El futuro incierto

Antes

Para el momento en que se dio cuenta, ya era demasiado tarde. Se miró al espejo y se levantó la remera, revelando el abdomen plano que sus amigas tanto habían envidiado. Se empezó a sentir ansiosa. El silencio de la habitación comenzó a resultar una tortura. Sabía que allí había algo más, podía sentirlo.

Su mamá entró en la habitación para comentarle algo que vio en la tele, pero ella respondió mecánicamente. Se pasó una bufanda por el cuello y encima se puso una campera. Salió a la calle. Su mamá le dijo algo que entendió a medias, pero hizo de cuenta que no la oía y cerró de un golpe. Después le puso llave.

Caminó un par de cuadras. Reconoció la cruz verde escondida entre unos árboles. «Por qué mierda no cortan esas ramas− pensó− no dejan ver bien los carteles de los negocios». Entró e inmediatamente se sintió incómoda por la cantidad de gente que había. Caminó entre los pasillos y reconoció las cajas rosadas a la distancia. Se acercó, hizo como que miraba las maquinitas de afeitar y, cuando la única señora en su misma góndola dobló en la esquina, manoteó una de las cajas y se la metió adentro de la campera y por debajo de la remera.

Tenía la plata para comprarlo, pero le daba vergüenza. Siempre había sido así.

Salió. El cajero la miró raro, pero no dijo nada. Volvió a la casa con parsimonia, haciendo como que nada estaba pasando, cuando en su cabeza había una auténtica batalla campal. Su mamá volvió a decir algo, de lo que solo pudo rescatar “turros de mierda, no les da la cara para salir a decir eso”. Se encerró en el baño y, como con un ataque de nervios, destrozó la caja rosada y extrajo el pequeño aparatejo blanco.

Había salido ese fin de semana y se había aburrido en el boliche. Entonces le pidió su celular a su amiga, que siempre se lo llevaba para que no lo pierda, y le mandó un mensaje a uno que tenía agendado con un corazón al lado del nombre.

Saliste?

Si pero no entre.

Yo tmb, pero las chicas me dejaron sola.

T busco?

Se subió al Peugeot. Notó que el otro había tomado, pero no dijo nada. Chequeó el celular una vez más y cuando levantó la cabeza, se dio cuenta que el pibe doblaba por una calle alterna. Ella le preguntó por qué y él le respondió que era por los controles policiales. «Siempre están a esta hora− dijo− son re hincha pelotas». Terminó en la casa de él, entre las sábanas de su habitación, semidesnuda. El pibe no había logrado desabrocharle el corpiño.

Como otra de las tantas veces, se levantó, se vistió y se fue para el baño. Miró el reloj, iban a ser las siete de la mañana. «Mierda» dijo y reculó para la puerta. Le dirigió una última mirada al pibe, que había terminado desparramado en la cama como un trapo viejo, y decidió no decirle nada. Se fue.

Cuando vio el resultado, comenzó a llorar. Al principio no quiso hacerlo, pero las lágrimas le nacieron con rapidez y violencia. Se agarró la boca para no hacer ruido, no quería que su mamá se enterase de nada. Se ponía re pesada con el temita del sexo. Lo último que quería es que le diera todo un sermón de lo que ella ya sabía.

Pero el miedo era más fuerte. Abrió la ducha, para que el ruido del correr del agua disimulase un poco los sollozos y hundió la cara en uno de los toallones. ¿Cómo había dejado que pase? Qué tonta que era. ¿Cómo había dejado que pase? ¿Ahora que iba a hacer? ¿Cómo le iba a decir a todo el mundo? ¿Cómo le iba a decir a su mamá?

Pero entonces se acordó que, cuando salía de la casa del pibe, había pisado el forro. El pelotudo lo había revoleado para atrás y había venido a aterrizar cerca de la puerta del baño. Se acordó porque le dio un asco terrible, cuando se levantó de la cama para ir al baño y la planta del pie se hundió de lleno en la viscosidad del látex y el semen. No era posible, había usado protección. Ese finde había usado protección.

Pensó en todas las variables. Se acordó de todo lo que le decían las amigas: que a veces los forros venían pinchados. Que a veces los pibes se los sacan sin preguntar. Que los del gobierno son de mala calidad. Que el semen dura en la vagina como tres días. Que existe el líquido preseminal y que, si el pibe te la pone apenas empiezan, hay posibilidades que termines con el bombo lleno. Que todos los pibes son unos imbéciles, que solo piensan con la pija.  Que al primo de una de las chicas lo habían clavado con un pendejo que no era suyo. Que la novia de un amigo terminó haciendosé un aborto casero.

