Los hombres de otro tiempo

〈〈Cuento, narración〉〉


Me bajé del avión a eso de las cuatro de la mañana. El aeropuerto de Madrid estaba casi vacío y las pocas personas que venían conmigo en el vuelo de última hora se dispersaron con la rapidez característica del hombre moderno. Un agente del programa me esperaba en la puerta, sosteniendo a la altura del pecho un cartel con mi nombre. «Buenas noches» le dije. El hombre me contestó algo que no terminé de entender para luego pedirme que lo siguiera.

Nos subimos a un auto negro y polarizado con el escudo real español adherido en el parabrisas y una vez dentro, el cerrojo se activó automáticamente bloqueando las puertas. El chofer se internó en la ciudad que todavía no despertaba, navegando entre las callejuelas internas de Madrid, en dirección a la Casa Segura de Saboya.

El agente del programa (cuyo nombre siempre desconocí) aprovechó el viaje largo para ponerme al tanto de la situación y de el porqué me habían contactado con tan poca antelación y al mismo tiempo con tanta urgencia. El rey Felipe VIII había caído enfermo unas horas antes, cerca de las diez de la noche y había sido trasladado desde el palacio hasta la Casa Segura al mismo tiempo en que se ponían en contacto conmigo.

Aparentemente, desde el 900 d.C., corría el rumor de una maldición que caía sobre los reyes católicos, donde éste enfermaba con el “Síndrome del Rey Muerto” llegado a los cuarenta años. Dicho “síndrome” hoy en día se podía explicar con una osteoporosis degenerativa, enfermedad que debilita los huesos, pero que, muchos años atrás, no tenía una explicación racional desde el punto de vista médico y siempre llegaba a afectar a todos los monarcas, casi como una alarma biológica que se activaba alcanzada la edad mencionada.

El problema radicaba en que durante toda la vida de Felipe VIII se le estuvieron realizando estudios para detectar, aunque sea, el más leve de los síntomas de la enfermedad, siempre sin éxito. Adjudicándose el título del rey más sano que nunca tuvo España, el hombre no padeció ni un dolor de cabeza, ni una gripe, ni una alergia. Nada. Y aún así, todo esto se vino abajo una semana después de alcanzadas las cuatro décadas.

El gobierno sin dudas no quería que se desate una alarma de emergencia en todo el país o algún tipo de crisis nacional, por lo que en el momento en que el rey cayó enfermo, se obligó a los funcionarios a callar la boca y actuar bajo el protocolo de defensa civil (como es de esperarse, su silencio fue remunerado en el recibo del mes siguiente).

Se habían contactado conmigo por mis servicios prestados años atrás durante un conflicto entre las potencias europeas, como intermediario entre las partes. Yo, oriundo de Buenos Aires, me había formado en las fuerzas armadas y había entrado en un programa especial de España cuatro años después y aunque había vuelto a mis tierras con la intención de quedarme para siempre, de alguna manera u otra, me encontré en el avión que me trajo de vuelta a ese país, casi como una ley divina.

El agente me informó entonces de que se consideraba la posibilidad de un atentado contra el monarca. «¿Un atentado que se viene efectuando desde el 900 d.C.?» comenté y el agente negó con la cabeza. No podía explicar el destino de los reyes anteriores, pero si podía explicar que el rey actual no presentaba ni el más mínimo indicio de la osteoporosis degenerativa unas horas antes. Dicho esto, extendió sobre el asiento de cuero numerosos documentos entre los cuales figuraban los últimos estudios médicos realizados ese mismo día, completamente normales.

—Si este caso se relaciona con el destino de los reyes anteriores— dijo— Lo ignoramos. No podemos guiarnos por rumores o maldiciones o cosas por el estilo. Es pura casualidad.

Me llamó la atención cómo el agente hablaba siempre el plural como representando no solo la voz de los agentes del programa si no del gobierno entero. Ese hombre era recio como una piedra y se reducía a proporcionarme los datos necesarios del caso, nada más. Me hubiese gustado saber si él personalmente había creído todo eso y si no se había tragado el rumor de los reyes muertos mucho antes de entrar al servicio del país, cuando todavía era un infante.

