Sobre mi cadáver

Los primeros días de abril habían sido también los primeros en los que Inés había estado sola. Completamente sola. Acostumbrada a vivir una vida en la que su marido estaba presente, una vida donde absolutamente todo lo que hiciera, lo hacía con él, el cambio le sacudió todo el esqueleto.

Había fallecido de un infarto en la misma cama donde ahora ella estaba tumbada, boca arriba, mirando los tablones viejos del techo. El viejo había tenido tres infartos antes y su muerte era algo que, quiera que no, todos en la familia veían venir. Unos seis meses atrás, después del segundo infarto de su marido, su hija la más chica, María Gabriela, le había dicho «¿Ya sabés que vas a hacer una vez que papá no esté?» pero ella hizo como que no escuchaba. Su hija volvió a insistir y ella terminó por decirle que de esas cosas no se habla.

De la muerte no se habla.

Una vez que el viejo se recuperó, Inés siguió su vida como si nada, pero un leve zumbido en la base de su cráneo había aparecido y no había podido deshacerse de él. Era como una pequeña alarma, del tamaño de una uña, que la hacía pensar en su esposo y en su muerte inminente. Y como lo pensó, sucedió.

Una noche, después de escuchar un programa de radio local, se acostaron a dormir. «Hasta mañana, gordita» fue lo último que le dijo, porque al otro día no se levantó. Inés se despertó y lo sacudió un poco mientras lo llamaba por el nombre. Entonces lo notó rígido y pálido y entendió. Se levantó de la cama y se fue directo hasta el teléfono fijo que cuelga en una pared de la cocina.

  • Hola, ¿María Candela? −Había llamado a la más grande de sus hijas− ¿Pueden venir para la casa? Papá falleció.

Y eso fue todo. Una hora más tarde, una ambulancia de la obra social se lo llevaba dentro de una bolsa negra en dirección al hospital, para luego ser retirado por un coche funerario que su hija del medio, María Antonella, había pagado hace unos meses sin decirle nada a su madre.

  • Mamá, ¿Qué vas a hacer ahora? −Le preguntó María Gabriela en el funeral de su padre.
  • ¿Cómo que qué voy a hacer?
  • Sí, con la casa, la chata, la finca y todo eso.
  • Nada, ahí seguirán.

Inés intentó todo lo posible para que su vida continuase como antes, con la excepción de que su marido ya no deambulaba por los pasillos de la vieja casona sobre la calle Simón Bolívar. Ya no sentía el tintineo de los vasos en la cocina cuando el viejo se levantaba a tomar agua a las tres de la mañana, ni el barullo del viejo motor de tractor que guardaban en el garaje y que todos los domingos se empeñaba en arreglar, sin éxito.

Ahora todo era silencio. Un silencio mortuorio. Un silencio de sepultura. Un silencio de días tristes y de soledad abrasante.

La hija del medio, María Antonella, había comenzado los trámites con una escribana para vender la camioneta y los inmuebles, porque iban a caer en desuso y se iban a arruinar. Una tarde, las tres hijas se habían reunido con Inés en la sala de estar de la casa para plantearle todo eso, para intentar hacerle entender que podían sacarle un par de pesos a esa vieja camioneta destartalada y a la tierra reseca de la finca sobre la ruta 140, esa misma finca que hace años nadie visitaba.

Pero Inés le puso punto final al asunto con la siguiente frase. «Sobre mi cadáver»

Siendo realistas, ¿Cuánto podía hacer una vieja de setenta y tantos años, con dolores en la espalda y la cadera, contra la fuerza aplastante de un sistema burocrático en movimiento? Un mes más tarde se había levantado y la vieja camioneta ya no estaba más. Salió al porche delantero y pasó el pie descalzo sobre las marcas del lugar donde el vehículo había estado estacionado dos largos y agobiantes meses. Se la habían llevado hacía poco tiempo.

Se fue hasta el teléfono fijo que colgaba sobre la pared de la cocina y marcó el número de su hija más grande.

