La bruja de los Arrellanes (II)

Parte II

La marca de la bruja

 

(Esta es la continuación de una historia empezada en una entrada anterior, para leer la primera parte, por favor, hacé click en este enlace: https://soyruy.com/2018/09/30/la-bruja-de-los-arrellanes-i/


 

Nicolás había estado llorando toda la madrugada y ahora se apretaba los ojos con las manos. Los sentía calientes y como llenos de arena. Cada tanto se los refregaba con fuerza intentado que esa extraña sensación termine de una vez. Además, sentía que el cráneo le iba a explotar en cualquier momento y se imaginó las paredes cubiertas de sangre y restos de hueso y su cuerpo en medio, aún sentado, pero con los brazos colgando y sin cabeza.

No podía levantar la vista ni mucho menos abrir los ojos. La visión borrosa transformaba las líneas de las paredes de la sala de interrogaciones en figuras ondulantes que al cabo de un tiempo se transformaban en la sombra de los árboles del bosque donde horas antes había rondado. Al principio, poco después de quedarse sin lágrimas, las había mirado con una curiosidad infantil. ¿Cómo era posible? Contra las paredes veía las sombras, pero no había ninguna ventana en ese ambiente. Un tiempo después el silencio de la sala se transformó en un suave siseo y casi pudo escuchar el choque de las ramas. Sintió frío, como si la puerta se hubiese abierto de repente y observó. Observó como las sombras danzaban a su alrededor, como un llamado antiguo y profundo. De un momento a otro, algunas ramas, las más pequeñas, comenzaron a transformarse y se achicaron y ensancharon con una flexibilidad increíble. Y de repente ya no había más ramas. Eran manos. Brazos escuálidos y trémulos que golpeaban la pared con violencia. Nicolás gritó y gritó. Nadie entró a su sala.

El siseo de los árboles se transformó en golpes sordos y contundentes que retumbaban en los oídos del chico. Estuvieron así un largo rato, mientras él se tapaba las orejas con las manos y apretaba fuertemente los ojos. Tenía la garganta seca y le dolía, pero gritó con violencia, con todas sus fuerzas, intentando tapar el bullicio.

«Lo siento» exclamaba una y otra vez «lo siento».

Para alejarse de las pesadillas despiertas, se levantó de la silla y se sentó en un rincón de la habitación cuadrada. Cruzó las piernas y se envolvió la cabeza con los brazos. Quería llorar, pero ya nada salía de sus lagrimales. Se había secado por dentro, como un arroyo o un lago. Un lago. Un lago…

Sin quererlo, estaba de vuelta en el bosque de los Arrellanes, cerca de la ruta que lo partía en medio en dos mitades desproporcionadas. Sebastián estaba a su lado, con Sofía colgada del brazo. Alumbraba con la linterna la sombra de los árboles e intentaba determinar la distancia máxima que alcanzaba el lente.

—Parece que tenemos todo— Miguel estaba revolviendo la mochila.

Había terminado de configurar la cámara hace un ratito y ahora el aparato, grande como un melón, descansaba sobre la hierba, al costado del auto. Se habían salido a la banquina y aparcado entre unos altos matorrales que el municipio debía haber podado hace meses, por los abusadores y esas cosas, pero que ahora funcionaban casi como un escondite para el vehículo. Normalmente la policía recorría este tramo de la ruta antes de volver a la ciudad porque los adolescentes acostumbraban escabullirse y adentrarse un poco en el bosque para tener relaciones o fumar marihuana, pero había una curva unos metros antes y era improbable que algún conductor notase el vehículo negro; mucho menos la policía.

Miguel se puso la mochila a los hombros y cerró el baúl de un golpe, luego levantó la cámara del suelo y activó el flash.

—Bueno, ¿Estamos listos? — Dijo y, sin esperar respuesta, se adentró en el bosque.

Los otros tres lo siguieron de cerca y formando una especie de fila. Iban en completo silencio y muy atentos a toda clase de ruido. A veces se escuchaba el aleteo de algún pájaro que se despertaba al sentir los pasos de los chicos o alguna rama quebrarse. Sebastián, quién ahora portaba la cámara, apuntaba el foco de un lado a otro, muerto de miedo. Unos veinte minutos más tarde, el suelo comenzó a ablandarse y sintieron como las zapatillas se les embarraban. «Es por acá» susurró Miguel y después de cambiar levemente el rumbo, siguió marchando, picando con un palo el suelo resbaladizo como intentando medir la profundidad.

