Grandes, grandes personas

Cuento/Narración


“It is not the strongest of the species that survive, nor the most intelligent, but the one most responsive to change.” — Charles Darwin


 

Cuando apareció la primera ni siquiera alertaron a la policía. El evento fue de tal magnitud que el pueblo entero quedó anonadado, sobre todo aquellos con las módicas casas frente a la costa. Fue alrededor de las cuatro de la mañana que se levantó la marea y trajo consigo a la mujer y no fue hasta eso de las siete que Marcos la encontró (Más o menos, imposible de calcular con exactitud porque había salido a correr y la senda de la costa era parte de su recorrido habitual).

Marcos entraba a trabajar a las nueve. Se levantaba a eso de las seis de la mañana cosa de correr una hora, volver a su casa, bañarse y descansar un ratito antes de entrar. La senda de la costa la dejaba para el final del recorrido porque le gustaba ver el amanecer en Santa Ana. El sol se alzaba al final del espejo de agua e iba inundando todo con unos espesos rayos colorados. La arena tomaba un tinte rosáceo y las ventanas de las casas al otro lado de la calle brillaban un momento, como despertándose, antes de volver a la nimiedad habitual.

Por eso tardó tanto en advertirla. Concentrado en la marcha y en la respiración, no quitó los ojos de la senda hasta que los rayos dorados le golpearon el rabillo del ojo. Miró instintivamente a la derecha y recorrió la playa con la mirada. Allí estaba. Doscientos metros más adelante, desnuda, helada.

El padre de Cruz había encendido el televisor y sintonizado el noticiero local mientras tomaba una gran taza de café expreso. Pensó en comprar un ejemplar del diario en el puestito de revistas a una cuadra de las oficinas, pero después miró el reloj y casi se vuelca el café en el traje. «Me voy» soltó con prisa mientras recorría a grandes zancadas la sala de estar y agarraba la maleta que descansaba en el sillón. La mujer le dio un beso y éste salió a la calle. Cruz estaba en el pórtico tomando chocolate con leche en una taza azul. A la pasada, el padre le sacudió los mechones negros aún sin peinar a su hija y se subió al coche.

Esa mañana Cruz había estado observando, con sus ojos infantiles, una anomalía en la rutina de los adultos. Paciente y enmudecida, como un crítico profesional, notó cómo la gente se desplazaba con una celeridad poco habitual. Intentó entender el origen y lo atribuyó al café matutino de los adultos ya que en el jardín le habían dicho que contiene cafenina y la cafenina te da mucha energía para trabajar.

«Corredores» pensó entonces. Había visto pasar al menos siete en treinta minutos, cuando lo habitual no era más de cinco en toda la mañana. Algunos ni siquiera vestían atuendos de deporte. Es más, había visto a uno correr con un traje de médico. Todos hacia la izquierda, siempre hacia la izquierda.

Cruz dejó la taza a un lado y se separó de los escalones de la entrada. Olvidando completamente la advertencia de sus padres, se acercó a la calle para ver mejor. Alma, su madre, que la vigilaba desde el ventanal de la sala mientras leía un libro, en cuanto vio que Cruz salía a la calle se levantó de un salto.

«¡Cruz!» gritó alarmada y la chica se giró. La miró con extrañeza y luego volvió la vista hacia la playa. «Má, ¿Quiénes son las grandes, grandes personas?».

Una hora antes Marcos había estado recorriendo la playa alrededor de la mujer. Sacó el celular y en lugar de llamar a la policía, le envió un mensaje de texto a su novio que a esa hora debería de estar levantándose. Luego se alejó unos cincuenta metros y le tomó una fotografía. Era inmensa. Medía al menos unos diez metros de largo y su tez era demasiado blanca. Tenía el pelo enmarañado, lleno de algas y residuos marinos. No se animó a tocarla, pero se acercó lo más que pudo y notó como la arena se le había pegado a la piel.

«¿Quién es?» preguntó alguien detrás que lo tomó desprevenido. Se reincorporó de golpe y se giró para encontrarse con una mujer que no había visto en su vida. Vestía un saco de lana y un pantalón de pijama. «No sé» contestó Marcos. «Vivo enfrente» comentó entonces la otra «La vi más temprano por la ventana de la cocina, pero no me atreví a acercarme; ¿Está… Muerta?»