  • Hola, ¿María Candela? − Preguntó− ¿Dónde está la camioneta del papá?

Y así fue como se enteró de que su hija del medio, María Antonella, la había vendido con el permiso de las otras dos. Inés sintió un fuerte dolor en el pecho, como si una fuerza la presionara desde adentro, intentando salir. Supuso que así debía de sentirse un corazón lastimado. «¿Y la finca?» preguntó. «También» le respondió María Candela desde el otro lado de la línea. «¿Y la casa?» «Podemos conseguirte un lugar mejor donde podás vivir, mamá.» Dijo entonces, pero a Inés ya le temblaba la mano de rabia. «Ya no sos joven como antes, ya hasta te cuesta caminar hasta el almacén. Me lo dijiste el otro día» «Me las arreglo» respondió «Podés venir a vivir con una de nosotras. María Gabriela tiene dos habitaciones desocupadas en su casa. O podemos conseguirte una habitación en uno de esos hogares de retiro tan lindos que vimos» «Yo no voy a ir a ningún geriátrico con viejos olorosos y decrépitos» le contestó Inés. «Mamá, solo queremos que estés cómoda. Ya no tenés a papá que te esté arreglando la grifería de la cocina que siempre se rompe o el techo viejo ese de la casa, que está lleno de aguajeros y maderas podridas. Además, la casa es muy grande para vos sola. No la vas a poder mantener.» Entonces Inés le cortó. No la dejó seguir hablando porque sintió que sus palabras la estaban ablandando, como a golpes de martillo.

Otro día, que se diferenciaba de los anteriores tan solo por la fecha, una mujer alta y esbelta que se tambaleaba en la cima de unos zapatos de taco largo, tocó la puerta. Inés abrió y titubeó un poco antes de dejarla entrar. «Soy Domínguez, agente de bienes raíces. Una señorita… María Antonella…» «Es mi hija» interrumpió Inés y la otra asintió, con una sonrisa artificial dibujada en el rostro. «Se comunicó conmigo por la venta de una casa. Me dijo que era una casa vieja. ¿Es esta?» Inés se estremeció.

«Tan vieja como mis recuerdos» suspiró.

María Antonella estacionó un Ford Fiesta negro sobre el puente de la casona y bajó. Con ella venían las otras dos hermanas, como un séquito de adoradores con ese discursito armado que consistía en abandonar la vida pasada, para poder ser finalmente feliz. Por primera vez en su vida, miró a sus hijas con desprecio. Sintió esa visita como una invasión, como un ultraje y ella, inocente y descuidada, les había abierto la puerta de la casa.

Ya en la cocina, mientras la pava con agua caliente todavía estaba hirviendo, le explicaron que iban a vender la casa. Que era muy grande y muy vieja y muy descuidada y otra sarta de sinsentidos. Que con la platita del terreno podían comprar una casa más pequeña para ella, más cerca del centro o de la casa de alguna de sus hijas. «¿Y que hicieron con la plata de la camioneta de papá? ¿Y la de la finca?» «Está guardada, mamá» respondió una de las sinvergüenzas «La tiene el abogado tuyo, no podemos hacer nada hasta que salga la división de bienes» «Ese abogado que contrataron se va a quedar con una porción grande de la torta, van a ver. Es como dividir la plata con un cuarto hijo». Sus hijas se hincaron de hombros, restándole importancia.

  • Esta casa es lo único que me queda. Acá me trajo su padre hace ya cincuenta años y acá las crié y las eduqué a ustedes. Acá vi cómo todos los sábados a la mañana, María Candela le lavaba la camioneta a su padre para que la deje salir con vaya uno a saber qué muchachito. Acá María Gabriela se cayó de la bicicleta y se desguinzó el codo. Acá María Antonella enterraba soldaditos en el patio, esperando que le crezca un árbol de juguetes. Acá tengo mi vida, encerrada en cada habitación, en cada recoveco. En cada tablón viejo y agujereado, como dicen ustedes. Y no me voy a ir. Lo digo y lo afirmo. De esta casa no me mueven.
  • Pero ya está todo arreglado, mamá. La gente empieza a venir a verla a partir de mañana.
  • Pues que vengan, acá los espero a todos.