Una vez arribamos a la Casa Segura de Saboya, me condujeron entre pasillos y hombres uniformados hasta la habitación donde yacía Felipe VIII. El sistema de seguridad riguroso que habían aplicado en esa instalación me obligó a mostrar mi identificación a cada agente que me crucé en el camino y se anunció por radio mi presencia en el lugar, para que todos estén al tanto de quien entra y quien sale y el lugar preciso donde yo me encontraba en ese momento. A pesar de entender que eran tan solo medidas protocolares, no podía evitar sentirme un poco incómodo al respecto, teniendo que anunciar a los agentes incluso cada vez que me levantaba al baño.

Dentro de la habitación había un enfermero y una doctora, ambos vistiendo batas blancas y con la identificación a la vista, otros dos agentes, el rey Felipe VIII postrado en una cama alta, y Nancy Greenhouse.

Nancy sonrió al verme. Ella era una agente estadounidense que había entrado en el programa especial de España al igual que yo. Recuerdo que me había comentado de qué estado en particular provenía, pero con el paso del tiempo lo había olvidado. Llevaba el pelo atado en una cola, como de costumbre. Su acento español, mezclado con el inglés, nos resultaba extrañamente exótico a la vez que cautivador.

Me resultaba increíble que el destino del rey de España haya terminado bajo la custodia de agentes extranjeros, un argentino y una estadounidense, aunque hayamos sido convocados con total conciencia e intención.

El rey estaba pálido y muy flaco. La doctora chequeaba los datos de un monitor al costado de la cama al mismo tiempo que le tomaba la presión. Los médicos estaban tan sumergidos en los suyo que yo simplemente me senté en uno de los sillones a observar.

—Tantos años— Dijo Nancy a mi derecha, casi susurrando, para no perturbar el silencio— Y cuando finalmente nos volvemos a encontrar, pasas de mí— Sonrió un poco. Tenía los ojos clavados en mi pero no me miraba, sino más bien parecía rememorar historias pasadas, como una película frente a sus ojos — Si será caprichoso el destino.

Habíamos tenido una historia, por supuesto. En Barcelona, hace ya varios años, casi como un amorío adolescente, como un juego de chicos que sabíamos que se iba a acabar tan pronto empezáramos.  Finalmente ella volvió a los Estados Unidos, convocada por el gobierno ante una de las tantas crisis económicas que los afloraban y nunca más volví a saber de ella. Se borró para siempre de mi existencia y todas aquellas tardes de cafés en Las Ramblas y las noches en el hotel, incluso aquella vez que nos escapamos a París para vivir la experiencia de los enamorados por tan solo una noche, quedaron enterradas en lo más profundo de mi ser, tapadas hasta el ras con la tierra húmeda del pasar de los años.

Recuerdo haberla buscado los meses posteriores, debo admitirlo. La busqué desesperadamente hasta que di con ella. Bueno, no con Nancy Greenhouse, si no con Nancy Miller, porque a pesar de que en los asuntos internacionales se dio a conocer con su apellido de soltera, en su país había adoptado el nombre de su marido. Y todo se vino abajo como una torre de naipes en un terreno tembloroso.

—Decime Nancy, ¿Cómo está Ethan? – Le pregunté con voz calmada, sin mirarla. Ethan era su marido. Pude sentir como me clavaba los ojos y me atravesaba, como una daga.

—Oh— Comentó, sin más— Bien, está muy bien. Gracias por preguntar.

Nancy no dijo nada más. Se acomodó en el sillón y miró instintivamente al rey y a los funcionarios. El enfermero revisaba unos papeles extendidos en una mesa pegada a la pared que parecía haber sido colocada ahí recientemente.

