La Vaca

«Cuento/ Narración»

 

Con un leve crujido casi inaudible se abrió la puerta de entrada del departamento de la familia Martínez, en el octavo piso del edificio Plaza. Inmediatamente a eso le siguieron unos lentos pero pesados pasos que se sentían hasta la habitación de Mirta, que escuchaba todo atenta, con los ojos clavados en la oscuridad del lugar. Los pasos se detuvieron un momento y acto seguido, una de las sillas de la sala de estar cayó estrepitosamente, despabilándola por completo.

—¿Germán? — Dijo, con voz clara y audible.

Con un siseo alguien calló a otro, como intentando mantener el silencio mortuorio que se había quebrado minutos atrás. Luego paz otra vez. El corazón de Mirta empezó a latir con fuerza, como queriéndose salir del cuerpo. La mujer se reincorporó lo mejor que pudo y apoyó la espalda contra la pared, aún sin levantarse. La cama crujiría y quién sea que esté allí la oiría. Después recordó que había gritado el nombre de su hijo unos segundos antes y se arrepintió al instante.

Prendió la lamparita de la mesa de luz y rebuscó en los cajones. Encontró la tijera de costura. ¡Bendito sea el momento que había decidido no ponerla en su lugar! La apretó fuertemente con ambas manos y esperó. Se imaginó lo peor. Se imaginó un grupo de hombres entrando a la casa con intenciones delictivas y ahora que sabían que había alguien más, se estaban debatiendo que hacer. Quizás entrarían en la habitación y la golpearían y amarrarían. O peor, la violarían, como los casos de tantas mujeres en la última década.

Pensó que tal vez se trataba de un asesino, de esos de las películas, que entran con un mameluco y una máscara buscando una impoluta víctima con quien saciar sus mas perversos deseos, dignos de tal mente retorcida. Había visto días atrás un documental de asesinos que no habían sido ajusticiados correctamente y hoy día estaban libres, caminando por las calles de las ciudades. Lo que más le había impactado era lo poco que semejaban a uno. Eso era lo más perturbador. Algunos parecían hombres comunes, de esos de polo y jean, de cabello correcto, profesores de primaria, almaceneros, empleados públicos, quien sea. Todos normales. Lobos en piel de cordero.

No podía decirlo con exactitud, pero habían pasado dos minutos, quizás tres y nada había ocurrido. Pensó en su hijo, que había salido más temprano a una de esas juntadas habituales y quizás había vuelto, probablemente borracho y se había quedado dormido en su habitación, o en la cocina. Nunca había pasado, pero podía pasar ahora, la sociedad avanza y los hombres son cada vez más terribles. Aunque Germán siempre la saludaba con un beso. Siempre. Entraba a la habitación y le daba un beso en la frente antes de marcharse a la suya. Miró el reloj electrónico en su mesa de luz y notó que marcaba las tres de la mañana. Quizás sí sea un borracho, pero no su hijo. Quizás alguien, afectado por el alcohol u otras sustancias, se había confundido de puerta y había entrado en su departamento. Había tres departamentos más en ese piso, no le sorprendía para nada que así sea y que cuando escucharon la voz de ella a través del pasillo, se asustaron y se fueron. Puede haber sido el hijo de Mariela, que vive en el departamento continuo y de quien siempre sospechó. O la parejita esa chilena que alquilaban al fondo. Cualquiera de ellos.

—¿Estás despierta? —La voz de su hijo la arrancó de sus pensamientos, el chico se asomó por el umbral y la luz de la lamparita dejó entrever su rostro.

—¡Ay! Germán, sí— Soltó un suspiro y dejó la tijera en la mesa— ¿Qué te haces el misterioso, boludo? ¡Me asustaste!

—Perdón, má— Su hijo entró en la habitación. Tenía la capucha puesta y la campera cerrada hasta el cuello— Es que… pasó algo. Pero no te asustes ¡eh!

—¿Qué hiciste?— Le increpó de inmediato.

