La bruja de los Arrellanes (III)

Parte III

EL LLAMADO DE LA BRUJA

Me disculpo por la demora, esta historia tenía que terminar antes que empiece el 2019.

Esta es la continuación de una historia empezada en una entrada anterior, para leer la primera parte, por favor, hacé click en este enlace: https://soyruy.com/2018/09/30/la-bruja-de-los-arrellanes-i/

para leer la segunda parte, por favor, hacé click en este enlace: https://soyruy.com/2018/10/29/la-bruja-de-los-arrellanes-ii/



El cielo brinda más información de la que acostumbramos a reconocer. La mujer estaba convencida de eso. Desde dentro de la caravana, sintió como los pequeños cristales y los tubitos de madera de los colgantes comenzaron a sonar, reproduciendo una melodía arrítmica. Envuelta en un chal horrendo y derruido, abrió la pesada puerta metálica y salió.

El viento se había agitado, girando en círculos y levantando un sinfín de hojas y basura. La mujer vivía al borde de un vertedero, en conjunto con los gitanos, los únicos que no la habían rechazado por su cercanía con las cartas astrales y las energías naturales. Aún así, le tenían un poco de recelo. Los niños nunca se acercaban a jugar cerca de su remolque y los padres nunca iban solos a visitarla.

Unos pesados nubarrones oscuros comenzaron a tragarse la tarde con rapidez, sumiendo el descampado y las pequeñas fachadas circundantes en lóbregas sombras. La mujer miró cómo los colgantes se chocaban entre sí y se mezclaban unos con otros, enredando los hilos, como abrazándose con fuerza.

Miró al cielo, ahora totalmente gris, y entendió de inmediato. Clavó las uñas en el suelo y extrajo un puñado de tierra seca y mancillada. Luego entró en la caravana y lo echó dentro de un cuenco de madera. Buscó entonces una botella de agua del lago de los Arrellanes que escondía bajo el resumidero de la cocina y la mezcló con la tierra. «Es ahora. Está llamando» murmuró. Todavía no había terminado el trabajo, pero ya lo sabía, podía sentirlo en el tacto del barro espeso que se había formado en el contenedor.

Salió al exterior otra vez. Algunos gitanos, movidos por la curiosidad, se habían asomado a observar lo que ocurría. Lanzó el cuenco con fuerza hacia adelante y este golpeó tres veces antes de quedar boca abajo. La mezcolanza oscura que se había desperdigado en el suelo comenzó a meterse en la tierra, como una masa viva y amorfa, como si el mismísimo suelo lo estuviese drenando hacia sus entrañas. Entonces la mujer comenzó a gritar que estaba viniendo, que estaba llamando, y los gitanos cerraron las cortinas y las ventanas con golpes sordos. Minutos más tarde, el campamento entero quedó sumido en un horrible silencio.

Costa se detuvo un momento en el punto donde se unen los dos pasillos de la comisaría. Si seguía derecho llegaría a una única puerta que comunicaba con los calabozos; una de los ultimas adhesiones edilicias, y si se giraba hacia la derecha, llegaría a la puerta de salida de emergencia que llevaba directamente al estacionamiento interior. Se detuvo porque le llamó la atención algo en los rostros tensos de los policías y, sobre todo, la escasez de agentes en el edificio. Uno pasó por su lado y le inclinó la cabeza en forma de saludo, otro ni siquiera lo miró.

Entonces apareció Gutiérrez cargando unos anchas y desprolijas carpetas.

—¿Y eso? — Le preguntó y el oficial se detuvo.

—Para Rebolloso. Quiere saber sobre los casos que llevamos en la comisaría. Estos son los que todavía están abiertos.

Costa se acercó y ojeó algunas de las carpetas. En ellas figuraban nombres de personas que no había oído en mucho tiempo y casos que en algún momento le habían traído buenos dolores de cabeza. Gutiérrez hizo una mueca de disconformidad para hacerle notar que las carpetas eran pesadas y Costa entendió casi al instante.

—Andá. Creo que sigue en mi despacho.

—Ah, por eso vos estás acá en los pasillos— Comentó el otro.

—Ni me digás— Bajó la voz— Es infumable el comisario — Gutiérrez rio por lo bajo— ¿Viste a Fernandez?

—Lo corrieron del caso. El comisario le vio las ojeras y prácticamente lo obligó a tomarse el día. Después se enteró que estaba con el tema de los Arrellanes y bueno, lo fletó junto con Castañeda.

—¿Y Silva?

—Ese todavía no aparece por la comisaría, pensé que estaba de servicio— Costa asintió y el otro se quedó un momento intentando descifrarle la mirada perdida y consternada— Si Castañeda no está, ¿Quedaste vos al mando del caso?

—¿Eh?… No, o sea, sí. Seguramente yo figure en los documentos oficiales, pero mientras Rebolloso esté por acá, tengo que seguirlo a él.

—Y…— Gutiérrez quería decir algo, pero no se animaba— El que mató a Miguel; ¿Ya saben quién es?

Cruzaron una mirada cómplice. Uno esperaba que el otro formulase las palabras que querían escuchar, pero estas nunca llegaron. Si algo había aprendido en sus años en el servicio era que en el ámbito laboral era mejor limitarse a las certezas y realidades más cercanas. Y más todavía cuando Rebolloso andaba por los pasillos con los oídos parados. Costa negó con la cabeza y Gutiérrez hincó los hombros antes de meterse en una de las oficinas.

Por primera vez desde los primeros días en la comisaría, hace unos veinticinco años, se sentía solo. Miró las paredes llenas de volantes y fotografías, luego las puertas en hilera y enfrentadas y sintió todo tan ajeno, tan externo a él que algo se agitó dentro suyo. Había quedado solo: ni Castañeda, ni Fernandez, ni Silva estaban allí acompañándolo para mover el caso en una buena dirección. Deseó por un momento tener el intelecto de Castañeda (y el orden) para saber como continuar, tirando de algunos hilos y soltando otros, con cierta sinergia, para que el mundo a su alrededor se siga moviendo.

Entró en su despacho y Rebolloso, que estaba sentado en su escritorio leyendo algunos papeles, se quitó los anteojos ante la interrupción.

—¿No toca? — Dijo el comisario.

—No en mi despacho, Rebolloso— Ignorándolo, corrió algunas cosas y extrajo la computadora portátil que había ido a parar bajo una pila enorme de papeles— Con su permiso…

Y salió de la oficina. Luego, con largas zancadas, atravesó la comisaría y se internó en los calabozos.

Castañeda se encontró a Nicolás en uno de los pasillos del hospital Central de San Fernando. Lo tomó de un brazo y tiró de él para meterlo en una pequeña sala que usaban de depósito. El chico, al reconocer a la oficial, se le heló la sangre y quedó rígido como una piedra.

—¿Qué haces acá?

Nicolás no contestó.

—Nicolás. ¿Qué haces acá? Decime— Insistió la otra— ¿A qué viniste?

—Por Sofía.

—Sofía está bien, la están tratando. Vos no te tendrías que haber ido de la comisaría, ahora la policía te va a poner los ojos encima.

—Si venís a llevarme de vuelta, lo entiendo. No me voy a resistir. Pero primero déjame hablar con ella— Luego, ante la mirada amenazadora de Amanda, agregó— es importante.

—¿Qué le querés decir?

—No… No puedo decirte— El chico intentó bajar la cabeza, pero Amanda lo miró a los ojos, como leyéndole los pensamientos.

—¿Había policías en la sala de Sofía? — Preguntó entonces la otra.

—¿Cómo? No… No entiendo.

—Si había algún policía, Nicolás, con o sin uniforme. ¿No los viste? Seguramente Rebolloso mandó alguno atrás mío. Es lo más probable— La chica detuvo su discurso al notar que Nicolás había dejado de seguirla y ahora la miraba preocupado— Soy policía, sí, pero ya no estoy más en el caso de los Arrellanes, Nicolás, me corrieron hace unas horas. Por eso te pregunto si hay policías en la sala, no pueden verme o perdería el laburo. ¿Me entendés?

