Rigor Mortis

Para el momento en que Claudia pasó con el auto por Entre Ríos y Santa Fe, Elio ya se había muerto. Puso las balizas y saltó del vehículo al tiempo en que se palpaba los bolsillos en busca del celular. Se lo había dejado en la mesada de la cocina otra vez. «¡Una ambulancia!» gritó y una familia que venía cruzando la calle con los nenes agarrados de las manos se pegó la vuelta, como si nada estuviese pasando.

Elio estaba tendido en medio de la vereda, con los brazos extendidos y una pierna doblada, consecuencia de la caída. Claudia intentó zarandearle un poco la cara y después le pegó una cachetada. Pero nada: el hombre no respondía. Tenía la piel endurecida, como si estuviese cubierta por una capa de cemento invisible.

  • ¿Qué pasó? — Dijo un chico que venía llegando, mientras sacaba el celular del bolsillo.
  • No sé, no responde.
  • ¿Lo conoce?
  • ¡No!

El chico se apartó un poco y marcó el 911. Segundos después lo atendía uno de los operadores. En una conversación breve, el chico notificó el cuerpo y el operador contestó que ya estaban al tanto, que otra persona ya había llamado y una ambulancia estaba en camino.

Claudia, todavía exaltada, revisó al hombre en busca de algún tipo de documentación. Elio era obeso, con una panza que se le caía para adelante, sobre el cinturón, y que la camisa embolsaba y mantenía rígida como una bolsa de papas.

El chico se acercó con un celular con la pantalla rota que había levantado del piso a unos metros del hombre. «Tomá» le dijo y Claudia lo recibió, al principio sin entender. «¿Es de él?» «Estaba acá, contra el cantero. Se ve que lo llevaba en la mano cuando… Le pasó algo y… lo revoleó a la mierda». Claudia asintió y apretó el botón de desbloqueo. Suerte para ella (y para el relato), no tenía ninguna clave.

  • No tiene ningún contacto como “mamá” o “hijo”. Son todos nombres tipo Darío o Alicia— comentó mientras deslizaba el dedo hacia arriba, bajando en la amplia lista de números telefónicos.
  • ¿Cuál es el primer contacto?
  • Adrián.
  • Llamá a ese, a ver.

La mujer apretó el nombre y la pantalla se puso azul, luego empezó a darle tono. Esperó unos segundos que se sintieron una eternidad antes de ser atendida. «¡Qué haces, gordo!» dijo una voz, al otro lado del aparato. «Hola, no soy… Es… Soy Claudia, ¿Conoce usted al dueño de este número?». «¿Cómo?». «Pregunto si conoce este número». «Sí, es el de Elio. Elio Martínez. ¿Quién sos? ¿Por qué me hablás desde su teléfono?». «Lo encontré en la calle, el señor Martínez está acá, pero parece que…» «No, a ver… dame con él» la interrumpió. «No puedo». «¿Qué? ¿Porqué?» «Porque parece que se murió». Silencio un momento. «¿Cómo que parece qué? ¿Se murió o no se murió?» «No sé, no responde. Está tirado acá en la calle. Yo solo pasaba por acá.» «¡Qué hijo de puta! ¿Y la plata que me debe? ¿Quién me la paga? ¿El pajero del hijo?» El hombre empezó a gritar «¡Gordo, si estás escuchando y todo esto es una joda, te voy a recagar a palos, eh!» «Señor…» «¡Y ahí te vas a morir de verdad, hijo de puta! ¡Devolveme la guita de la camioneta!». Y cortó.

  • Bueno, al menos sabemos que tiene un hijo— Comentó el chico, cortando con la tensión— Habría que intentar contactarse con él.
  • No sé, yo creo que me voy a ir. Todo esto no es para mí— Agregó Claudia mientras se levantaba y se sacudía la ropa— Aparte tengo el auto ahí en doble fila y me van a poner un multón terrible.
  • Espere… Señora…
  • Claudia.
  • Claudia. No me deje con el cuerpo— El chico miró al hombre tendido en el suelo— Me da impresión— Luego buscó los ojos asustados de la señora— Por lo menos quédese hasta que llegue una ambulancia.