La noche se había cerrado del todo y la copa de los arboles cubrían casi por completo el cielo. Uno que otro rayo de luz de luna se filtraba entre las hojas cuando el viento se levantaba y erizaba las ramas, pero no mucho más. Su capacidad de observación se reducía al haz de las linternas y la cámara. Por más que entornaran los ojos con interés, no veían más que un par de metros por delante.

«Eu, esto me da miedo, chicos» murmuró Sofía y se prendió al brazo de su novio. Nicolás sintió un escalofrío y se giró un momento. Nada. Nada de nada. Solo los anchos árboles se erguían como antiguos titanes, solemnes e inmutables. Sintió un frío horripilante, como una serpiente que se le enrollaba en los tobillos y se cerraba, poseyéndolo con violencia. Cuando se volvió, notó que los tres amigos se habían adelantado un poco y ahora veía los haces de luz danzando en la terrible oscuridad de los Arrellanes. «Esperen» gritó y comenzó a correr para alcanzarlos.

Los chicos habían llegado al lago. Las linternas alumbraban la superficie oscura que les devolvía la luz como si de un espejo se tratase. Estaba completamente quieta, estática. Miguel se acercó a la orilla y la zapatilla se le hundió en el barro hasta el tobillo. Exclamó y cayó hacia atrás, maldiciendo. Sebastián había filmado todo y ahora se reía, nervioso, pensando en lo bien que le haría esa secuencia al proyecto final. Mientras Nicolás lo ayudaba a levantarse y Sebastián buscaba planos mejores con la cámara, Sofía se había quedado dura, con los ojos clavados en medio del lago.

La chica había percibido un movimiento a su derecha y al alumbrar con su linterna, justo cuando Miguel caía, divisó una forma oscura; como un montículo negro que se levantaba desde las profundidades. Los gritos le llamaron la atención un momento y cuando volvió a alumbrar, ya se había ido. Dentro de su cabeza sus pensamientos iban y venían, considerando la idea de que su mente le había jugado una mala pasada. «¿Vieron eso?» preguntó y los tres chicos miraron donde Sofía señalaba. Nada más que las aguas quietas y el viento helado. Acto seguido, la chica quiso volver al auto, quiso irse de ahí cuanto antes, pero Miguel los convenció de filmar un poco más y recorrer la orilla; si no encontraban nada interesante, volverían por el mismo lugar.

Ni en un solo momento Sofía despegó su linterna del lago. Lo recorría una y otra vez como una cámara de seguridad, de un lado a otro, sin cesar. Temía volver a ver la sombra y ese mismo temor fue quién la impulsaba a seguir vigilando, como un mal necesario.

Sebastián había parado de grabar un momento para descansar los brazos y Nicolás le pidió entonces la cámara, debían grabar todo en todo momento, por si pasaba algo interesante. En cuanto volvió a encenderla, puso su ojo en la mirilla rectangular e hizo un plano completo del lago y el bosque, girando en sus talones. De repente vio detrás de ellos algo que se agitaba y se paralizó. Una forma negra salía del lago arrastrándose con torpeza. Nada salió de su boca, simplemente se quedó allí grabando, desorientado y notó que la forma no aparecía en la pantalla. La forma estaba cubierta de lodo y no parecía percatarse del chico. Entonces apagó la cámara, sumiéndose en la oscuridad y la volvió a encender con rapidez.

Ya no estaba, había desaparecido.

Quiso correr, pero sus piernas no parecían querer moverse. Después intentó gritar, pero su garganta estaba seca, como un arroyo o un lago. Un lago. Un lago…

 

El celular del inspector Costa comenzó a vibrar en su bolsillo y lo obligó a salir del trance. Amanda todavía estaba hablando con Fernandez por teléfono, discutiendo algunos datos pertinentes sobre Paula, la chica que se había quitado la vida en un hospital psiquiátrico años antes.

—Costa, buenas noches. Te hablo de la comisaría.

—¿Quién habla?

—Oficial Hernández.