Pensó en todo, salvo en que el embarazo no era de ahora. Cuando se acercó al hospital, la obstetra le dijo que ya tenía casi cuatro meses, que si el padre estaba enterado, que si quería un resumen del sexo del bebé. ¡Qué mierda iba a saber el padre que estaba embarazada, si ni ella sabía de quién era! En ese último tiempo había estado con cinco pibes, aunque ya iban dos meses que se había enganchado con el último, el que dejaba los forros en el piso. Pensó que, si el hijo era de él, posiblemente no se hiciese cargo.

Unos días más tarde ya notó como se le había hinchado el abdomen. Para el quinto mes, ya había comenzado a usar pantalones elastizados, para disimular la panza. Para el sexto, había considerado el aborto, pero ya era tarde. Vio videos en internet y leyó los comentarios de la gente. La gente odia mucho, había pensado. Pasaron los días con lentitud, había llorado todos y cada uno de ellos, tragándose la culpa y el arrepentimiento. Al octavo mes su mamá le dijo, mientras lavaba el piso, que estaba más gorda. Ella le contestó que se vaya a la mierda. Que era por las pastillas anticonceptivas, que la habían destruido hormonalmente. La madre le preguntó «¿Hace cuánto las tomás?» y ella le contestó «Unos meses». La otra negó con la cabeza, disconforme. No le gustaba la idea que su hija tome pastillas, porque eso implicaba que estaba teniendo relaciones sexuales.

Al ser de contextura pequeña y muy flaca, la panza no se le notaba mucho. Agradeció por eso, a pesar que cada vez que se desnudaba frente al espejo, el embarazo era más que evidente. La piel tensa, las pequeñas venas azules que le nacían en el costado y se perdían casi al instante. El pensamiento constante, como un tormento, de qué mierda iba a hacer con un bebé a los diecisiete años.

Ahora

Su mamá sale con las maletas para la puerta. Afuera la espera un taxi. Se va para el sur a ver a su papá, a quién no ve hace casi un año. La observa desde el descanso de la escalera. La madre desfila torpemente con un bolso abajo del brazo y dos maletas grandes. Insulta, la chica le ofrece su ayuda, pero la otra niega con la cabeza. Mientras sale, repasa en voz alta todo lo que su hija tiene que hacer durante los próximos quince días. Ella asiente una y otra vez, escuchando las palabras de su madre, esperando que se calle de una vez por todas y se pierda en el interior de ese taxi mugriento.

Se va para la habitación. Relee el papel que una médica del hospital le había expedido hace unos cinco meses. La fecha era esa semana, específicamente el jueves, dentro de tres días, pero le habían aclarado que podía pasar en cualquier momento, a veces incluso diez días antes.

Está nerviosa. La rutina es siempre la misma; levantarse, ir al baño, mirarse la panza en el espejo, bajar, desayunar y sentarse en el sillón a ver la tele.

Baja las escaleras y pone a calentar agua para tomarse unos mates. Entonces siente un dolor agudo en el abdomen. Se queda como inmovilizada. El pánico le sube por la columna vertebral. El dolor pasa, ella espera. Nada. Toma la pava con el agua caliente y, cuando la está pasando al termo, de vuelta le sube un dolor en el vientre, como si se le fuese a explotar. La pava se le resbala de las manos y va a parar a la bacha. Gime y se agarra la panza. Siente un líquido caliente que se le escurre por la entrepierna y mancha el piso.

Alarmada, se mueve como puede hacia la sala de estar y de pasada manotea el control remoto de la tele. Sube el volumen a cincuenta, se aturde un momento. La mujer del noticiero anuncia un accidente vial en la avenida, no hay heridos, pero cortaron el tránsito. La chica llega a la escalera y pone un pie en el primer escalón. Al hacer fuerza para subir, siente como el dolor se agudiza. No puede hacerlo. Intenta otra vez. Se convence de que tiene que llegar al baño de su habitación, donde tiene la bañera. Ahí iba a poder tener al hijo. En el baño de abajo no, ese ni ducha tenía, era imposible. Se da cuenta que va por el quinto escalón. Le tiemblan las piernas y cae, pegándose con la baranda de madera en el costado y apoyando mal el pie. La mujer del noticiero ahora está hablando sobre el comedor de una escuelita de Buenos Aires, le pasan la palabra al entrevistador y éste le agradece. Le cuenta sobre la situación edilicia, sobre los niños que van a comer ahí todos los días. Dice que está acompañado con una de las maestras, que también hace de cocinera. La reportera, desde el estudio, pide hablar con ella.

