La bruja de los Arrellanes (I)

Parte I

El legado de la bruja

 

Normalmente, a esa hora de la mañana, la comisaría tercera nunca estaba tan concurrida. Eran más los civiles que iban y venían por los pasillos o que esperaban impacientes ser atendidos en la mesa de entrada, que los agentes de paz. Podrían haber tomado la comisaría y liberado a los presos del calabozo con toda la tranquilidad del mundo, que las fuerzas policiales no habrían sido suficientes como para impedirlo.

El subinspector Costa, encerrado en el despacho, había marcado el número de la oficial Castañeda y la había llamado, sin éxito. Entonces se sentó en su escritorio y la esperó. Con los anteojos en la punta de la nariz, echaba la cabeza hacia atrás y entrecerraba los ojos para ver mejor la pequeñísima pantalla del aparatejo móvil.

Ya había salido la noticia. «Hijos de puta» murmuró entre dientes y abrió el link de un diario local. “CHICO MUTILADO Y ASESINADO” rezaba el encabezado, seguido por “sus amigos se encuentran en la lista de sospechosos”. La noticia era corta, no tenía más de columna y media. Se había redactado e impreso esa misma mañana, dos horas después del crimen, con los pocos datos que se tenían al respecto. Aparecía el nombre de la víctima, el lugar y los principales sospechosos (Que ahora dormían en el calabozo de la comisaría y que, por cuestiones legales, habían mantenido en el anonimato) y algunos datos y especulaciones paranoicas que no hacían más que infundir el corazón de los lectores con un miedo tan profundo que los haría movilizarse en nombre de Miguel, el chico asesinado.

Había pasado una vez, hace dos años, cuando mataron una niña menor de edad y los diarios se encargaron de difamar a las fuerzas policiales, conglomerando del otro lado de las puertas de cristal de la comisaría a la mitad de la enfurecida ciudad, cargando pancartas, carteles y megáfonos. Costa pensó entonces que probablemente esto volvería a suceder y no quería ser él quien tuviese que salir a dar la cara ante las cámaras. Por eso era vital que llegase Castañeda, su superior, lo antes posible.

Amanda Castañeda aparcó el automóvil en el estacionamiento interno de la comisaría e ingresó por atrás. Minutos antes había notado un movimiento de civiles inusual en la puerta del establecimiento y al entrar, las personas que se abarrotaban en la sala de espera terminaron de confirmar sus sospechas.

Al verla, la secretaria se levantó, ignorando las caras disgustadas de las personas que esperaban ser atendidas y, mientras murmuraba «Un momento» con voz quebrada, abandonaba su puesto para dirigirse a la cocina a preparar un café doble en los recipientes descartables.

Amanda entró al despacho del subinspector.

—¿Organizaron una fiesta y no me invitaron?

Costa bloqueó la pantalla del móvil y lo metió en uno de los bolsillos. Se reincorporó y fue a saludarla. Costa era visiblemente más pequeño que ella, quizás unos diez centímetros, y aunque esto lo molestaba un poco, nunca se lo dijo nada a nadie.

—Otro asesinato, Amanda. De los complejos, además. Hoy transportaron a la comisaría a tres chicos que tenés que ver, están en el calabozo. Estaban en el Bosque de los Arrellanes donde encontraron a Miguel, el chico que se murió- Caminó hasta el escritorio de ella y levantó un expediente- Acá está lo poco que sabemos. Ah, y en la sala de espera están los familiares del difunto, no sé qué mierda hacen acá si el cuerpo está en la morgue. Fijate si les decís algo.

La chica abrió la carpeta por la mitad y ojeó los documentos. Estaban metidos sin un orden específico, como si hubiesen hecho todo a las apuradas.

—¿Qué es esto, Gonzalo? No se entiende nada.

—No te hagas problema, no hay nada demasiado interesante. Después podés leerlo con calma. Es mejor que vayamos a interrogar a los chicos esos, así tenemos más datos para aportar si vienen las cámaras.

