El terror

Finalmente logré sentarme frente a la computadora, acompañado de una taza de café y de un millar de ideas que se ofuscan en mi cabeza, proponiéndome mil finales y ningún comienzo para mis historias.

He decidido hoy escribir sobre terror porque es algo que está, pero nadie se digna a hablar de él propiamente. Sí, que hay algunos literatos que se sientan en una mesa a discutir sobre el género y lo que significa para el lector, pero que pocas veces hacen énfasis en ese que los rodea y que los viene acompañando desde la concepción.

Porque terror es una película en el cine (Que pocas veces dura más de tres semanas en cartelera, antes de que la bajen) pero también es la forma que semejaba tu uniforme escolar sobre la silla bajo el velo de la oscuridad de la noche, donde nuestra imaginación infantil no quiso reconocer sino un monstruo o un espíritu que espera pacientemente el momento exacto en que vuelvas a cerrar los ojos. Porque el terror es un manojo vivo de emociones, de sensaciones heladas que nos erizan la piel y que, sobre todo, las dejamos actuar y echar profundas raíces para que nos acompañen por el resto de nuestras vidas. Porque nadie se acuerda que almorzó hace trece días, pero si recuerda (y con suma nitidez) que estaban haciendo cuando recibieron una noticia trágica que los dejó paralizados.

Hemos estado en todas partes, hemos vivido de todo. Conocemos con certeza lo cruel que puede llegar a resultarnos la vida y lo difícil que es imaginarnos un futuro donde todo sea perfecto. Porque el mundo está hecho mierda y nos asusta, pero nos lo guardamos para nosotros. Nadie nunca saca a colación en una conversación de rutina la forma en que piensa que se va a morir, ni que piensa que el mundo se está destruyendo cada día, pero lo sabemos. Y lo asumimos. Es la ley de la naturaleza, así fuimos imbuidos y así deberá ser.

¿Pero porqué inventamos libros, películas, historias y demás cosas horribles si ya hay tanto terror auténtico en el mundo? Pues porque de alguna extraña manera, nos ayudan a soportar los reales. Como dice aquella frase: “No estés mal por eso, siempre hay alguien que está peor”.

Pero no quiero mezclar los términos. No quiero que esta lectura resulte tan confusa como me resulta a mí desenmarañar el nudo que cargo en mi cabeza. Puede que no nos guste el terror ni la ficción. Puede que nos conformemos con películas históricas y novelas románticas porque para los gustos no hay nada escrito, pero no podemos desmentir la realidad de que no solo alguna vez sentimos miedo si no de que alguna vez sentimos curiosidad. Es esa curiosidad la que nos arrima al borde del barranco donde miramos hacia abajo y pensamos “Pues la caída no parece tan mortal como dicen”. Queremos saber, queremos conocer que pasó con el gato muerto que encontraron tus amigos, queremos saber qué pasó con el barco desaparecido a un millón de kilómetros de casa. Queremos saber sobre las bombas y las amenazas de guerra. Queremos saber sobre los desastres naturales. Queremos saber sobre la aparición de miles de animales muertos a lo largo y ancho del mundo. Y lo peor es que no nos resulta tan trágico como enterarnos que ya no tenemos plata en el banco, porque primero nosotros (¡Egoístas!) y después los miles de niños que mueren en África cada año.

El terror es una sensación fresca y rejuvenecedora, como el amor (Funciona de manera antagónica). Nos inyecta una dosis de adrenalina directo al cerebro y nos tensa los músculos y queremos salir de ahí disparados. Y cuando no, cuando estamos encerrados, amarrados, restringidos, gritamos. Como un reflejo natural, incluso si es voluntario, como cuando pagamos la entrada al cine para ver esa película sobre una muñeca poseída, gritamos.

Fuimos niños, fuimos adolescentes y algunos incluso adultos. Y el miedo nos acompañó en cada etapa. Claramente, tomaba una forma distinta cada vez, porque el terror va mutando y evolucionando a la par de nosotros y ya no nos aterran las mismas cosas. En el lugar donde antes nos aterraba una, ahora lo ocupa otra, a veces más compleja, pero igual de pura.

No necesitamos una película de miedo porque no tenemos suficiente terror en nuestras vidas. La necesitamos para refugiarnos en ella y opacar, de alguna manera, aquellos miedos reales y palpables que intentamos ignorar con todas nuestras fuerzas. Porque no necesitamos un monstruo gigante creado con una chispa de electricidad. Nos basta con caminar solos de noche por una calle poco transitada o perder la señal del teléfono en medio de la ruta justo cuando se nos pincha una rueda o ese hombre que parece seguirnos porque tomó la misma ruta que nosotros hace cuatro cuadras, pero que al final solo quería llegar a tomar el colectivo a tiempo.

Le tiraremos flores a aquél que parece haberlo vivido todo y soportado una vida de atrocidades. Leeremos las historias de un muerto y nos sentiremos insignificantes. Lloraremos a un difunto y nos perderemos en el tiempo. Porque no nos damos cuenta que incluso nosotros somos sobrevivientes solamente por haber venido a este mundo. Quizás nuestras historias no sean tan emocionantes como esas que vemos en la televisión, pero recuerden que casi todas aquellas fueron inventadas y cuando no, infladas para resaltar el heroísmo.

Y si no, díganselo a aquel cavernícola que terminó siendo líder del campamento solo porque estranguló un lobo con sus propias manos” (No lo busquen, es una metáfora).

Tenemos el terror y lo abrazamos. Vivimos el terror todo el tiempo y lo entendemos. Y aún así seguimos vivos. Porque es un componente esencial que nos hace crecer como seres humanos.

Aprovecho finalmente y como broche de cierre, citar mi poema favorito de Rubén Darío, que dice un poco de todo esto.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!

Rubén Darío- Lo Fatal.

 

 

Ruy Hanmse.

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