—¿Y por qué no te vas?

—Porque yo también sé que está pasando. Nicolás. Es el comisario el que no y va a hacer todo lo posible para que el caso se resuelva de la manera más real posible, posiblemente incriminando a alguno de ustedes dos.

—¿Me tendría que haber quedado entonces?

—Mirá, como policía; sí; porque al escaparte no hiciste más que aumentar las sospechas y a pesar de que no tengan nada en tu contra, Sebastián puede hablar y decir algo que te perjudique a vos o a Sofía. Ahora, como amiga, no sé, depende del porqué de tu repentino arranque de libertad.

—Sebastián no diría nada que nos perjudique, el también la vió.

—Pero hasta ahora Sebastián no ha dicho nada, se niega a hablar si no es con abogados de por medio y, sabiendo que ahora Rebolloso está al mando de la comisaría, posiblemente agilice todos estos trámites. Yo no sé si conocés bien como es todo el sistema, pero Sebastián viene de una familia de plata, y con un par de billetes, lo pueden obligar a decir algo que no sea cierto con tal de sacarlo a él de la comisaría cuánto antes.

—No… No podría… Sofía es la novia y…

—No contra Sofía, contra vos.

—Es que no. El también la vio. El también vio como atacaba a Miguel y…

—¿Y vos a quien pensás que le van a creer? ¿Al del cuento fantástico o al del cuento realista? Con decir que vos te volviste loco y lo mataste, ya está. Una firma, un sello, una nota en los diarios y listo, vos te comés veinte años en la cárcel y Sebastián sigue con su vida como si nada.

—Sebastián no podría.

—Sebastián no, pero los padres y los abogados sí.

El chico se quedó pensando un momento.

—Entonces ¿Qué hacemos?

—Empezá por contestarme la primera pregunta. ¿Había algún policía en la sala con Sofía?

Otra vez el subinspector se encontró frente a Sebastián, pero esta vez con la certeza de que el circo se acabaría antes de lo esperado. En una carrera contrarreloj, Costa se sentó frente al chico y, sin decirle ni una palabra, abrió la computadora portátil y un montón de imágenes referidas a la bruja de los Arrellanes aparecieron en la pantalla. Sebastián le dirigió la mirada a Costa sin decir una palabra, aunque sintiendo que dentro suyo algunas barreras eran derribadas.

—Esta es la cuestión, Sebastián. Necesitamos saber quién asesinó a tu amigo, Miguel, cuánto antes. La situación se ha complicado un poco y necesitamos toda la cooperación que nos puedas brindar.

—No… No entiendo.

El chico hizo una seña en dirección a la pantalla donde se podía apreciar el dibujo de la bruja en carboncillo que Guillermo había hecho hace años. No entendía por qué el oficial le mostraba esas imágenes si no creía en la existencia de la bruja, preguntándole ahora por quién era el verdadero asesino. Entonces Costa, con el índice y el anular, extrajo cuidadosamente una nota que escondía en la manga de la camisa, pendiente de que su cuerpo tape la nota de la cámara que filmaba el interrogatorio a sus espaldas.

“ESTÁN FILMANDO. NO DIGAS NADA. LA PUERTA SE ABRE A LAS 20”

El chico bajó la mirada lo suficiente como para leer la nota y luego volvió a mirar al comisario.

—Ya te dije que no voy a decir nada hasta hablar con mi abogado.

—Eso significa que hay algo que estás escondiendo.

—Eso significa que quiero hablar con mi abogado, nada más.

—Nicolás se escapó de la comisaría y ahora lo están buscando. Sofía está bien, pero la trasladaron al hospital por un presunto ataque de histeria, no puedo brindarte más información al respecto porque no sé nada más. ¿Tenés idea por qué?

—No, Sofía nunca sufrió algo semejante, y eso que la conozco hace muchos años. No es común en ella, aunque todo esto del arresto y…. Lo de Miguel, supongo que la tiene que haber afectado de alguna manera.

—¿Porqué a vos no te pasó nada de eso?

—Me afectó, Miguel era mi amigo— Se trabó un poco y dirigió la mirada a la mesa— Pero conozco todo el sistema judicial. No quiero más problemas de los que ya tengo.

—Entonces ayudame, Sebastián.

—Lo voy a hacer.

En ese momento la puerta de la sala de interrogaciones se abrió de un golpe y tres hombres de traje entraron, escoltados por Rebolloso. Costa, con rapidez, arrugó la nota y se la metió en el bolsillo al tiempo que cerraba la computadora portátil de un golpe.

—A partir de este momento, para comunicarse con mi cliente, primero debe hablar conmigo— Dijo el más viejo de los hombres — Abogado Vicente Díaz Moreno para usted… Señor….

—Costa— Luego agregó— ¿En dónde estábamos?

—En ningún lado, justo estaba terminando.

Con la computadora abajo del brazo, pasó por al lado de los tres abogados y le dirigió una mirada fulminante a Rebolloso, quien parecía deleitarse con la furia de sus subordinados. Antes de salir, el Comisario le cortó el paso.

—¿Por qué le dijiste lo de los amigos?

—Porque merece saberlo.

—Son sospechosos de asesinato.

—Son solo eso, sospechosos, señor. Ahora, si me permite….

Esa mañana se había levantado antes que cualquiera en la casa y ahí, solo en la cocina, se preparaba un tazón con leche y cereales. Desde donde estaba podía ver, a través de los ventanales de la sala, la pileta tapada y el enorme parque trasero. Era una mañana fría, lo sabía porque las ventanas, cerca de los marcos, perdían la transparencia y un pequeño filtro de escarcha las opacaba a causa de la calefacción central de la casa.

Clavó la vista en los árboles al fondo del terreno, justo antes de la medianera, y así estuvo cerca de una hora. Los padres de Sebastián se levantaron en algún momento; podía escuchar el cerrar de cajones y el tintinear de tazas y platos. Había elegido ignorarlos.

La madre, vistiendo una bata hasta los tobillos y el pelo hacia un lado, se le quedó mirando mientras esperaba que la cafetera terminase. El chico ni se inmutó.

—¿Qué mirás? — Le preguntó. Su hijo salió del trance, pero tardó en contestar.

—Cómo las ramas de los árboles al final, los que están pegados a la medianera, se chocan. Parece que se están peleando.

—Mmmh…— musitó la mujer por lo bajo mientras llenaba la taza con café. Luego agregó— Pues no deberían hacerlo. Por algo le pagamos al jardinero. Los arboles deberían tener forma.

Así era todo en la casa de Sebastián. Le pagaban semanalmente a un jardinero para que cuide el enorme parque trasero y los jardines del frente, con minucioso cuidado, recortando ramas y hojas, no solo para que las plantas sigan creciendo con la misma intensidad, si no también para que tengan formas específicas: el orden estaba en la forma perfecta. Después había una chica, Rosario, que vivía en la residencia y que continuamente iba limpiando los desórdenes de la familia, siempre atrás de ellos como un perro rastrero. También estaba el chico que una vez al mes le hacía el mantenimiento a la pileta y otro, amigo de su padre, que venía cada tanto a restaurar un automóvil clásico que hace tres años dormía en el garaje y que nunca iba a estar completamente terminado. Todos al servicio de la familia, quienes, generosos, le pagaban un sueldo mínimo a causa del cinismo y los delirios de grandeza de su padre.

—Necesito que lleves a Tomás al colegio— El chico asintió— Y después que lo lleves al instituto, hoy tiene clases de inglés.

—Te dije que a la tarde me junto con los chicos, tenemos que empezar el proyecto.

—Bueno, háganlo acá, tráelos a la casa. Que te esperen un ratito, seguro Rosario les trae algo para tomar mientras esperan.

—No podemos, tenemos que ir al bosque, ya te expliqué esto. Además “un ratito” es casi media hora de viaje. No puedo.