Claudia miró el auto y luego al señor Martínez. Intentó imaginarse a su propio padre ahí tendido, pero no tuvo éxito: él se había matado en un accidente de tránsito y habían tenido que velarlo a cajón cerrado. El muerto le resultaba totalmente ajeno e irreal, como un ídolo o una figura sagrada. Sabía que los muertos existían (porque la gente se muere en algún momento) pero nunca había visto un cuerpo así, tan directo, tan crudo. De un momento a otro comenzó a marearse y sintió ganas de vomitar.

  • Perdón— dijo y se alejó un poco, hasta la acequia.

El chico vió como Claudia palidecía y ocultaba el rostro, después de haber estado mirando al muerto un rato. No entendía porqué le causaba tanta impresión si vivíamos rodeados de muerte. A él, el otro día le habían pasado un video por WhatsApp de un tipo que se tiraba de un edificio y uno de los transeúntes grababa todo con la brutalidad e insensibilidad de un animal: el momento previo, la caída, el golpe y la mancha gigantesca de viseras y seso que se esparcieron por la vereda. A algunas personas eso les llamaba la atención. Les repulsaba, eso sí, pero al mismo tiempo les atraía, con un extraño interés, como un morbo por la muerte. Después se acordó de la vez que se tomó el subte C en Buenos Aires y el transporte estuvo parado cerca de media hora. El maquinista anunció por el altoparlante que “habían sufrido un incidente y en un momento se reanudaría el servicio”. Segundos más tarde corrió el rumor de que un loquito se había tirado a las vías y el subte lo había levantado como sorete en pala. Una señora de no más de cincuenta años dijo, con toda la naturalidad del mundo “¡Qué poco considerado! ¿Y a esta hora se viene a matar? ¡Se hubiese tirado a la una de la mañana que no viaja nadie!».

  • ¿Estás bien? — Preguntó el chico, mientras se acercaba.
  • Sí, necesito respirar un poco, nomás— Contestó— Nunca había visto un muerto.

El chico miró al señor Martínez a unos metros de él. Estaba gris.

  • Yo tampoco. No así, al menos.

Primero escucharon las sirenas, luego apareció una ambulancia doblando en la esquina, seguida de un móvil policial. Claudia le hizo señas y la ambulancia se metió marcha atrás en el puente de una casa. Luego bajaron dos enfermeros de la cabina de adelante y abrieron las puertas traseras del vehículo para perderse nuevamente dentro.

Un policía saltó la acequia y se acercó a Claudia y al chico.

  • ¿Qué pasó?
  • No sé, lo vi tirado y me bajé del auto a ver si podía hacer algo, pero parece que ya estaba muerto— Dijo Claudia— Ese es mi auto— Agregó, señalando el Duna rojo en doble fila con las balizas encendidas. El policía miró instintivamente, antes de restarle importancia al comentario.
  • ¿Conocen al señor?
  • No.
  • Es Elio Martínez— Acotó el chico. El policía lo miró mientras anotaba cosas en una libreta— O sea, no lo conozco. Solo sabemos el nombre… Por el celular.

Claudia le extendió el aparatejo móvil y el oficial la observó un momento antes de agarrarlo. Entonces ella le explicó la conversación que habían tenido con ese tal Adrián y la posibilidad de que el señor Martínez tenga un hijo en alguna parte, pero que no habían podido indagar mucho más. Luego el oficial preguntó si le habían sacado algo más al hombre, claramente insinuando que le habían robado la billetera o algún elemento de valor y Claudia se sintió ofendida. «¡Qué le vamos a sacar si no se puede ni mover!» le gritó y el oficial actuó sorprendido. Le pidió que baje el tono de la voz y ella se apartó, refunfuñando por lo bajo. «Encima que me paro para ayudarlo, me tratan de chorra. ¡Que se vayan a cagar! ¡Tendría que haberme hecho la boluda!»