Al día siguiente, la señorita Domínguez apareció en la puerta precedida por una pareja de coreanos con pintas de poco hablar. Se saludaron y la agente de bienes raíces comenzó con el recorrido de la casa. Inés iba atrás, como un perro callejero, esperando el momento oportuno para lanzar un comentario.

  • ¿Ven esas tablas? ¿Las que están medias corridas? Llevan así unos quince años. No las podemos cerrar por la invasión de ratas. Vió usted. No sé allá en Corea, pero acá son muy comunes− La mujer coreana parecía sorprendida y a la vez disgustada− Por las noches las pueden escuchar caminando por las paredes. Es terrible. Pero con una buena desinfección cada tres meses todo está bien. No es la gran cosa, la verdad.

Otro día vino un hombre viejo y estirado, que desde un comienzo miró la casa con desprecio. Domínguez le había mostrado algunas fotos en la oficina, pero éste había insistido en verla en persona. Observó con detenimiento los cimientos de la construcción y las altas columnas de material.

  • No se preocupe por los cimientos. Llevan acá muchos años. El problema son las paredes, ¿Vió que se están como desmigajando? Eso es por los años que llevan sin mantenimiento. Mi marido dijo una vez que la casa se nos vendría abajo en cualquier momento− Rió− En especial las paredes de la cocina… Un simple temblor y toda el ala este de la casona se desarma como una torre de naipes. Una pena, la verdad.

El hombre, que la escuchaba atentamente, sonrió de repente.

  • Eso no es problema, lo que a mí me interesa es el terreno, para hacer un complejo de departamentos, de esos dúplex que se usan ahora. La casa pensaba tirarla de todas maneras.
  • Ah, sí, sí. Muy bonitos esos… Altos edificios… Sí. No, acá entonces no va a tener ningún problema. Una vez termine el juicio de la parte de atrás del terreno, va a poder construir tranquilo.
  • ¿Qué juicio?
  • ¡Una pavada, hombre! ¡No me haga caso!
  • ¿Qué juicio? Dígame, por favor− insistió el otro.
  • El juicio del indio ese… El Flecha Negra o Pluma Negra… como se llame. Dice que la mitad del terreno para atrás, hasta allá, donde empieza la fila de árboles− Le señaló un punto detrás de la medianera− es tierra aborigen y están con todo ese tema de los derechos y la expropiación de tierras y que se yo.
  • ¿Y hace cuanto están en juicio?
  • No, no mucho… Serán quince, veinte años, nomás. Por eso no podemos construir en esa parte, ve, desde el álamo hacia atrás. La jueza que tomó el caso prohibió la edificación a todos los vecinos cuyas tierras estén comprometidas con todo el asuntito del indio Cabeza Negra. Pero no va a durar mucho más, si ese indio viejo ese en cualquier momento se muere. Al menos que tomen la posta uno de sus hijos, pero no creo, no. Aparte hace meses que no recibimos una notificación, ya hasta se deben haber olvidado de todo el barullo legal− Hizo como que pensaba algo− Son como siete los hijos ¿Sabía usted? ¡Sí, parecen conejos por cómo crían pibes! ¡Y son bravos, también! Hace tres meses le quemaron el auto a uno de los vecinos, el que vive acá a la vuelta, porque no se presentó en la audiencia. ¡Terrible!

Otro día una gordita con su marido, también gordito, que parecían una parejita de pingüinos hambrientos, aparecieron por la puerta de la casa. La señora Domínguez estaba atrás cómo una sombra, sacándole casi una cabeza al más alto. Se la notaba agobiada y con ganas de terminar de trabajar. Se saludaron, pero antes de comenzar a dar el tour habitual de la casa, le dijo: «Inés, ¿Por qué no te ponés la pava para unos mates? El señor Achura seguro también quiere» El hombrecito asintió, estremeciéndose un poco al escuchar su nombre.