—Ah bueno— exclamó— Entonces olvídate de ir en el Jeep, le voy a decir a José que venga y lleve a Tomás. Vos andá a hacer lo que quieras.

El chico le clavó una mirada llena de rabia. En la casa tenían otros dos automóviles más. Estaba claro que su madre quería hacerlo enfadar: siempre lo hacía cuando Sebastián se rehusaba a hacer algo. Pero esta vez se contuvo, principalmente porque enfrentarla no llevaría a nada más que nuevos castigos.

Sebastián no había conocido a sus padres fuera de esa extraña cristalización que los cubría, haciéndolos ajenos al cariño familiar y a todo y convirtiéndolos en autómatas, fríos y descorazonados, preocupados por el poder adquisitivo y el poder-hacer. Tomás había llegado cinco años después y, casi como un fruto tardío, su hermano mayor había hecho todo lo posible para cuidarlo y resguardarlo de convertirse en otra de esas horribles máquinas que tenía como padres. Lo llevaba continuamente a distintos eventos sociales y al campo de deportes público para que este estuviese en contacto con la otra cara de la sociedad, la que él nunca pudo experimentar, principalmente porque su padre había elegido extirparlo de todo esto y colocarlo en un pedestal tan frágil como su moral. Mientras la madre había elegido mandar a Tomás a un instituto privado de inglés, Sebastián había optado por unirlo a un grupo de fútbol de centro de deportes. Incluso era él mismo quien lo llevaba a todas las reuniones que sus los amigos del equipo de su hermano organizaban y sintió un extraño orgullo interno cuando Tomás le confesó, ruborizado y avergonzado, haber probado una cerveza por primera vez. «No le digas a mamá» le había pedido. «No te preocupés, está todo bien. Pero dejá de mandarte cagadas».

Siempre era él quién se interponía entre Tomás y sus padres, recibiendo siempre las peores reprimendas y los más largos sermones. Había sido así por los últimos cinco años, maximizándose cada vez, como una bola de nieve que crece y crece a medida que baja la montaña.

Ahora, frente a los tres abogados y ese enorme oficial oculto tras una densa barba oscura, el deseo de romper todos los documentos que descansaban sobre el escritorio iba aumentando cada vez más. Aún así, sintió la mirada penetrante de su padre a través del espejo y, casi de manera automática, tomó la birome y garabateó su firma en el testimonio.

—Está hecho— Dijo Díaz Moreno, el abogado de la familia, mientras se levantaba con una sonrisa para estrecharle la mano a Rebolloso— Con esto le damos un cierre al asunto.

—Eficacia es hacer las cosas que hay que hacer— Dijo el comisario mientras le daba un apretón de manos— Sebastián, ya podés irte. Un oficial te va a entregar tus pertenencias en la mesa de entrada.

¿Cómo puede vivir una madre sabiendo que su hija está mal? ¿Cómo se le puede negar el derecho a acompañarla? ¿Cómo? La señora Martínez exigía con estas preguntas que le permitiesen pasar a la sala de urgencias, la secretaria de mesa de entrada hacía todo lo posible para calmarla y explicarle cómo funcionaban las cosas. Martínez, aún con el niño en brazos, no se iba a dejar vencer. Dejó a la secretaria a medio hablar y se fue directo a las puertas que comunican con el interior del hospital. Las empujó con fuerza y luego las golpeó, pero estaban cerradas. Y el interruptor de la cerradura magnética estaba del lado de adentro.

—Abrime— Exigió.

—Señora Martínez, por favor…

—¡Abrime! — Gritó— ¡Abrime! ¡Abrime ahora!

Y de repente la mujer empezó a llorar y sus rodillas se rindieron, quedando sentada de espaldas a la puerta. El niño, todavía un infante, la acompañó en llanto y ella hizo todo lo posible para calmarlo. «Ya, ya, ya» decía mientras lo abrazaba para que no le viera el rostro, aún lloroso.

Una mujer salió de algún lugar y se le puso enfrente. Vestía un chal horrible y maltratado por los años y llevaba un extraño maquillaje que rozaba lo escénico: rostro infundido en polvo blanco, los labios marrones y los ojos contorneados con unas gruesas líneas negras. La mujer era mucho más grande de lo que aparentaba, escondiendo los años detrás de una gruesa capa de maquillaje y, con una sonrisa quebrada que le revelaba las marcas de la vejez, le tendió una mano.

—¿Usted es la madre de la chica rubiecita que entró más temprano?

—Sofía. Sí, soy yo— Contestó mientras se secaba las lágrimas con la manga de la camisa. La mujer le tendió un pañuelo que ella agradeció con un gesto de la cabeza— ¿La conoce? — La mujer sonrió.

—No especialmente. Pero estoy aquí por una misión particular… Si me permite…— La mujer le señaló uno de los bancos desocupados de la sala de espera y Martínez accedió.

Por el pasillo, de manera furtiva, apareció Castañeda con Nicolás en la retaguardia. La oficial le hizo una seña con la cabeza para indicarle la puerta que conducía a la sala de emergencias. Nicolás quiso emprender la marcha hacia la secretaria, pero, con un movimiento repentino, quedó frente a frente con la oficial, de espaldas a Martínez. Castañeda, sin entender, volvió a señalar la puerta.

—Justo a mis espaldas está la mamá de Sofía y si me ve me reconocería. La mujer que está con el niño en brazos, Simón. No sé quién es la otra mujer.

—Madame Fauret.

—¿Quién?

—Una adivina. Terminó en la comisaría un par de veces, por calumnia y por estafa. Siempre termina libre porque nunca hay pruebas contundentes en su contra. Seguro le está llenando la cabeza con alguna pavada. ¿Podés escuchar lo que dice?

El chico hizo un esfuerzo para concentrarse en la conversación ajena. Luego negó con la cabeza y comenzó a moverse en dirección a las mujeres, siempre de espaldas. Castañeda lo siguió con pasos cortos, concentrada en el resto de las personas, temerosa de que los descubran.

«Sé que es difícil de entenderlo, pero yo puedo ayudarla»

«No… No sé. A usted no la conozco…»

«Es necesario saber el origen de todo para poder erradicarlo de raíz. No necesito tocarla, ni siquiera acercarme, con que escuche mi voz me basta. Debe escuchar mi voz y reconocerla como guía»

«Es que todo lo que usted me cuenta es tan…Fantástico»

«Lo es. Pero también es real. Y no quiero que sea demasiado tarde»

«¿Y cuánto me va a cobrar?»

«Nada. Esto no es un negocio»

Nicolás quiso reconstruir la conversación, pero Castañeda lo cortó con un movimiento de la mano, ella también había podido escuchar todo. La adivina también conocía toda la historia de los Arrellanes y la había aceptado con una naturalidad increíble. La imagen que Castañeda se había construido de Madame Fauret se destruyó en mil pedazos, como un espejo al que se le avienta una roca, al escucharla negar una paga por sus servicios. La última vez que la había tenido sentada frente a su escritorio fue justamente por cobrarle a una familia una suma importante de dinero por quitarle al hijo menor el mal de ojos, pero el dinero nunca apareció y la familia nunca pudo comprobar que efectivamente le habían entregado el efectivo. Fue en ese día que se le abrió un expediente en la comisaría, no por ese caso en particular si no por la reiteración de incidencias en su nombre y, al pedirle los datos, se sorprendió al saber que rozaba los setenta años. Fauret reconoció la sorpresa en el rostro de la oficial y rio, mostrando unos dientes torcidos y atacados por cajas y cajas de cigarrillos. La mujer cumplía con todas las marcas de una estafadora y no le sorprendía el hecho de que se acerque a la madre de Sofía, una persona en un momento de debilidad, porque así funcionaban los embaucadores, aprovechándose de los inermes y desamparados. Pero la parte en que rechazaba el cobro…

Amanda se levantó de un salto y se posicionó frente a las mujeres del banco de al lado.

— Fauret.

