Por favor, regálame flores

〈〈Cuento/Narración〉〉

 

Espero que algún día escuches mis palabras; para que éstas no terminen aplastadas por las pisadas de los que llegan hasta aquí. Es casi como un sueño inalcanzable pero un sueño al fin y, ahora que tengo tiempo, no puedo hacer otra cosa más que soñar.

Debo admitir que desde aquí se puede escuchar todo lo que al pueblo acontece, y déjame decirte que no ha cambiado mucho en estos últimos años; siempre tan arraigado a las viejas costumbres y a la simpleza de una vida rutinaria. Siempre un paso atrás en el tiempo, siempre al costado del camino.

Han pasado varios meses desde la última vez que te pasaste por aquí y todavía me pregunto por qué. Lo sé porque tus pisadas suenan distintas, son más suaves y calmadas. También está tu voz que, aunque la he escuchado pocas veces desde que me fui, esas oportunidades fueron suficientes para grabarse en mi memoria por el resto de los días. Aunque ya no la recuerdo como antes. Espero que no te hayas cansado de mí y me hayas despojado como un trapo viejo, olvidándome en la fría y oscura soledad de los difuntos.

No quiero que me veas como una carga o una responsabilidad. Ya no soy el viejo anciano en el que me había convertido y, siendo consciente que ya no puedo brindarte el calor de mi compañía, deseo fervientemente que me entiendas a mí como el guardián de tus secretos. Quiero que vuelvas a contarme sobre la vieja casona familiar, sobre Helena y Diego y sobre el joven y apuesto Juan Pablo, a quién supiste amar con tanta pasión, pero con quien nunca supe si al final te casaste. De eso hablo, de esos secretos, como cuando eras tan solo una niña, inocente e inmaculada, que venía corriendo a contármelo todo.

La señora Dolores viene seguido a ver a su esposo. Sé que no debo, pero en muchas oportunidades no he podido privarme de escuchar las conversaciones ajenas. El aburrimiento y la soledad aquí son un martirio y ni hablar si su duración se extiende a una eternidad.

En una oportunidad la escuché quejarse del estado deplorable de mi lecho, dice que está cubierto de tierra y que las flores están tan marchitas que representan, de alguna manera un tanto teatral, a quién está sepultado tres metros más abajo. Dijo también que uno de estos días me traería flores nuevas, pero yo no quiero las de ella. Es una mujer triste. Quiero las tuyas. Y por eso me dirijo, digamos, con tan urgente necesidad.

La señora Dolores le ha dicho a su marido que nunca más ha podido enamorarse, que el amor es algo que se vive en la juventud y que, tan vieja como está, ya no se puede permitir semejantes aventuras. Si bien es un tanto romántico, lo encuentro cubierto con un tinte absurdo. No existe tal cosa como el amor de temprana edad. El amor es amor y punto, presente en todas partes y en todo lugar. Y quizás Dolores no lo haya vuelto a encontrar porque no se lo ha permitido. Porque se ha resignado a vivir una vida de angustiosa y palpable soledad. Desde su casa al cementerio, desde el cementerio a su casa. Siempre sola.

Otra vez, entre llantos, la escuché maldecir a su marido y culparlo por abandonarla. No pude verlo, pero pude imaginarme un día gris y helado. Sentí el viento arrastrar las hojas secas de los árboles y arremolinarlas contra los nichos. Y sentí sus lagrimas golpear el frío cemento, como pequeñas gotas que anuncian un temporal. No creo que dure mucho más allá arriba. Lamentablemente, ya no pertenece allí. Ella ha estado viviendo con nosotros ya hace mucho tiempo, la he sentido más cerca que a cualquier otro.

¡Oh! Ahora que lo pienso, espero que atrases tu llegada aquí lo mejor que puedas. Se que no es algo de que hablar, pero te falta tantísimo por vivir que tan solo la idea me espanta de sobremanera. Quiero que vengas, sí, pero no de la misma manera que la señora Dolores. Quiero que vengas y me hables como solías hacerlo, pero tu en tu mundo y yo en el mío. Unidos por la necesidad que nos tenemos y separados por metros y metros de tierra húmeda.

Ese es mi pedido. Tan simple y directo como siempre lo he sido. Sin tantos rodeos. Me gustaría que vuelvas a visitar al viejo de tu padre, que tanto te quiere y extraña. Me gustaría también que ames, con profundidad y rigor, a todos y todo el tiempo. Que vivas acompañada y que disfrutes de los pequeños momentos del día a día. Créeme, una vez estás en mi lugar, añoras todo aquello con ardor y te aferras a esos recuerdos con fuerza, temiendo que en algún momento los pierdas para siempre.

Ah, y por favor, regálame flores que las que tengo ya están marchitas. A los hombres también nos gustan, a pesar de que nunca lo dijimos. Te lo digo ahora. Regálame flores porque su aroma es lo único que me mantiene en vilo y me hace sentir vivo otra vez.

Como siempre y para siempre, te amo.


 

Ruy Hanmse

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