Se lo prometo, señor juez.

Eran las nueve y veintiuna de la noche, me acuerdo porque era el número repetido dos veces, ya saben, veintiuna veintiuna, y tenía que pedir un deseo. Miré el reloj mientras apretaba el freno porque el semáforo se me había puesto en rojo. Estaba en la avenida Alberdi, donde los turnos son más cortos y hay cuatro carriles, así que estuve un rato esperando que diera verde otra vez. Iba solo en el auto y cantaba una canción de la radio cuando me llamó la atención esa chica de la vereda que charlaba con dos hombres en una moto. Bah, parecía charlar con los de la moto, cuando en realidad todo era monodirigido (¿Está bien esa palabra?) O sea, una sola dirección. No era tanto un diálogo, si no más bien un monólogo: el hombre que manejaba la moto le hablaba despacio y la chica, inmutable, miraba al piso.

Eso fue lo que me quedé mirando. La chica, no más de veinte, parecía haber salido de la facultad. Tenía un buzo rosa y una mochila con correas negras, muy bella. Los de la moto todo lo contrario; vestían ropa gastada y descuidada. El que iba de pasajero, con el casco colgando en el codo, miraba a los autos. En un momento cruzamos las miradas y él me clavó unos ojos desafiantes. Yo tengo los vidrios polarizados, pero aún así pude sentir cómo me decía “¿Qué tanto estás mirando?”, o más bien, “¿Qué mirás, pelotudo?”. Discúlpenme el vocabulario.

A lo que iba, la chica charlaba con el hombre de la moto. El que manejaba era más gordito que el acompañante y parecía decirle cosas por lo bajo, como órdenes. En todo el tiempo que estuve en el semáforo no vi que la chica abra la boca para decir ni mú.  Entonces algo me resultó extraño. Mi cerebro, ahora pendiente de la situación, comenzó a maquinar las cosas más terribles. Me imaginé que le estaban robando. Me imaginé que el tipo le decía cosas como “No digas nada, mírame a mí, vas a sacarte la mochila y te vas a ir sin decir nada” o “Si gritas te pego un tiro”. Me imaginé incluso que le estaba apuntando con un revolver o un arma blanca, porque vio que ahora es re fácil conseguir armas acá. Todos van armados. Bueno, eso. Como no le veía la mano opuesta, la derecha, pensé que podía estar amenazándola con algo.

El acompañante ya no me miraba a mí sino a la gente que caminaba por la vereda, sin enterarse de nada, como ajenos a todo. Entonces la chica me miró. No le puedo explicar con palabras, pero sentí que me hablaba, que me pedía con un grito silencioso que le ayudase, que estaba siendo víctima de un robo o algo peor. Yo, nervioso, cerré ambas manos sobre el volante y lo apreté con fuerza. Miré el semáforo que seguía en rojo, pero que ahora era otro de los carriles el que tenía el paso. El cualquier momento se me iba a poner en verde otra vez e iba a tener que avanzar, indiscutiblemente, porque tenía una fila de autos formada atrás, producto del tránsito alto de la hora pico.

Bueno, la chica me miró. Y yo como que le pregunté si le estaba pasando algo, pero no me dijo nada claro. Parecía que estaba siendo condicionada por el hombre gordo de la moto y si movía los ojos o ladeaba la cabeza, el otro se daría cuenta y todo se iría a la mierda. Me siguió mirando un tiempo más, clavándome esos ojos marrones que todavía no me puedo olvidar.

Todo esto paso en cosa de un minuto. Cuando me encuentro en una situación apretada como esa, me imagino muchas cosas. ¿Qué les iba a decir si bajaba la ventanilla e interrumpía la charla? O peor, ¿Cómo irrumpiría si estacionase más adelante y me bajase del auto? Seguramente me quedaría como congelado, mirando desde lejos, porque me conozco y sé que en mi cabeza puedo ser hasta un supermán urbano, pero en la realidad soy un cobarde. Un cobarde más, como toda esa gente que pasó por al lado de la chica y la moto y no se detuvieron ni siquiera a mirar. Un cobarde más como cualquier persona de esta ciudad de mierda, que solo se interesa porque ellos estén bien, antes que el otro. Hasta que estas situaciones les tocan de cerca, eso sí, y ahí salen meta pancarta y corte de calles.

Un cobarde más como cualquiera de los otros automovilistas que seguramente estuviesen mirando lo mismo que yo, porque era lo único para mirar en ese semáforo, a excepción del auto de adelante o el cartel poco llamativo de la ferretería cerca de la esquina.

Discúlpenme, pero la verdad es que no me puedo tragar el verso de que yo fui el único que noté la secuencia. Ni testigo ocular ni las pelotas. Había mucha gente alrededor, todos como medio zombis, así, muertos en vida, haciendo el mismo recorrido de sus trabajos a sus casas, pero gente al fin. No puede ser que nadie los viera.

Entonces se me puso en verde y yo avancé. Me pregunté a mi mismo si debería detenerme en la primera oportunidad, si debería poner la luz de giro y volver a pasar por la zona o si debería llamar a la policía. Mientras pensaba, mi memoria muscular me condujo hasta mi casa. No hice nada de eso.

Eran las veintiuna veintiuna, me acuerdo porque tenía que pedir un deseo. Me acuerdo que pedí entonces que esa chica estuviese bien y que llegase sana y salva a su casa. Es todo lo que pude hacer, pedir que la chica estuviese bien. No sé. No me animé a más.

Y si ahora no la encuentran, yo no tengo nada que ver.

Se lo prometo, señor juez.

Ruy Hanmse

13/02/2019

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