La chica recupera el aliento y sigue subiendo. Llega arriba y dobla a la derecha, rengueando. Se mete al baño al tiempo que se saca toda la ropa. Siente un dolor en el tobillo que la hace cojear. Piensa que puede ser un esguince, pero no tiene tiempo para comprobarlo. Grita. La primera contracción la deja sin aliento y casi cae, pero logra agarrarse del lavamanos. Se mete como puede en la bañera y le da un par de giros a la canilla de agua caliente, después abre la fría y el agua comienza a salir tibia.

Grita otra vez. Las contracciones llegan cada vez en menos tiempo. Las piernas, apoyadas a los lados, se le abren instintivamente. Empieza a respirar de manera entrecortada, pero se llama a ella misma en voz alta, se dice que se concentre, que no se desmaye. Grita, las lágrimas se le escurren por las mejillas hasta perderse en el agua que en segundos desbordaría la bañera. Se agarra de la cortina y se le cae encima. La tira a un costado, enojada. El ruido del televisor llega hasta allá arriba, la reportera está hablando otra vez, pero no logra entender las palabras. Siente como se desgarra cada vez que hace fuerza. Siente como la piel se parte y se abre, como una naranja. El agua se tiñe de rojo y empieza a desbordarse.

De repente el dolor parece menguar, ella está mareada y toda transpirada. Se pasa instintivamente la mano por el abdomen y nota cómo ya no está hinchado como antes, entonces se toca el pubis, luego la vagina. Siente algo. Palpa mejor y sus dedos se entrelazan con algo blando. Reconoce entonces el cordón umbilical y tira de él. Entre las aguas coloradas, siente el peso y saca una masa rosácea. Lo mira. Reconoce los piecitos y los bracitos. Entonces se da cuenta que lo odia. Ese niño sin padre, ese niño que le había sido un martirio, que la había hecho sufrir tanto.

Entonces el niño empieza a llorar. Pensé que estabas muerto− piensa ella. Pero la pequeña boca se abre y se cierra, gritando. Los deditos de los pies y las manos se retuercen. Ella se reincorpora, lo lava un poco con el agua sucia de la bañera y corta el cordón con la tijera del pelo. Apoya al niño en el inodoro, sobre unas toallas mojadas y sale.

¿Y ahora? Piensa. ¿Qué hago con él?

Desde la puerta mira a la criatura que se retuerce a unos metros, todavía llorando, implorando por calor. Pero ella no logra verlo como un hijo, no. Lo odia. Desprecia cada centímetro de su ser, cada llanto agudo que se le mete por los oídos, perforando los tímpanos. Se odia a ella misma, pero no lo admite.

Todavía con dolor, se pone una bombacha y un pantalón que días atrás había dejado en el rincón de la ropa para lavar. Después una camiseta seca y un pullover. Entre tanto y tanto, mira para el baño. No puede evitarlo, tiene miedo que la criatura se caiga del inodoro. Se está moviendo mucho, pensó.

Entra al baño y levanta al bebé, que ahora llora con menor intensidad. Con la otra mano agarra un toallón seco pero gastado y lo envuelve. Lo mira otra vez y sus ojos recorren la fragilidad de sus deditos, el brillo de la punta de la nariz, la cabecita todavía sin pelo. Entonces comienza a llorar. «Perdón− le dice, entre sollozos ahogados− perdóname. Por favor».

Toma al niño con ambas manos y sale para la calle. Está oscureciendo, pero todavía se puede ver bien. Camina sin rumbo unas cuantas cuadras, dobla en una plaza y se esconde de una parejita que viene caminando al frente. Se pone atrás de un árbol y vuelve a mirar a la criatura que lleva en brazos. Está dormido, pero tiembla. Ella se lo lleva al pecho, todavía envuelto y lo aprieta un poco. Siente como las lágrimas calientes le recorren el costado del rostro, pero no puede limpiarse. Sus ojos se nublan. Ella espera oculta a que caiga la noche.

Una hora más tarde se levanta. El niño todavía duerme. Recorre furtivamente unas cuantas cuadras más. Piensa no saber adónde se dirige, pero sus piernas parecen estar decididas. Dobla en la esquina y cruza un campito. Ahí la zona es más marginal. Tiene miedo de que la vean, tiene miedo de que la descubran. Entonces acelera la marcha y se interna en el basural.

Deja al niño dentro de unos de los contenedores.

No quiere que muera, quiere que lo encuentren.