—¡Castañeda! ¡Qué sorpresa encontrarla acá! —Exclamó. La oficial ignoró a la adivina y se dirigió a Martínez.

—¿Está todo bien, señora? Soy policía, estaba a cargo del caso de los Arrellanes— Se corrió un poco la chaqueta, dejando entrever la placa colgada al cinturón.

—Sí… Está todo bien… Ella…

—Verá, Castañeda. Esta mujer necesita de mi ayuda… No… No creo que usted pueda entender en su totalidad lo que sucede, sin ofenderla. Yo puedo tratar de explicarle, si usted quiere, pero…

—¿Es por la maldición sobre su hija?

Las dos mujeres se quedaron impactadas. Por primera vez en años era la adivina quien estaba con la boca abierta, escudriñando el rostro de la oficial, intentando entender si verdaderamente lo creía o si solo intentaba sacarle información.

—Sí— Respondieron casi al unísono.

Castañeda se quedó un momento mirando a Madame Fauret. El profundo delineado le resaltaba los ojos como dos grandes faroles. Eran de un verde musgoso, protegidos por unas finas láminas semitransparentes que en algún momento fueron cataratas, pero que habían sido operadas. Luego la tomó del brazo y le levantó en alto la muñeca, haciendo que un millar de pulseras doradas se trasladen hasta el codo. Se destrabó las esposas del pantalón y le cerró una en el brazo, dejando la otra abierta y colgando.

—¿Es necesario? — Preguntó Fauret.

—Considérelo una advertencia. Ahora, andando.

El grupo se levantó y se dirigió hacia la puerta. Castañeda se acercó a la ventanilla y mostró la placa. La secretaria, sin decir una palabra, accionó el interruptor y las puertas se destrabaron.

A las ocho en punto comenzó a sonar la alarma que Costa había programado en su celular. Se la había pasado en una de las oficinas desocupadas revisando todo el material que tenía sobre el caso de los Arrellanes, ordenando los documentos iniciales y agregando otros nuevos que mandaba a imprimir. La parte más difícil era sin duda la vinculación del asesinato de Miguel con los acontecidos cincuenta años antes. Para demostrar que verdaderamente se trataba de un ciclo, necesitaba al menos una víctima más que lo confirmase, que terrible le resultó la justicia al saber que, para confirmar un hecho, era necesaria otra muerte.

Desactivó la alarma y cerró la computadora, luego salió al pasillo.

Al cruzar la pesada puerta metálica de los calabozos, pasó por la sala de interrogaciones donde alojaban a Sebastián y, con un movimiento delicado, quiso girar el pomo y dejarla abierta, como le había anunciado en la nota horas antes, pero, al intentar alcanzar la cerradura, notó que la puerta ya se encontraba entreabierta.

Sorprendido, trastabilló un poco hacia atrás y empujó la puerta. La habitación estaba completamente vacía, las luces apagadas y las sillas acomodadas, como esperando al próximo sospechoso.

Se volvió hasta el oficial de turno en los calabozos y le preguntó sobre el chico. «Se fue hace rato. Harán unos cuarenta minutos» respondió. «Terminó confesando, Gonzalo, lo deben haber presionado los abogados o algo, pero firmó un testimonio y todo. Fue el otro chico, el que se escapó».

Costa se volvió hasta la sala donde antes había estado Sebastián y revisó la planilla de visitas. El último nombre que figuraba, con la pulcra letra cursiva y un incomparable garabato que empleaba como firma, era el de Rebolloso, el comisario. Costa, en un repentino ataque de furia, golpeó la mesa con el puño y el golpe se replicó en todo el lugar. El oficial al final del pasillo levantó la vista un momento antes de volver a lo suyo.

Como lo había previsto, Rebolloso se las había ingeniado para cerrar el caso, no porque le interese, sino para demostrarle al resto de los oficiales, en especial a Castañeda y a él, la facilidad con la que un profesional puede tratar esos asuntos. Había movido algunos hilos agilizando el tema de los abogados y al cabo de unas horas había conseguido el testimonio de Sebastián, claramente influenciado por la firma, el comisario y la familia. Necesitaba conseguir el testimonio y leerlo para corroborar la veracidad de los hechos porque le resultaba prácticamente imposible aceptar que un chico como Nicolás pudiese generar tanto mal. Las fotos del cuerpo de Miguel, mutilado y destrozado en un salvaje ataque infundido de odio, eran, sobre todo, difícil de adjudicar a ese niño enfermizo que horas antes se las había pasado llorando por sus amigos.

Notó entonces que la punta de la hoja de la planilla había sido doblada de manera abrupta y descuidada y al girarla, se encontró con unos torpes garabatos escritos de manera apresurada en el revés. La palabra «Perdón» encabezaba el mensaje, la lapicera había sido presionada con violencia, dándole cierto relieve a las letras. «Un arbusto a cinco metros del auto. Km. 13»

El mensaje había sido escrito por Sebastián, de eso estaba seguro. El chico claramente sentía culpa por haber terminado acusando a su amigo y su forma de protestar contra el sistema fue revelándole un dato preciso del paradero de una prueba de vital importancia para el caso a Costa. El chico, en su arranque revolucionario, había optado por ayudar al viejo subinspector en la búsqueda de la verdad, después de habérsela negado en varias oportunidades. Aún así, le tomó una fotografía a la página y dejó todo como estaba, después de alizar la hoja lo mejor que pudo para que no levantase más sospechas, porque arrancar la hoja de la planilla y esconderla significaría la apropiación de evidencia policial, siendo la planilla donde figuraban las últimas cinco visitas que había obtenido el sospechoso, razón suficiente para que él termine siendo otro sospechoso más de encubrimiento.

Seguramente Rebolloso ya había encargado la orden de captura de Nicolás y estaría en la oficina llenando los formularios necesarios (O mas bien, encargándole a su secretaria que los llene) para dar el caso por cerrado. Costa caminó apresurado hasta su oficina y entró al mismo tiempo que golpeaba. Rebolloso, todavía sentado en su escritorio, se quitó los anteojos.

—Sabía usted que así no funciona el sistema ¿No? Debe esperar que le de permiso para entrar.

—Es cierto, discúlpeme, Rebolloso— Contestó mientras se sentaba frente a él— Es por el caso: vi que Sebastián no está más en el calabozo.

—Efectivamente, el chico confesó todo. Incluso agregó un vívido testimonio de cómo Nicolás atacaba salvajemente a su amigo.

—Perfecto, me alegro que podamos cerrarlo— mintió.

—Ni de cerca, necesitamos al asesino acá para realizarle un peritaje médico y un test psicológico. Tiene que haber sufrido algún ataque nervioso de alto grado como para realizar semejante acto de odio.

—O puede ser que el testimonio sea falso.

Rebolloso cambió la cara de repente, sumiéndose en su sombría postura de autoridad.

—Costa, una vez tengamos la respuesta de los médicos y el psicólogo, el caso se cierra. Nicolás termina o en la cárcel o en el hospital psiquiátrico, de cualquier manera, encerrado. Le damos paz a la familia de Miguel y al pueblo, que para eso trabajamos.

—Yo pensé que debíamos buscar la verdad.

—La verdad no la buscamos, la reconstruimos.

—Entonces ¿Por qué nadie está revisando el bosque de los Arrellanes?

—Los peritos ya recogieron todas las pruebas posibles la mañana que encontraron a Miguel, no hay nada más.

—Siempre hay algo más.

—¿Me estás insinuando la historia de fantasmas y demonios otra vez? ¿Querés terminar como Castañeda? — El comisario había comenzado a levantar la voz.

—Para nada, solo opino que hay ciertas semejanzas con asesinatos realizados hace cincuenta años en ese mismo lugar. Es imposible que sea el pibe, que debe rondar los veinte. Si tengo razón, esta noche va a haber otra víctima.

—Gonzalo, esto no es un ciclo ni nada por el estilo. Fue un homicidio doloso, nada más.

—Entonces no tenés problema con que me lleve una patrulla a los Arrellanes y lo confirme.