—Nada, o sea… Nada grave. Bueno, tuve que hacer algo. Ayudé a alguien y bueno… No la podía dejar, es… Es complicado…— Hablaba con voz tímida y eso la espantaba.

—No te entiendo una mierda, Germán. ¿Qué hiciste?

—Es… Es mejor que lo veas vos.

Mirta se levantó de un salto y así; en camisón, se calzó las pantuflas y salió al pasillo. Su hijo iba adelante, a tientas. La mujer se ayudaba con las paredes para no tropezar. La oscuridad de la madrugada se había tragado el departamento por completo, impidiéndole distinguir una sola forma entre tanta negrura.

—Correte- Soltó Germán, casi como un susurro.

—¿A quién le hablás?

Germán llegó a los interruptores y las luces de la cocina y la sala de estar se encendieron luego de parpadear un momento, al compás del siseo de la electricidad. En cuanto lo vio, la madre soltó un grito de horror.

Ahí, a medio metro de ella, una vaca horrible, rojiza y de unos ochocientos kilos la miraba a través de unos pequeños ojos negros. Tenía cara de estúpida y babeaba un poco sobre la alfombra. El bovino estaba en medio del pasillo, entre la mesa de la cocina y el sillón de la sala, en un espacio muy reducido. Si no fuese porque el pesado animal le cortaba el paso, la mujer habría salido corriendo espantada.

—¿Qué es esto? – Exclamó, mientras trastabillaba hacia atrás.

—Una vaca, mamá.

—¡Ya sé, pelotudo! ¡La veo! Quiero decir, ¿Qué hace acá? ¿De dónde la sacaste?

—Es complejo, estaba con los chicos caminando por el zanjón, cerca de las chacharitas y descubrimos un montón de vacas encerradas, así que nos acercamos para ver mejor, que se yo. Cuestión que un… cuidador, creo, nos estaba mirando. Estas vacas eran del matadero de más arriba, ese que está llegando al cruce de la ruta ¿Te acordás?

—Sí, dale…- La mujer iba intercalando la mirada entre su hijo y la vaca, que no había parado de mirarla ni un segundo.

—Bueno, el viejo nos sacó cagando. Pensó que íbamos a envenenarlas o no sé. Matarlas, que se yo. El… El gordo me dijo que se las llevan allá arriba, a la fábrica, para meterles un mazazo y descuartizarlas. ¡Horrible! – Se detuvo un momento, recordando- Bueno, cuestión que volvimos y cortamos el alambre de la cerca. No podíamos permitir que las maten, así que las liberamos. Las vacas empezaron a salir una a una pero el cuidador se dio cuenta y entró a tirar tiros. Nosotros salimos corriendo, pero ésta nos siguió. Intentamos espantarla, pero no pudimos. Se vino con nosotros a la ciudad. Mica me dijo que seguramente las iban a buscar en la madrugada, porque eso hacen. Si las pierden las vuelven a cazar. Es así. Entonces me dijo que la teníamos que esconder. Y bueno, la traje para acá. Pero es esta noche, nomás, eh. No te asustes, mañana me encargo.

—Mas vale que la vas a sacar, Germán. ¿Qué se piensan? ¿Son estúpidos ustedes? ¿Sabés en el quilombo que se metieron, hijo? ¿Eh? Esa gente los va a buscar, como a las vacas, y los va a meter presos. Y voy a tener que salir a dar la cara yo, por vos y por este animal, que ahora está metido en la cocina de mi departamento. ¿A quién se le ocurren estas boludeces? ¿A Pablo? ¿A vos? ¿No se dan cuenta las cagadas que se mandan? Por favor, hijo.

—Las iban a matar, mamá.

—¡Por supuesto que las iban a matar, Germán! ¡Eso hacen! ¿O que te pensás? ¿Que la tira de asado nace de un árbol, nene? ¿La plantan en una granja y crece un chorizo?

—Sí, ya sé. Pero no las podíamos dejar ahí, mamá, entendelo.