Marcos recorrió los alrededores de la cabeza y saltó un par de veces para verle el rostro. Tenía los ojos cerrados y los labios casi del mismo color que la piel. Su rostro describía unos perfiles poco pronunciados y su nariz era pequeña y delicada. Luego miró un momento su pecho para ver si se movía, producto de la más leve respiración, pero no hubo caso.

«No se mueve» Dijo el chico «¿Crees que debería… comprobar si respira?» «¿Cómo?» lo increpó la mujer. «Puedo subirme por el brazo hasta su rostro y ver si le sale aire de la nariz o de la boca» propuso. La cara de la mujer del saco de lana se transformó, disgustada, pero terminó por asentir con la cabeza. Luego se acercó a Marcos y lo ayudó a mantener el equilibrio mientras éste recorría a gatas el enorme brazo desnudo. Con cuidado llegó hasta el codo y recién ahí pudo pararse. Las zapatillas comenzaron a dejar unas huellas de barro sobre la piel impoluta. Llegó al hombro y de ahí a la cabeza. Primero le puso una mano en el orificio de la nariz y no sintió nada. Luego intentó abrirle la boca, pero no tuvo éxito. Se sentó en la barbilla y levantó los hombros en dirección a la otra que lo miraba desde abajo.

«Llamemos a la policía» propuso Marcos. «¿Estás seguro? Con ellos vendrán las cámaras, la radio, los diarios y todo eso. Somos un pueblo tranquilo, nunca pasa nada, no sé si estaría bueno que llamemos tanto la atención» Comentó la mujer. «¿Qué podemos hacer entonces? Está muerta». «No sé, esconderla».

Marcos bajó y evaluó la situación. Por un momento el pensamiento fugaz de desmembrarla se le cruzó por la cabeza, pero le dio escalofríos de solo pensarlo. Luego pensó en cubrirla con algo o amarrarla con sogas y devolverla al mar. Todas posibilidades con un grado de éxito casi nulo.

«Tengo una idea, llamamos a protección animal y les decimos que se encalló una ballena» propuso Marcos. «Es un varamiento. Las ballenas varan, los barcos encallan» le corrigió la mujer y luego de evaluar rápidamente las posibilidades, sacó su celular y puso en marcha el plan del joven. A raíz de la denuncia, Marcos se enteró que la mujer se llamaba Miriam. Le resultó gracioso lo paradójico de la situación: había descubierto un cuerpo y discutido las posibilidades de hacerlo desaparecer con una mujer a quien le desconocía hasta el nombre.

Luego llegaron dos personas más y luego otro. Unos se dedicaron a observar a la titánica mujer desde todos los ángulos y otros simplemente se sentaron en la arena a esperar.

«Las grandes personas son las que tienen buenos valores; las que son amables, simpáticas, compañeras, esas» Le respondió Alma, las dos habían entrado a la casa y ahora conversaban en el sofá. Cruz la miraba hablar con unos enormes y sinceros ojos marrones. «Por ejemplo, tu papá es una persona muy muy buena y respetuosa. Sin duda él es una gran persona». La madre había subido ambas piernas y las había cruzado. «También son grandes personas aquellas que hacen descubrimientos y avances por medio de la ciencia, mejorando la existencia de muchas otras. O también los médicos y los bomberos, que salvan vidas». «¿Ser una buena persona te hace crecer?» Preguntó la niña. «¿Cómo crecer? ¿En edad?» «No, en tamaño. ¿Ser bueno te hace grande?» La madre rio un poco y la abrazó. «No sé si en tamaño, pero sí en corazón. Las buenas personas tienen un corazón inmenso» Le respondió.

Y la chica se quedó con eso último. Sin duda la gran mujer que había visto en la playa tenía un corazón enorme.

«Esto no es una ballena, señora» Comentó una mujer regordeta de protección animal. «Es una persona» dijo involuntariamente el compañero «Acá van a tener que llamar a la policía o a los bomberos, nosotros no podemos hacer nada» El hombre, barbudo y raquítico, aparentaba menos años de los que tenía en verdad y escondía una cabeza casi calva en el sombrero verde del uniforme cubierto de plástico fluorescente. La mujer llevaba una libreta en las manos y se puso a llenar un formulario al son del rasqueteo de la lapicera.