Desde el momento en que había entrado me sentía incómodo. Chequeé con la vista a todos aquellos encerrados conmigo, tan dentro de lo suyo, ocupados de sus asuntos. No podía no sentirme observado, era una sensación extraña que se manifestaba en la base de mi nuca y me erizaba el bello, como un escalofrío. Noté entonces que había algunas cámaras de seguridad y deduje que posiblemente también haya micrófonos ocultos, para monitorear todo lo que se dice o hace dentro de los aposentos.

—¿Tú te crees toda la historia de los reyes católicos? — Me preguntó Nancy. Parecía perpleja y su mirada iba saltando de un lado a otro— Lo de la maldición y eso.

—Puede ser una maldición, puede ser un atentado o puede ser mala suerte. Yo no creo nada hasta que no lo vea con mis propios ojos— Le contesté, intentando sonar seguro conmigo mismo, a pesar de que todo aquello me causaba mala espina.

—Sí, es verdad— Me contestó y respiró hondo para luego fundirse en un silencio palpable y tenso, producto de sus propios pensamientos.

» A Kennedy lo asesinaron— Agregó finalmente al cabo de unos minutos— Atentaron contra él quiero decir. Estas cosas pasan. Así de enfermo es el mundo.

Pasaron las horas con la misma monotonía con que el día había comenzado. Nadie más entró a la habitación después de mi ni obtuvimos nuevas noticias con respecto al caso que tratábamos. En un momento de la tarde intercambiamos algunas palabras más con Nancy y luego interrogué a los médicos con la esperanza de que me suelten algunos datos nuevos, sin éxito.

Y a las diez de la noche en punto, el rey gritó.

Los médicos se levantaron exaltados y corrieron hasta la cama. Las cámaras de seguridad se giraron para ver que sucedía y los agentes que custodiaban la puerta entraron de golpe. Nosotros nos acercamos también, siempre manteniendo la distancia adecuada.

La doctora revisó a Felipe VIII mientras el enfermero intentaba estabilizarlo. Arrancó las sábanas de un golpe revelando el cuerpo escuálido y frágil del paciente, vestido con un pijama de una pieza. «Aquí» anunció entonces la médica, señalando una zona por encima de la clavícula derecha. Dos puntos rojos, como los pinchazos de unas jeringas, fueron revelados por un momento para luego, y ante la sorpresa de todos los presentes, desaparecer ante nuestros ojos, como si hubieran sanado milagrosamente. La doctora pasó el pulgar por la zona, presionando, pero nada. Las marcas se habían ido con la misma rapidez con que habían llegado. «No entiendo» murmuró la doctora y luego corrió a dejar todo asentado por escrito. Minutos más tarde se había internado en un debate con el enfermero, quien la escuchaba atentamente para luego refutar sus teorías.

—Ay, Julián, esto me está dando miedo— Me comentó entonces Nancy— No fui formada para esto. No entiendo qué está sucediendo y eso me pone muy nerviosa.

—Tranquila— Respondí— No somos médicos, te aseguro que todo esto tiene una explicación racional. Estamos en el siglo veintiuno, no en el medioevo. ¡Por Dios santo! — Exclamé, más para mí que para ella.

Pero existen muchas cosas en el mundo que aún hoy no tienen explicación. Existen casos extraordinarios de gente que la parte un rayo, que muere aplastada por un cartel que se descuelga o que desaparece de la tierra sin dejar ningún rastro. Es cuestión de entrar a internet y buscar casos donde todavía no se les ha podido determinar una explicación coherente, casos que quizás en algún momento serán resuelto por las mentes ávidas del futuro o que quizás permanecerán inconclusos hasta el fin de la raza humana. Como los pies de la Columbia británica o el niño en la caja de Filadelfia.

Lo cierto es que esta situación me ponía la piel de gallina. Los médicos no podían definir lo que acontecía sobre el rey, siempre frente a todos los presentes y siempre a las diez de la noche. Y con cada día que pasaba, la enfermedad se agravaba y las posibilidades del monarca de salir con vida se reducían drásticamente.