—No, vos entendeme a mí, Germán. Me metiste una vaca de ochocientos kilos al departamento. Me metiste una vaca a la cocina y me está masticando los almohadones de las sillas, hijo, ¿Ves? ¿Ves cómo me arruina todo? ¡La puta madre!

La madre corrió una silla de un tirón y la vaca se quedó con el almohadón de flores en la boca. Se lo tironeó un poco, pero el animal parecía no ceder y la mujer se rindió. Corrió las demás sillas y empujó el sillón contra la mesita de café, liberando un poco de espacio.

—¿Cómo la subiste? ¿Nadie te vio?

—Por el ascensor.

—¡Ay! ¡Dale! ¿Podes dejar de tratarme como boluda? ¿Cómo la vas a subir por el ascensor si se banca cuatrocientos kilos como máximo? ¿O no te acordás cuando el gordo Zalá lo trabó cuando se quiso subir con toda la familia? Ya el gordo solo lo traba y el boludo mete a la mujer y a los pendejos, imagínate si te subís vos con una vaca.

—Bueno, no, la subí por la escalera. Así- Sacó una zanahoria del bolsillo trasero del pantalón y la vaca giró un poco la cabeza- La traje despacio, pero no me vio nadie, eh. No hizo ningún ruido ni nada. Te lo juro.

—¡Ay! ¡Dios! Me vas a matar algún día vos. ¿No pensás en mí ni un momento? ¿Sabés por lo que estoy pasando ahora?

—Perdón, má.

—Perdón nada, me sacás esta vaca de acá cuanto antes. No la quiero ver cuando me levante, ¿Me escuchaste?

—Sí.

—¿Me escuchaste, Germán?

—Sí, mamá, te escuché.

Y la mujer se giró de improvisto y desfiló a la habitación. Luego un portazo y el chico quedó solo con el animal en la cocina.

Tres horas más tarde la mujer se despertó. Increíblemente para ella, se dio cuenta que había dormido por lo menos dos horas, luego de que sus ofuscados pensamientos se fueron apaciguando y que el cansancio del cuerpo comenzó a tironearla, obligándola a cerrar los ojos. Se vistió con una camisa blanca y un jean y se calzó unos zapatos negros que descansaban desparramados al costado de la cama. Luego se levantó con la intención de ir al baño, pero en el camino, notó una forma oscura al final del pasillo. La mugrosa vaca seguía ahí.

Con un repentino cambio de rumbo, entró en la cocina echando humos, pero antes de decir una palabra, buscó a su hijo con la mirada. Germán se había quedado dormido en una de las sillas de la cocina. Tenía la cabeza colgando hacia atrás y las piernas abiertas. Seguro había caído rendido después de una larga noche ajetreada. La vaca, doblada sobre sí, también dormía o parecía dormir. La mujer se acercó al chico y lo sacudió un poco.

—Germán… ¡Hey! Germán- El chico estaba duro como un tronco y roncaba un poco con la boca abierta- ¡Germán!

—¿Qué?

—Te dije que sacaras este animal de acá.

—Sí, quise, pero cuando abrí la puerta, la vecina del D estaba asomada y miraba para acá. Me dio cosa salir con la vaca, vos me dijiste que no querías que se entere nadie.

—Bueno, pero no puede estar acá, es tu responsabilidad esto.

—Sí, pero no la puedo sacar ahora, má. No hasta la noche por lo menos. Imaginate que van a pensar los vecinos si me ven saliendo acompañado por este animal. Imaginate la gente de la calle que va a decir. Me va a parar la policía.

—Bueno, pero ¿Qué pensas hacer, entonces? ¿Dejarla acá?

—No, no, me la llevo. Me la llevo; pero esta noche. Ahora imposible.

—Más te vale que así sea. ¡Por Dios!

La mujer se encerró en el baño y minutos después salió maquillada y peinada. Desfiló como pudo entre las sillas y el animal y se dirigió a la puerta. Luego tomó el llavero que colgaba cerca del interruptor de la luz y lo metió al bolso.

