando la ola se elevó por encima de su cabeza y lo engulló junto a su mamá y a su hermana, él había perdido la conciencia. Se despertó en el pasillo del hospital central, acostado en una camilla, a la par de muchos otros desafortunados que casi ni se movían. Mas tarde había reconocido a su hermana entre los internados en pediatría. Tiziana, con apenas dos años, había sobrevivido más miserias que cualquier ser humano. Verla con todos esas cintas y tubos plásticos le sacudió el alma, pero resistió. Estaba allí para ella. Se quedó entonces toda la noche tomándola de la mano, esperando ansioso que sus delicados ojitos volviesen a abrirse.

Cruzaron la ruta después de que pasó un camión y se metieron a la villa por un camino de tierra. Pedaleó con más fuerza y sintió como los músculos de las piernas se entumecían por el esfuerzo. A esa hora de la noche la villa era muy peligrosa, o eso decían. Lo cierto es que pocas veces había salido de casa después de las ocho de la noche como para comprobarlo.

Llegaron a la casita con techo de chapa donde vivían desde el accidente y su hermana se internó en la oscuridad de la miseria. Felipe dio la vuelta a la casa con la bici y la escondió debajo de un nylon azul, como hacía todas las noches, para que nadie la encontrase.

Al entrar a la casa, puso a calentar agua para hacerle un té a su hermana, que ahora jugueteaba con unos bloques de madera descoloridos donde antaño podían leerse letras y números. Tiziana los apilaba en una torre y los derribaba de un golpe, para luego acomodarlos de una manera diferente. Su hermano aprovechó el momento y se fue para la habitación de su madre.

  • ¿Vas a ver a mamá? −preguntó su hermana y el otro asintió− ¿Puedo ir?
  • No, hoy no, Tizi, mañana capaz.

Después del accidente, los niños habían pasado casi una semana en el hospital, esperanzados de volver a ver a alguno de sus padres. No fue el caso. Una tarde en la que Felipe veía dibujitos junto a otros niños en la sala de espera del hospital, una mujer rechoncha apareció por una de las puertas dobles con Tiziana en brazos. Sonreía de una manera pura y eso lo desconcertó, porque estaba acostumbrado a las sonrisas artificiales y tan llenas de nada de la gente de ciudad, esa que endulza con palabras y desprecia con la mirada. Les contó que les habían conseguido un nuevo hogar, a pesar de que ellos nunca hubiesen estado buscando uno. Les contó que habían contactado a una tía lejana, prima de su madre, que había accedido a cuidarlos el tiempo que fuese necesario. Lo que no les dijo es que los equipos de rescate no habían conseguido sacar a ninguno de sus padres del lago ni que ahora habían dejado de ser personas para pasar a ser un número más en una lista de desaparecidos.  

Habían vivido casi tres meses en la casa de esa tía, pero ese tiempo resultó ser un infierno pequeño y la misma tarde en que esa mujer le levantó la mano a Tiziana, Felipe robó la bicicleta y, con su hermana en la parrilla, se fueron para la villa. Terminaron en esa misma casita destartalada donde ahora su hermana derribaba torres de madera. No tenían casi nada, pero eso poco que tenían, era de ellos. Y eso era lo único que importaba.

  • ¿Mamá? −Pronunció el niño mientras corría despacio la puerta de la habitación.

Dentro había una mujer que parecía mirar perdidamente a la ventana que da al vertedero, pero que había sido taponeada con clavos y maderas viejas. Apenas un rayito de luz de un solitario foco de afuera se filtraba entre los tablones, iluminándole el rostro palidecido a la dama en descomposición.

La habían encontrado hacía apenas dos meses, cuando los podridos habían comenzado a salir del lago. Tiziana se había escondido detrás de su hermano y había llorado casi todas las noches. Felipe, desde entonces, había hecho todo lo posible para que su hermana viese lo mismo que él. «¿No lo ves? Es mamá, Tizi, es mamá.» repetía, pero ella, huyéndole a la mirada vacía de la mujer, se escondía el rostro entre las manos.

A veces, la madre golpeaba cosas o se caía. Era bastante torpe, pero desde que la habían encerrado en esa habitación, las quejas por ruidos habían disminuido considerablemente. Allí dentro no había mucho qué romper o con qué hacer ruido, más que un colchón sucio y maltratado y un montículo de ropa vieja.

  • Hoy fuimos al lago− le comentó, sentándose en el colchón. La mujer seguía sin prestarle atención− Creo que tuvimos suerte al encontrarte. −empezó a juguetear con un hilo de costura que se le desprendía de pullover− Tizi encontró a otra… otra como vos. Pero le faltaban las piernas y tenía el rostro despedazado. Se ve que acababa de salir del lago. ¿Por qué tardan tanto en salir? ¿Eh? Si fuesen más rápidos, quizás ya hubiésemos vuelto a ser una familia −miró a su madre, que ahora caminaba despacio hasta la pared opuesta− A veces sueño con que todo vuelva a ser como antes. Es una tontera, ya sé. Pero bueno, no me lo puedo evitar− sonrió en la oscuridad. Su madre se pegó con la pared y se quedó allí, inmóvil. El chico se reincorporó y se fue para la puerta− No tiene sentido, no me vas a contestar. No sé por qué me sigo gastando.