—¿Cámaras?

—Ya salió en el diario.

«Hijos de puta» murmuró la chica mientras abandonaba el despacho.

En el calabozo, uno de los celadores les informó a los oficiales que eran tres, dos hombres y una chica. Uno de los chicos no paraba de llorar y la chica parecía estar en shock postraumático. Costa se metió a interrogar al único que parecía mantener todos los patitos en fila, un joven con pintas de brabucón de unos veintidós años, cabello prolijo y sin un pelo en la barba. El joven no aportó demasiado, pedía hablar con un abogado constantemente antes de soltar palabra alguna, pero incluso intentando hacerse el duro, Costa notó a través de sus ojos que estaba asustado. Intentó ingresar a la cabeza del joven por allí, desde el rol de policía compasivo, sin éxito. Solo cuando nombró al chico asesinado, Miguel, fue que al joven se le empaparon los ojos con lágrimas de rabia.

—Señor. No… No voy a hablar de eso hasta que tenga garantías suficientes.

Costa abrió la carpeta del caso y buscó el nombre del chico. Encontró un expediente con una fotito de él, de un tiempo atrás mucho más correcto y arreglado.

—Sebastián ¿No?, necesito que me escuchés, ¿Está bien? – Se sacó los anteojos y lo miró por encima de las cejas pobladas- Entiendo lo que pedís, estamos con esos trámites ahora mismo. Un abogado va a venir, tus papás también están en camino.

Cuando Costa nombró a los padres, el joven abrió los ojos, notablemente sorprendido.

—¿Mi papá vendrá?

—Sí, tu papá.

—Ah, no me diga- Contestó- ¿Y como hicieron para sacarlo de la tumba? ¿Lo exhumaron o lo traen tipo marioneta con un par de hilos?

El chico había enganchado al oficial en la mentira menos elaborada del último siglo. No, no habían llamado a nadie todavía, porque todo significaba llenado de papeles y burocracia. Un abogado (Quizás dos) de por medio, el poder judicial y demás profesionales no hacían más que dificultar su trabajo.

—Sebastián. Tenés un cuerpo encima, pibe. El de tu amigo, Miguel. Lo despedazaron todo, le arrancaron los órganos y se hicieron una fiesta. ¿Sos consciente de eso? -Como era de esperarse, al policía se le había acabado la paciencia- Vos tenés cara de buen tipo. Boludo, pero buen tipo, yo solo espero que no tengás nada que ver. Por eso te estoy interrogando ¿Me entendés? Para que me digás quien mierda fue y terminemos con este asuntito lo antes posible.

El chico permaneció en sumo silencio, inclinándose un poco hacia atrás en las sombras para que el haz de luz del precario foquito sobre su cabeza ya no lo atacara a los ojos. Costa también se quedó allí, acusándolo con la mirada. Si había un ejercicio de la labor policial que le gustaba más, era ese precisamente. El juego que se gestaba entre los dos sujetos, policía y sospechoso, mientras el segundo se iba quebrando por la necesidad y consumiendo por el miedo y la angustia de ver sus planes de vida acabarse lentamente.

—Bueno, tengo cosas que hacer, como interrogar a tus otros amigos, por ejemplo- Se levantó de la silla y tomó sus anteojos del escritorio- Espero que el haber asesinado a Miguel no te pese demasiado- Le había puesto una mano en el hombro. Sebastián se sacudió con violencia.

Dicho esto, abandonó la sala cerrando la puerta con cuidado.

En la otra sala de interrogatorios, Amanda tenía a la chica agarrada de la mano, atravesando el escritorio. Fuera (y del otro lado del cristal opaco, que solo permitía ver de afuera hacia adentro) un grupo de policías y otros agentes se habían reunido, en silencio, a contemplar el interrogatorio. Fernández le hizo una seña a Costa de que se acercase un poco más y así escuchar mejor.

