We, machines.

Nosotros, máquinas.

Hay algo en esas palabras que desgarra profundo a los seres humanos. Existen ciertas cosas que prefiere no admitir, más por vergüenza que por miedo. Pero la bola creció y creció y fue aplastando todo a su paso y ahora estamos enterrados a miles de kilómetros bajo tierra.

Una vez dentro del subterráneo, me pongo los auriculares, enciendo Spotify y, mientras un chico en condición de calle nos pide una moneda para vaya a saber qué o nos intenta vender alguna baratija, pretendo no escucharlo. No lo miro directamente a los ojos porque detectaría humanidad, vería que en realidad estoy consciente y no que solamente estoy ocupando espacio físico en el transporte.

Después un amigo cuenta que vio como le robaban a un pibe en la calle y no pudo hacer nada. «¡Imaginate si tiene un arma!» dice. Y después el caso de la chica que le tocaron el culo en el colectivo o peor, tu amigo te cuenta que él lo hizo en el boliche y vos te reís. Morbosamente reís. Con sonrisas monstruosas y un poco de ira que se enciende dentro tuyo, como dos cables al hacer contacto, una momentánea chispa de odio.

Humanización. La entendemos como acción de humanizar, es decir, hacer humano algo. Ahora, ¿Es posible humanizar a alguien que ya lo es? ¿Es posible hacerlo volver a un estado anterior? Nosotros perdimos, pero parecemos estar conformes con la derrota.

Ya ni siquiera se leen las noticias completas. ¿Para qué? Si con juzgar el encabezado ya es más que suficiente para darse un pantallazo general de lo que va a decir y la comparten. La comparten y en otro lugar de la misma ciudad otro también lo hace. Y después comentan sin pensar, como máquinas automáticas programadas para estar en contra de eso, en contra de algo, en contra de todo. Puedo imaginar a los editores escribiendo y reescribiendo un título de noticia muchas veces hasta que sea lo suficientemente cautivador y, sobre todo, polémico.

Un policía que no interviene en un altercado. Una comisaría que no te toma la denuncia porque el lugar donde te robaron no corresponde a esa en particular. La institución que no responde porque no tiene las herramientas necesarias. Todo. No hay respuesta. No hay código que seguir para esos casos y el hombre se desactiva.  Así de fácil.

Y ahora todos son jueces y verdugos, diseñados para sentenciar y blandir el hacha, una y otra vez. Sin escrúpulos, como en un ritual sangriento de esos que vemos en la tele.

Puse el título en inglés porque se ve que ahora está bueno eso de cortar raíces y unirse a una sociedad universal. Esa sociedad de las verdades encubiertas, de las promociones de McDonald’s, de los tweets, los Snap y la nueva medida de popularidad a través de me gusta y corazones rojos. Esa que te pone en contra y te deshumaniza, que te deconstruye y te vuelve a construir, pero esta vez, metiéndote piezas mecánicas en el interior.

No hay cosa que me dé más miedo que no encontrar el celular por cinco minutos.

De igual manera, no hay de qué preocuparse: tenemos aplicaciones para perder peso, para ver cuantos kilómetros caminamos al día, para ver la última conexión de la pareja e incluso (irónicamente) para usar menos el celular. Seguro alguien ya está inventando una app que contrarreste con todo. Nuestras fotos de las vacaciones y de la salida del fin de semana, las llamadas del último año, el número de la peluquería, nuestros amigos, todo. Todo está allí albergado en esa pequeña caja rectangular que casi casi funciona como un órgano vital más.

Seguiremos haciendo la vista ciega y desconectándonos de la realidad. Seguiremos rehuyendo a un mal que se fue gestando con los años pero que tontamente recibimos con los brazos abiertos. Ya no hay conciencia, manos tendidas o abrazos.

Solo queda el rechazo por aquello que rompe los paradigmas, que destruye el código por el cual nos movemos. Que nos pone incómodos. Nos enojamos con ese que nos comentó la publicación e ignoramos al otro que nos gritó algo en la calle.

¡Ojo! Que yo no soy ningún santo. Cuando escribo también me subo al colectivo del que formo parte como un engranaje más. No hay un remedio directo ni una santa absolución. Lo escribo porque está bueno salir a la superficie de vez en cuando para ver donde estamos, antes de hundirnos otra vez.

Y ahora a dormir, entre el zumbido del aire acondicionado o el vibrar de la heladera. Entre luces rojas y azules que se encienden o titilan. ¡Qué suerte tienen esas! Porque al menos ellas sí vienen con manual de instrucciones y botón de reset.

“Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad; el mundo solo tendrá una generación de idiotas” Albert Einstein

Ruy Hanmse

20/10/2018

 

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