Mientras tanto, los enfermeros habían extendido una camilla al costado del señor Martínez e intentaban, con todas sus fuerzas, levantar el cuerpo para trasladarlo hasta la ambulancia. Tiraron una y otra vez, hasta que a uno de ellos le comenzó a doler la espalda. No habían podido levantarlo siquiera un centímetro del piso. Era como si estuviese relleno con concreto.

  • Oficial— Dijo entonces el enfermero— No podemos trasladar el cuerpo.
  • ¿Porqué? ¿Necesitan una orden o qué?
  • No. Simplemente no lo podemos mover.

El policía esperó a ver si le estaban haciendo un chiste. Los enfermeros se quedaron ahí, quietos. El señor Martínez debía de estar pesando unos ciento cuarenta kilos más o menos, nada que entre dos no pudiesen manejar.

  • ¿Por el peso? — Preguntó entonces.
  • No sé— Respondió el camillero— Parece como adherido al suelo.
  • A ver, intentemos los tres.

El policía se situó cerca de uno de los enfermeros y tomó al señor Martínez de un brazo. Luego contó hasta tres y tiró con ganas, pero los enfermeros tenían razón. El cuerpo era literalmente inamovible.

  • ¿Y a éste que le pasó? — Preguntó el oficial.
  • A simple vista parece un infarto, pero lo digo por el peso. La verdad que eso lo determina un médico.
  • ¿Y por qué pesa tanto?
  • Eso no lo sé. Normalmente, cuando una persona fallece, nosotros tenemos que lidiar con el peso muerto de la persona, que pesa mucho más que si estuviese viva— Explicó el hombre— El tema es que, incluso así, hemos podido trasladarlos. Enrique ¿Te acordás de la señora de la 9 de Julio?
  • Sí— Contestó el compañero. Luego procedió a explicarle al oficial— Pesaba como doscientos kilos. Se había pasado todo el fin de semana encerrada en el departamento de un quinto piso viendo Netflix. Se levantó para ir a comprar más comida y ¡Pum! Un paro cardíaco. Se cayó por las escaleras y el cuerpo terminó incrustado a través de una placa de Durlock de la pared. La tuvimos que sacar de ahí nosotros, me acuerdo.
  • Incluso en esa situación pudimos realizar nuestro trabajo correctamente. No me puedo explicar porqué este señor pesa tanto— El compañero asintió.

El oficial evaluó las posibilidades un momento, luego se giró y miró a Claudia y al chico, que hablaban bajito cerca del cordón de la calle.

  • Ustedes, ¿pueden ayudarnos un momentito?
  • ¿Qué necesita?
  • Hay que llevar el cuerpo hasta la ambulancia y para eso primero tenemos que subirlo a la camilla.

El chico asintió y se puso al lado de uno de los enfermeros. Claudia se acercó más tarde, todavía aterrorizada por la idea de tener que tocar a una persona muerta. «Ayudame con esta pierna» le dijo el chico y la mujer, todavía desconfiada, obedeció.

«Uno, dos, ¡Tres!» gritó el policía.

Pero el señor Martínez parecía recio a no abandonar esa porción de vereda. Al otro lado de la calle, en la esquina contraria, una anciana charlaba con un vecino. «No lo pueden levantar porque a ese hombre le pesan las culpas» dijo, antes de persignarse.

Ni siquiera con la fuerza de cinco personas había sido capaz de trasladar al señor Martínez. El oficial esperó a ver qué le decían los enfermeros, pero éstos parecían esperar órdenes del otro. Estuvieron en silencio un rato largo, como deseando que mágicamente el cuerpo se levantase y caminase por sí solo hasta la ambulancia.

El oficial se alejó un poco y se comunicó con la comisaría a través de la radio. Los otros cuatro quedaron enfrentados, los unos con los otros, en un silencio incómodo.

  • Esto no se puede mover. Está pegado al piso.
  • ¿Cómo “esto”? ¡Es una persona! — Exclamó Claudia.
  • Era una persona. Ahora ya no sé— Contestó Enrique, el otro enfermero. Luego agregó— Señora, yo trabajo de esto. He visto difuntos toda mi vida y nunca me crucé con un caso similar. No le sé decir porqué, pero no es normal.
  • Quizás podemos cubrirlo con algo y dejarlo ahí— propuso el chico y Claudia lo fulminó con la mirada— Ya saben, si no lo vemos, no existe.
  • ¿Pero vos sos pelotudo?