Castañeda atendía atentamente a la joven y hablaba lo menos posible, casi sin preguntar, para ampliar el margen de libertad de la otra, permitiéndole así expresarse lo mejor que podía. De vez en cuando soltaba un «¿Te acordás de algo más?» o «¿Qué pasó después?», pero solo en los momentos en que la chica parecía perderse y se reducía sobre sí, entrecerrando los ojos, tímida y con miedo.

—Gonzalo, vení- Susurró Fernández y el subinspector se acercó- Esto no te lo vas a creer, es terrible.

La chica, consciente de que más oficiales escuchaban y grababan su testimonio desde el otro lado de la puerta, pero sin saber cuántos con exactitud, narraba de manera entrecortada una historia de lo más paranoica, cuando no escalofriante, que nadie en esa institución había escuchado jamás.

Aparentemente los chicos habían ido al Bosque de los Arrellanes a eso de las ocho de la noche, tenían en mente un proyecto para la facultad del cual se habían obsesionado, que comenzó siendo un simple análisis de leyendas autóctonas y que ahora pensaban documentar al estilo La bruja de Blair. Cuestión que los muchachos habían decidido filmarse a ellos mismos recorriendo el bosque que circundaba la ruta nacional 140, específicamente en la parte más al norte donde el bosque se volvía más pantanoso y donde se rumoraba la existencia de una bruja. Primero habían buscado en Google a “La Bruja de los Arrellanes” pero no habían encontrado nada. Ni un dato, ni una entrada, ni una mención, nada. Lo más cercano era una página de Wikipedia que hablaba de los bosques, la fauna y la flora, pero nada más. Sin embargo, al investigar más a fondo en la biblioteca pública de San Fernando, habían encontrado algunos viejos archivos en la sección de diarios que hablaban de misteriosos asesinatos de los setenta que se gestaban precisamente en el pantano. Más tarde habían hablado con una curandera que vivía con los gitanos, en las carpas de la Florida. La vieja, muy reservada, omitió todos los datos con los cuales podían valerse para un informe porque pensaba que “nombrar a la muerte era llamarla por gusto” y que no consideraba de buen augurio pronunciar su nombre. Sí les dijo que había una mujer, una bruja, que se había apropiado del pantano después de ahogarse en la laguna, era joven, muy joven y le habían quedado muchas cosas por hacer en San Fernando, quedando así encadenada a nuestro plano, como un espíritu vengativo, un demonio bíblico, un monstruo de fábula.

En los archivos quedaban algunas noticias de los setenta, referentes a las muertes que en total sumaban trece y tan solo dos publicadas en el mismo diario un año más tarde, donde se relataba el testimonio de un hombre que había acompañado a una de las victimas de la presunta bruja- por aquel entonces un asesino en serie- y que había presenciado todo. La columna parecía arrancada, perdiendo la foto del testigo y la mitad de la noticia, pero dejando un nombre: Guillermo Silia. Los jóvenes, en un intento desesperado de reunir información de la Bruja de Arrellanes, habían rastreado al testigo (Quien ahora tendría unos setenta y tantos años) hasta una módica casita justo donde terminaba la urbanización de San Fernando. Con una copia de lo que quedaba de la noticia en mano, se tomaron el colectivo que iba para Santa Ana y se bajaron en una parada solitaria y descuidada en medio de la ruta. Caminaron cerca de dos horas hasta dar con la tranquera que delimitaba el territorio privado de los Silia, la saltaron y se dirigieron a la casita. Sebastián iba filmando.

