Tanatofobia

Tanatofobia



Bueno, tuve un sueño en el que me moría.

Pero no era de esos sueños en los que vas cayendo a mil kilómetros por hora y antes de estrellarte te despertás, o que te encontrás en medio de un accidente de tránsito o algo por el estilo. Tampoco fui apuñalado, acribillado a tiros o siquiera perseguido. Simplemente estaba muerto.

Me resulta difícil de explicarlo, pero voy a hacer el intento ¿Está bien? Básicamente, en lo que duró el sueño, yo sabía que estaba muerto. No podía corroborarlo, pues no tenía ni un disparo ni algún corte grave, ni siquiera algún dolor en el cuerpo que refiera a una enfermedad que me estaba destruyendo por dentro, nada. De hecho, seguía relacionándome con el resto de las personas con la misma afinidad de siempre, podía hacer preguntas y responder sin ningún problema. Nadie reparó en mí ni me miró con curiosidad.

La sala estaba llena de gente, la mayoría desconocida. Empecé a sentir la necesidad de esconderlo; nadie en esa habitación podía saber que yo estaba muerto. Era algo que me guardaría para mí mismo, puesto que no había manera de revertirlo: El que está muerto, muerto está. Tardaba en responder cada vez alguien me hablaba porque me pasaba la mitad de la conversación leyendo esos rostros ofuscados, con el miedo de que alguno descubra que había un muerto en el lugar.

«¿Y qué pasó después?»

Bueno, se empezó a sentir olor a podrido. Como a carne en descomposición. No sé si te pasó alguna vez, pero tenía el mismo olor a cuando te dejás una olla con comida en el fondo de la heladera y te olvidás de limpiarla. Era eso: olor a comida de heladera en mal estado. Pude ver que la gente comenzaba a disgustarse, se miraban unos a otros y hacían muecas como de asco. Solo me acuerdo que había una ventana grande y cerrada, porque en un momento alguien se quejó de la falta de aire, pero nada más. Entonces comencé a desesperarme. Claramente el del olor era yo. ¿Si no, quién? Mi cuerpo se estaba pudriendo. Lo sabía porque era el más gordo y hacía un calor insoportable. No podía tardar más de tres horas en comenzar a descomponerme.

El problema estaba en que revisé cada pliegue de mi piel e incluso, en un momento, me desabroché cuidadosamente la camisa. En mi piel solo prevalecía la fina y pegajosa capa de sudor. El mismo sudor que también emanaba el resto, nada especial.

Pasó media hora, después una. Y el olor no se iba. Me fui al rincón más alejado, cerca de un escritorio con una lámpara de metal pintado y me quedé ahí, mirándolos a todos. Uno de los hombres intentó abrir la ventana y después de tironearla un poco sin éxito, llamó a otro para que lo intentara. Nadie pudo. El terrible hedor a podrido estaba allí encerrado con nosotros.

Empecé a sudar todavía más, parte por el calor insoportable y parte por el estrés que estaba pasando ¿Cómo podía estresarme si estaba muerto? ¡No tenía sentido! Una mujer de ojos pequeños y negros me clavó la mirada desde el otro lado de la habitación y yo me sentí muy incómodo. ¿Me había descubierto? No lo sabía. La miré un poco de reojo. Era horrible.

«¿Entonces se acercó a vos?»

Exacto. De repente empezó a caminar hacia donde yo estaba y empecé a temblar. Se me puso justo en frente. No dijo nada, pero ya lo sabía todo. Me rasqué un poco debajo de la oreja e intenté hacerme el que leía los nombres de los libros del estante, pero la mujer no cesó de mirarme.

«¿La conocés?»

¿A la mujer? No, no la conocía. No la había visto en mi vida. No la miré demasiado, por miedo, pero era más baja que yo y vestía ropa holgada. Su frente brillaba por el sudor y casi parecía piel de plástico.

Entonces el hedor se hizo insoportable. La mujer lo tenía que sentir más que ninguno ahí dentro porque el origen del mal olor estaba parado a su lado.

«¿Qué hiciste?»

Actué por instinto. Al menos eso me digo para sentirme mejor, nadie podía saber que yo estaba muerto. Tomé la lámpara del escritorio y se la partí en la cabeza. En el camino se cortó el cable que la mantenía enchufada a la pared y la habitación se puso más oscura. Pedazos de plástico saltaron para todos lados y la mujer cayó en seco.

Nadie hizo nada.

Todos miraron a la mujer allí tendida, después a mí, después a la mujer otra vez.

Alguien dijo algo como “ella era la del mal olor” y otros asintieron nerviosos. Le adjudicaron la culpa del hedor a esa triste víctima. Yo asentí también, aunque el olor seguía intensificándose cada minuto que pasábamos allí dentro.

La mujer que había asesinado estaba desparramada en el piso, pero todavía tenía los ojos abiertos y me miraba, incluso después de muerta, con esos ojos apagados y cristalinos.  Mi corazón volvió a latir con fuerza. ¿Cómo podía ser? Estaba muerta.

Le pasé por encima y atravesé la habitación despacio. Fui mirando a cada persona que estaba encerrada conmigo. Todos estaban nerviosos y se miraban unos a otros, como cómplices de algo. ¿Acaso todos sabían que yo también estaba muerto? ¿Acaso todos lo sabían desde un comienzo y nadie dijo nada? Tenía que corroborarlo. Me acerqué a uno de los hombres, uno con bigote y una camisa clarita con aureolas de sudor marcadas a cada lado y le pregunté si sabía de dónde venía el mal olor. Tardó en responderme, me miró angustiado un momento y después señaló a la mujer que yo acababa de matar. No tenía sentido, el olor estaba de antes. Asentí y me separé del resto.

«¿Pasó algo más después del incidente?»

Sí. Después de otras dos horas de tormento, alguien gritó y cuándo me giré, pude ver como al hombre con quien había hablado se le caía la piel. Los músculos violáceos se deslizaban de su cuerpo y caían torpemente al suelo. Tenían un extraño parecido a los bifes vacunos que te venden en una carnicería, por lo que no me disgustó demasiado.

Después vino una señora, que intentaba sostenerse las pieles con todas sus fuerzas, sin demasiado éxito. Al agarrarse la carne de un brazo, se le desprendía la del otro y así. Poco a poco todas las personas en la habitación se fueron pelando hasta quedar sólo los esqueletos. Los intestinos se desparramaban como largos chorizos de cerdo, era increíble cómo todo eso estaba encerrado dentro de cada uno.

Fue extraño, debo decir. Pero más extraño fue cuando los esqueletos amarillentos se miraron unos a otros mientras se tapaban torpemente las partes privadas con esas huesudas manos descubiertas, como con vergüenza. Eso era: vergüenza. Tenían vergüenza de que los otros los vean así, desnudos, sin nada más que esos horribles huesos pelados.

No recuerdo mucho más. Creo que ahí me desperté.

«¿Nada más?»

No.

«Bueno, todos estamos un poco muertos por dentro, ¿No te parece?»



Ruy Hanmse

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