Mientras cerraba la puerta, murmuró «Chau, má» más para sí que para la otra.

Mórbido

Cerca de las once de la noche, un hombre que entraba a trabajar a la estación de servicio de la ruta, vio al primero marchando en dirección a la ciudad. Por la forma de caminar, torpe y descontinuada, pensó que se trataba de algún borracho de la zona y no le dio mucha importancia. Solía decir que trabajar en el turno de noche lo había curado de espanto, porque las verdaderas bestias salen a esa hora. Una vez había tenido que echar a escobazos a un loquito que trataba de prender fuego uno de los tachos de basura y días más tarde, esa misma semana, había llamado a la policía porque un drogadicto se había quedado dormido en medio de la puerta de corredera y los cristales se abrían y se cerraban, golpeándolo en el estómago. Desde entonces pensó que ya lo había visto todo y un borrachito más no alteraba el orden de su día a día.

No fue sino hasta dos cuadras más tarde, cerca del puente que cruza el Zanjón de Indio, que vio a los otros. Mujeres, hombres, niños. Todos caminando o arrastrándose en una misma dirección. Sin poder creerlo, se quedó observando esa escena grotesca. La luz de la luna dejaba al descubierto las heridas laceradas y los miembros amputados.

Incapaz de moverse, se tanteó el bolsillo de la campera y sacó el celular. Después se puso a filmar la marcha de los ahogados. «Miren esto, no sé cuantos son, cientos» exclamaba para que su voz quede impresa en la grabación. «Esto es del Zanjón del Indio, se ve que vienen del dique» «Deben ser los cuerpos que nunca encontraron».

Distraído por la secuencia, no se dio cuenta que uno de los podridos se le acercaba por la izquierda. Primero sintió el hedor, amargo y concentrado, y al girarse, se encontró con ese rostro consumido y despellejado, cuyas cuencas vacías parecían mirar un punto inexistente más allá del hombre. Asqueado, lo empujó hacia un lado y el hombre cayó en la vereda, doblándose un brazo de una manera antinatural. Riendo, volvió a filmar, esta vez apuntando al cuerpo que ahora se sacudía en el suelo, intentando reincorporarse. Una medallita de plata brillaba en el cuello del muerto con el pasar del flash del teléfono, como una perla en el fondo del mar.

«Miren que asco» dijo «Está re podrido, no saben el olor que tira» bufó. Se acercó y lo sacudió un poco con el pie. El cuerpo estiró los brazos, intentando alcanzarlo, y este se corrió. Cortó la grabación y, después de guardar el celular en el mismo bolsillo de donde lo había sacado, se fue para la acequia y volvió con una rama.

Poseído por una morbosidad innecesaria e inyectado por un odio que había ido acumulando con el pasar de los años, decidió desquitarse en ese momento. «¿Querés jugar? Vamos a jugar.» exclamó mientras se acercaba.

En el umbral de la noche

  • ¿Qué pasa? −exclamó Tiziana mientras se subía a una banqueta para asomarse por la ventana− ¿Por qué hay tanto ruido?

Felipe se levantó del colchón y se fue para la puerta, después le pidió a su hermana que se haga a un costado y corrió la cortina. Afuera la gente de la villa iba y venía, algunos corriendo y gritando sinsentidos. Otros, movidos por la curiosidad, se asomaban en las esquinas y en los callejones oscuros.

Después apareció el primero de los podridos, desfilando entre los pasillos angostos, chocándose con la basura y enganchándose en los alambres para tender la ropa. Después, casi como una procesión silenciosa, otros ahogados fueron apareciendo.

Movidos por un instinto animal, algunas personas de la villa reducían a los ahogados a golpes. Otros salieron con fuego, en antorchas improvisadas. Lejos, unos tiros perdidos dieron inicio a la danza macabra.

  • Rápido, Tizi, ponete las zapatillas. Tenemos que salir de acá.

Su hermanita, asustada, se fue hasta el colchón y sacó de entre la ropa tirada unas zapatillas negras desgastadas. Después se sentó a ponérselas. Su hermano salió a la calle, dio la vuelta a la casa y volvió con la bicicleta.

Entre las personas que huían despavoridas y los cuerpos en descomposición, apareció Felipe pedaleando con su hermana aferrada a su campera con todas sus fuerzas.

  • ¡La ruta es para el otro lado! −Exclamó la niña− ¿Adónde vamos?
  • ¡Por papá! − Gritó el otro, maniobrando con brusquedad para no chocar con nada ni nadie.

Más adelante, casi en el corazón de la villa, una mujer rechoncha salió de una de las casitas gritando cosas, con un rosario en una mano y una fotografía en la otra. La mujer tenía el cabello casi cubierto por unas gruesas canas grises. Era joven, pero la angustia de haber perdido al hombre de su vida en el accidente del dique, le había traído años de sufrimiento que se transformaron en surcos pronunciados en su rostro, arrugándolo. «¿Alguien lo ha visto?» exclamaba a la gente que pasaba por el lugar, después les mostraba la fotografía que llevaba en la otra mano, revelando a un hombre esbelto, casi consumido, vistiendo una campera de hilo roja. Desesperada, iba de un lado para otro, escudriñando los rostros de todos y buscando, esperanzada, ese semblante tan conocido que había amado en silencio y había esperado por años en la soledad de una casita empobrecida.