A Sofía, la chica que hablaba con Castañeda, le costó bastante rememorar lo acontecido en ese lugar, principalmente por la experiencia traumática que había vivido hace unas horas y el presunto asesinato de Miguel. Contó que los Silia tenían un perro encadenado que empezó a ladrar desaforadamente incluso antes de que se hicieran completamente visibles, tironeando de la cadena con brusquedad y babeando por los costados. Salió entonces una mujer muy anciana al porche y recibió a los jóvenes con una extraña naturalidad, Sofía mostró la noticia y la mujer los invitó a pasar, pero Nicolás (Que ahora lloraba en la habitación contigua) no se fiaba un pelo y había pedido que hablen allí afuera. La anciana era la esposa, Guillermo había muerto hace tres años y casi no había dicho una palabra acerca de los años setenta.  «Me acuerdo que Guille sufría mucho lo de su amigo… ¿Cómo era? Fernando. Yo no lo conocí» Decía «Pero sé que lo sufrió mucho, se le veía en la cara, estuvo siempre angustiado. Ahora está en paz, eso sí. Nadie le puede quitar eso». Después les comentó sobre un diario que su marido escribía y que había metido en un cajón antes de fallecer. “Quemalo” le pidió, pero la mujer no obedeció. Estaba dentro y aunque no podían llevárselo, porque era lo último que le quedaba a ella de su esposo, les permitió echarle un vistazo.

—Buscá todo lo que encuentres de Guillermo Silia y de su mujer- Ordenó Costa a Fernández- Fijate si la vieja sigue viva y pedile el diario, que te lo dé y si no, me decís a mí y le metemos una orden de allanamiento.

—Gonzalo…

—Vaya, Fernández.

La chica comentó que lo habían visto, pero no se entendía muy bien. Eran letras en cursiva ilegibles y borrones y manchas, como si todo fuese escrito a las apuradas. Dijo que Sebastián le había sacado fotos a algunas páginas de interés, que las tenía en la galería del celular. Había una frase escrita en una de las entradas que se le había grabado en la cabeza como un estigma. “Lo del bosque no es humano” había escrito Guillermo, y cuando le preguntó a la anciana, no supo contestar. «Como te digo, nunca me contó demasiado al respecto. Yo sé que lo sufrió un montón, a Fernando él lo quería mucho y fue tan trágico, todo el pueblo estaba conmocionado. Antes hubo más, eso pasa. Terrible. La policía no sabía que hacer, nosotros no sabíamos que hacer… Una masacre era, un acto de odio. Quien sea que haya sido debió haber estado trastornado» comentaba «Guille nunca se recuperó, no estaba muy bien. Me acuerdo que cuando fue al diario a dar el testimonio, cuando finalmente se decidió, las autoridades lo vinieron a buscar hasta acá para llevárselo a la comisaría por alterar el orden o algo así. Después lo quisieron meter a una de esas clínicas de salud mental, pero no eran como las de ahora, no, ahí juntaban a todos los locos juntos como en una pecera. Horrible. Guille no tenía nada que ver con ellos y estaba muy asustado así que hicimos todo lo posible para que no lo metan. Tuvo que ir tres años a un psiquiatra extranjero que se había radicado acá pero que falleció hace bastante. Desde entonces no volvió a hablar del tema nunca más. Aunque sí escribía el diario este». Muchas de las páginas hablaban de Fernando y de lo mucho que lo extrañaba. A la chica le llamó la atención que en ningún momento Guillermo hizo apología a su muerte trágica ni nunca narró detalles al respecto, simplemente se refería a él como que “se había ido” o a quien “había perdido”. Casi llegando al final del diario, Sofía leyó justo al margen de una de las páginas “Espero que Pipi esté bien”. La anciana notó el estremecimiento de la joven y le pidió el diario, luego de leer el mismo pasaje, su cara se inmutó y se puso seria de repente. «Bueno, creo que es demasiado material para procesar, ¿No es cierto?» Empezó «Pero se está haciendo tarde y van a perder el colectivo de vuelta a la ciudad. Espero que les vaya muy bien en el proyecto de la facultad». La chica quiso sacarle una foto a la página, pero la anciana se negó, excusándose con que no es lo que Guillermo hubiese querido.