—Es tu responsabilidad este animal, que quede claro eso. No voy a hacer nada yo. Vos la metiste, vos la sacás. ¿Me oíste? Y basta ya de estas boludeces que hacen, encarecidamente te lo pido. ¿No pueden ser pibes normales? ¿Eh? ¿No pueden juntarse a chupar, a drogarse por ahí? Me tienen harta con estas cosas, de verdad te lo digo, harta. A veces me preocupa haber tenido un hijo tan pelotudo.

—Bueno, eu.

—Bueno nada, me voy a trabajar.

—Chau, cerrá la puerta con llave.

—Germán…

—Sí, ya sé, yo me encargo. Chau.

El chico se pasó el resto de la mañana reacomodando los muebles del departamento. Apiló los sillones contra un rincón y se llevó la mesa de café a su habitación, liberando toda la sala de estar. Antes de mover el animal, por precaución, se decidió por envolver la alfombra que cubría casi toda la sala. La enrolló sobre sí, descubriendo así unas viejas y atacadas maderas que antes funcionaban como piso flotante. La humedad y el paso del tiempo las fue devorando y arruinando, obligando a Mirta a cambiarlas o cubrirlas, optando por la opción más barata. Más tarde decidió que lo mejor sería pasar por una verdulería a comprarle alimento, siendo consciente de que algo malo podría llegar a pasar si a ésta le empezase a entrar hambre. Ya tenía suficientes problemas por ahora. Recordó que había un negocio cruzando la calle y, aunque no le gustaba comprar allí, volvería más rápido. Mientras menos tiempo se pasase fuera de casa mejor.

Abrió la ventana del balcón para que circule el aire y se dirigió a la puerta. Miró a la vaca, que seguía echada en el pasillo, entre la cocina y la sala de estar. «En que quilombo me metiste» le dijo el chico. Y ella ni se inmutó. A Germán entonces le dio pena el desahuciado animal, que, si no fuese por la interrupción de él y sus amigos, hoy posiblemente estaría tirada en algún suelo de cemento, con la cabeza abierta como un pomelo. Pensó en las otras vacas que estaban con ella y que posiblemente ahora sí estuvieran muertas. Y bien muertas, además.

—Portate bien, ya vengo- Le dijo mientras tomaba el último juego de llaves que colgaba en la pared y cerró la puerta tras de sí.

Ya en la verdulería tomó una caja y la llenó de verduras al azar. No tenía mucha idea de que comía ese animal ni mucho menos el nombre de todos los vegetales que allí había. Miró la selección de lechugas, con nombres y apariencias tan distintas unas de otras, pero lechugas al fin y se llevó una de cada una. La vaca era omnívora, de eso estaba seguro. De hecho, comían pasto, pero no tenía de donde sacar pasto ahora. Al joven lo rodeaban cuadras y cuadras de cemento y altos rascacielos, con uno que otro árbol ocasional, más como decoración que como “conservación del medioambiente”.

Ya en la cola para pesar y pagar, notó que algunas personas se comenzaron a aglomerar en la vereda. El hecho de que mirasen hacia arriba es lo que más miedo le generaba. Quiso ver que era lo que observaban, pero no podía salirse de la cola. Miraba hacia atrás y hacia adelante frenéticamente en contraposición con el vendedor, que se tomaba todo el tiempo del mundo para pesar, etiquetar y cobrar los alimentos.

«¿Me guardás el lugar un momento?» Le preguntó a señora que estaba detrás y ésta asintió sin mirarlo. Dejó la caja en el piso y en dos zancadas salió a la vereda. Allá arriba, ocho pisos más arriba, la vaca había salido al balcón y miraba hacia abajo, hacia los autos.

—Increíble- Pronunció un hombre de traje- ¿Qué hace una vaca en un departamento de microcentro?

—Encima tan arriba, mirá. Hay que llamar a protección animal- Comentó otra.