—No, Costa. No me pongás en estas situaciones.

—Con todo el respeto del mundo, Rebolloso, soy el oficial a cargo del caso y tengo todo el derecho de hacer lo que me parezca correcto para revelar la verdad. Y creo que no debemos dejar piedra sin remover.

Por una milésima de segundo, Costa pudo ver como Rebolloso se doblegaba ante sus palabras. Aún manteniendo la postura rígida y jerárquica de siempre, el comisario se tomó un momento para pensar la respuesta.

—Costa, si querés, establece un perímetro de punta a punta en la ruta de cara al bosque. No dejés que nadie entre. Ponele “operativo policial en proceso” o algo así, pero nada más.

Costa se levantó de un salto. Rebolloso volvió a hablar.

—Y solo te podés llevar a los oficiales que accedan por voto propio a acompañarte.

El subinspector asintió mientras se dirigía a la puerta.

—Espero que no arruinés el caso, Costa. Estaba casi cerrado.

Habían pasado unas cuantas horas desde el ataque y los enfermeros habían logrado estabilizarla, pero Sofía podía sentir que en pocos minutos tendría otro más. Era imposible determinarlo, pero aun así ella lo sabía, como algo que se rebate dentro de uno mismo pidiendo a gritos salir, desgarrando paso a paso su camino al exterior. Había comenzado a llorar y, tomada de la mano de su padre, le pedía que por favor no la dejase sola. Dos enfermeros aparecieron por el pasillo cuando comenzaron los gritos y por el altavoz pasaron el nombre de un doctor, a quien solicitaban con urgencia. Guiados por el desvariado sollozo, la adivina encabezó la marcha en dirección a Sofía y, minutos más tarde, entraban de golpe en la habitación.

«No pueden estar aquí» sentenciaba una de las enfermeras. Castañeda mostró la placa y aún así la enfermera les negaba el paso. «Es una situación muy delicada, los familiares deben esperar afuera»

Mientras tanto a Sofía se le había comenzado a nublar la vista. Poco a poco las personas a su alrededor iban perdiendo la forma y las figuras, ahora monstruosas y desfiguradas, parecían acecharla desde cerca, sin tocarla. También los sonidos se distorsionaron, convirtiendo la sala en un auténtico circo de fenómenos. De repente llegaron unos susurros, voces que iban y venían como fantasmas, como ecos de un pasado arcaico que le imploraban la liberación. Entonces se soltó una mano y se clavó las uñas en el brazo, lastimándose.

Los enfermeros intentaban mantenerla rígida, pero la chica se rebatía y sacudía con una destreza ajena a ella misma. Con un golpe sordo, una enfermera cayó desmayada cerca de la puerta, justo cuando entraba el doctor.

—Está teniendo otro brote— Anunció uno de los enfermeros.

—¡Me están quemando! — Gritaba Sofía— ¡Mi piel! ¡Me quemo! ¡Sueltenme! ¡Me quemo!

Pero por miedo a que vuelva a autoinfligirse daño, nadie la soltó. De repente, todos aquellos que sostenían a la muchacha empezaron a sentir cómo la piel de la joven comenzaba a levantar temperatura, como si estuviese hirviendo desde dentro hacia afuera.

—Sofía, escuchame a mí— Empezó Madame Fauret desde la puerta y sobre el hombro de un guardia— ¿Qué estás viendo? ¿Qué tenés en frente?

Sofía sentía la voz de la mujer muy lejana, pero aún así reconfortante. Entre tantos gritos y figuras difusas, entre tanto caos, esa voz era lo único que la arrastraba otra vez a la tierra. Por miedo a perderse, intentó enfocar la vista. Los enfermeros vieron como la chica mantenía los fríos ojos cristalizados en un punto más allá del cielorraso blanco de la habitación, haciendo lo imposible por no pestañar.

Primero fueron unas líneas ondulantes que poco a poco se fueron quebrando hasta perder el dinamismo anterior, y de unas nacieron otras interminablemente, acompañadas por un extraño pero familiar siseo. Luego apareció una mancha pequeña y oscura, como una gota de tinta en un papel.

—¡Ramas! ¡Arboles! — Gritó.

La mancha comenzó a tomar una forma humanoide, pero todavía lejos de cualquier ser humano, como una de esas extrañas alimañas que habitan el fondo marino, esperando ser descubiertas. Y volvieron los extraños susurros del principio, ecos perdidos en la historia, murmullos de otro tiempo, de otro lugar.

—¡Está acá! ¡No! ¡Ayúdenme! ¡Está acá!

Su piel empezó a abrirse en algunos puntos, como una herida que supura lo que no quiere dentro, rasgándose como un papel y dejando a la vista unas extrañas quemaduras nacidas en su interior.

Otro de los enfermeros, uno más alto y robusto que había asistido a la enfermera desmayada, ahora miraba toda la escena desde la puerta, con un crucifijo plástico bien apretado entre las manos.

—Esa chica tiene algo dentro, hay que llamar un cura— Dijo antes de persignarse.

—No es un demonio, es un trastorno disociativo— Arriesgó el médico— traigan la camilla con hebillas.

—Señor, mírele estas heridas… No son normales— Expuso una enfermera con barbijo y lentes anchos.

—Hagan lo que digo— Sentenció entonces el doctor, mientras inyectaba algo en el suero.

Fauret logró entrar en la habitación a empujones y cuando el guardia quiso detenerla, Castañeda se interpuso, dejándole el camino libre. La anciana del chal con arabescos y las pulseras anchas se acercó a los pies de la cama, pero no se atrevió a tocar a la chica.

—Sabemos que está ahí con vos. Lo sabemos todo. Sofía, queremos ayudarte.

—¡No! — Bramó con una voz más grave— ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No!

—¡Mírala! ¡Decime donde está! ¿Dónde la ves?

Sofía siguió negando y retorciéndose como un animal herido, trasladando los ojos de un punto a otro de la habitación sin reparar en todos los presentes. La extraña figura negra que sólo ella podía ver parecía no estar dispuesta a moverse, pero todavía se sacudía, en una planicie clara e incolora.

—¡No sé!

—¡Mirá con detenimiento, Sofía! — Siguió la adivina— No la mirés a ella, mirá alrededor. ¿Qué hay?

Pero no había nada, era como una inmensidad de absolutamente nada. Los árboles se habían perdido para dar lugar a la figura y ahora no había ni un suelo donde pararse ni un cielo sobre sus cabezas. Entonces la figura intentó levantarse y recién ahí pudo definir la forma de una mujer, todavía muy lejana para verla con detalle. Parecía carecer de un peso corporal y su cuerpo se elevó de una manera fantástica, como tirada por unos hilos imaginarios hacia arriba. Y entonces Sofía comenzó a sentir que se asfixiaba.

—¡Doctor! ¡Se está ahogando!

—¡Ponele la máscara!

La chica palideció, pero logró estabilizarse. Sus ojos se entrecerraron un poco y su mente pudo desprenderse y navegar en esa pesadilla recurrente con toda libertad.

Sofía avanzó hacia la mujer con cuidado, todo seguía igual de blanco e impoluto, pero el cuerpo iba aumentando en tamaño y detalle, indicando que efectivamente estaba cada vez más cerca. Era la misma mujer que había visto en el bosque la primera vez, la que habían perseguido y maltratado. A la que llamaban bruja.

La mujer estaba a unos cuantos metros más arriba que ella, todavía vistiendo ese descuidado vestido de algodón que ahora se le pegaba a la piel y le tapaba la cara. Entonces vió la soga que llevaba en el pie. La mujer no se resistía a ser elevada por esos hilos imaginarios, se estaba resistiendo al peso que la arrastraba hacia abajo, a ese pesado bloque de cemento que la condenaba y la hundía, cada vez más, en ese olvidado lodazal.