Una de las tantas noches fuimos interrogados por varios agentes uniformados en una de las habitaciones contiguas, tanto Nancy como yo, de manera separada. Me hicieron toda clase de preguntas relacionadas o no con lo que estaba pasando. Desde qué fue lo que vi la noche anterior hasta a qué me dedicaba en Buenos Aires y cuales eran mis relaciones con el gobierno español. Expliqué todo, de principio a fin sin omitir ningún detalle, ni siquiera el amorío con Nancy. Me sentía ahora como un recluso, como parte de un crimen que nunca cometí y lo último que quería era que se me acuse a mí de todo lo que estaba pasando.

Cuando volví a la habitación, me encontré con un médico y un enfermero nuevo revisando los documentos sobre la mesa. Los habían reemplazado, posiblemente bajo el pretexto de que los anteriores no estaban al nivel de las circunstancias. El médico tampoco era español, como Nancy o como yo. Era un viejo calvo, con grandes bolsas bajo los ojos y con unos bigotes rubios. Parecía polaco, genovés o de algún lugar similar. Hablaba muy poco español y casi todo en una lengua extranjera, pero el enfermero parecía entenderlo a la perfección.

La situación llegó a un punto crítico. El rey yacía moribundo, como un cadáver vaciado. Apenas podía mover la cabeza hacia los lados para comunicarse por medio de afirmaciones o negaciones. Ya las palabras no le salían y las respiraciones eran secas y alargadas. Habían comenzado a adoctrinar al hijo del rey y único heredero, de apenas doce años, en todos los quehaceres de la labor monarca. La última vez que había visto a su padre fue cuando lo trasladaron del palacio y hace un par de días que ni siquiera había vuelto a recibir noticias. El príncipe estaba preocupado y el hecho de que hayan comenzado a explicarle todas aquellas cosas que antes realizaba su padre, lo hacían entrar en la duda de si todavía estaba vivo. Había querido verlo en varias oportunidades, pero en cada una de ellas le habían negado el derecho.

Otra de las noches la puerta de los aposentos se abrió para dejar entrar a un cura, que, vistiendo una sotana oscura y una estola morada y armado con una cruz de metal y agua bendita, comenzó a recorrer la habitación pronunciando oraciones en latín. Detrás del hombre venía oculto un monaguillo que, acobardado, lo seguía con pasos cortos sosteniendo en alto una jaula con un velón encendido desde donde salía un humo blanco, producto de la quema de incienso.

Y todo eso me heló la sangre. Supuse que el gobierno estaba tomando todas las medidas necesarias con respecto al rey, ya no bastaba con la asistencia medica del profesional extranjero. Habían colocado todas las cartas sobre la mesa, considerando así todos los supuestos. La idea de una maldición me resultaba increíble y aterradora al mismo tiempo.

Yo no era una persona creyente, pero todo aquello me hizo dudar de mis ideas. Recordé entonces todas las noches anteriores, cuando el rey gritaba una vez que el reloj marcaba las diez de la noche y aparecían los pinchazos indiscriminadamente en distintas partes del cuerpo. Habían probado de todo. Habían delimitado la zona, reforzado la seguridad, bloqueado la puerta, grabado la escena, cubierto la zona de la clavícula y muchas otras medidas, pero todas fallidas. El rey siempre gritaba a esa hora. El médico, fiel creyente, consideró la idea de una posesión demoniaca y pidió, solo por si acaso, la presencia de una autoridad de la santa iglesia, directa del Vaticano, para purificar el lugar.

Tan solo la idea de la presencia de espíritus o entidades dentro de esa misma habitación me aterraba. No pude evitar imaginarme personas etéreas, como imágenes del pasado, caminando frente a mí, tan lejanas y perpetuas como el impasible horizonte que una semana atrás veía a través de la ventanilla del avión que me devolvió a España.

Noté entonces que Nancy estaba pasando por lo mismo. La vi reducida sobre sí en uno de los sillones a mi derecha, abrazándose las rodillas, absorta en sus propios desvaríos, ajena a mí y a todo lo que pasaba.