El interrogatorio continuó un poco más hasta que el relato se aproximó a la fecha y Sofía no pudo continuar. Castañeda la acompañó en el proceso como una fiel oyente, atenta a cualquier testimonio de interés, golpeando el escritorio con el índice cada vez que la chica decía algún dato que el oficial Silva, del otro lado del espejo, debía apuntar en una libreta. Siempre se podían revisar las cintas grabadas, pero eran un trabajo que requería un tiempo extra que en situaciones como ésta no tenían. Costa había abandonado los calabozos un tiempo antes para dirigirse hasta la oficina de “Secuestros” donde se etiquetaban y depositaban todos los objetos sustraídos tanto de los carcelarios como de las operativas. Saludó a la oficial de turno y extrajo el teléfono móvil de Sebastián de una de las bandejas blancas. Estaba envuelto en una bolsa de plástico de cierre hermético bajo la etiqueta de “010- Teléfono móvil”.

—¿Se lo lleva? – Preguntó la oficial.

Costa lo encendió y se encontró con el patrón de bloqueo. «Mierda» pensó.

—Sí, ponelo a nombre de Castañeda, ella lleva el caso.

—Pero necesito la firma de ella.

—La concha de mi madre, Ortega. Ponemelo a mí, dale. Anotá.

La chica llenó un formulario y le pidió la firma al subinspector. Acto seguido, Costa abandonó la oficina con una rapidez nunca antes vista mientras buscaba un número de teléfono en la agenda de su celular.

—Jorge, ¿Cómo estás? – Inició la llamada telefónica- Mirá, estoy en un caso terrible. Sí, ese, el del pibe. Tengo mierda hasta las rodillas, sí. Una cagada todo. Escuchame, tengo el teléfono de uno de los pibes estos que agarraron en el bosque, pero tiene bloqueo y no me deja ver nada. ¿Vos podés desbloquearlo y mandarme todo a la computadora? Dale papá, gracias. Ah, mirá todo lo que quieras, pero de esto nada a nadie, eh. Te corto las bolas. Dale, gracias. Te lo mando con uno de los patrulleros. Chau- Y cortó.

Había algo en el caso que lo incomodaba, como una sensación helada que le crecía desde la planta de los pies y le subía por la columna vertebral. No quería creer la historia de la chica, pero sonaba demasiado verosímil. Si la historia era inventada, sin duda la habían elaborado con sumo detenimiento días antes del incidente. Pensó en Miguel y en Fernando, victimas auténticas y reales que perecieron en el mismo lugar. Eso lo asustaba de verdad. Mientras recorría los pasillos de la comisaría, pensó en las filmaciones que había efectuado Sebastián pero que cuya cámara no se encontraba en los objetos sustraídos. ¿La habían perdido en el bosque? ¿La habían escondido? En orden de llegar a una conclusión contundente, era necesario tener en posesión policial esas grabaciones, porque si algo de todo esto había pasado en realidad, debía salir allí.

De camino a los blocks de oficinas se chocó con Castañeda que venía acompañada de Silva.

—Amanda- Dijo Costa.

—Gonzalo, ¿escuchaste el testimonio de la chica?

—Sí, casi todo. Estaba afuera, con la mitad del plantel policial. Aparentemente la chica es una atracción turística- Fingió una media sonrisa, intentaba sonar calmado- Mandé a Fernández a averiguar sobre el diario de los Silia, la mujer, su marido, todo eso- Castañeda le hizo una seña al otro oficial para que tache algo de la lista- También saqué el celular de Sebastián para ver las fotos de la galería, pero tiene clave así que hasta la noche no voy a tener nada. Ahora pensaba ir a la biblioteca a ver si encuentro las noticias de las que habla la chica.

—No te preocupes por eso, ya las tengo. En cuanto las nombró, Heras ya estaba telefoneando a la biblioteca. Las mandaron hace un ratito, estoy yendo a buscarlas. ¿Vamos?