—Mirá si se cae o algo.

—¡Imaginate! ¡Una catástrofe!

Germán no pudo contenerse y cruzó la calle corriendo. El semáforo estaba en verde y los autos iban y venían, como en una estampida. Arriesgando su vida y entre bocinazos, llegó al otro lado. Notó que un policía, que antes estaba en la esquina viéndolo cruzar así, ahora se acercaba marchando. Sus miradas se encontraron un momento y el chico se internó en el bloque de edificios. Escuchó como el oficial le gritaba «¡Alto!» pero hizo caso omiso a la orden y cerró la pesada puerta de entrada con fuerza. Luego corrió hacia las escaleras.

Cerca del mediodía Mirta salía de la oficina. Con pasos cortos y la mirada en alto, recorría las calles del centro hasta llegar a la parada de colectivos. Para su suerte, se tomó el primero que apareció y treinta minutos más tarde, llegaba a la esquina de su cuadra. El edificio Plaza se levantaba imponente entre todos los demás. Notó algunas personas en la entrada y mientras se acercaba, fue reconociendo a cada uno de los vecinos del edificio, que se habían juntado en el hall. Previniendo un desastre, quiso detenerse y no entrar, pero la reconocieron en la lejanía.

—¡Mirta! – Grito una vecina- ¡Mirta, vení!

Aún con pasos cortos, la mujer se fue acercando temerosa hasta la entrada de su edificio. Estaban todos allí, o al menos la gran mayoría. Decían muchas cosas a la vez y ella, tan aturdida como estaba, no lograba entender ningún mensaje. Una mano la guió entre el tumulto y la obligó a entrar al hall. Luego la puerta se cerró detrás. Hablaban todos a la vez. Algunos tenían la cara compungida, otros la miraban con tristeza. Fue entonces que la voz de la vecina del décimo se alzó entre el resto.

—¡Silencio señores! ¡No se puede así! ¿Qué somos? ¿Animales? – El resto de las voces se fueron apaciguando lentamente- Normalmente las reuniones las hacemos a fin de mes, pero tuvimos que realizar una de emergencia- Algunos asintieron- Mirta, sabemos lo que está pasando, vimos la vaca en el balcón, pero lo que queremos entender es por qué está pasando.

—¿Es verdad que tienen un matadero en el octavo piso, señora? – Preguntó un hombre, flaco y consumido, que no había visto en su vida.

—¿Son secuestradores de animales? Lo digo porque lo vi una vez en la tele a eso- Dijo otra señora que llevaba un caniche en brazos, mirando a su alrededor en busca de miradas de apoyo- Pasa, eh, en Buenos Aires hay casos. Se roban los animales y después piden la recompensa.

—¿Por qué se van a robar una vaca, Estela? – Increpó otro desde el fondo.

—Qué se yo, la verdad que no me meto en esas cosas. Quizás Mirta pertenezca a uno de esos grupos de protección del medio ambiente, como grenpis- Una señora a su lado asintió.

—Es cierto, yo vi que estaban en unas misiones en el ártico, por el deshielo- Agregó la compañera- Y después me llegó un correo de que estaban en las selvas de Misiones, no se bien porqué, no lo leí completo, pero yo aporto a la causa, Mirta. Todos los meses me llega a la tarjeta. Me encanta lo que hacen.

—¿Trabajas en Greenpeace? – Le preguntó entonces la del caniche.

—Mirta, ¿Tenés un matadero allá arriba o no? – Siguió el otro, intentando hacerse escuchar.

La mujer se sintió abrumada entre tanto caos. La sofocación que los cuerpos amontonados generaba la estaba volviendo loca. Se le bajó la presión de repente y se puso blanca como un papel. Acto seguido, se sentó en uno de los sillones que hasta entonces permanecían desocupados.

—¡La puta madre! – Exclamo otra vecina- ¡Se desmaya! ¡Sáquenla! ¡Se desmaya!