Sofía, ya debajo de la mujer, comenzó a tirar de la gruesa soga de marinero que mantenía a la mujer unos metros por encima de ella. Tironeó con todas sus fuerzas e intentó cortarla, sin éxito. En la desesperación también probó desatarla de los bloques de cemento, pero no tenía ni la fuerza ni el tiempo para manipularlos. Y la mujer cesó de moverse.

Sofia quiso gritar, pero ninguna palabra salía de su boca. Miró hacia arriba con ansiedad y vió el cuerpo de la mujer vencido, completamente inerte. Sus nimios intentos de llamarla eran en vano, por lo que comenzó a tirar de la soga para acercar el cuerpo. Con cada tirón, la mujer estaba más cerca. Volvió a ver el extraño puntillismo de los bordes del vestido, los pies lastimados, el largo cabello enmarañado y sucio, el rostro todavía cubierto por la tela del vestido.

Y cuando por fin pudo tomarla de la pierna, la tela del rostro se corrió, revelando el rostro podrido y desfigurado de alguien que había pasado una eternidad bajo el agua.

Sofía despertó con un grito desgarrado que le lastimó la garganta y se encontró rodeada de personas. Intentó moverse, pero se encontró con todos sus miembros amarrados a la camilla por gruesas hebillas metálicas y correas de cuero. Escudriñó con la vista a todos los presentes y se detuvo en esa extraña mujer que no había visto en su vida, en Madame Fauret.

—En lo más profundo del lago de los Arrellanes— Anunció entonces— Su cuerpo está atado a unos bloques de cemento que la mantienen hundida.

Hace unos minutos la noche había cubierto con su manto oscuro toda la ruta que une San Fernando con Santa Ana, de punta a punta. A las espaldas de Costa se erguía el antiguo bosque de los Arrellanes, con sus altos árboles como centinelas naturales, guardianes de los más terribles crímenes. Algunos policías establecían el perímetro mediante cintas policiales y si uno se paraba en la ruta vacía, podía apreciar el juego de luces azules de los móviles policiales al costado del camino, separados por unos cuantos cientos de metros. Costa había sido uno de los primeros en aparcar, justo después de la curva donde la policía había encontrado el automóvil de Miguel.

Al acercarse notó las marcas en el césped donde antes el auto lo había aplastado y se agachó a inspeccionar la zona. Criminalística había inspeccionado el automóvil antes de moverlo del lugar y después, en uno de los centros de automóviles sustraídos. No habían encontrado demasiado, salvo marcas en los asientos y pruebas superfluas que confirmaban que los chicos efectivamente habían estado juntos. Siguió el rastro hasta el borde de la ruta y se encontró con el pequeño cartel blanco que anunciaba el “Km. 13”, tal como Sebastián lo había inferido. Se volvió y se puso a buscar con la linterna el lugar que le había indicado en el reverso de la planilla de la comisaría.

—Oficial ¿Está todo bien? — Preguntó uno de los uniformados que había venido con él en el móvil.

—Sí, no se preocupe— Respondió enderezándose— Es que hay algo en el caso que no me cierra, y pensé que podría haber algo que no vimos. Pasa siempre.

—Pero todo esto ya lo revisaron los de criminalística.

—Ya sé, pero no tengo otra cosa que hacer. ¿No me querés ayudar?

El otro oficial prendió la interna y se puso a buscar con él. Cada tanto intercambiaban alguna impresión del caso, pero nada más. El otro oficial era nuevo en el cuerpo y no habían formado muy buena relación, principalmente porque no estaba mucho en la comisaría; la mayoría del tiempo estaba patrullando San Fernando en uno de los móviles o en las bicicletas. Era joven, no podía tener más de veinticinco años y ahí, bajo la tenue iluminación de las linternas, su rostro parecía como de cera, virtuoso y dotado de hermosura.

La tierra estaba seca y, bajando la banquina, cubierta con unos altos yuyos amarillos que casi le llegaban a Costa a la cintura. Al internarse en él, se le cruzó la tonta idea de ser mordido por alguna víbora o una araña gigantesca, luego la disipó al volver a pensar en Miguel, a quién últimamente no podía sacarse de la cabeza. Entonces recordó la conversación que había tenido el día anterior en el departamento de Silva, donde el propietario propuso que Miguel había sido atacado por un animal salvaje, quizás afectado por la rabia. Si había víboras y arañas en la entrada, las posibilidades de que algún animal viva en las profundidades del bosque, algún mamífero con zarpas quizás, no parecía una idea disparatada. Después, mientras seguía el haz de luz con la mirada, pensó en la carencia de iluminación y en lo oscuro que debía de estar allí adentro. Los chicos, en un arranque de adrenalina y durante el fulgor del ataque, podrían haber visto cualquier cosa, incluso imaginarse cualquier cosa que verdaderamente no habían pasado.

—A mi tío una vez lo atacó un coyote— Dijo el otro, casi adivinando sus pensamientos.

No quiso alumbrarlo con la linterna por lo que, al mirarlo, solo percibía el contorno del chico bajo la luz de la luna y algún brillo ocasional de la placa, del cinturón o de la pistola reglamentaria. El chico siguió hablando.

—Se le prendió a la pierna y casi le arranca el gemelo, se lo dejó colgando. Después, en el hospital, casi se la tienen que amputar hasta la rodilla. El bicho tenía alguna enfermedad o algo que le afectó la pierna y se le puso toda dura, como una piedra.

—Espero que no nos ataque ningún coyote a nosotros, entonces.

—¡Ah! ¡No! No fue acá. Fue en el Cañón del Tuerto. Acá no sé si hay coyotes. Se lo comentaba porque me imaginé siendo atacado por algo acá en el bosque. No se ve una mierd…— Carraspeó— Perdón, no se ve nada.

Mientras escuchaba el relato, Costa alumbraba indiferentemente a sus piernas, siguiendo el rastro de un grupo de hormigas que trabajaban incluso en la oscuridad de la noche, trazando una línea irregular que se perdía en los matorrales. Se volvió y contó con largos pasos cinco metros desde las marcas dejadas por el automóvil de Miguel. El otro oficial se le quedó mirando, sin decir nada. Luego alzó la vista y describió con la mirada el rango que su búsqueda abarcaba alrededor de las marcas. Una parte era tragada por el cemento de la ruta y, por cuestiones lógicas, centró su mirada en la parte opuesta, dentro de los altos matorrales donde había estado antes.

No tardó demasiado en encontrarla. Se puso de cuclillas bajo un alto arbusto de finas y largas ramas puntiagudas. Al alumbrar había notado una irregularidad en el terreno, como si hubiese sido revuelto, pero difícil de verlo si uno no se agachaba cerca. Arañándose la cara y las manos, metió los brazos y maldijo con cada movimiento. Al remover un poco la tierra, la correa roja de la cámara fue descubierta.

—Costa, un automóvil rojo se frenó más adelante. Creo que es Castañeda— Comentó el oficial mientras observaba ambas escenas al mismo tiempo.

—¿Qué?

—Que llegó Castañeda.

—¡La puta que lo parió! ¿Qué hace acá? — Se enderezó, el oficial levantó los hombros— Mirá, traé uno de los banderines amarillos y clavalo acá. Después llamá a criminalística, no toqués nada, pero encontré algo enterrado.

—¿Cómo lo supo?

—Después le explico, cabo. Ahora tengo otras cosas que hacer.

Y, después de veinte años, comenzó a correr.

El automóvil quedó en la banquina con una rueda sobre la ruta y las balizas encendidas. Lo habían planeado durante el viaje, se bajarían en el punto que Nicolás había elegido, justo después de la curva, donde se había detenido con sus amigos. El plan tuvo un giro rotundo cuando notaron los cortes policiales y se encontraron con tres oficiales, entre ellos Costa, en el lugar previsto. Castañeda gritó algo que Nicolás no entendió, pero al verla clavar los frenos y prácticamente saltar del automóvil, el chico hizo lo mismo. Comenzaron a correr y se internaron en el bosque, perseguidos por un grupo de policías.

Uno de los uniformados, mientras corría, comenzó a comunicarse con la base para informar lo que estaba sucediendo. Costa se le acercó por atrás y lo agarró del hombro.