Después pasaron junto a una pila de cuerpos incendiados. La columna de humo negro se elevaba entre esas casas bajitas de la villa y oscurecía aún más la noche. El hedor a carne quemada se arrastraba entre los pasillos y las calles de tierra, filtrándose por las ventanas entreabiertas y por debajo de las puertas. Un grupo de hombres con las caras cubiertas arrastraban los cuerpos hasta el lugar y los roseaban con kerosene. Uno de los cuerpos gritó que lo dejen en paz, que el no era uno de los monstruos, pero entonces el hombre de la capucha lo amordazó antes de arrastrarlo hasta la pila más cercana. Felipe le ordenó a su hermana que no mire, que la gente se había vuelto loca.

La villa era un auténtico caos.

Por una de las calles pasaba un grupo de malvivientes rompiendo ventanas y robando objetos de poco valor. Por otra, un grupo de ciudadanos se arrastraban por el suelo de rodillas, agitando las palmas abiertas en el aire, a pedido del padre de la capilla, que encabezaba la procesión de fieles mientras recitaba los versos del apocalipsis. Mas tarde la policía se internó en la villa por dos de las entradas, golpeando a todos y a todas a su paso, gritando ordenes huecas y blandiendo la cachiporra del orden y la paz.

En uno de los cruces, un joven de no más de veinte años empujó a Felipe y los hermanos cayeron en seco, lastimándose. Sin decir ni una palabra, se subió a la bicicleta y se perdió entre la muchedumbre. Felipe entonces se levantó y ayudó a su hermana, que lloraba, humedeciendo la tierra seca que le cubría el rostro.

Decidió entonces que lo más certero era abandonar la villa y buscar a su padre desde afuera, porque donde estaban corrían mucho peligro. Tomó a su hermana de la mano y se desviaron para la izquierda, cruzando un alambrado abierto.

Por la ruta iban y venían bomberos y camiones de la policía. Mas adelante habían hecho un bloqueo, cruzando vehículos policiales, cerca del puente del Zanjón del Indio, para que nadie entrase ni saliese del lugar. Todas las autoridades de la ciudad habían sido alertadas de un atentado en la villa, pero pocas eran las personas que sabían lo que verdaderamente estaba pasando.

Precavidos, los hermanos caminaron entre las sombras, en dirección al lago. Cómo iban a cruzar el puente, todavía no lo sabían, pero siendo los únicos yendo en esa dirección, quizás no sería tan difícil.

Casi llegando al puente, cerca de la estación de servicio, Felipe se encontró con aquello que estaba buscando, pero de la manera menos prevista. Se quedó como petrificado, haciendo todo lo posible para que el nudo en su garganta desapareciese.

  • ¿Qué pasa? −Dijo su hermana casi en un susurro− ¿En qué estás pensando?

 Su padre, que había sido tragado y escupido por el agua y que se había abierto camino entre los otros podridos, no había llegado a la ciudad. Allí tendido y deformado por los golpes salvajes de un palo, era difícil de reconocer. De hecho, si no fuese por el collar que le habían regalado hace unos años, quizás lo hubiese pasado por alto. Se había hinchado como los otros y había perdido casi todo el pelo, pero, si se hacía un esfuerzo, se podía unir casi a la perfección las líneas de ese rostro abultado con el rostro de los recuerdos de su padre. Aprentado los puños y con los ojos inundados en lágrimas pesadas, se dio media vuelta, tirando de su hermana.

  • Hay que volver a casa, mamá nos debe estar esperando.

La muerte era algo aborrecible, pero incluso teniendo esa segunda oportunidad de redención, los podridos no habían lastimado a nadie. Los hombres, en cambio, espantados por lo desconocido, habían actuado como los jueces del final, comportándose como los verdaderos monstruos y revelando, finalmente, esa faceta animal que por tantos años habían tratado de ocultar.

Hay cierto juego morboso, de libertinaje y saciedad, que se despliega y se abre en los momentos menos esperados. No hay hombre como el hombre. No hay crueldad más pura que la que despierta en tiempos de dificultad. Quizás ahora, incluso después de maltratados y muertos por segunda vez, los cuerpos de los ahogados insepultos encuentren el descanso eterno que habían deseado por años y no habían podido conseguir.

Quizás ahora las familias de parientes desaparecidos le encuentren tregua a esa pena perpetua, teniendo una tumba que llorar y un recuerdo vivo que mantener.

Porque incluso más difícil que el dolor de un hijo muerto, es el dolor de un hijo que no aparece. Más terrible que enterrar a un familiar querido, es no tener cuerpo alguno que enterrar. Más angustioso que saber que un ser querido está sufriendo, es no saber nada en absoluto.


“Los podridos” por Ruy Hanmse – Para leer más del autor: http://www.soyruy.com

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