Dos hombres la tomaron por los brazos y la ayudaron a salir a la vereda. Atrás venía la procesión de vecinos que, en pedido de la mujer del décimo, ahora se acomodaban alrededor, dejando un espacio libre en medio para que Mirta no se sintiese tan aprisionada.

—¿Estás bien? ¿Te traigo agua? – Preguntó otro, pero Mirta negó con la cabeza, respirando hondo.

Ocho pisos más arriba, Germán estaba sentado en la mesa de la cocina con la computadora en frente, navegando en internet.  De vez en cuando miraba a la vaca, que ahora estaba con la mitad adentro de la sala y con la otra mitad afuera en el balcón. Al subir, pese a todos sus más frenéticos intentos, no había podido moverla. El animal se había rehusado a caminar y Germán se rindió casi al instante. Era él, de unos setenta kilogramos y poco deportista, contra esa mole vacuna que lo superaba.

Había traído la computadora desde su habitación con el solo propósito de investigar sobre la industria vacuna. Ahora estaba en Wikipedia leyendo sobre los mataderos y los métodos de aturdimientos que empleaban. Aparentemente, las vacas permanecían en corrales uno o dos días en espera de las autoridades sanitarias, antes de entrar en la cadena de producción. Germán tomó un sorbo de café quemado e hizo una mueca. Si las vacas que habían liberado todavía no habían sido transportadas al corral del matadero, eso significaba que aún tenían un día más para salvar al resto de ellas. Consideró la idea de telefonear a Micaela de inmediato, pero no creyó que sea la mejor idea, conociendo lo mucho que amaba los animales.

Alguien tocó la puerta y sin esperar respuesta, la abrió de golpe. Germán se levantó de un salto, tirándose el café en la remera.

—Germán- Era Pablo, su amigo.

El chico había aprovechado la confusión generada en la planta baja para escabullirse entre la multitud y subir al departamento.

—Venía a ver que tal iba todo, pero se está armando un quilombo bárbaro abajo. Tienen a tu mamá, le están haciendo muchas preguntas.

—¿Qué?

—Sí, eso. La interceptaron cuando volvía del laburo, no pude escuchar mucho qué le decían porque subí rápido a avisarte. Pero saben de la vaca, la vieron desde la vereda.

—Uy… No… ¡La concha de la lora! ¡Vení! – Exclamó de repente y empujó a su amigo.

La vaca se había levantado y salido al balcón. Ahora caminaba tambaleante, pateando las macetas de su mamá y mugiendo desesperada. El animal se había asustado con tanto barullo y había intentado escapar, pero para peor, ahora la imagen de los autos allá abajo, las bocinas y los gritos habían empeorado todo.

—¡Vení! ¡Vaca boluda! ¡Vení! – Exclamaba mientras la tironeaba de la cola.

El animal entraba justo y era imposible que se girase. El balcón era del tipo industrial, todo de hierro recubierto por pequeños orificios por donde se filtraba el agua de la lluvia. Se podía ver, a través de estos, el balcón del departamento de abajo y viceversa. Entonces, el peso del animal y de Germán comenzaron a vencer los tornillos que lo mantenían fijo a la pared exterior y con cada paso que daba la vaca, más se sacudía.

—¡Uy! ¡Tené cuidado, Germán! – Exclamó Pablo desde adentro- Me voy para abajo a buscar ayuda. No te muevas tanto, la estás asustando.

Acto seguido, Pablo abandonó el departamento del octavo piso y corrió hacia las escaleras. Germán intentó meterse de costado entre la baranda y el animal para llegar al frente y obligarla a caminar hacia atrás, pero la vaca se movió y lo aplastó, clavándole la barandilla metálica en el estómago.

—¡Ay! ¡Correte! ¡La concha de tu madre! – Exclamó y comenzó a golpearla en el lomo. El animal, sin entender, comenzó a mugir desesperadamente.

Ocho pisos más abajo tenían a Mirta bajo asedio. Uno a uno los vecinos la bombardeaban con preguntas de los más inusual y ella intentaba contestarles lo mejor y mas coherentemente que podía.