Los tres oficiales desfilaron pasillo abajo hasta la sala de espera, donde la secretaria había impreso las noticias y ahora las hojas tibias reposaban sobre el escritorio. Antes de cruzar las puertas vaivén, Costa se frenó y miró por la ventana circular. Del otro lado todavía esperaban los civiles, familiares de los chicos y demás. Incluso pudo notar una que otra cámara de un canal de noticias informativo local.

—Llegaron los buitres- Anunció.

Amanda se acercó a Costa y miró hacia el otro lado.

—Gonzalo, agarrá las copias y volvé a meterte. Esperame en el auto y vamonos a la mierda de acá, por la puerta de atrás. Yo los entretengo un rato, que si no estos se van a empezar a matar.

Acto seguido, Castañeda abrió la puerta de un tirón y uno de los camarógrafos casi que se le lanzó encima. Tenía una lucecita roja encendida que indicaba que estaban al aire. Momento después aparecieron dos cámaras más de vaya uno a saber dónde. La barrera de cuerpos humanos la encerró como a un animal salvaje y entre micrófonos y celulares, la bombardeaban con preguntas.

—Antes que nada, hagansé para atrás, que así no se puede- Amanda comenzó a empujarlos un poco, pero los reporteros parecían no estar dispuestos a ceder terreno.

Entre tanto, Costa se escabulló hasta la mesa de entrada y habló con la secretaria, una joven rubia de unos treinta años, con el cabello armado en una hermosa permanente y la cara pintarrajeada por demás. Le sonrió al verle y le extendió las copias.

—Le hice el café a Amanda, pero ya se enfrió. Si querés lo caliento en dos minutos y se lo llevás- Luego agregó- No se lo pude alcanzar yo, acá me están matando.

—Está bien, gracias Laura, no creo que lo quiera. Ahora nos vamos a otra parte, te digo que la cosa está más para una cerveza que para un café.

—Es muy temprano, Gonzalo.

—Son las diez y media de la mañana.

—Pero no desayunaron nada.

—No creo que a Amanda le importe.

Laura hizo una mueca disgustada y siguió tecleando en la computadora. El subinspector volvió a internarse en la comisaría y salió por la puerta de emergencia que daba al estacionamiento, Silva, el oficial que antes había seguido a Amanda con una libreta, los esperaba en uno de los móviles policiales con el motor encendido. Afuera hacía un frío terrible que le convertía el aliento en vapor.

 

—La reputa que los parió a los reporteros de mierda estos- Exclamaba Amanda en el asiento del acompañante- Son una plaga. Encima nos hacen quedar mal, vos vieras las cosas que me preguntaban, que si los chicos eran los culpables, que si habían participado de un ritual satánico o si habían intentado comerse al pibe. Están relocos, de verdad te lo digo. Lo peor es que después estas sátrapas pasan por la tele todas estas boludeces.

—Y bueno, viste como es- Comentó Silva, que manejaba con los ojos clavados en la carretera.

—Yo te lo digo desde ya, esta tarde tenés a Rebolloso en la puerta de la comisaría. Ya lo puedo ver. En cuanto el comisario quiera meter la nariz en el caso, los prendo fuego a todos. Al viejo, a los pibes, a ustedes, a todos. No la dejan a una laburar tranquila. Parece a propósito.

—Amanda, ya está. Dejá el temita de los reporteros, ya se fueron.

La oficial, malhumorada, ahora miraba los álamos que crecían al borde de la carretera pasar uno a uno en fila hasta perderse en la distancia. En el asiento trasero Costa leía y releía las noticias que les habían mandado desde la biblioteca. La mayoría databan entre septiembre y octubre de 1970 y eran todas de casos aún sin resolver sobre homicidios violentos. Nunca habían encontrado al asesino.

—Che, Amanda. No me gusta nada esto, eh- Comenzó Costa- A estos les pasó algo similar que a Miguel, pero cincuenta años atrás. Todos abiertos, destrozados.

—No puede ser un asesino en serie porque ya debería estar muerto o muy viejo. Al menos que nos estemos encontrando con un replicador.