—Voy a irme— Me anunció un día— No fui hecha para esto.

—No podés— Le recordé— No hasta que todo esto termine. Firmamos un contrato antes de entrar.

—Vinimos como protección, Julián, protección— Dijo— Y terminamos siendo testigos. No hay nada que podamos hacer. ¡No podemos protegerlo!

—Eso todavía no lo sabés.

—¿Qué es lo que no sé? A ese hombre lo está consumiendo la enfermedad. ¿Qué podemos hacer nosotros? ¿O quieres que diga que está bajo una posesión demoníaca o los efectos de algún ritual vudú?

No respondí nada. Me limité a observar cómo el enfermero le sacaba una nueva muestra de sangre mientras el doctor aseguraba la bolsa de suero en el colgante metálico. Una hora mas tarde Nancy volvió a hablarme, esta vez por lo bajo y con una mano sobre la boca.

—¿Crees que haya un fantasma?

—Nancy, no lo creo si no lo veo. Aunque admito que todo esto me supera, igual que a vos.

Esa misma noche descargué una aplicación en mi celular que sacaba muchas fotos por segundo y las superponía, como en las primeras filmaciones de la historia. Habían grabado una de las noches anteriores y analizada toma por toma y no habían obtenido nada, pero aún así decidí intentarlo. Si ahí verdaderamente había un espíritu, debería salir en las fotos.

Faltando un minuto para las diez en punto, me levanté y sin moverme demasiado, activé la cámara, apuntando directamente al Felipe VIII. El celular comenzó a sacar fotos repetidamente, sonaba un pitido por cada veinticinco imágenes, que se superponían para crear una sola. «¿Qué estás haciendo?» me preguntó Nancy. Sentía sus ojos clavados en mi espalda, pero decidí no contestar. Si me movía, las fotos podrían arruinarse.

A la diez en punto el rey volvió a gritar y el doctor buscó las marcas. Intentó tomar una prueba con un algodón, pero solo obtuvo una nueva muestra de sangre antes de que los pinchazos desaparecieran.

Yo desactivé la cámara y, sentándome cerca de Nancy, abrí la galería del celular. Tenía ciento treinta y siete fotos que, multiplicadas cada una por veinticinco individuales, sumaban más de tres mil capturas de los momentos anteriores al grito del rey.

Comencé a revisarlas una a una, eliminando aquellas estropeadas y conservando la mayoría, donde se podía observar al rey con la mirada clavada en algún punto de la habitación. Sentía los ojos de Nancy por encima del hombro, así que me acomodé de manera que ella también pudiese verlas. Entendió al instante.

A primera vista, no encontramos nada. Eran alrededor de ciento doce fotos iguales, con el rey, el doctor, la cama y hasta los pliegues de las sábanas en la misma posición. Cuando me dispuse a revisarlas nuevamente, Nancy notó algo que yo había pasado por alto.

—Espera— Me dijo— Vuelve un poco.

Volví unas cuantas fotos atrás y volví a pasarlas.

—Los ojos del Felipe, mira— Me señaló la pantalla.

Si bien la pantalla del celular era muy pequeña, el brillo de los ojos del rey denotaba que éstos se estaban moviendo, describiendo un arco desde el frente hacia el lado derecho, como si viese a alguien acercarse, aunque allí no hubiese nadie.

—Toma, pasa las fotos a mi portátil— Me sugirió ella— Ahí podremos verlas mejor.

Al analizarlas ahí confirmamos esa teoría. Momentos antes de las diez en punto, el rey había dirigido la mirada hacia la derecha, cosa que podría no significar nada o un montón.

—El hombre está crítico, quizás ve cosas que no son— Sugerí entonces.

Nancy parecía tan metida en el tema que simuló no haberme oído. Eran en total alrededor de cuarenta fotos las que revisamos una y otra vez, de manera incansable. «Algo tiene que haber» dijo ella en un momento, pero el reloj anunciaba la llegada del alba y yo caí rendido en el sillón. Los ojos amenazaban con cerrarse y me costaba mantener la concentración. Tenía la escena de la fotografía grabada en la mente como un estigma en la piel.