—¿Qué haces, pelotudo? Es Castañeda.

—Ah ¿Es Castañeda? — Dijo atónito y apagó la radio que le colgaba cerca del hombre— Pero le pedimos que se detenga y no lo hizo.

—Es porque está persiguiendo al pibe que se escapó ¿No viste? A Nicolás— Dijo en forma de pretexto.

—Pero si venían en el mismo auto.

—Que se yo, por ahora no llamés, no sabemos bien que está pasando. ¿Qué vas a decir?

—Eh…

—Volvé a la ruta. Yo me encargo desde acá, que se hayan metido es culpa tuya; sea Castañeda o el presidente, nadie puede entrar al bosque y vos dejaste que pasaran.

—No, es que…

—Andá, dale, no me hagás calentar.

Y el otro, todavía confundido, se giró de golpe y volvió al corte.

Costa comenzó a correr balanceando el haz de luz de la linterna, internándose cada vez más en la oscuridad que las ramas intrincadas sobre su cabeza generaban, cubriendo prácticamente toda la luz de la luna. «¡Amanda!» gritaba y su voz se extendía hasta perderse más adelante. «¡Amanda!».

La oficial corría mientras sostenía la linterna frente a ella para no tropezar y con la otra mano sobre la pistola reglamentaria. Le había pedido encarecidamente a Nicolás que no se separe de ella y era lo primero que había hecho. En vano había pronunciado su nombre algunas veces con la esperanza de que el chico vuelva, pero no había caso, se habían separado desde el primer momento. Podía escuchar la voz de su antiguo compañero, el subinspector, más atrás, casi como un susurro, pero había decidido ignorarlo. Tenía que llegar al lago a toda costa, tenía que terminar con aquello que llevaba latente en San Fernando hace tantos años pero que habían decidido ignorar.

En un momento le pareció ver la forma de Nicolás corriendo a su derecha, pero al alumbrar, no había nadie. «Me estoy volviendo loca» pensó mientras se secaba el sudor de la frente. Al chico, un poco más adelante, le había pasado lo mismo, solo que lo que él había visto era real.

Medio a ciegas, el chico había comenzado a correr en dirección al lago como habían previsto, pero en un momento de la carrera se comenzó a sentir observado, con una sensación helada que le subía por la espina dorsal. No quería girarse por miedo a que podía encontrar y, consciente de lo que estaba enfrentando, siguió adelante. Pensó en Sofía y en todo lo que había vivido y una extraña dosis de adrenalina lo impulsó a seguir. Cada tanto gritaba el apellido de su compañera, Castañeda, con la esperanza de encontrarla o al menos ver la luz que su linterna generaba entre los árboles, pero no parecía funcionar. Y cuando sus zapatillas deportivas se vieron embarradas en el espeso lodo del pantano, vio aquello que tanto temía. Arrastrándose fuera del lago, como una aparición de esas que salen en los videos de internet, la figura se sacudía. Sin cometer el mismo error que la primera vez, se desvió a la izquierda sin quitarle los ojos de encima, pero en un momento su pie derecho se enterró hasta el tobillo y cayó de bruces.

Castañeda escuchó un grito un poco más adelante y se dirigió hacia ese punto. Sintió como la suela de sus botas se humedecía y confirmó así que iba por el camino correcto; de camino al bosque, Nicolás le había descrito la misma secuencia que Sofía un día antes, con la misma calidad de detalles. El piso húmedo significa que estaba entrando en el pantano.

—¡Policía! — Gritó la mujer mientras apuntaba con el arma extendida— ¡Deténgase!

Nicolás estaba en el piso, arrastrándose de espaldas, con los codos clavados en el barro y la bruja unos metros más atrás; lo había agarrado por la pierna y lo había derribado. El chico la pateó en el rostro y logró soltarse. Ahí estaba, frente a ella, por primera vez, tan nítida y horrible como se la habían descrito.

La bruja, un poco encorvada, parecía no haber escuchado a Castañeda. A la luz de la linterna parecía estar desnuda y cubierta de suciedad. No podía verle el rostro, pero sí el matorral de pelo largo hasta la cintura, húmedo y podrido, como la poca piel que todavía le quedaba. Las manos eran largas y los dedos terminaban en puntas, quizás por las uñas, simulando unas horripilantes zarpas resquebrajadas. Castañeda no lo pensó dos veces. Disparó una vez. Luego otra y otra.

La adivina, Madame Fauret, apareció manejando la pesada caravana que usaba como hogar y que no había movido del campamento gitano en los últimos quince años. Tocaba una ronca bocina que podía escucharse de punta a punta de la ruta y llevaba varias luces navideñas encendidas colgando del techo y entre las ventanas. Puso las balizas y se tiró a la banquina antes del corte policial. Algunos oficiales se acercaron a la ventanilla, pero la mujer ya no estaba en el asiento del conductor. Uno de los policías dio la vuelta y golpeó la puerta metálica. Una anticuada cortinita con frutas no dejaba ver el interior desde afuera. El oficial le hizo una seña al resto para que rodeen el vehículo y volvió a insistir. En eso apareció Rebolloso caminando por el costado de la ruta, llevaba una chaqueta de una tela sintética que no le cerraba completamente al frente y unas largas botas hasta la pantorrilla. En la comisaría había escuchado el comienzo del parte informativo del oficial que Costa había frenado y, ante la duda, decidió corroborar por él mismo la información incompleta.

—¡Policía de San Fernando! — Anunció mientras corría al primer oficial y se posicionaba al frente— Salga del vehículo inmediatamente.

La puerta se abrió despacio, pero, por el peso, describió un arco violento antes de estrellarse contra el costado de la caravana. Uno de los oficiales trastabilló hacia atrás para no se golpeado y cayó sobre Rebolloso, que se lo quitó de encima de un empujón. Madame Fauret bajó con el cuidado de una señora mayor, cerrándose el chal al frente. Los cuatro oficiales la miraron de arriba abajo.

—Buenas noches, oficial.

—¿Qué hace acá, señora? ¿Por qué las luces y los bocinazos? — Le interrogó el comisario.

—Disculpe, no le oigo bien, ¿puede repetir eso?

—¿Por qué las bocinas, señora?

—Ah, debo haberme quedado dormida al volante, me pasa seguido, entenderá que soy una mujer mayor y…

Enmudeció de repente. Se tiró al suelo y puso la mano en la tierra, luego comenzó a masajearla. Tenía la vista clavada detrás de los oficiales, ignorándolos.

—Ha comenzado.

—Señora, por favor, deje de comportarse así. ¿Ha estado tomando algo? —Preguntó Rebolloso.

—No entienden. Ha comenzado. ¡No! ¡La bruja ha despertado!

A los otros oficiales se les puso la piel de gallina. Se sintieron inmediatamente incómodos, pero el comisario se rehusó a caer en las falacias de la mujer. Cansado de todo el circo que había tenido que vivir esos últimos días en la comisaría, pensó en esposarla y subirla al móvil policial, pero eso sería difícil de explicar más adelante y se contuvo.

—¡No existe tal bruja, señora!

—Creo que hace referencia a la del caso de los Arrellanes, señor. — Dijo tímidamente uno detrás.

—¡Cállese usted también! — Dijo, girándose— ¡Tienen prohibido siquiera hablar de eso! ¡No existe tal cosa como la bruja de los Arrellanes! — Estaba furioso— ¡No existe la magia ni las maldiciones ni nada por el estilo! ¡No me hagan suspenderlos!

—¿Qué no existe la magia, dice? — Comentó la adivina.

Con un movimiento rápido y con la destreza de una acróbata, la mujer se pasó el chal por encima de los hombros y los sacudió frente a los policías antes de soltarlo en el aire. El comisario vio como éste describía ondas en el aire, flotando con gracia, antes de caer al suelo. Madame Fauret ya no estaba. Solo la caravana, aún encendida, se mantenía inalterable frente a los hombres. Y entonces escucharon los tres disparos dentro del bosque.