—Bueno, ¿Qué pasó, Hernández?

—Es la chica, la rubiecita que está en el calabozo. Tuvo un ataque, así como de pánico, viste. De histeria. Llamaron una ambulancia y ahora la están atendiendo en el estacionamiento de atrás, pero creo que la van a trasladar. Te avisaba por las dudas, no sé.

—No, no, hiciste bien. Gracias. En un ratito estoy por allá.

—Ah, otra cosa. Retrasalos lo más que puedas, hasta que llegue yo, al menos. Si la llevan al hospital cagamos. Hay que pedir orden al juez, citarla a declarar y esas cosas.

—Pero es sospechosa de un crimen, Costa.

—Hasta que se demuestre lo contrario, la piba es inocente. Haceme caso, yo sé lo que te digo. ¿Dijo algo mientras le daba el ataque?

—No, no dijo nada. Gritaba nomás. Pero se estaba haciendo daño, se había rasguñado toda y se estaba arrancando el pelo. La tuvieron que sostener entre dos para que deje de hacerlo, aunque no paró de gritar.

—Bueno, listo. Gracias.

—Dale, nos vemos.

Costa guardó el teléfono y procedió a contarle los hechos a sus compañeros. Minutos más tarde estaban arriba del automóvil policial rumbo a la comisaría, con Silva en el volante. Amanda estaba buscando en su teléfono información sobre Las Palmas, el antiguo hospital psiquiátrico. Encontró que había cerrado a causa de deudas impagas y corrupción institucional. Las puertas se clausuraron y los pacientes fueron trasladados a distintos centros hasta que en el 2003 abrió la clínica neuropsiquiátrica Hugo Baermann, que se encargó de todas esas cuestiones. Cerca del 98 Las Palmas se incendió sin causa aparente y según los peritos, desde adentro. Determinaron que habían sido algunos vándalos, de esos que se metían a pintar las paredes y a romper cosas y que una broma se les había ido de las manos. Y cerraron el caso. Ahora sólo quedaba un edificio derruido y ennegrecido, cuyas pruebas, si es que había alguna, habían sido consumidas por las llamas.

Llegaron al estacionamiento interno y notaron a algunos policías que esperaban en la puerta. «Oh, no…» exclamó Costa y Castañeda entendió al instante que algo andaba mal. Se bajó del auto y Fernandez, quién tenía unas grandes ojeras oscuras, se acercó lentamente.

—Amanda, tenemos un problema.

—¿Y cuándo no?

Entraron. Los policías iban y venían y un clima tenso podía palparse en el aire. Uno dijo al pasar «Nos van a comer vivos» y otro contestó «Yo no estaba, seguro es culpa de…» y al reconocer a Fernandez entre el grupo de oficiales, se tragó las palabras.

—¿Es por la piba? — Preguntó Costa— ¿La trasladaron al final?

—Sí, pero… No es eso. Es… Una mañana complicada.

—Hablá. Ahora­— Ordenó Castañeda.

—Uno de los pibes, el flaquito ese que ayer lloraba, se escapó.

—¿Cómo que se escapó? — A Castañeda se le hirvió la cabeza y una necesidad de golpear algo le nació desde lo más profundo de su persona.

—Hace un rato, no hará una hora. El pibe estaba mal, se había tirado al piso y lloraba, entonces un oficial entró a verificar que no le estuviese pasando algo, viste. Cuestión que preguntó por Sofia y cuando le dijeron que estaba bien y que había estado en la habitación contigua hasta que sufrió ese ataque de nervios, pareció sorprenderse. No sabía nada de ella, pensó que estaba muerta, como Miguel. Se ve que el oficial que había entrado dejó la puerta mal cerrada, porque de repente estaba entre abierta y el pibe se había esfumado. Están revisando las cámaras ahora.

—La puta que los parió, Fernandez. Que manga de incompetentes que son todos. ¿Quién era el oficial que entró?

—No sabemos, no llenó la planilla de entrada y no ha dado la cara todavía.

—Y, lógico, sabe en el quilombo que se metió— Comentó Silva.

—De todas maneras, sea quién sea, va a salir en las cámaras— Siguió el otro.

—¿No fuiste vos? ¿no? — Preguntó Costa.

