La mujer que gritaba cosas sin sentido

〈〈Cuento, narración〉〉

 

Dígase de una ciudad que brillaba por su blancura, donde el sol bañaba los pulcros balcones e iluminaba la enorme estatua de marfil de algún prócer hoy desconocido, pero todavía respetado, por su simple condición de existir en medio de una plaza muy importante. En ella los hombres iban y venían en silencio, preocupados por sus propios asuntos e inmersos en esa realidad plástica, enhebrada por algún gobierno e hilada por otro, manteniendo más o menos su forma original.

Los hombres que viajaban en el transporte público o por el subterráneo, se deleitaban con las imágenes que las pantallas les compartían diariamente, sin excepción, con una frase que se grababa en sus cabezas como un recuerdo importante del pasado, como el nacimiento de su primer hijo o el día que cruzaron la frontera. Esa frase luego se fundía en la base de sus cráneos y se quedaba ahí, estacional, hasta que algo más la despertaba y la transportaba hasta sus labios, para ser repetida, como el padre nuestro.

“Lo real es esto, lo normal, lo moral, lo ético, es esto” rezaban todas las pantallas. Y los hombres lo repetían, porque las habían leído en alguna parte en algún momento, que no recordaban, pero que estaban seguros de que así había sido. Entonces después conversaban en algún café o las mismas aceras, repitiendo la frase. Y no digo “discutían” porque la discusión no existía (No era necesaria, igual que el debate) porque siempre todos coincidían en el punto de vista. «¿Qué es lo moral y ético?» preguntaba uno «Esto» respondía el otro.

Esto. ¿Pero que era “Esto”? Nadie se lo preguntó jamás, ni siquiera lo cuestionó, porque las cosas eran así y así deberían ser hasta el final de los tiempos, o de sus vidas por lo menos. Mientras nada perturbe el orden, todo estará bien.

Entonces llegaban a sus casas y se sentaban en la punta de la mesa, sacaban el diario y en primera plana leían la frase. Luego encendían la televisión o sacaban sus teléfonos móviles y revisaban las redes sociales, solo para ver una y otra vez lo mismo. Entonces compartían la frase para que el resto de sus amigos agregados pudiesen verla. Y la enviaban también en formato imagen por mensaje, o la guardaban en la galería para su uso posterior. Y esa era la verdad, la única y pura verdad que prevalecía como un barco en un calmo e imperturbable océano.

«¿Qué no es lo moral?» Preguntó alguien una vez «Pues… no es esto» respondió el otro, un poco inseguro y notablemente incómodo por la pregunta pertinaz y atrevida de su emisor. Inmediatamente se retiró y no quiso saber nada más de él, porque perturbaba la monotonía de su vida rutinaria.

Una tarde apareció una mujer en medio de la plaza, bajo la estatua, que gritaba cosas sin sentido. Los transeúntes pasaban por los lados y la miraban de reojo, temerosos, pero atentos a lo que ella tenía para decir.

¡Calumnias! ¡Falsedades! ¡Invenciones! ¡Qué descaro el de esa mujer! ¿Cómo podía decir tales cosas tan lejanas a la realidad? ¿Qué pensarán sus familiares al enterarse de que ella se pasaba las tardes gritando barbaridades a los pobres hombres que tenían el desagrado de cruzársela en sus recorridos habituales? ¿Qué pensarán los amigos? ¿Su pareja? No, con esa actitud, debe de estar sola. Por eso grita, porque está sola y quiere atención.

—¿Qué es la normalidad? – Preguntó un hombre durante una charla de oficina.

—Pues, es esto- Respondió el otro, que usaba el mismo uniforme y se peinaba de la misma manera- Aunque…

Y el primero abrió los ojos, notablemente impactado, para luego mirar hacia otro lado, esperando que nadie más los oyese hablar. Se le subió el calor al rostro y comenzó a sudar. Miró al compañero, que trabajaba pacientemente ordenando las hojas de unas carpetas.

—¿Aunque qué? – Increpó, como un susurro, pero lo suficientemente audible para cruzar el escritorio y llegar a los oídos del segundo.

—Aunque está lo que dice la mujer de la plaza.

—Esa mujer grita cosas sin sentido.

El segundo no respondió. Solo lo miró un momento y siguió en lo suyo. Inmerso en sus pensamientos que se ofuscaban en una maraña de ideas que resurgían como un ave fénix de entre las cenizas. Y pensó en la frase y se disgustó. Y pensó en su compañero, viviendo en una cápsula inanimada y se entristeció. Miró todas las pantallas y sintió algo que se debatía dentro suyo, como un ardor en el pecho, como ganas de gritar.

No fue ni un día mas tarde que llegaron las fuerzas de poder del gobierno y arrastraron a la mujer lejos de la plaza. La encerraron en alguna celda oscura y alejada de todos para que no pueda envenenar al resto con sus pérfidas palabras llenas de mentiras. La acusaron de demente y de muchos otros cargos complejos, como perturbar el orden civil y atentar contra la razón de los hombres, con el solo motivo de que ya no conozca nada más que el encierro. Que el sol solo sea real a través de los barrotes. Y nunca más volvió a salir.

Y todo volvió a la normalidad, por un tiempo al menos, porque unas semanas más tardes era otra la mujer que llegó a la plaza y se puso a gritar cosas sin sentido. O era un hombre, o un anciano. Siempre había alguien ahí, dispuesto a despertar a los hombres a los gritos, por más que luego fuesen silenciados y suprimidos, siempre volvían a aparecer. Porque así era la normalidad y así era lo correcto de las cosas.

 

 

Ruy Hanmse

Imagen de cabecera: Norma Ascencio, Miguel Hidalgo, México

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