—Yo no le permití que meta ese animal al departamento, imaginensé si no- Dijo- mi hijo la trajo sólo porque la querían matar y pensó que lo mejor sería esconderla unos días ahí.

—¿Pero te das una idea del peligro en que nos pone a todos? – Preguntó una mujer.

—Por supuesto que sí, por eso le pedí que la saque cuanto antes. No sé que le pasó por la cabeza, pero le dije que se encargue de bajarla y devolverla o lo que sea que se tenga que hacer con ella. Pasa que es muy susceptible con estos temas y la violencia a él lo pone muy mal.

—Por supuesto, Mirta- Comentó Marcela, la vecina de piso- El otro día Sebastián me trajo dos cachorros que habían abandonado en la esquina de Congreso. No sabés la carita que tenían, pobrecitos. A mi hijo le rompe el alma que abandonen animales así, ni hablar si ve que los maltratan, eso ya es otro tema. Pero le tuve que pedir que los regale, porque las políticas del edificio no permiten animales, viste.

—Pero si Estela tiene como cuatro caniches metidos en el segundo piso, ¿por qué vamos a prohibir que Mirta también tenga uno? – Comentó un hombre, que vivía indignado con el ladrido de esos animales del demonio.

—Porque es una vaca, Emilio- Le respondió la esposa y lo tironeó del brazo para que se quede callado.

—Bueno, pero digo que, si la ley se aplica para uno, se tiene que aplicar para todos- Muchos asintieron- Porque si nos vamos a poner con privilegios en el edificio, vamos mal.

—Entonces empezá a sacar la basura a la vereda y no la dejés en el pasillo, gordo inoperante- Gritó otro y se desató el caos otra vez.

Entre que algunos discutían y otros intentaban calmar las aguas, llegó Pablo que, jadeante como estaba, comenzó a gritar sobre las demás voces, pero no hizo más que fomentar la pelea que se había generado. Era imposible entablar una conversación fluida en ese grupo sin que resentimientos anteriores saliesen a flote. La vida urbana que se llevaba en el edificio Plaza en el microcentro de la ciudad de San Fernando era una auténtica danza macabra. Los transeúntes iban y venían por la vereda y miraban de reojo a los vecinos enfurecidos, sin cortar su rumbo. Esto era una interrupción más en el mundo de las sociedades urbanizadas. Vaya uno a saber porqué sería esta vez. Quizás estaban organizando otra de esas estúpidas manifestaciones sin sentido que no hacen más que cagarle el día a las personas que sí quieren trabajar, demorando a los colectivos y cortando las líneas del subte. O quizás se trataba de un incendio, que se estaban volviendo cada vez más populares en ese último tiempo.

—¡Miren! – Gritó alguien y señaló hacia arriba.

Mientras todos estaban ofuscados en una discusión sin sentido, ocho pisos más arriba, Germán se debatía entre la vida y la muerte. No podía respirar y la vaca no parecía moverse. Fue entonces que, con un fuerte golpe, uno a uno los tornillos de la derecha del balcón comenzaron a saltar. Con cada uno de ellos, la vaca y el chico sentían que el piso desaparecía un momento, aflojándole las piernas. De repente la barandilla se soltó y el balcón se inclinó hacia abajo forzosamente por el peso. Comenzó a rechinar con fuerza, anunciando su inevitable destrucción.

—¡Corransé! – Gritó un vecino abajo y todos huyeron asustados.

El balcón se desprendió con violencia y el chico salió despedido.

La vaca golpeó contra el balcón de abajo, destruyendo la baranda y continuando con su caída libre. Segundos más tarde, Germán golpeó contra el suelo de la vereda y encima le cayó el animal, muriendo aplastado por ochocientos kilos de responsabilidades que debía haber cumplido hace tiempo.

 

“La Vaca”- Ruy Hanmse

15/09/2018

Imagen destacada: Sue Deutscher, 2016.

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