Inés le hizo caso porque entendió la indirecta. Se quedó en la cocina un largo rato y cuando el agua de la pava finalmente hirvió, se puso a tomar mates sola, mirando hacia afuera por la ventana.

Entonces la señora Achura apareció por el umbral de la puerta, sonriendo un poco, todavía tímida, e intentando no parecer molesta.

  • Disculpe… Señora…
  • Inés.
  • Sí, Inés. Estaba buscando los baños, verá, estoy embarazada y tuve… Un accidente− La mujer se ruborizó un poco.
  • Sí, por favor, adelante. La casa tiene un solo baño, saliendo por el pasillo, la última puerta a la derecha.
  • Gracias.

Unos quince minutos más tarde, la señora volvió a aparecer.

  • Tiene una casa muy bonita.

Inés sonrió y le extendió un mate, todavía humeando. La mujer se acercó y se sentó en la mesa con ella. Su marido había continuado el recorrido con la señora Domínguez y ahora se los podía ver en el fondo de la casa, examinando el cobertizo donde antes el esposo de Inés guardaba una vieja lancha heredada que habían tenido que vender cuando nació María Antonella.

  • Mírelo, nunca lo vi tan interesado− Dijo la mujer, haciendo referencia al señor Achura− Ya vimos tres casas antes, ninguna lo convence… Pero esta… Esta tiene algo que nos atrapa− Terminó, sonriendo.
  • Oh… Sí. Sin dudas, puede que esté vieja, pero todavía tiene sus encantos. Nada que un par de clavos y un martillo no puedan solucionar, no sé si me entiende− La mujer rió un poco por lo bajo− Aunque tenga cuidado con eso que siente, porque no siempre son las buenas fuerzas.
  • ¿Las buenas fuerzas?
  • Y claro, son las energías del pasado que todavía quedan. Y en una casa como esta, donde vivieron al menos cinco familias antes, las energías son muy fuertes. Por eso uno la siente como un hogar, ¿Me entiende? Es por las buenas fuerzas. Todo el amor familiar que hubo en el pasado que todavía queda en el aire y los hace sentir bienvenidos− Miró a la mujer y notó que la escuchaba atentamente. Entonces siguió− Pero después están las malas fuerzas, acá en la cocina se sienten un poco más. Es como un viento helado, pero con las puertas y ventanas cerradas, o como un soplo leve en la base del cráneo y en la espalda. Yo lo adjudico al señor Vacamuerta.
  • ¿Quién es?
  • ¿Vacamuerta? ¡Oh, nadie en especial! Un antiguo dueño, sin más. Vivía acá con su madre, su mujer y sus dos hijos. Según me contaron, porque yo todavía no vivía en San Fernando. El señor Vacamuerta, preso de las deudas y las responsabilidades familiares, se ahorcó colgando una cuerda en esta mismísima viga sobre nuestras cabezas− La señora Achura la miraba como consternada− Nunca lo pude confirmar, puede que sean simples rumores, pero debo agregar que muchas veces me he levantado temprano cuando todavía no amanece, y he visto una figura ahí, cerca de la heladera, mirando hacia afuera por la ventana. Y, llámeme loca, pero creo que es él.
  • Ay, señora, no me diga eso.
  • No se alarme usted, por favor. Que puede que sean simples rumores, aparte si no cree en esas cosas, no las va a poder ver de la misma manera. Ni van a notar que la madre del señor Vacamuerta está en la habitación.
  • ¡Pero que dice! ¡Yo sí creo! ¡Sí creo! ¿La madre? ¿Por qué?
  • Ah, bueno, eso ya es otra historia.
  • Cuéntemela.
  • Bueno, no es tan grave, esta no se mató.
  • Ay, gracias a dios.
  • Apareció muerta, nomás. Pero de vieja. Ahí, en la cama del dormitorio principal. Se ve que mientras más vieja se hacía, más cuidados requería. En algún punto de su historia, perdió toda la movilidad del cuerpo, pero la familia se cansó de tener que estar saliendo a atenderla, entonces le cerraron la puerta con llave y taparon el hueco entre la puerta y el piso con sábanas y trapos viejos para no escuchar los alaridos de la mujer. Ella tenía una campanita colgada sobre el armazón de la cama que hacía sonar cada vez que necesitaba algo. Puedo jurar que algunas noches, en especial aquellas donde no corre ni una brisa y parece que todo está detenido, he podido escuchar el tintineo errático de esa campanita fantasma. Hace años ya que sacamos la vieja cama y la reemplazamos con un somier, pero, aun así, la vieja no parece querer irse.