—¡Dios mío! ¡Parecen niños éstos! ¡Los dejás solos una hora y mirá el quilombo que arman!

—Hay más, Castañeda.

Amanda se giró en redondo, con una mirada asesina.

—El comisario llamó esta mañana; dijo que estaba viniendo.

—Fernandez, decime que es una joda— El otro permaneció en silencio— Mas les vale que se anden con cuidado, por que a la primera que me diga algo el boludo de Rebolloso, a ustedes los busco y los cuelgo de las pelotas— Luego se dirigió a los otros— Silva, andate a la entrada, fijate si los medios se enteraron de todo. Costa, buscá al oficial que dejó la puerta abierta y cuando lo encontrés, mandámelo. Fernandez… Anda a dormir, Fernandez, que parece que te pasó un camión por encima.

Sofía ingresó a urgencias cerca del mediodía. La camilla golpeaba las puertas dobles que separaban las áreas y un camillero la guiaba entre médicos y enfermeros. Uno le tomaba la presión y otro le revisaba las pupilas. Parecía desvanecida. Tenía todo el cuello de la camisa bañado en sangre y los brazos mutilados. Más tarde le encontraron restos de piel debajo de las uñas, confirmando así que se lo había autoinfligido. La chica, en un estado deplorable, miraba cómo unas luces blancas viajaban a toda velocidad frente a ella. Una atrás de la otra, en fila.

Los padres llegaron en cuanto recibieron el llamado. La madre que, si no fuera por las marcas características de la edad, pasaría tranquilamente por una hermana, traía un niño de unos seis años en brazos. Parecía nerviosa y pedía insistentemente información sobre su hija.

Una hora antes, aún en el calabozo, Sofía había sufrido una alucinación de los más extraña. Las paredes oscuras de cemento fueron desmigajándose, y la puerta, la mesa, las sillas, todo, de un momento a otro, ya no estaban más. El foco se transformó en una farola oxidada de estilo gótico y se encontró en medio de una calle de piedras. Los edificios eran bajos, con terminaciones anticuadas y, si bien desconocía esa zona por completo, sentía que ya había estado allí antes.

Desde el final de la calle, observó como unas luces anaranjadas se acercaban, moviéndose levemente hacia arriba y hacia abajo, como tiradas por efecto de la gravedad. Después llegaron los gritos y los choques metálicos. Era hombres de pueblo que vestían ropa de la colonia y que ahora se habían convertido en una turba enfurecida. Los rostros, estirados y horrorosos, se habían transformado por efecto del calor y el sudor, convirtiéndolos en bestias. «¡ahí!» gritó una mujer y la señaló «¡Quemen a la bruja!». La turba comenzó a correr hacia donde estaba y Sofía se asustó. Trastabilló un poco hacia atrás, sin quitarle los ojos a esas bestias que se le estaban por tirar encima. Después sintió un llanto a sus espaldas y al girarse vio a una mujer.

La mujer se cubría el rostro con las manos y lloraba. Lloraba a causa de una angustia interna que parecía no poder contener. Tenía un vestido azul marino todo embarrado y había perdido la mitad de las puntillas blancas que antes decoraban las terminaciones. Notó que iba descalza y sus pies estaban sucios y lastimados. Había estado corriendo mucho y ya no podía continuar. Su abdomen se contraía con cada sollozo, intermitentemente.

Fue entonces que notó que la turba estaba demasiado cerca y la mujer se levantó. «¡No, por favor!» imploró y se echó a correr calle abajo. «¡Espere!» murmuró Sofía, pero no pudo escuchar su propia voz. Entonces comenzó a correr detrás de ella. Los edificios desfilaron uno a uno hasta que ya no quedaba ninguno. El paisaje entonces se transformó para dar lugar a una zona rural, llena de granjas y cobertizos lóbregos y la noche empezó a caer. De repente todo estaba oscuro y la chica se desorientó por completo. No podía ver nada. Se tiró al suelo y comenzó a tantear el terreno hasta que dio con un árbol. Ayudada por el tronco, volvió a levantarse y empezó a caminar con los brazos extendidos. Ya no escuchaba los gritos ni podía ver las antorchas humear como hace unos minutos, pero su corazón no había parado de latir con violencia ni un solo momento. Volvió a escuchar el llanto y al seguirlo, percibió una sombra que, encorvada, se movía entre los árboles. Era la mujer otra vez, había escapado y se había internado en el bosque. Sofía quiso detenerla, pero de nuevo ninguna palabra salía de su garganta, como si estuviese hablando a través de un vidrio muy grueso. Llegaron a un lago inmenso y la mujer desapareció. Sofía miró de un lado a otro, buscándola, sin éxito. Entonces notó las antorchas del otro lado del lago, pero ahora estaban estáticas. Sintió la necesidad de correr y se dirigió hasta las luces anaranjadas.