Después

            Cerca de las once de la noche, un perro deambularía por la zona. Tendría hambre seguramente, porque por esa zona la gente no tiene qué comer y menos van a tener para darle a un perro. Ese perro siempre se queda cerca de la plaza, junto con otros callejeros, porque por ahí pasa una señora y deja un plato de alimento. También, si tiene suerte, la gente del barrio le tira algún bollo de pan duro o un pedazo de hueso de vaca. Pero esa noche no tendría tanta suerte. Recorrería las mismas calles con tristeza, esperando lo que posiblemente nunca iba a llegar. Entonces marcharía para el basural, donde quizás sí encontrase algo. El animal sabría que tendría que moverse con cuidado, sin hacer mucho ruido, o los vecinos que viven en frente le tirarían piedras para que se vaya. Olisquearía algunas bolsas de basura, rozando la nariz contra el plástico negro. Ayudado por las patas, clavaría los colmillos en unas bolsas y las abriría, desperdigando mugre por todas partes. Las latas y los envoltorios plásticos rodarían por la montaña de desperdicios hasta detenerse contra algún otro deshecho. Lamería los restos de manteca de un papel de aluminio antes de rendirse, luego lo depositaría en el suelo al tiempo que levanta las orejas, porque escucharía ruido entre las bolsas. Otros perros abandonados, más grandes y más rabiosos, aparecerían entre los montículos y éste huiría despavorido. Los otros no lo perseguirían.

Desfilaría por el costado del basural, desanimado. Olfatearía un poco el suelo de tierra seca y después clavaría la garra, haciendo un pequeño pozo. Aspiraría un poco de polvo y estornudaría con un sonoro repiquetear de los mofletes del hocico. Después ladería un poco la cabeza, por la picazón. Entonces, agudizaría la audición. Escucharía como un pequeño murmullo, un ruido agudo, casi imperceptible. Se internaría en el basural unos cuantos metros, con precaución. Notaría que el ruido viene de uno de los contenedores. Apoyado en las patas de adelante, se impulsaría y saltaría, cayendo sobre unas bolsas. Entonces vería al niño, pero no sabría que es un niño, si no algo vivo, que se quejaba, que se movía un poco y se quejaba, produciendo un sonido agudo, ahora perfectamente audible.

Pero no lo miraría con deseo, sino con pena. Sentiría tristeza. Traduciría esos ruidos agudos a su propio lenguaje y lo asemejaría a lo que él mismo experimentaba cuando las piedras de los vecinos le impactaban de lleno, a veces en las costillas, a veces en la cabeza. Lo asemejaría también al dolor en el estómago de hace unas semanas, bastante similar al que sentía ahora, que le pedía a fuerza de retorcijones, algo que comer.

Después lo olfatearía un poco, pasándole la punta de la nariz por la piel rosácea, entonces el niño le apoyaría una manito en el hocico, sintiendo el pelaje áspero. El perro relamería un poco los restos de sangre seca y comenzaría a ladrar. Luego volvería a mirar al niño y lloraría, pasándole la cabeza por el cuerpito tibio.

            Cerca de las once y media, un móvil policial recorrería la zona con las luces y la sirena del automóvil apagadas. Estarían persiguiendo a un chorro que habría asaltado a una pareja hace una media hora en el centro y que habría corrido en esa dirección. En el móvil irían dos uniformados, con los vidrios bajos, atentos a cualquier cosa. Llegarían a las inmediaciones del basural y oirían al perro ladrar. «Ahí» diría el conductor y la oficial le pediría que se detenga. Si tenían suerte, quizás el ladrón se estaba escondiendo entre la basura, lo cual era bastante astuto, porque nunca se les habría ocurrido buscar entre la basura. Pero ese perro seguramente había notado el movimiento. Posiblemente sea de una de las casas de enfrente, las que dan de cara con el descampado. Seguramente había oído el movimiento del ladrón y se habría acercado a husmear. Después habría reconocido una forma entre las bolsas y habría comenzado a ladrar, mientras el chorro le gritaba algo así como «andate, shú, fuera, perro hijo de puta, tomátela».

            La oficial se acercaría por la calle de tierra hasta el borde del basural. Miraría un poco por encima. El perro no pararía de ladrar. Entonces ella le haría una seña al móvil policial, para que su compañero se acerque.