Y así siguió hasta una mañana en que la señora Domínguez llamó por teléfono a María Antonella para decirle que no iba a poder vender la casa, que era inútil. Todos aquellos que parecían interesados, por alguna extraña razón, terminaban por desentenderse de la casa y se iban a ver otras o directamente consultaban en otra inmobiliaria. María Candela la llamó esa tarde para decirle que se iba a tener que quedar en la casa por tiempo indeterminado, hasta que consigan a otra inmobiliaria que esté dispuesta a venderla, que iba a tomar tiempo, pero que así iba a ser. «No podemos dejar la casa sola o nos la usurpan» dijo entonces la hija e Inés entendió de inmediato.

Inés, apoyada en el marco de la puerta, estirando el cable del teléfono que se había rehusado cambiar hace muchos años, miró la casa con nostalgia. Ahí mismo, entre esas paredes, sobre ese mismo piso, había visto a la vida pasar. Se imaginó a una María Candela joven, entrando de golpe a la cocina para buscar algún paquete de galletas que se pueda llevar al patio. Recordó la voz aguda y juguetona de su hija, todavía agitada por la corrida, diciendo «¡Es urgente! ¡Necesitamos comer para estar listas para la batalla! ¡Los aliens se acercan!» y desde la ventana se podía ver a una María Antonella aún más chica, con el pelo enmarañado y la ropa manchada de barro, disparando hacia el cielo un arma invisible. Después intentó recordar lo mejor que pudo aquella melodía apagada, algún vals quizás, que una María Gabriela de catorce años tocaba todos los domingos por la mañana en el piano de su abuelo, equivocándose en cada si bemol y alterando el ritmo cada vez que la posición de los dedos sobre las teclas se tornaba dificultosa.

Y, todavía con aquella dulce melodía en la cabeza, recordó a aquel hombre que hace ya varios meses la había abandonado, dejándole un manojo de nervios y una angustia pesada y terrible. Lo vio de espaldas, cerca de la heladera, mirando hacia la ventana.

  • Todo esto que dije, de la casa, lo hice por vos− Murmuró Inés− Ya no tengo ni la camioneta ni la finca. No iba a dejar que me extirpen lo último que me mantiene la mente limpia, lo único que me queda, lo único que me importa.

Pero el hombre, perdido en otro tiempo, no parecía escuchar.

  • Es Chopin− Dijo entonces su marido, con una voz lejana y etérea− Leí el nombre en la partitura cuando pasé por atrás de ella, si no ni me entero. ¡Qué mal toca!
  • Está aprendiendo− Dijo una voz a su lado, y la voz se materializó en una versión de ella misma de treinta y tantos años, que sonreía al mirar a su marido.

Después las luces se atenuaron y la habitación volvió a quedar envuelta en soledad marchita.

  • Está aprendiendo− repitió la Inés de ahora, la Inés perdida, la Inés vieja y triste, esa que se aferraba hasta el último hilo de respiración con tal de ver a su hombre una última vez.  

Ruy Hanmse

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