La luna estaba sobre sus cabezas, bañando todos los rostros con una luz blanquecina. Los hombres murmuraban cosas y cada tanto vociferaban alguna injuria en dirección al centro del círculo formado por cuerpos humanos. Sofía se abrió paso y llegó adelante. Frente a ella reconoció a la mujer que minutos antes había estado siguiendo. Estaba tirada en el suelo. La habían golpeado, escupido y amordazado. Entonces, por primera vez, sintió la mirada de la mujer clavarse en ella. Ya no parecía ignorarla, parecía mirar directo a su corazón, implorándole con la mirada que la salvase de tal fortuna.

«¡Cuélguenla!» gritó alguien y muchos aullaron en aprobación. Unos más gritaron otras formas diversas, pero no menos dolorosas, de acabar con su vida. «¡No!» exclamó Sofía, pero nadie parecía escucharla. Desesperada, la chica se lanzó al suelo al lado de la mujer y le acarició el rostro. Al hacer contacto sintió la piel antinaturalmente fría, como un bloque de hielo y se asustó. Empezó a llorar y sintió como las lágrimas le quemaban las mejillas. Imploró, entre sollozos entrecortados, que por favor no le hicieran nada. Sintió a través de sus ojos la inocencia y la pureza de alma de esa mujer, que le gritaba con la mirada, rogando que por favor no la maten.

Pero ya era tarde.

Un hombre gordo y barbudo a quien había identificado como el juez de parte se abrió paso al frente y evaluó la situación. Levantó a la mujer de un tirón y le preguntó al pueblo que hacer con ella. Unánimemente, todos pedían su muerte. Apareció un hombre en un bote de remos y al encallar, bajó unos pesados bloques de cemento del tamaño de sandías. Se los ataron a los pies y la subieron al bote. La turba exclamaba vítores y la despedían a base de insultos y ofensas. Sofía se zambulló al lago hasta la cintura, mientras gritaba. «¡No, por favor!» «¡No!»

Una oficial entró de golpe en el calabozo e intentó frenarla. Había comenzado a lastimarse y se resistía con violencia. La policía pidió ayuda y otros dos oficiales entraron en la habitación. La chica seguía gritando y sus ojos, aunque abiertos de par en par, estaban vidriosos y parecían mirar algo más allá de las paredes oscuras. La tomaron de los brazos y la levantaron. Evitando que siga haciéndose daño, la mantuvieron así por alrededor de un cuarto de hora. Inmediatamente después y como si se desenchufase, perdió la conciencia. Al subirla a la ambulancia, el enfermero, mientras le arremangaba la ropa para inyectarle el suero, notó que el pantalón y la camisa estaban húmedos.

 

Costa estaba sentado en su despacho. Tenía la computadora en frente pero ahora miraba distraídamente el escritorio de Amanda, del otro lado de la habitación. Reconoció que la chica era, sobre todo, ordenada. Tenía los lapiceros y los papeles simétricamente distribuidos a lo largo y ancho del mueble, dejando un espacio justo en el centro dónde apoyar la computadora. Luego miró su lado del despacho; montañas de papeles y expedientes acumulados con los años se levantaban descuidadamente. Después notó la aureola de café que su taza había marcado y remarcado cada vez y que nunca había limpiado. Relacionó esto con el comportamiento de la chica y entendió que, si Castañeda se enojaba, sin duda era porque las cosas habían perdido su orden. Y no había nada que la molestase más que eso. Las reglas, las leyes, los estatutos y las obligaciones estaban para ser respetadas; de hecho, es ésta una de las razones por la terminó siendo policía. Y, antagónicamente a ella estaba él. El caos hecho persona. Pensó entonces lo difícil que debía ser para la chica tener que lidiar con un compañero tan desastroso y sintió culpa. Por una vez, tenía que resolver él solo lo que le habían pedido y ayudar a desentrañar el caso. No complejizarlo más.