De un momento a otro me encontré dormitando. Unos sueños fugaces que me invadían se me mezclaban con la realidad. Y cerré los ojos un momento.

Recuerdo verme a mi mismo sacando las fotografías y luego la escena del rey postrado en su cama. Pero a nuestro alrededor estaba lleno de personas, extrañas personas que no había visto nunca y cuyos rostros estaban cubiertos con máscaras. «¿Las ves?» le gritaba a Nancy «¿Puedes verlas?» y ella negaba con la cabeza. Parecía asustada y sus ojos iban y venían por la habitación. «No hay nadie, Julián, no hay nadie» me respondía. «Julián», «Julián», «¡Julián!». Nancy me sacudía del brazo. Me arrancó del sueño de una manera brutal y no pude recordarlo hasta una semana más tarde, cuando todo ya había acabado.

—Mira, ven— Me dijo— Acércate un poco.

Entrecerré los ojos un momento, la luz dorada de las últimas horas de la tarde que entraba por las ventanas me encegueció. Había dormido casi todo el día.

—Justo aquí— Me comentó, señalando la pantalla del portátil.

En solo una fotografía, la cama se hundía un poco, como si alguien se hubiese apoyado con la rodilla. Nancy había analizado plano por plano cada pliegue de las sábanas y había notado el desperfecto, como la vista de un águila. «Extraño» murmuré y ella asintió.

—Pero no hay más. Solo sucede en esa fotografía. No he podido encontrar otra cosa.

Y la idea de algo invisible se materializó en mi cabeza. Me resultaba difícil explicarlo así que simplemente le pedí a Nancy que me dejara el portátil un momento. Intercambiamos lugares y me puse manos a la obra. Con el editor de fotografías comencé a aumentar y disminuir el brillo y el contraste, a aumentar la nitidez y a aplicar filtros fotográficos. No fue hasta que invertí los colores que noté que, dos fotos antes, se percibía la leve silueta de un brazo, justo al lado de la cama. Miré instintivamente a Nancy y ella me devolvió la mirada, con los ojos abiertos como platos.

—Aquí hay alguien— Anuncié.

Y de golpe, un corte eléctrico dejó sin luces todo el edificio.

Tres agentes armados entraron al recinto. El médico y el ayudante se tiraron contra la pared y allí se quedaron, sin poder ver demasiado. Uno de los agentes españoles se acercó a nosotros. Era el único que vestía un uniforme táctico, con casco, chaleco y rifle de asalto. Se levantó la visera descubriéndose el rostro.

—Fuimos afectados por un pulso electromagnético que cortó la electricidad y las comunicaciones con el exterior. Los técnicos rastrearon la señal hasta esta misma habitación. El pulso se originó aquí.

—Nosotros no hemos sido— Contestó Nancy y cuando el agente se giró para mirar a los médicos, aquellos negaron con la cabeza, sin pronunciar una palabra.

—Entonces hay alguien más. Estén atentos.

—Agente, la habitación está vacía ¿Qué usted no lo ve? Tiene que haber escapado por una ventana o algo…- Comentó otro de los uniformados.

—Nadie ha entrado ni salido de aquí en días— Agregué.

—No me vengan de nuevo con las historias de fantasmas o…

De repente sonó un pitido agudo y uno de los agentes voló por los aires, estrellándose contra uno de los muros y quedando inconsciente.

—¡Al rey! ¡Al rey! — Ordenó el otro y nos posicionamos cada uno en un lado, intentando protegerlo de la amenaza invisible.

Todo se sumió en silencio otra vez y solo escuchábamos el sollozo del enfermero, que ahora estaba de cuclillas, doblado sobre sí, temeroso por su vida.