Miriam, Marcos y los dos empleados de protección animal miraban a la prometeica mujer de tanto en tanto, como esperando que, de un momento a otro, desaparezca por arte de magia. Otros pueblerinos de Santa Ana, que habían llegado movidos por la curiosidad, se paseaban alrededor del cuerpo como si de una atracción turística se tratase.

«De acá veo que tienen cadenas y un sistema de poleas en el camión» Comentó Marcos «Venían preparados para un encallamiento». «Para un varamiento, pero sí» respondió la mujer. Entonces Miriam que había estado hablando con otro de los transeúntes, irrumpió en la conversación. «Oficial, no queremos avisar a la policía porque van a hacer un circo, mientras menos se enteren, mejor, ¿No le parece? Santa Ana es un lugar tranquilo, no necesitamos de todo esto». Ambos oficiales asintieron. «Además sin duda no es una persona normal, no creo siquiera que se trate de un homicidio. A ver, que sí es una mujer, o eso aparenta, pero de escalas colosales. Es imposible» «Y aún así ahí está» Contestó Marcos. «Oí una vez que los cuerpos de los ahogados se hinchan cuando pasan mucho tiempo en el agua» Opinó la mujer regordeta «Aunque supongo que tiene que haber estado muchos años en el mar como para hincharse así»

Entonces llegó una ambulancia y un móvil policial que se metieron a la playa y manejaron por la arena, con riesgo de quedarse atascados. Miriam festejó que ninguno de los dos viniese con las sirenas o las luces encendidas causando un alboroto.

Alguien había llamado por la aparición de un cuerpo en la playa y alertado por el tamaño del mismo, pero el empleado del CEO no le creyó las palabras y optó por otorgarle el beneficio de la duda. Minutos más tarde la ambulancia ya se encontraba en camino y un móvil policial se le unió en un semáforo, inseguros todavía con respecto a lo que se iban a encontrar.

Y qué sorpresa se llevaron al llegar.

Los enfermeros no podían hacer nada; determinaron que había muerto hace mucho tiempo. El agua salada del mar había mantenido el cuerpo de la putrefacción inminente, aunque notaron una descalcificación en las uñas y un leve desprendimiento del cuero cabelludo. La policía buscó marcas de brusquedad, moretones o indicios de que había sufrido algún tipo de maltrato, pero no encontraron nada. Fijaron que había sufrido algún accidente y caído el mar, perdiéndose para siempre. El tamaño, bueno, eso era más difícil de explicar.

«Quizás venga de Japón» Propuso uno «Leí en un artículo de internet que con todo eso de los sunamis, mucha gente murió ahogada y el mar se las tragó para luego escupirlas a miles de kilómetros en una costa extranjera». «Pero no parece asiática» Comentó otro a su lado «No tiene que parecer asiática para ser asiática, Jorge; si no, decime vos de dónde viene». «Del mar» sentenció su compañero.

De repente uno de los oficiales destrabó la radio del bolsillo e intercambió unas palabras con el emisor. Luego se acercó al grupo reunido junto al cuerpo. «Me dicen desde la base que en las noticias salió, hace un ratito, la aparición de un hombre en las costas españolas y otra mujer en Inglaterra. No saben explicar de dónde vienen, pero también son así de grandes». «Fantástico» Opinó una mujer «Entonces deberíamos deshacernos de ésta, ¿No les parece? Ya tienen mucho que investigar en otras partes del mundo, de nada les sirve esta mujer». Entonces Marcos interrumpió la charla «¿No deberíamos denunciarlo?». El resto de los reunidos se miraron incómodos. Un oficial tomó la palabra «Bueno, la revisamos y no tenía ninguna marca. Los enfermeros determinaron lo mismo. No es de mucha utilidad. Yo opino que la encadenemos, la devolvamos al mar y que otro gobierno se haga cargo de ella» Y todos asintieron.

Así, arrastrándola con las cadenas del camión y ayudados por dos botes costeros, devolvieron a la mujer al mar y esperaron que se vuelva a hundir. Luego cada uno volvió a su rutina habitual, caracterizada por la pasividad de la vida en el pequeño pueblo de Santa Ana, a trecientos kilómetros de San Fernando.

Y así también el pueblo se deshace de las grandes, grandes personas que terminan por varar en el mar hasta que algún país extranjero se hace cargo de ellas.

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