Abrió su casilla de mensajes desde la computadora y se encontró con un e-mail de Jorge, el hombre de delitos informáticos a quién el día anterior le había pedido desbloquear el teléfono del último sospechoso que quedaba en la comisaría. El e-mail tenía adjuntada una carpeta con unas trecientas fotografías comprimidas. Al abrirla se encontró con toda la galería del chico. Fotos en la facultad, otras de una fiesta hace unas semanas y cosas por el estilo. Sólo las últimas cinco fotos eran del diario.

Las revisó una a una con detenimiento, la letra de Guillermo era un desastre. Media apaisada, las letras, en una tinta azul, describían unos garabatos estirados y muy juntos, como una caligrafía de esa que enseñaban en las escuelas de antaño.

Las primeras tres entradas hablaban sobre Fernando, el chico que habían asesinado igual que a Miguel cincuenta años antes. Denotaban lo mucho que lo quería y lo extrañaba. Una de las entradas empezaba con “Sigo sin entender por qué” y había adjuntado un trozo del diario local de aquél entonces donde, impreso en pequeñísimas letras negras, describía los ataques extrañamente sistemáticos en los Arrellanes. La cuarta entrada hablaba de Pipi. Era la única que hacía referencia a ella y encima solo le había dedicado unos versos. “Que angustia cargo estos últimos días. Me pidieron que no piense en el tema, pero aquí estoy, escribiendo al respecto. Hoy se cumple un nuevo aniversario. Al menos sé que Fernando está tranquilo, donde sea que esté, pero no puedo pensar lo mismo de ella” y más abajo, casi al margen había escrito “Espero que Pipi esté bien”. Luego había dibujado algo y luego tachado, arruinando la página.

La última foto era una réplica de lo tachado antes, pero ahora dibujada con carboncillo. La página estaba completamente negra, con trazos toscos y gruesos. En medio se distinguía una figura femenina de espaldas, doblada en sí. La observó con detenimiento un rato. Algo le llamaba la atención, pero no sabía bien qué. Se acercó a la pantalla y casi podía jurar que la mujer se había movido. Sí, efectivamente lo estaba haciendo, estaba girando muy lentamente el rostro hacia la derecha. Descubrió su perfil delicado y una pequeña nariz en canto. Sus labios se movían, estaba diciendo algo. Pronunciaba un nombre una y otra vez, pero no podía saber cuál. De repente se giró por completo y se reveló un rostro arruinado y esquelético. La piel se le había desprendido y los ojos estaban completamente blancos.

—¿Costa? — El comisario había entrado en el despacho en algún momento él dio un brinco— ¿Se encuentra bien?

El oficial cerró el portátil de un golpe y se levantó. Luego le tendió la mano a Rebolloso.

—Comisario, buenos días— Agregó— Estoy bien, solo… Un poco desorientado, nada más.

—¿Necesita un relevo?

—Para nada, estoy bien, de verdad. Hay algo en el caso que nos pone a todos los pelos de punta, vió. Es eso.

—Sí… De eso quería hablar. ¿Se encuentra Castañeda en la institución?

—No, salió. Creo que se dirigía al hospital.

—Ah… Entiendo. ¿Puedo sentarme?

—Por favor.

Nicolás iba corriendo entre las callejuelas internas de San Fernando, tenía que cruzar media ciudad para llegar hasta el Hospital Central, casi al borde de la urbanización. Iba medio encorvado y evitando a todos los transeúntes, ocultando su rostro o escondiéndose en el umbral de alguna portezuela. Se sentía un fugitivo de la ley; de hecho, casi que lo era. Lo último que quería era volver a terminar encerrado en esa habitación del demonio. No quería que lo interroguen porque sabía que no le iban a creer ni una sola palabra. A veces ni él mismo podía creérselo. Todo había sucedido tan rápido que casi podía considerarlo un juego de su mente (Y de hecho así fue en primera instancia) pero la certeza de que Miguel había muerto lo hizo confirmar sus inseguridades. ¿Y si los chicos habían perdido la cabeza? ¿Y si los había consumido la locura y ellos mismos habían atacado a Miguel con suma barbaridad? No. No podía ser. No recordaba nada de eso. Solo a ese demonio encima de su amigo, golpeando y golpeando. Una y otra vez.