Entre los oficiales empleaban el término de replicador para referirse a aquellos asesinos que imitaban y aplicaban los mismos métodos que otro, simulando así una continuidad de los casos. En San Fernando solo había sucedido una vez, que al final resultó ser el hijo, igual de trastornado que el padre.

—No sé, puede ser. En las fotos no se ve muy bien. Habría que telefonear a la comisaría del centro y que revisen los archivos a ver si hay algo, pero no parecen cortes artificiales.

—Quizás fue una animal- Opinó Silva.

—Eso sí, Pero ¿qué? ¿Un oso? Si no hay de esos acá, menos en los Arrellanes. Ahí lo máximo que te puede atacar es uno de esos drogadictos erráticos en busca de hongos. Los hicieron mierda a estos.

—Puede ser un coyote. O varios.

—Sí, puede ser.

Esa noche los tres oficiales se fueron a comer juntos a la casa de Silva, que vivía solo en un departamento de centro y nunca nadie lo jodía porque todos en el edificio sabían que era policía. Mientras el dueño destapaba unas cervezas en la mesada, Castañeda y Costa discutían el caso de Arrellanes sobre un montón de hojas, la carpeta de los sospechosos abierta de par en par y las noticias esparcidas.

—No hay testigos de los casos de los setenta, están todos muertos o ocultos. No van a querer hablar y menos ahora que vean en la tele que la historia se está repitiendo- Dijo Amanda.

—No digás eso…

—¿Qué cosa?

—Que se repite, no lo digás. No estamos seguros todavía.

—¿Vos me estas jodiendo? El mismo lugar, el mismo asesinato, la misma forma, todo. Para colmo en un ciclo de cincuenta años exactos, no podían ser no sé, treinta y dos años después, cuarenta y cinco, que se yo. Veintiuno. No, cincuenta años clavaditos.

—Lo que digo, que, si es un ciclo, eso implica que va a volver a pasar. En cualquier momento al menos uno más de acá de San Fernando se nos va para el cajón- Amanda lo miró, dubitativa.

—¿Cuándo se registró el primer caso?

—A ver- Gonzalo agrupó las noticias y las ordenó- Acá me figura el veinte de septiembre, pero dice que el caso es de dos días atrás.

—El dieciocho.

—Claro, el siguiente asesinato es el veintiuno. Tres días después. Esa noticia sí salió el mismo día, se ve que los reporteros se interesaron más.

—O sea que, si esto es un mismo modus operandi, tenemos dos días antes de que vuelva a ocurrir- Silva se sentó con las tres botellitas que tintinaron antes de afirmarse en la mesa, Amanda tomó un sorbo- ¿Sale ahí el caso del que hablaba Sofía, el de Guillermo?

Gonzalo fue pasando una a una las noticias, poniéndolas al final para no alterar el orden.

—Creo que es ésta. Sí, acá dice Fernando Leguero. Es el último caso. Sábado 24 de octubre, 1970. “Terror en San Fernando: Nueva víctima en los Arrellanes”. Ese es el encabezado, después viene la noticia, pero está cortada. A ver- El subinspector la revisó con cuidado- Dice que sucedió en el lugar, iban Fernando y Paula, su novia, en dirección a las pistas, cortaron camino por el bosque. Guillermo los seguía de atrás para hacerles una broma y bueno, el resto es historia.

—Pará, pará ahí. ¿Quién es Paula?

—La novia dice acá, pero nada más.

De repente Gonzalo abrió los ojos como platos. Levantó la mirada de la noticia y los clavó en la ventana detrás de Amanda. Casi como un choque eléctrico, se le vino a la cabeza algo que dijo Sofía más temprano. “Espero que Pipi esté bien” dijo. Y la anciana no le quiso (O no supo) responder. Si Pipi era Paula, significaba que hacían referencia a la misma persona y, por tanto, si Guillermo Silia se preocupaba tanto por Pipi, quería decir que algo también le había ocurrido a ella. Gonzalo les recordó todo esto a los oficiales y Silva revisó su libreta. Ahí estaba la misma frase. “Espero que Pipi esté bien”. Con comillas y todo, la había apuntado en el momento en que Castañeda se lo ordenó con el dedo índice al golpear el escritorio.