—¡Policía! ¡Dejá el arma en el piso y levantá las manos! — Gritó Costa, que acaba de llegar. El arma le temblaba entre las manos. Sintió enojo y un dolor terrible por tener que hacer eso— No me hagás repetirlo.

Castañeda levantó las manos con el arma en alto, todavía de espaldas.

—¿Costa? La bruja…

El subinspector dirigió la mirada al punto donde Castañeda señalaba. Nicolás se estaba reincorporando, tenía todo el pantalón roto y sucio y las piernas arañadas. Pero no había nadie más que ellos.

—¡Vos también! ¡Levantá las manos! — El chico obedeció— ¿Por qué me haces esto, Castañeda? ¿Qué haces acá?

—La bruja recién estuvo acá, atacó a Nicolás, yo la vi.

—No hay nadie ahora, contéstame.

La chica quiso girarse, pero Costa se lo prohibió. Nicolás todavía respiraba entrecortadamente y ahora miraba de lado a lado, como paranoico, rogando para sus adentros que todo eso terminase pronto.

—Vine a terminar con lo que ustedes no pueden. Hablé con Sofía en el hospital, los chicos tienen razón. La bruja existe.

—Castañeda…

—Pero si vos también sabés que es verdad, ¿Qué te pasa? ¿Rebolloso te llenó la cabeza?

—¡Oficial! — Gritó Nicolás y señaló un punto a sus espaldas.

Mientras hablaban, una mancha oscura y espesa de barro se había comenzado a formar a sus espaldas. Portando el estandarte de la muerte, la bruja se había comenzado a alzar como un laúd de barro, formándose de las entrañas de la tierra. Costa sintió el hedor putrefacto que la criatura expedía, pero antes siquiera de poder entender lo que estaba pasando, la bruja le clavó la zarpa en medio de la espalda, destrozándole los órganos y cruzando el cuerpo con la facilidad de una aguja, asomando la punta de la garra por el frente. El cuerpo cayó con un estruendo. Amanda se giró y soltó un grito cuando reconoció a su amigo, su compañero, abandonado a su suerte. La bruja lo estaba observando retorcerse con la curiosidad con la que un hombre mira un animal desconocido.

Gritando, Amanda le descargó el cargador en la cabeza. La bruja chilló y se hundió en el barro, perdiéndose. La oficial se encontró llorando, sin poder contenerlo, mientras su pecho se contraía en espasmos entrecortados. Se arrodilló junto a Costa y le levantó la cabeza, tenía la boca llena de sangre y la miraba con el mismo cariño con el que un padre mira a su hija. Cada tanto se ahogaba y escupía sangre. Nicolás había llegado y ahora le presionaba la herida con ambas manos, pero era en vano, se estaba desangrando por la espalda también.

—¿Por qué viniste, Gonzalo? — Preguntaba entre sollozos— ¿Por qué?

El subinspector levantó la mano derecha, pálida y trémula, y se la colocó en la mejilla a la chica. Estaba helado. La chica lo tomó con ambas manos y lo besó en la frente. Luego vio el haz de linternas y supo que era el resto de las fuerzas policiales. Nicolás se giró y entendió al instante.

—Yo no puedo hacerlo, no puedo— Dijo el chico, tenía los ojos humedecidos— Pero andá vos, yo me quedo con él— Luego miró al subinspector— Yo me quedo con usted ¿Sabe? Lo protegeré, sí. Sí. Acá estoy.

Amanda, sin decir ni una palabra, se levantó y corrió en dirección al lago. Cuando llegó Rebolloso y el resto de los policías, la chica ya no estaba, se encontraba hundiéndose, con cada brazada, en las profundidades del lago de los Arrellanes.

El comisario levantó el arma y apuntó a Nicolás. El chico no levantó las manos, no quería dejar de presionar la herida. «Llamen a una ambulancia» gritó «Se está muriendo, llamen a una ambulancia». Uno de los policías detrás de Rebolloso encendió la radio y pronunció las palabras, seguidas de un código numérico. Rebolloso insistió en que Nicolás levantase las manos, pero el chico se rehusó, le dijo que si las sacaba el policía se moría y el comisario, enojado, les hizo una seña al resto para que lo rodearan. Después preguntó por Castañeda y el otro señaló el lago. Los oficiales, sin entender, miraron instintivamente cómo el agua se tragaba porciones de tierra.

En un principio la oficial no podía ver demasiado, después sus alrededores comenzaron a aclararse con una fosforescencia extraña, proveniente del mismo lago. A sus alrededores, los pequeños peces huían con rapidez con cada brazada de la chica. La presión comenzó a hacerle doler los oídos y en un momento sintió que no iba a poder mucho más.

Entonces apareció una mujer nadando a su lado, moviéndose con elegancia y destreza, como una sirena, pero con piernas humanas. La mujer, que no había visto en su vida, le sonreía y la invitaba a seguir con las manos. Amanda comenzó a detenerse porque sus músculos, entumecidos, se rehusaban a seguir. Entonces la mujer pareció enojarse. El rostro se le desfiguró y la mandíbula pareció descolocarse. Los ojos se inyectaron en sangre y soltó un grito, luego se acercó y la arañó con violencia, dejándole una marca profunda en el rostro. Amanda hizo una mueca e intentó alejarse, vio como la sangre que emanaba se disolvía en el agua del lago, como una nube roja que desaparecía. Entonces la mujer nadó hacia su izquierda y cuando Amanda giró la cabeza, la otra había vuelto a ser la misma, con el mismo rostro delicado y la misma tonta sonrisa. Le hizo señas para que siguiese y luego señaló un punto más abajo. Amanda había comenzado a ahogarse y dejó escapar algunas burbujas de oxígeno cuando sus pulmones se contrajeron.

La mujer se acercó a ella y la tomó de la mano y comenzó a arrastrarla. Amanda estaba perdiendo la conciencia debido a la falta de oxígeno en el cerebro y la presión del agua. La mujer se movía con habilidad entre las algas marinas y llegaron al fondo.

Detrás de unas rocas enmohecidas y cubierto por algas marinas y costras de suciedad, un esqueleto poroso y arruinado se encontraba enganchado a unos bloques de cemento. La soga que le impedía salir a flote parecía no haberse dañado con el pasar de los años, como parte de aquel maleficio que obligaba al dueño de ese esqueleto vivir un infierno.

Amanda pensó que no llegaría. Dio una brazada y luego otra, pero parecía estar alejándose cada vez. La mujer ya no estaba para ayudarla y ella estaba a punto de ahogarse. De repente empezó a tragar agua y sus ojos se cerraron. Era el fin, se estaba muriendo.

Los dedos de su mano, con la gracia de un músico, se cerraron en el fémur del esqueleto, justo encima de la rodilla y de la soga que aprisionaba la tibia con fuerza. Cuando finalmente perdió la conciencia, su cuerpo ya se encontraba elevándose, con cada uno de los músculos de cuerpo rendidos, salvo su brazo, que todavía sostenía con fuerza aquel horrible esqueleto de mujer.

El cuerpo de la oficial Castañeda salió a flote dos minutos después y a su lado apareció el esqueleto humano que aterrorizó a los oficiales que se habían acercado. Cuando la llevaron a la costa, estaba muerta. Había muerto en el momento en que su mano se cerró en el hueso y extirpó aquel esqueleto de las profundidades del lago. Silva apareció agitado a su lado, corrió a los otros oficiales y comenzó a practicarle reanimación cardiopulmonar. No había tiempo de esperar una ambulancia.

«Uno, dos, tres.»

«Vamos Castañeda.»

«Uno, dos, tres.»

No la iba a dejar ir tan fácil.

«Uno, dos, tres.»

«Por favor»

«Uno, dos, tres.»


FIN.

Fin de la tercera parte. Final. “El llamado de la bruja” de la narración “La bruja de los Arrellanes”

Ruy Hanmse

31/12/2018

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