En su recorrido nocturno, habían descubierto a unos pocos metros del lago una vieja cabaña devorada por los insectos y el pasar de los años. Los cimientos estaban compuestos por unos largos troncos oscuros. La puerta y las ventanas estaban tapeadas y aún así, una leve luz anaranjada se filtraba entre las maderas podridas.

«¿Creen que haya alguien?» preguntó Sebastián y Nicolás apuntó la cámara directo a la puerta. «No creo, no parece» comentó. «Mejor nos vamos» Propuso la chica, pero Sebastián, dispuesto a brindarles la experiencia de sus vidas, reunió coraje y marchó en dirección a la puerta. Golpeó tres veces y preguntó en voz alta si podían pasar. Nadie contestó nada.

«Chicos vamos, no tenemos que estar acá» sentenció la chica. «A parte hay una luz prendida, es obvio que hay alguien. Sebastián, dale. Vení». Ahora se abrazaba el cuerpo, muerta de miedo. Miguel y Nicolás se miraron dubitativos, intentando decidir que hacer al respecto. El primero se hincó de hombros y se acercó a una de las ventanas, intentando ver algo entre las aberturas.

Entre tanto, Sebastián daba vueltas a la cabaña con la esperanza de encontrar algún modo de ingreso. Había intentado forzar la puerta, pero estaba remachada por dentro. Igual las ventanas. La construcción era pequeñísima, de un solo ambiente rectangular. La mitad del techo se había derrumbado, pero la chimenea y las paredes parecían recias al paso del tiempo. Fue entonces que descubrió uno de los tablones sueltos. «Chicos, por acá» exclamó y, con fuerza, ablandó los clavos y la corrió hacia un lado. Luego se puso de perfil y entró. Todos fueron detrás de él.

Sofía siguió insistiendo en retirarse del bosque y en un momento Nicolás comenzó a considerarlo, a pesar de que los otros dos parecían muy metidos en el proyecto, con coraje de explorador y ansias por el descubrimiento. En la habitación, a parte de muebles destruidos y podridos, había una sola mesa y encima de ésta, una vela.

La extrañeza de todo era que parecía no consumirse, iba por la mitad. ¿Quién la había encendido? No podían saberlo. Pero si algo estaba claro es que no había manera de acceder de manera simple y rápida. Sofía miraba instintivamente hacia afuera. Nicolás hacía paneos completos de la cabaña y Miguel buscaba algo entre las maderas del suelo.

De repente, Sebastián exclamó «Chicos, ¿Quieren una experiencia tenebrosa?» y la sopló.

Sofía gritó aterrada y abrazó al que tenía más cerca. Lo maldijo como nunca lo había hecho antes e incluso Miguel tuvo que contenerse de no darle un puñetazo. «Muy buena» Dijo uno «Ahora no vemos una mierda y no sabemos por donde salir». «Tranquilos, tenemos las linternas, chicos» articuló Sebastián desde un rincón alejado de la sala. Nicolás sacó la suya e intentó encenderla. El haz parpadeó un momento, revelando los rostros aterrados de los amigos y la batería falló. «Mierda» Exclamó y comenzó a golpearla. «La mía tampoco enciende» anunció Miguel. Así con todas. Ni siquiera el mísero flash de la cámara parecía querer funcionar correctamente.

«No. A la mierda el proyecto. Yo me voy de acá» Dijo Nicolás y encendió la visión nocturna de la cámara que Miguel había instalado unas horas antes. Guiado por la pequeña pantallita digital, comenzó a caminar en dirección al tablón de salida. Sintió que la mano de alguien se le posaba en el hombro y entendió que se trataba de Miguel.

«Nico, ¿Qué hay acá?» Preguntó Sebastián un poco más atrás y el amigo se giró en redondo. Apuntó el ojo de la cámara y descubrió un barro espeso y oscuro que comenzó a filtrarse por entre los tablones del suelo. «No sé» dijo simplemente. El barro estaba actuando en contra de la gravedad, alzándose como un torrente subterráneo. Y entonces, un llanto.