—¿Tiene apellido?

—Paula Velarde.

—Silva, anotalo. Dame un segundo.

Amanda se levantó de un brinco y sacó el celular del bolsillo. Buscó en la agenda el número de la comisaría y lo atendió un oficial de guardia. La oficial preguntó si quedaba alguno en el área de rastreo y el hombre del otro lado del teléfono dijo que no, que ya se habían ido todos y hasta las ocho de la mañana no iba a haber nadie, pero que estaba Fernández.

—¿Fernández? – Exclamó- Dame con él- Puso el celular en altavoz.

Un minuto más tarde, la voz ronca y cansada del oficial se hizo audible por el otro lado, la voz rebotaba en las paredes del pasillo dándole un efecto de eco muy extraño.

—Castañeda, buenas noches. No me estoy quedando de guardia, simplemente me atrasé con unas cosas que me pidió Costa y se las estaba mandando. Ya me iba.

Amanda tapó el micrófono y moduló “¿Qué le pediste?”. “El diario” respondió el otro.

—No hay problema, pero necesito que me hagas un favor, podés terminar con lo del diario después.

—Okey- Respondió un poco inseguro.

—Andate hasta el despacho de rastreo, siempre lo dejan sin llave. Encendé una de las computadoras y abrí la base de datos.

—Amanda, pero yo no tengo acceso a…

—Vos haceme caso que yo me hago cargo de todo. No te van a decir nada, igual. No queda nadie ahí.

—Pasa que se quedaron tres agentes más, la sala de espera sigue abarrotada de gente. Por cuestiones de seguridad, viste.

—No importa, dale, ¿ya prendiste la computadora?

—Se está encendiendo.

—Bueno, anotá. Necesito que busques el nombre de Paula Valverde, es una mujer grande ya, debe tener mínimo sesenta y cinco años. No sé bien. Mándame lo que encuentres.

—Dale, ahora mismo. Buenas noches, Amanda.

—Buenas noches.

Cortó la llamada y se bajó la cerveza en tres tragos. Los tres oficiales permanecieron en silencio, expectantes, la llamada del otro, que a un kilometro y medio de allí, tecleaba con violencia y maldecía el servicio de internet de mierda que les proveía el estado. «Dale» le gritó Fernandez a la computadora y le pegó con la palma abierta al monitor. La pantalla negra de la base de datos se abrió y más tarde apareció el buscador. El hombre tecleó el nombre que Castañeda le había provisto y esperó a los resultados. Minutos más tarde, estaba volviendo a llamar.

—Se mató, Amanda. Se ahorcó.

—¿Dónde?

—Estaba en el hospital psiquiátrico de Las Palmas. El que cerró en los noventa. Enrolló las sábanas de la cama y las colgó en los barrotes de la ventana, después se las pasó por el cuello y se mató.

—No me digas, la puta madre.

—Pará. Hay más- Siguió el hombre, ahora parecía nervioso, asustado- Acá dice que en la escena del crimen había mucha sangre, por todas partes. Se había mutilado la espalda con un pedazo de fierro- Paró un momento- Y escribió algo con los dedos en la pared. Hay una foto, ya te la mando. Dios. Ay… Por favor- Fernandez estaba viendo las fotos en la pantalla del monitor.

—¿Qué dice, Fernandez?

—Esto es un asco, toda la cama llena de sangre. Y el piso sucio, como con barro. Está todo medio ilegible, pero parece que dice “Llevo la marca de la bruja”

 

Fin de la primera parte. “El legado de la bruja” de la narración “La bruja de los Arrellanes”

Ruy Hanmse

30/09/2018

 

 

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