El oficial se acercó acompañado con una mujer esbelta y chiquita, como de un metro cincuenta, que llevaba el pelo en una cola y unos anteojos cuadrados que le cubrían la mitad del rostro. Se presentó a ella misma como la doctora Rostand, médica forense. Media hora atrás el juez de parte se había comunicado para comentarle toda esa situación con el señor Martínez, a ver si ella podía esclarecer un poco el asunto. Los enfermeros le estrecharon la mano y se hicieron a un lado para dejarla trabajar. El resto hizo lo mismo.

La mujer se puso de cuclillas, le abrió uno de los ojos y lo alumbró con una linternita que llevaba en el llavero. Luego le abrió la boca y le tomó la lengua con las manos, extrayéndola. Le olió la cavidad bucal y le midió la distancia entre una oreja y la otra. Acto seguido se acostó a su lado y lo abrazó. Las piernas de la pequeña mujer debían de llegarle a las rodillas del señor Martínez.

  • Lo mató un infarto— Sentenció.

Acto seguido, se levantó, contó tres pasos en dirección a la calle y se puso de espaldas al cuerpo. Se chupó un dedo y sintió una brisa de aire inexistente. Luego le lanzó una piedrita al cuerpo que le revotó en la panza y cayó a un costado. Se le sentó en las piernas e intentó alcanzarle el rostro con las manos. Lo golpeó tres veces en el hombro con el codo y aplaudió a cada lado de la cabeza, cerca de las orejas.

  • Es el rigor mortis.
  • ¿El rigor mortis? — Preguntó el oficial.
  • Sí, el rigor mortis.
  • ¿Y qué es el rigor mortis?
  • Ante la insuficiencia cardiaca, la cantidad de oxígeno en los músculos es prácticamente nula y el cuerpo comienza a liberar iones de calcio, provocando la atonía muscular, caracterizada por la inflexibilidad y la tan notoria rigidez.
  • Ah.
  • Parece un caso extremo, eso sí. Consecuentemente, si lo manipulan, el sujeto puede sufrir desgarros o fracturas en sus extremidades.
  • Ah.
  • Las primeras apariciones de contractura comienzan en el corazón, diafragma y músculos lisos. Pero esa etapa ya fue superada y ahora parece que estamos frente a un estado totalizante.  
  • Entiendo.
  • El señor padecía una amiloidosis aguda. Y creo que un enfisema pulmonar, tendría que abrirlo para asegurarme. Sin duda esto incrementó las posibilidades de una insuficiencia cardíaca.
  • Claramente.
  • Parece que solo le faltó generar una sarcoidosis en los ganglios linfáticos, ¿No es cierto? — La doctora Rostand rio. El resto de los presentes intercambiaron miradas comprometidas.
  • Doctora…— empezó el oficial— ¿hay algo que se pueda hacer con el señor?
  • Bueno, pueden cortarlo en pedazos para facilitar el transporte o esperar a que el cuerpo pierda la rigidez.
  • Preferiría una solución que no involucre una sierra.
  • ¡Oh! ¡Pues entonces tendrá que esperar un par de horas a que el cuerpo cambie de estado!
  • ¿Y cuánto es eso?
  • Bueno, considerando la hora de muerte del señor, el período temporal oscila entre tres y cuarenta y ocho horas.

Los enfermeros se miraron un momento y luego comenzaron a caminar en dirección a la ambulancia. El oficial le agradeció sus servicios a la doctora Rostand y cuando se giró, se encontró solo.

Maldijo para sus adentros y se desabrochó la radio de la cintura.

  • Costa, mándame un móvil a Entre Ríos y Santa Fe. Va a ser una noche larga. Ah, y que traigan una sábana. Capaz si no lo veo, no existe.

Ruy Hanmse

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