Sobre la literatura y otros demonios

¿Qué es la literatura?

Esta pregunta, entre muchas otras, es una de las que fueron saliendo hoy en un conversatorio de escritores y escritoras que se celebró en una institución de la que soy parte.

Es innegable el carácter cientificista que a este término se le confiere, siempre como esa “creación artística manifestada mediante la palabra” (por que sí, es, a grandes rasgos, eso), pero cuyo objetivo final siempre queda sujeto al autor que la emplee. ¿Por qué digo esto? Porque se manifestó, entre los escritores presentes, la variante de la finalidad, que tanto fue defendida desde las diferentes posturas.

¿Es acaso la literatura un medio de crítica social? ¿O es un medio de evasión? ¿O es una forma de expresar lo que uno tiene dentro y que, poco a poco, lo desborda? o ¿La literatura es literatura y fin, sin vínculos restrictivos?

Yo creo que sí, es todo eso y más, aunque no siempre al mismo tiempo.

La literatura ha servido, a lo largo de los años (¿Qué digo años? ¡Siglos!) como un medio para purificar el alma, y por más aristotélico que suene, lo creo así. Vomitar palabras en una hoja, gritar en silencio, calmar una ansiedad interna, aplacar los demonios. Y es a partir de ella que, tanto estos escritores como muchos otros, le dan forma poética a eso que necesita ser expresado, hasta llegar a la obra.

Ahora, para uno es una cosa y para otro otra; siempre va a ser así y esto no implica que uno de los dos bandos esté equivocado. La plurisignificatividad del término (y, hasta cierto punto, la ambigüedad) es lo que les permite a los autores cierta libertad manipuladora, cierta maleabilidad incomparable que hace de sus obras, una obra propia, única. Porque son las inquietudes de ese autor y no de otro y son sus palabras (aprendidas y aprehendidas a lo largo de su formación como escritor y lector, pero esto ya es tema aparte) las que guían, en cierta línea recta, eso que las atañe.

No creo entonces que la literatura sea inútil, para nada, porque el solo acto de escritura ayuda al autor a liberarse de ciertos zumbidos, como abejas, que incluso pueden no dejarlo dormir por las noches. Agregado a esto, creo que tiene una funcionalidad, sí, pero no una inequívoca e intransigente, si no más bien práctica; un autor, a la hora de sentarse a escribir, va a escribir y punto, sin pensar en si está escribiendo un cuento corto, una poesía descriptiva o un soneto. Esto último ya es trabajo de la crítica.

Pienso que la literatura va a seguir existiendo mientras exista un hombre, porque el hombre piensa y el pensar, hostiga.

Siguiendo la línea de la crítica, otra de las preguntas planteadas durante el conservatorio fue la siguiente: “Cuando reciben una crítica (más bien mala) ¿Les afecta? ¿Qué hacen con eso?”.

Hay quienes dijeron que el mayor crítico es uno mismo y esto es algo en lo que me quiero detener un momento. El autor, en el acto mismo de escritura, emplea cierto índice de crítica que, de alguna manera, le restringe de escribir una cosa y no otra. Claro que esta crítica (digámosle, “intimista”) no tiene el mismo peso que una crítica literaria; esa crítica de una persona con los estudios y las lecturas encima que hacen de sus palabras, sentencias, pero sí le sirven al autor como una especie de guía para que, llegando al final de la obra, no miremos para atrás y tengamos los caminos cruzados.

En esta crítica intimista yo también agregaría a los lazos afectivos. No se puede negar que, siempre, uno de los primeros en recibir una de nuestras obras es; o la hermana, o el amigo, o la madre o el tío abuelo que no leyó nunca en su vida, pero que por vos hace hasta ese sacrificio. Que sí, que el feedback va a existir, y de primera mano, pero no va a ir más allá de una coma mal puesta o una palabra repetida; porque es el condimento afectivo, y el miedo a herir susceptibilidades, lo que a esa hermana o ese amigo le anudan la lengua. Es raro, pienso, que una de estos críticos (no especializados en la materia) lean tu cuentito y digan “esto es una porquería” o terminen tu poesía y digan “no se entiende una mierda”. Es raro porque, bajo la igualdad de las condiciones, esa persona entiende que vos le estas abriendo una puertita del alma, le estas dejando mirar por encima de la medianera hasta tu corazón y es muy difícil, para el otro, decirte la verdad de la milanesa.

Y esto yo lo sé de primera mano.

También está el peso de conocer al autor. Quiera que no, el saber quién se esconde detrás de la máscara, arruina un poco la sorpresa. Ya la primera aproximación al texto va a ser diferente, ya no es “voy a leer un cuento” sino “voy a leer un cuento de mi amigo” y no tiene el mismo valor porque no se atiende tanto a la crudeza de las palabras sino al cariño por el otro. Nunca es “mi escritor amigo” sino más bien “mi amigo que escribe”, sintagmas que semánticamente (y de manera aislada) significan lo mismo, pero que en el contexto de lectura adquieren un matiz diferente.

En conclusión al apartado anterior, creo ser defensor de la crítica objetiva. No hace falta que sea un crítico reconocido ni mucho menos, pero tampoco creo que el juicio poco crítico de tu pareja sea fundamento suficiente para considerar un escrito una obra maestra. Más todavía si esa persona no agarra un libro desde la secundaria.

El lector es, entre muchas otras cosas, un crítico literario. Y son ellos de donde los autores nos nutrimos. Es bajo el signo arbitrario de este desconocido que nuestro escrito es perfilado en una dirección completamente distinta a la de mi “amigo que escribe”. El lector, ávido conocedor de una porción de la gran torta literaria, se sumerge entre los hilos de nuestras narraciones y se deja embriagar por la estética creada, dejándose inquietar por los versos, quedándose en un estado de suspensión espiritual que lo desconcierta. Y es aquí donde la literatura cobra verdaderamente su valor original.   

Al mismo tiempo, creo que es cuestión de la situación personal de cada autor el cómo recibir una crítica. No todos están abiertos a las críticas de la misma manera, no todos esperan una crítica de cada una de las personas que los leen y, sobre todo, no todos están listos para ser criticados las veinticuatro horas del día. Y digo “ser criticados” porque la obra es, a fin de cuentas, parte de uno mismo.

El escritor, antes de escritor, es persona. Y como seres humanos que somos, tenemos cada uno un microcosmos en nuestra cabeza, un manojo de problemas que tenemos que solucionar cuanto antes y un gran balde de sentimientos que algunos días duelen más que otros.

La literatura es libertad creadora, es libertad experimental, es libertad, lisa y llanamente.

La literatura es y no es, al mismo tiempo. Dependiendo siempre desde dónde se la mire.

El conversatorio cerró con lecturas de algunos fragmentos de los escritores presentes que me permitieron entender, si todavía no lo tenía muy claro, que cada escritor tiene un tinte propio y que la escritura no se basa en la comparación con otros autores. No porque tu texto no sea lo suficientemente “borgeano” es que tu narración no sea literatura. Es cuestión de encontrar el ritmo en cada uno y el matiz de escritor va a llegar solo.

“El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar”. Gabriel García Márquez.

Ruy Hanmse, “Sobre literatura y otros demonios”, 14/05/2019.

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