«¡Corran!» exclamó el chico de la cámara y todos se apretujaron contra la salida. Uno a uno fueron saliendo de golpe. Tenían los pies embarrados hasta los tobillos y los rostros distorsionados por el pánico. Al menos allí afuera se veía un poco mejor. Miguel se alejó un poco, pero se detuvo en cuánto notó que sus amigos no lo seguían. «¡Vamos! ¿Qué hacen?». Sofía no había salido, solo los tres chicos esperaban afuera. Sebastián la llamó a gritos, pero nadie contestó, la cabaña se la había tragado. Insistió un poco más y se asomó a la abertura. Entonces la vió por primera vez.

Era sin duda una figura femenina, un poco más baja que él, pero tenía las cuencas vacías y el rostro alargado, seco, arruinado. Vestía unos harapos viejos y estaba completamente cubierta de barro. Si no fuese por la suciedad, sin duda debajo de todo aquello había un esqueleto consumido y despellejado.

Sebastián gritó asustado y la bruja lo levantó del cuello con una fuerza antinatural. Entonces Nicolás, en un brote de desesperación, corrió en dirección a su amigo. Lo tomó de las piernas y tironeó para que lo suelte. «¡Miguel!» exclamó entonces, reclamando la ayuda del tercero. Pero éste estaba duro como una piedra. Trastornado, observaba la escena con palpable terror. Entonces las cuencas hundidas de la bruja se clavaron en él.

De un momento a otro la monstruosa criatura se desvaneció en el suelo, dejando en su lugar una horrible mancha de barro. Soltó a Sebastián y ambos cayeron al suelo de golpe, lastimándose. Le había clavado las uñas en la garganta y ahora sangraba. Cuando los chicos se reincorporaron, comenzaron a correr en dirección al tercero.

«¡Cuidado!» Exclamó Nicolás. El suelo frente a Miguel se abrió como una herida en piel reseca y del torrente de suciedad surgió la bruja, formándose con el mismísimo lodazal que había resurgido desde las entrañas de la tierra. Le saltó encima como una bestia salvaje y comenzó a golpearlo, una y otra vez. El chico ni siquiera pudo gritar.

Golpe a golpe, la sangre y las entrañas saltaban del cuerpo del chico con rudeza y crueldad. Las zarpas filosas de la bruja entraban y salían, vaciándolo por dentro a modo de venganza. El cuerpo se sacudía en unos espasmos horrendos y su piel perdió el color casi de inmediato. Esa imagen se les quedó grabada para siempre. El rostro pálido, los ojos abiertos y la mandíbula descolocada de su amigo les brindó pesadillas por el resto de sus vidas. Ni siquiera la figura de la bruja, la horrenda y oscura criatura que se había inclinado sobre Miguel, les causó tanta impresión como su rostro.

Nicolás, en un arrebato de pánico, comenzó a llorar, pero Sebastián tironeó de él y lo obligó a correr en la dirección opuesta y medio arrastrándolo, salieron del bosque.

 

Amanda iba en el patrullero en dirección al hospital. El teléfono comenzó a vibrar dentro de su pantalón y tuvo que echarse a un costado para atender la llamada. Era el comisario.

—Buen día, Castañeda—La chica tardó en contestar y se formó un silencio incómodo, por lo que el hombre prosiguió— ¿Dónde se encuentra?

—Me dirijo al Hospital Central de San Fernando, señor. Tuvimos un… inconveniente con uno de los detenidos.

—Sí, ya me enteré de todo. También del chico que se escapó. Venga para la comisaría de inmediato. La estoy esperando.

—Pero… Señor, tengo cosas que hacer—Articuló, atónita— el caso se está alargando más de lo necesario y quizás la chica pueda brindar un poco más de información porque…

—No se preocupe, ya mandaremos a alguien para que se encargue de eso.

—¿Cómo dijo?

—Queda relevada del caso, Castañeda. Venga a la comisaría de inmediato, no me haga repetirlo.

 

Fin de la segunda parte. “La marca de la bruja” de la narración “La bruja de los Arrellanes”

Ruy Hanmse

29/10/2018

 

 

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