Entonces se activó otro pitido agudo y Nancy fue impulsada por una fuerza extraña hacia la mesa de luz, golpeándose el costado y cayendo al piso. Me giré para ver que sucedía y vi que el lado derecho de la cama había quedado descubierto. En una fracción de segundo mi cerebro ató los cabos. Hubiese deseado de verdad que se tratase de espíritus, pero el pulso electromagnético desconocido, los pitidos agudos, los pinchazos de aguja que sanaban instantáneamente y los supuestos hombres invisibles solo podían ser producto de una cosa. Tecnología. Escudriñé entre las sombras y pude percibir una leve figura, como el contorno de unos hombros camuflados por la oscuridad.

En ese momento otros agentes de las fuerzas españolas quisieron entrar en la habitación, que había sido bloqueada por dentro. Intentaron derribar la puerta a golpes. Aproveché la distracción e impulsado por la cama, me lancé del otro lado, sobre la figura. Y mi cuerpo chocó contra algo que no estaba ahí. Aferré mis brazos como garras y caímos juntos.

Ante mi se reveló un hombre, vistiendo un traje que no había visto en mi vida y cuyo rostro estaba cubierto por una máscara extraña, como las que se utilizaban para protegerse del gas en la segunda guerra mundial. Un dispositivo en su muñeca comenzó a soltar pitidos, como un conteo cada vez más reducido.

—¡Levanta! — Me gritó Nancy, quién se había recuperado del golpe y ahora sostenía su pistola reglamentaria fuertemente con ambas manos.

Pero no pude reaccionar a tiempo. El pitido agudo que habíamos escuchado antes se hizo audible otra vez y desde los puños del hombre corrió un pulso eléctrico que me impulsó lejos de él. El hombre intentó levantarse mientras manipulaba el aparato en su muñeca y Nancy descargó el cargador del revolver en su pecho. Cayó como una bolsa de piedras. El agente español me ayudó a levantarme y, desorientado, sentía que la cabeza me iba a explotar.

Pude ver cómo el traje de invisibilidad intentaba activarse otra vez en el cuerpo muerto del hombre, camuflando algunas partes y revelando otras, como si estuviese averiado. Esta vez sonó una alarma distinta a las anteriores, pero proveniente del mismo dispositivo y de un momento a otro, el cuerpo desapareció ante nosotros. El reloj marcaba las 22:01.

—¿Qué fue eso? — Preguntó el agente uniformado, sin esperar respuesta alguna.

—Tenía… Tenía la esvástica nazi en uno de los brazos— Comentó Nancy, autoseñalándose— Un agente alemán o…

—La máscara… ¿Viene del pasado? ¿De 1940?

—O del futuro.

— Mierda.

 

Un mes después, la noticia se había esparcido por el mundo y yo ya estaba tan lejos de España como me era posible. Nos obligaron a mantener en secreto todo lo acontecido aquella noche en los aposentos del rey, remunerándonos económicamente a cambio. El resto tanto de los funcionarios como del país, se tragaron el verso de un ataque terrorista fallido y al cabo de unos días todo volvió a la normalidad. Nancy volvió a los Estados Unidos y yo me tomé el primer avión a Moscú. Felipe VIII se había recuperado de la extraña enfermedad que lo había azotado esas últimas semanas, siendo el primero de los reyes católicos en sobrevivir a esa maldición. El gobierno de su hijo, a quién estaban adoctrinando en las labores monárquicas, se pospuso hasta la muerte natural de Felipe. Lo extraño de todo esto fue que un año después se desató la última guerra mundial y, mientras escribo esto desde un bunker subterráneo ruso, con esperanzas casi nulas de volver a ver la luz del sol, no puedo evitarme pensar que sería de España si en estos momentos de guerra todo hubiese quedado a manos de un niño de trece años.

 

Ruy Hanmse

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2 Comentarios »

  1. Estaba a media lectura, vi el reloj y eran las 9:59. Me dio un leve susto. Nunca he escrito algo de suspenso, ¿en esa categoría pondrías este relato? Me voy a poner el reto de la próxima semana escribir algo de suspenso. Ya veremos qué tal queda. Me voy inspirado. Saludos.

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