Después caminaría con cuidado, internándose entre la basura, hundiendo las botas en bolsas desgarradas y demás desperdicios, haciendo muecas de asco por el olor ácido, como a descomposición, como a heces. Ya llegando a unos viejos contenedores verdes que la municipalidad había abandonado allí, posaría la mano sobre el revolver y caminaría sin hacer tanto ruido. Reconocería al perro y se acercaría con cuidado, el perro se le vendría y ella se detendría, pero entonces vería que no iba a morderla, si no que se le metería entre las piernas, como ansioso. «¿Qué pasa? − le preguntaría con voz queda− ¿Qué hay?» y el perro lloraría, como si estuviese lastimado.

Con el revolver en mano, anunciaría su presencia en voz alta y le pediría al ladrón que revelase su posición. Pero nada ocurriría. El silencio nocturno, la tranquilidad de la noche, las pisadas amortiguadas del perro sobre el pasto seco.

Entonces, al principio como un murmullo, el llanto volvería a surgir.

El otro policía, el del móvil, esperaría un momento a su compañera. La vería internarse entre la basura y pensaría en lo asqueroso que debería ser. Pensaría entonces que era mejor esperar que la otra volviera, porque lo último que querría hacer esa noche es meterse entre las mierdas de la gente. Pero ella no volvería.

Notaría cómo ella se detiene un momento y pone la mano sobre el revolver. Vería entonces al perro, caminando en círculos, yendo y viniendo, perdiéndose entre la basura. ¡Mierda!, exclamaría. Seguro el hijo de puta estaba ahí. Prendería las sirenas del móvil e inundaría la oscuridad del descampado con luces azules que se perderían en la distancia. Bajaría del auto y cerraría la puerta de un portazo. Algún vecino nocturno, de esos que no podrían conciliar el sueño con facilidad, se asomaría a la ventana, apenas corriendo la cortina a un lado.

El oficial caminaría entre la basura, dejando escapar una que otra maldición. Se taparía la nariz con el cuello de la remera, tironeándola por debajo del chaleco antibalas. Se acercaría hasta la oficial, que estaría metida hasta la cintura en el contenedor. Después ella se reincorporaría, sosteniendo algo con ambas manos, apretándolo en el pecho. La oscuridad de la noche no le permitiría al oficial discriminar entre las sombras, entonces preguntaría qué es y ella, agitada, le respondería «no te lo vas a creer».

El futuro es incierto

Quizás el móvil policial nunca pasaría por esa calle, quizás el chorro hubiese partido en otra dirección, quizás para la villa, cambiando rotundamente el rumbo de los policías de guardia.

O quizás el perro nunca escucharía el llanto del niño, quizás la vida, y su condición de callejero, lo habrían dejado sordo. Quizás incluso algún pibito del barrio, en las fiestas del año anterior, movido por la curiosidad y la maldad, le hubiese pegado un petardo en la cabeza, destrozándole una oreja. Como siempre se hace con los perros sin dueño.

Quizás el perro nunca haya tenido hambre, quizás la mujer que llevaba alimento a la plaza esa noche no hubiese faltado. Quizás hubiese alcanzado para todos o quizás algún vecino le hubiese tirado un pan duro para que se aleje y no le rompa las bolsas de basura.

Quizás el perro nunca haya estado en la calle, quizás el perro haya tenido una familia que lo haya adoptado hace unos cuantos meses y ahora viviría en la finca de algún anciano bigotudo, o en el patio trasero de una de las casas de gente con plata.

Quizás la chica nunca hubiese dejado al bebé en el basural. Quizás el nervio de la sensibilidad le hubiese despertado ese tardío instinto maternal. Quizás el niño habría nacido muerto. Quizás los dos hubiesen muerto en el parto, ella por el dolor, él ahogado.

Quizás ella nunca hubiese tenido que esconder el embarazo. Quizás su madre no hubiese tenido que irse al sur, porque su marido había vuelto de manera sorpresiva para semana santa, quizás se hubiese dado cuenta de que la gordura de su hija no era normal. Quizás el padre de la criatura, que todo este tiempo habría seguido con su vida como si nada, se hubiese enterado por mensaje o por llamada, de que iba a ser papá. Y quizás eso lo llenaría de orgullo. Y se haría cargo.

Buscaría un trabajo y terminaría de cajero en una YPF, pero se haría cargo.

Quizás al niño lo envolverían mantas de algodón y no bolsas de plástico. Quizás la chica hubiese parido en un hospital, recibiendo la asistencia adecuada para un parto natural y no en el baño de su casa. Quizás se hubiese doblado el tobillo, pero no subiendo la escalera, sino persiguiendo a su hijo en el parque algún domingo soleado.

Quizás el test habría dado negativo.

Quizás la vida habría sido distinta.

“El futuro incierto” por Ruy Hanmse. En “www.soyruy.com” /narraciones

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s